Capítulo 1
Capítulo 1: Puertas Abiertas
Era una entrada gigante, una puerta de casa con un letrero rojo neón que vibraba en la noche como una promesa. No era cualquier miércoles. Era la primera vez de Alonso.
Su mano, cálida y segura, lo guiaba por el pasillo alfombrado del club como quien guía a alguien al borde del abismo… o de la liberación.
—¿Nervioso? —le susurró Alejandra, girando apenas su cabeza con su pelo rojo como el fuego, que resaltaba y se confundía con las luces de aquel lugar y que, al pasar, acaparaba las miradas del resto.
. Llevaba un vestido ajustado, negro, sin ropa interior. Alonso lo sabía, y eso le disparaba el corazón al ritmo de una marcha tribal.
—Un poco… —contestó Alonso, con una sonrisa torpe. Pero sus ojos la devoraban.
Alejandra era todo lo que Alonso no: desenvuelta, sensual, confiada. Su experiencia en el mundo swinger le daba un aire de autoridad sexy. Una cuckquean que había vivido muchas cosas… pero ahora quería vivirlas con Alonso. A su ritmo.
El club olía a cuero, perfume y deseo contenido. Gente conversaba en sofás, otros ya se tocaban abiertamente. A su alrededor, cuerpos, piel, jadeos. Sexo explícito. Vida cruda. Sin filtros. Pero también respeto. Miradas que preguntaban sin exigir.
Alejandra no tenía prisa.
—No tenemos que hacer nada que no quieras. Podemos solo mirar… o irnos. Pero si quieres… hay una habitación libre en el playroom. Solo tú y yo. Sin presiones. ¡Vamos a conocerla!
—¿Tienes frío? —le preguntó Alejandra con una sonrisa pícara.
—No… es solo que… hay mucho que ver.
—Entonces mírame a mí —le respondió, y se acercó más, pegando su cuerpo al de Alonso.
Lo besó despacio, en medio del pasillo. Un beso profundo, húmedo, con la lengua jugando suave, como si le dijera relájate, estoy aquí. La sensación de estar rodeado de parejas que también se besaban, se tocaban, se exponían sin pudor, hacía que su cuerpo se tensara… pero también, por primera vez, sintiera que podía dejar de esconder su deseo.
Alonso tenía la garganta seca, el corazón latiendo con fuerza, sólo la miró y entraron.
La habitación era amplia, con luces tenues y una gran cama redonda. Las paredes de vidrio espejado dejaban entrever otras escenas, otras pasiones. Se oía el murmullo de gemidos y risas desde otras habitaciones. Pero ahí, eran solo ellos.
Alejandra lo besó despacio. Con hambre, pero también con ternura.
—Relájate —le dijo, mientras lo desnudaba—. Este es nuestro espacio. Nadie importa más que nosotros ahora.
Alonso se dejó llevar. Por su lengua, por sus caricias, por su voz. Por la forma en que Alejandra lo montó con elegancia, girando lentamente las caderas, como quien doma a una bestia tímida. Sentía la presión de otras miradas, imaginadas o reales, pero también algo más fuerte: la seguridad que Alejandra le transmitía.
Alejandra lo montaba con una sonrisa traviesa, mirándolo a los ojos. Alonso gemía contenido, pero no podía evitarlo. Alejandra lo besó con más fuerza. El ritmo se aceleraba.
—Déjate ver —susurró Alejandra—. Aquí nadie juzga. Aquí eres tú… y yo.
Y Alonso se soltó. Sin vergüenza. Sin miedo.
—Déjame enseñarte cómo se siente esto —susurró, besándole el cuello.
Alejandra lo acarició despacio, mirándolo a los ojos.
—Estás temblando… ¿Te excita que haya otros cerca?
Alonso asintió observando todos los cuerpos al rededor. Alejandra sonrió.
—Eso está bien. Estás aquí para sentir. Yo estoy aquí para cuidarte.
Lo besó mientras sus caderas lo envolvían. Seguía sentada sobre Alonso, húmeda, cálida, y empezó a moverse. Despacio al principio, girando suavemente, como si danzara sobre Alonso. Sus gemidos eran bajos, pero intensos. Alonso no podía evitar mirarla. A veces, entre los velos, alcanzaba a ver otras siluetas moviéndose, cuerpos entrelazados, parejas desnudas viviendo su propia historia. Eso lo hacía más duro.
Alejandra gemía más fuerte.
—Mírame… no tengas vergüenza de lo que sientes. Estás dentro de mí… y todo este lugar vibra con nosotros.
Alonso la abrazó con fuerza, empezó a moverse con más intensidad. Alejandra lo recibió con gusto, lo besó, lo apretó con sus piernas. Cuando Alonso empezó a gemir sin contenerse, Alejandra lo guió:
—Acaba… mírame… dentro de mí.
Y lo hizo. Se corrió con un gemido largo, tenso, que nunca antes había emitido. Alejandra también, segundos antes, había llegado al clímax, apretándolo con su interior mientras su cuerpo temblaba sobre Alonso.
Después, se quedaron abrazados, el sobre Alejandra. Su pecho aun jadeando, la cabeza recostada sobre sus pechos, sus manos entrelazadas.
—¿Cómo te sientes? —preguntó Alejandra, con voz suave.
Alonso sonrió. —Como si me hubieran quitado una venda de los ojos… como si por fin pudiera ser yo.
—Eso es lo que quería mostrarte —respondió Alejandra, besándolo en la frente—. Y esto recién comienza.