Mi nombre es Chely y esa noche todo mi cuerpo vibraba de anticipación. Caye y yo habíamos fantaseado con esto durante meses. Él me había descrito el plan con detalle, una y otra vez, mientras me acariciaba en la cama de casa: un motel discreto en las afueras de la ciudad, una habitación equipada solo para practicar dominación y sumisión, con muebles y aparatos pensados para someterme por completo. “Quiero llevarte allí y hacerte mía de una forma que nunca has probado”, me susurraba al oído. “Quiero que sientas el miedo dulce de lo nuevo, el placer de entregarte sin poder escapar”. La novedad era lo que más me excitaba. Era la primera vez que íbamos a jugar así y solo de pensarlo ya me mojaba.

Esa tarde me había enviado un mensaje claro:

—“Amor… Te pones el vestido negro entallado que me gusta, sin nada debajo. Paso por ti a las ocho. Hoy voy a cumplir la fantasía que tanto me ha hecho tocarme pensando en tí”.—

Cuando llegó, me besó contra la puerta de la camioneta, antes de subir. Su mano acarició mi espalda tiernamente, mientras me llevaba a destino sus dedos tocaban mis piernas, buscando mi coño desnudo.

—¿Estás nerviosa, amor? —preguntó

—Mucho —admití—. Pero también muy emocionada y caliente.

Llegamos al motel poco después de las nueve. El lugar era discreto, luces rojas bajas en el pasillo. Caye tomó mi mano y me llevó hasta la puerta de la habitación. Al abrirla, el olor a cuero limpio y ambientador de vainilla me golpeó. La luz era tenue, rojiza, perfecta para crear ambiente. Y allí estaba todo lo que él me había prometido: un banco sólido de cuero negro llamado potro, con correas en los cuatro extremos para inmovilizarme inclinada; una cruz de San Andrés montada en la pared, con argollas de acero; la cama grande con anillas metálicas en cada esquina para atarme; y, colgando del techo en el centro de la habitación, un sistema de arneses y poleas que podían levantarme hasta dejarme suspendida en el aire. En una esquina, reluciente y silencioso, esperaba el aparato mecánico de penetración: una máquina con base pesada, un brazo articulado y un consolador grueso, venoso y negro ya colocado, listo para entrar en mí sin cansarse nunca. Sobre una mesita había paletas de cuero, fustas, pinzas y varios tubos de lubricante.

Caye cerró la puerta con llave y me abrazó por detrás. Me besó el cuello despacio, con esa ternura que siempre precede a su lado más dominante.

—Todo esto es para ti, Chely. (Obviamente era más para él) Esta noche vamos a descubrir lo que se siente al rendirte por completo. Si algo te duele de verdad, solo di “rojo”. ¿De acuerdo?

—De acuerdo —susurré, ya respirando agitada.

Me hizo girar y me besó con hambre, sus manos bajando la cremallera del vestido. La tela cayó al suelo y quedé desnuda frente a él, solo con los tacones. Él se quitó la camisa con calma, revelando el torso que tanto amo, luego los pantalones. Su verga ya estaba dura, gruesa y apuntando hacia mí. Pero no me la dio todavía.

—Primero voy a calentarte el culo —dijo, sentándose en el borde de la cama y palmeando sus piernas—. Ven aquí.

Me acosté boca abajo sobre su regazo. Su mano abierta cayó sobre mi nalga derecha con un sonido seco y fuerte. El golpe me hizo saltar y gemir. No era por el dolor; era un calor que se extendía directo a mi coño. Empezó a darme nalgadas rítmicas, alternando entre mis nalgas, eso sí, cada vez más fuerte. Mi piel ardía. Mis gemidos se volvían más altos.

—Qué culo tan perfecto tienes para azotar amor, me encanta—murmuraba él, acariciando las marcas que dejaba en mi trasero—. Mira cómo te mojas con solo esto.

Cuando mi cola ya estaba caliente y enrojecida, me levantó y me llevó hasta el potro. Me inclinó sobre el banco de cuero, ajustando las correas en mis muñecas y tobillos. Quedé completamente inmovilizada, culo en alto, vagina y ano expuestos. Caye tomó una paleta ancha de cuero y empezó de nuevo. Los golpes eran más intensos ahora, resonando en la habitación. Cada nalgada me hacía gritar y al mismo tiempo empujar el culo hacia atrás, buscando más. El ardor se convertía en un placer líquido que me chorreaba por los muslos.

—Cuenta cada una —ordenó.

—Una… dos… tres… —gemí, la voz entrecortada.

Al llegar a veinte, estaba lloriqueando de placer. Caye soltó la paleta y se arrodilló detrás de mí. Su lengua caliente y plana lamió mi coño empapado de arriba abajo, chupando mis labios hinchados, rodeando mi clítoris. Al mismo tiempo, untó lubricante en mi ano y metió dos dedos, abriéndome despacio. Inmovilizada, yo tiraba de las correas, me sentía un poco desesperada, pero me pareció increíble el nivel de excitación que estaba alcanzando, ¿acaso era yo una puta que le gustaba la humillación?

De pronto sentí la cabeza de su verga presionando mi ano. Empujó lento pero firme. Me abrió centímetro a centímetro, estirándome de una forma que nunca había sentido. Cuando estuvo completamente dentro, grueso y palpitante en mi culo, empezó a cogerme con embestidas profundas y constantes.

Alternaba las metidas de verga en mi culo con su boca en mi clítoris: chupaba fuerte, lamía rápido, succionaba como si quisiera tragarse mi placer y me llenaban el culo con un exquisito vaivén. El doble estímulo era brutal.

El orgasmo me golpeó de repente. Empezó como un calor profundo en el vientre, detonado por su gruesa verga que me rellenaba el ano y su lengua implacable chupándome.

Mis paredes se contrajeron alrededor de su miembro, mi coño soltó un chorro caliente que él lamió sin piedad. Grité su nombre, temblando entera, el placer tan intenso que las lágrimas me corrieron por las mejillas. Siguió lamiéndome y follándome el culo hasta que el orgasmo bajó, dejándome jadeando y sensible.

Me soltó del potro con cuidado y me llevó hasta la cruz de San Andrés. Me colocó de frente, abriendo mis brazos y piernas en forma de X. Las correas fueron ajustadas con firmeza. Quedé completamente abierta, pechos expuestos, coño brillando. Caye me puso pinzas en los pezones, apretándolas hasta que gemí de ese dolor dulce. Luego tomó un fuete y empezó a azotarme los muslos, el culo y los pechos con golpes precisos. Cada latigazo me hacía tirar de las ataduras, pero no había escape. Solo placer.

—Te ves tan hermosa así, entregada —susurró, besándome mientras giraba las pinzas.

Cuando mis piernas temblaban, me desató y me llevó al centro de la habitación. Los arneses del techo. Me colocó el arnés corporal: correas anchas alrededor de los muslos, cintura y pecho. Accionó las poleas y me levantó del suelo poco a poco. Quedé suspendida en el aire, piernas abiertas, cuerpo flotando, completamente vulnerable. Caye caminó alrededor de mí, tocándome, pellizcándome los pezones, metiendo dos dedos en mi coño para comprobar lo mojada que estaba.

—Ahora viene lo mejor —dijo con una sonrisa oscura.

Bajó el arnés lo suficiente para colocarme sobre la máquina penetradora. Ajustó el consolador grueso contra mi coño y lo encendió en velocidad media. El aparato empezó a follarme con movimientos mecánicos, profundos y rítmicos. Mientras la máquina entraba y salía sin parar, Caye se paró frente a mí y me metió su verga en la boca. Yo chupaba entre gemidos, suspendida, siendo usada por los dos al mismo tiempo.

Subió la velocidad de la máquina. El consolador grueso golpeaba mi punto G sin misericordia. El placer creció rápido, detonado por la combinación de la verga en mi boca y la penetración mecánica constante. Me corrí por segunda vez con un grito ahogado alrededor de su polla. Mi coño se apretó con fuerza, soltando chorros que mojaron el suelo y la base de la máquina. Mis músculos temblaban en el arnés, el orgasmo era tan largo que pensé que no iba a terminar.

Caye apagó la máquina un momento, me giró en el arnés y ajustó el consolador contra mi ano. Lo lubricó bien y lo encendió de nuevo, ahora penetrándome por el culo con movimientos lentos pero profundos. Al mismo tiempo, se arrodilló debajo de mí y hundió su boca en mi coño. Su lengua me devoraba mientras el aparato mecánico me follaba el ano sin descanso. La sensación era indescriptible: el culo lleno y estirado por el consolador grueso, la lengua de Caye chupando mi clítoris con hambre.

El tercer orgasmo llegó como una explosión. Lo detonó la verga mecánica que me abría el ano combinada con la succión perfecta en mi clítoris. Grité, convulsionando suspendida en el aire, chorros de placer saliendo de mí y mojando la cara de Caye. Él no paró de lamer hasta que bajé, temblando y lloriqueando de puro éxtasis.

Finalmente me bajó con cuidado, me desató el arnés y me llevó a la cama. Me colocó boca arriba y ató mis muñecas y tobillos a las argollas de las esquinas, dejándome abierta en forma de estrella. Se subió encima de mí y me penetró el coño despacio, mirándome a los ojos.

—Te amo —susurró mientras me follaba con embestidas profundas y cariñosas—. Eres perfecta cuando te entregas así.

Se corrió dentro de mí con un gemido ronco, llenándome de calor. Luego vino el momento más dulce: me desató, me abrazó contra su pecho, me acarició el cabello y besó cada marca roja en mi piel. Me dio agua, me cubrió con una manta suave y me susurró palabras de amor mientras yo flotaba aún en el placer.

—Gracias, amor —murmuré contra su cuello, la voz ronca de tanto gemir—. Ha sido… increíble. Nunca había sentido algo así.

Él sonrió y me besó la frente.

—Esto apenas empieza, amor. Cuando quieras repetirlo, solo dímelo.

Me quedé dormida en sus brazos, el culo todavía ardiendo, el coño sensible y lleno de él. Satisfecha hasta el último hueso. Y ya, mientras cerraba los ojos, solo podía pensar en una cosa: cuánto deseaba volver a ese motel pronto. Quería repetir esta entrega total, quería que Caye me sometiera otra vez, con más intensidad aún. Porque ahora sabía que entregarme así era el placer más grande que había probado en mi vida.