Aventuras por el mundo. El mantero de las ramblas
Una MILF conoce a un joven africano que vende productos en las ramblas. Ella es abogada y el será su cliente
Una MILF conoce a un joven africano que vende productos en las ramblas. Ella es abogada y el será su cliente
Lentitud vs velocidad. La degradación anal extrema y humillación de una esposa "perfecta".
El pueblo es un pueblo grande, de unos ocho mil habitantes que en verano aumenta por muchos el número de habitantes. Se dirigieron a la calle donde estaban los bares y restaurantes y decidieron cenar de pinchos
La narradora es madre Y terapeuta auto-impuesta: convierte el incesto en “tratamiento” para la masturbación compulsiva del hijo. El lector queda atrapado no solo por el acto, sino por la forma en que ella traduce cada paso en un supuesto deber clínico que se desmorona palabra tras palabra.
El “semen como firma”: la madre se queda con la mano “manchada” de leche, la lleva a su cuarto y se masturba “imaginando la polla gorda de mi hijo abriéndose paso en mí”. El acto no es solo sexo; es un contrato tácito: ella lo ordeña, él la nombra, y ambos firman con líquido la nueva relación.
El uso del uniforme de enfermera como contraste: la “sanadora” termina siendo la “putita del sótano”. La frase final —“avergonzada de que ya estuviera contando las horas”— convierte la humillación en necesidad; la vergüenza se vuelve adicción.
El uso del sonambulismo como máscara de consentimiento: don Raúl no necesita amenazar ni atar; basta con la ilusión de “no despertar al sonámbulo” para que Valeria acceda. El beso final en la cocina, con la nalgada y la promesa de “guiarte despacio”, convierte la infidelidad en pacto erótico y casi
El primer trío con mi esposa con el primer amante.
Sería un placer para mi poder comerme esos turgentes pechos ¿Estás seguro muchacho? ¿No será mucho arroz para poco pollo? Puede comprobarlo usted misma.
Ella hacía todo lo posible por resaltarlos y ahí, con el calor de prácticamente todo el año, la labor era fácil. Desprenderse del sujetador y dejar sus pechos completamente libres sería una gran apuesta. Después el tiempo y la excitación harían resaltar esa parte de su anatomía, que muchos y muchas
El hombre le sacó el consolador del culo y se lo dio. Mientras su pulgar, tomaba el lugar donde antes estuviera el consolador. Penélope gemía y pedía clemencia, sin dejar al hombre sacar ese dedo de su culo.
Raudo el entrevistador, pasó su dedo pulgar entre los labios de Fatma para recoger esa gota y llevarla a su boca. Fatma exhaló un gemido casi imperceptible, abriendo sus ojos desmesuradamente. El fino sujetador de raso negro marcó con descaro los gruesos y largos pezones de Fatma.
No la dejé terminar y volví a descargar con fuerza sobre ella. Ahora no dijo nada, simplemente se sujetó con fuerza a mis piernas. Tres azotes más terminaron con esa tanda, mientras mi mano se introducía en su húmedo coño, pude apreciar mis dedos marcados en ese blanco culo.
Sin terminar de quitarme la ropa, me posicioné entre sus piernas y empecé a lamer, ese aún húmedo coño. Abrí sus labios vaginales con mis dedos y me dediqué a su coño por entero. Lo lamía sin prisa de arriba abajo, hasta que me quede a vivir en su clítoris. Los gemidos de la muchacha cada vez eran m
Un día cualquiera con ganas de experimentar algo nuevo, una alta, sonrisa agradable y un gran trasero que solo de verla se paraba mi miembro. una historia fantastica
El la sentó en una silla y apartándose de ella un momento, buscó algo en algún sitio. Cuando lo encontró volvió hacia ella y poniéndola las manos a la espalda, ató sus muñecas con unas esposas.
Mi grito quedó acallado por su boca y su mano totalmente cubierta con mis flujos. Su lengua se movía dentro de mi boca como una pequeña boca y sus dedos seguían impasibles circundando mi clítoris.
María se levantó se acercó a mi mesa y se sentó en ella. Me miró fijamente y acercó su cara a la mía, besándome. Está vez yo correspondí, abrí mi boca y enzarcé mi lengua con la suya. María llevó su mano a mi pecho y gimió. Me lo acarició con mucha suavidad pasando la yema de su dedo
Le di la vuelta a la silla y le ordené poner las manos tras el respaldo. Azoté sus pechos hasta tornarlos de un bonito color carmesí. Macarena gemía y me miraba con los ojos saltones. Su sexo destilaba jugos, pues brillaba como una estrella. Alba permanecía callada y sentada en su silla. Acerqué mi
Ángel, necesito que me follés, perdona si te incomodo, sé que ya no soy la mujer que era, pero de verdad lo necesito. Me levanté y la besé tiernamente, ella también se levantó y me llevó a su habitación. Ahí la desnudé y ella me desnudó, agarró con fuerza mi polla y se puso de rodillas.