La primera vez que contacté a «The Pervert» (que es el pseudónimo que usaba Aldo), fue para elogiar tanto como para reclamar el plagio de una de mis historias. Me molestó un poco que no me diera por lo menos el crédito respectivo, después de todo, eran MIS experiencias con MI cachorro. Los mensajes llevaron a una plática fluida y una extraña conexión que me hacía pensar en cosas muy intensas ya que él era tan persuasivo como carismático en sus mensajes…
Después de varias semanas de un montón de escribirnos acepté salir con él, la cita fue increíble su personalidad era encantadora y resultó ser todo un caballero, y yo por supuesto que estaba a la altura de una dama. Me llevó a uno de sus restaurantes favoritos, de acuerdo a sus palabras y vaya que lo entiendo, todo fue perfecto, tras la comida; el aroma a café y a deseo reprimido flotaba en el aire del restaurante. Habíamos pasado de la mesa a un rincón más apartado, donde las luces eran más bajas y las conversaciones se volvían confidencias. Sentí su mirada recorrer mi cuello mientras jugueteaba con la servilleta, y algo en mi interior se removió: esa mezcla de curiosidad y culpa que ya conocía de mis propias historias. —Esto es solo una cena—, me repetí. Pero sus palabras, bajas y directas, hablaban de lo que habíamos escrito durante semanas. De límites que se borraban. De su perro, Ghost, que según él, ya me esperaba en casa.
Acepté ir. No estaba del todo convencida, pero el pulso me latía en la garganta y entre las piernas. El trayecto en su auto fue silencioso al principio, solo había el roce de su mano en mi rodilla, subiendo despacio bajo el vestido mezclado con esporádica charla trivial.
Al llegar a su casa, Aldo me tomó de la mano y me llevó hasta el sofá grande de la sala. Él se sentó primero con las piernas abiertas, y me jaló hacia él, me dio un pequeño beso y me desnudó el torso, después me recostó a lo largo del sofá, con la cabeza descansando sobre su piernas, yo, tenía las mías abiertas una hacia el respaldo del sofá y otra en el pasillo, con una de sus manos acariciaba con ternura mi cabello mientras con la otra bajaba pervertida directamente hacia mis muslos. Me desnudó el torso y subió el vestido y me apartó la braga con dos dedos y empezó a masturbarme con una lentitud cruel: dos dedos eran suaves y los paseaba abriendo mis labios hinchados, frotando mi clítoris en círculos lentos, luego hundiéndose apenas dentro de mí, sacándolos brillantes de mis jugos.
Ghost se acercó de inmediato. Su hocico caliente buscaba el origen de los olores del ambiente, su lengua ancha empezó a lamer mi cuerpo semidesnudo: primero los pechos, rodeando un pezón con lametazos largos y pesados, luego bajando por mi costado, lamiendo el sudor que ya me brillaba en la piel. Cada pasada me hacía arquearme. Su lengua ancha y rosada, caliente y áspera como lija húmeda, irrumpió en mi boca sin aviso. Ghost lamió primero mis labios entreabiertos y luego se hundió profundo en un beso francés animal: su lengua gruesa se enredó con la mía, girando, presionando, explorando cada rincón con lametazos babosos. La saliva espesa y caliente del husky me llenaba la boca, goteando por mi barbilla en hilos brillantes, con ese sabor salvaje a carne cruda y almizcle que me hizo gemir, mi cuerpo reaccionó al instante: el corazón se me aceleró en un latido errático, la sangre se me agolpó en el clítoris hinchado haciendo que palpitara con fuerza, y un chorro caliente de excitación me empapaba mientras mis paredes vaginales se contraían en espasmos involuntarios. Mis pezones se endurecieron hasta doler, y un calor líquido me subió desde el vientre hasta la garganta, obligándome a tragar su saliva con avidez, rendida al placer prohibido que me hacía sentir sucia y viva al mismo tiempo. Ghost jadeaba contra mi boca, su hocico húmedo pegado al mío, y sentí cómo su cuerpo canino respondía con la misma intensidad erótica. Su lengua se movía más rápido, más hambrienta, mientras su cola golpeaba el suelo con fuerza y su capucha se hinchaba visiblemente; la punta roja y puntiaguda de su polla empezó a asomar. El beso lo excitaba de forma primitiva: su respiración se volvió ronca y acelerada, los músculos de su lomo se tensaron bajo el pelaje, y un gruñido bajo vibró en su pecho, transmitiéndose a mi lengua unida a la suya. Ese intercambio baboso y profundo me provocó otra contracción profunda en el útero, mojándome tanto que sentí un hilo de mis propios jugos deslizarse por el interior de mi muslo, mientras el perro seguía besándome con esa urgencia animal que me recordaba que ya no era solo un juego: su deseo canino puro y mi rendición humana se fundían en un placer tan intenso que me dejaba temblando, abierta y lista para lo que vendría después.
La excitación me crecía en oleadas. Sentía el bulto duro del miembro de Aldo presionando junto a mi cara, latente. Lo supe en ese instante, con una claridad que me dejó sin aliento: estaba prácticamente desnuda, abierta, expuesta, siendo masturbada por un hombre que apenas conocía y lamida por su perro. Mañana podría arrepentirme, pero ahora mismo solo quería más. Quería que los dos me usaran. Quería sentir cómo Ghost me montaba y cómo Aldo me llenaba al mismo tiempo. El conflicto interno me ardía en el pecho —la vergüenza, la culpa, la excitación prohibida—, pero era tan intenso que solo me mojaba más.
Tras el excitante beso con su cachorro, Aldo sacó los dedos de mí con un sonido húmedo y me levantó del sillón. Me cargó como si nada y me giró para que quedara de frente a él, como cabalgando sobre sus piernas, me besó con ternura como acariciando los raspones de la lengua de su cachorro, el contraste de besos era tan tierno como excitante. Mis rodillas se hundieron en el sofá a cada lado de sus caderas. Su verga dura rozó mi coño, nuestros sexos estaban separados únicamente por la tela de las pocas prendas que aún teníamos puestas. Ghost se quedó a un lado, observándonos con esos ojos brillantes, la lengua colgando, esperando su turno.
Yo ya estaba lista para coger, me encontraba temblando de anticipación. No había vuelta atrás. Y nunca había deseado tanto algo tan oscuro.
Me guió hasta su habitación, donde terminó de desnudarme sin prisa. Yo temblaba, pero no me detuve. —Esto es lo que querías en tus relatos—, pensé, mientras él se quitaba la ropa y su erección se evidenciaba, presumiendo su verga gruesa y venosa. Se sentó en la orilla de la cama y luego me jaló hacia él, quedé de espaldas a su pecho, y su pedazo de carne entró en mí con una lentitud que me hizo jadear. Cada centímetro se sentía como una invasión deliberada, caliente, resbaladiza. Sus manos me apretaban las tetas, sus labios besaban mi espalda. Ghost se acercó, curioso, y su lengua larga y áspera lamió justo donde nos uníamos. El calor húmedo de esa caricia me arrancó un gemido ronco. Era demasiado real.
Aldo se movió dentro de mí con embestidas medidas, profundas, saboreando el momento. Mi mente era un torbellino: la culpa por estar aquí, la excitación que me empapaba los muslos, el hocico del perro rozando mi clítoris hinchado. —No debería querer esto tanto—. Pero lo quería.
Me daba sentones devorando su verga, brincandonen ella mientras él me sujetaba por la cintura como queriendo empalarme, y vaya que podía sentirlo dentro de mí, me encantó como me estaba llevando desde el principio de la cita hasta ahora que me tenía ensartada… Salió de mí con un sonido húmedo y me colocó a cuatro patas sobre la cama. Ghost ya estaba tan ansioso como excitado; su miembro rojo y puntiagudo asomaba, goteando. Aldo tenía todo preparado para mí, se arrodilló frente a mí y le ofreció mi culo a su perro y a mi cara su verga, que tenía el sabor a mí misma y él hacía que la probara, mientras Ghost se trepó a la cama y me olisqueaba por detrás preparando su embestida. Sus patas delanteras se aferraron a mis caderas con fuerza animal, su suave pelaje rozaba contra mi espalda sudorosa. La punta resbaladiza buscó, frotó y entró de un empujón certero.
La penetración de Ghost fue diferente: su falo era más caliente, más insistente, como un latigazo. Se hundió hasta el fondo en un solo movimiento, golpeando profundo, y empezó a follarme con embestidas cortas y rápidas. Sentí cada vena, cada pulso. Aldo me sujetaba el cabello y follaba mi boca al ritmo opuesto, lento y controlado. El nudo del perro crecía rápidamente contra mi entrada, hinchándose, exigiendo. El olor era abrumador: sudor, pelaje húmedo, mi propio deseo. Los sonidos —el slap húmedo de las caderas del cachorro contra mi culo, mis gemidos ahogados, el jadeo animal— llenaban la habitación.
Ghost empujó con más fuerza y el nudo forzó su paso dentro de mí con un “pop” audible. El dolor y el placer se fundieron en un estallido. Me corrí con violencia, el cuerpo convulsionando mientras el nudo se hinchaba, sellándome, bombeando chorros calientes de semen directamente contra mi útero. Aldo gruñó y se vació en mi garganta al mismo tiempo, espeso y salado. El clímax fue total: físico, con el nudo latiendo dentro de mí, y emocional, porque en ese instante la culpa se disolvió en una certeza oscura y liberadora. —Esta soy yo. Esto es lo que siempre escribí, pero nunca me atreví a vivir con alguien más—.
Quedamos así, unidos, durante minutos que parecieron eternos. Ghost jadeaba sobre mi espalda, el nudo palpitando. Aldo me acariciaba el cabello con una ternura que no esperaba. Cuando por fin el nudo se desinfló y el husky se bajó, un torrente cálido escapó de mí, goteando sobre el edredón. Me derrumbé de lado, temblando, el cuerpo marcado.
Aldo se acostó a mi lado y me abrazó. Ghost se acurrucó contra el otro flanco, lamiendo los retos de nuestros fluidos con esa lengua que me había vuelto loca. No dije nada al principio. Solo sentí el peso de lo que acababa de pasar, la paz extraña que dejaba la culpa transformada.
—No fue solo una fantasía —murmuré al fin, la voz ronca.
Aldo sonrió contra mi cabello.
—Nunca lo fue.
Y en ese silencio, con el semen de ambos aún chorreando entre mis piernas y el corazón latiéndome con una calma profunda, supe que no había vuelta atrás. No esa noche, ni las que vendrían. Solo la certeza de que volvería a entregarme, una y otra vez, a los dos.