El ambiente en Atacames era una mezcla asfixiante de sal, humedad y deseo contenido. Estábamos en esa habitación de hotel, el aire acondicionado apenas podía con el calor de nuestros cuerpos, alimentado por el alcohol y una propuesta que me hizo vibrar las piernas: un trío. Cuando ella cruzó la puerta, el aire se detuvo. Era una diosa de ébano con curvas que parecían diseñadas para el pecado, una sonrisa depredadora y unos ojos que me recorrieron como si quisiera devorarme ahí mismo.

No tardamos nada en pasar de las palabras a la acción. En cuanto la música empezó a sonar, el baile se convirtió en un amasijo de manos que exploraban sin permiso. El primer beso con ella fue una explosión; sus labios eran carnosos, húmedos y tan suaves que me hicieron soltar un gemido sordo. Sentir su lengua juguetear con la mía, mientras las manos de mi novio nos desnudaban a ambas, fue el inicio de una locura sensorial.

La cama se convirtió en nuestro campo de batalla.

Quedamos las dos desnudas, y mi novio, fuera de sí por la imagen de dos mujeres entregadas, se lanzó sobre nosotras. Se arrodilló y empezó un festín de sexo oral doble. Lo sentía bajar hacia mi intimidad con una fuerza salvaje, mientras sus manos mantenían a la otra chica abierta para él. Yo sentía el calor de su boca, pero lo que me terminó de volver loca fue que ella, en lugar de solo recibir, empezó a usar sus dedos conmigo. Sus dedos expertos buscaban mi clítoris con una velocidad rítmica, mientras me besaba los senos con una urgencia que me hacía arquear la espalda y clavar las uñas en las sábanas.

—¡Dios, sí, ahí…! —gritaba yo, mientras sentía que mis jugos inundaban la cara de mi novio.

Él no aguantó más. Se puso el condón con los dientes, la tomó a ella de las caderas y la penetró con una fuerza animal. Ver esa escena desde tan cerca, con su verga entrando y saliendo de ese cuerpo perfecto, me puso al borde del colapso. Yo no era una simple espectadora; me acerqué a ella por detrás, mordiéndole los hombros y acariciando sus pezones endurecidos, mientras sus gemidos se mezclaban con los míos en una sinfonía de puro placer.

Luego, el intercambio de fuego. Él me tomó a mí, enterrándose profundamente, llenándome por completo con cada embestida que hacía que el somier del hotel golpeara contra la pared. Ella, lejos de descansar, se arrodilló frente a él. Mientras él me destrozaba con cada embestida, ella tomó sus bolas con su boca, succionando y jugando con una destreza que hacía que él perdiera el ritmo por el exceso de placer.

Fueron dos horas de un frenesí inhumano. Sudor, saliva y fluidos cubrían cada centímetro de la cama. Estábamos conectados en un bucle infinito de penetraciones, lenguas que exploraban cada rincón y orgasmos que se encadenaban uno tras otro. Cada vez que pensaba que ya no podía más, un roce de ella o una embestida de él me lanzaba de nuevo al abismo. Terminamos los tres fundidos en un solo cuerpo, temblando, vacíos y con la piel ardiendo. Atacames nunca volvió a ser el mismo después de esa noche de lujuria absoluta.