Capítulo 5

CAPÍTULO 5: “BAJO LAS ESTRELLAS CON MI MACHO”

o cómo Eduardo me recordó que soy toda suya

— ¿Qué haces, mi amor? —le escribí a Eduardo, con el celular en la mano y el cuerpo todavía temblando por lo que había pasado en la ventana con mis vecinitos.

La verdad me había quedado dormida. Estaba devastada. El día había sido una montaña rusa de placer, machos, leche y morbo. Y mi cuerpo pedía descanso… pero mi coño pedía más.

No tardó ni un minuto en contestarme:

“Prepárate, te voy a llevar a ver las estrellas otra vez jajaja”

Me quedé viendo el mensaje sin entender bien.

— No entendí —le puse, con una sonrisa en la cara.

Su respuesta llegó al instante, con esa seguridad que me derretía:

“Sí, ponte bonita para mí y paso por ti en un rato.”

Yo solo contesté: “ok”

Ni siquiera me preguntó si podía. Sólo me dijo que pasaba por mí. Y eso me encanta. Que sea bien macho, posesivo. Que no pida permiso, que tome lo que es suyo. Porque yo soy suya, aunque tenga a la novia colgada del brazo. Y él lo sabe.

No sabía a dónde iríamos, pero estaba segura de que sería toda una experiencia.

Así que me puse una faldita de cuero bien ajustada que me dejaba las nalgas apretadas y el culo paradito, unas botas sexi que me subían por las pantorrillas, y un escote provocador que dejaba mis tetas casi al aire, pidiendo ser devoradas otra vez.

Me arreglé el cabello, me pinté los labios rojos, y esperé con el corazón acelerado.

Unos minutos después, escuché una moto que se detenía justo en la esquina.

Me asomé discretamente por la ventana… y ahí estaba Eduardo.

Se veía tan rico. Todo un puto dios que me encantaba. Con su cuerpo de macho, sus brazos fuertes, esa espalda que me derretía. La moto negra, el casco colgado del manubrio, la mirada fija en mi ventana.

Al poco instante, recibí un mensaje:

“Vámonos.”

Tomé mi bolsa y salí.

Me hizo señas para que me subiera y no lo pensé dos veces. Monté detrás de él y lo primero que hice fue abrazarlo fuerte. Sentí su espalda contra mis tetas, su olor a macho, su calor.

Metí mis manos por debajo de su playera y agarré sus pectorales. Duros, grandes, perfectos. Me encanta todo de Eduardo. Su cuerpo, su voz, su seguridad, su verga. Todo.

Nos detuvimos en un semáforo.

Él volteó, me miró con esos ojos que me desnudaban, y me dijo:

— Te ves hermosa.

Y me besó.

Un beso apasionado, con lengua, con mordida, con hambre. Me derretía. Él sabía perfectamente qué hacer para que yo cayera rendida a sus pies.

Tomó mis manos y las puso en su bragueta. Sentí su verga dura, caliente, pidiendo salir.

— Agárrate bien —dijo, con esa voz ronca que me hacía temblar.

Seguimos el trayecto por media hora más o menos. Tal vez eran las 11 de la noche, no sabía con exactitud. Sólo veía cómo nos alejábamos de la ciudad, cómo las luces se apagaban y el cielo se volvía más oscuro… y más estrellado.

Cada vez se ponía todo más excitante.

Mientras él conducía, yo le acariciaba con ansias locas su verga por encima del pantalón. La sentía deliciosa, dura, gruesa, pidiendo que la sacara otra vez. Yo solo recordaba lo rico que la habíamos pasado apenas hace unas horas, y ya me imaginaba a Eduardo hacerme su mujer de manera tan apasionada como él sólo sabía.

Continuamos el trayecto. Nos adentramos en el campo. El aire olía a tierra mojada, a noche, a libertad.

Hasta que nos detuvimos.

Literal me había llevado a ver las estrellas.

Era algo tan excitante… a la vez romántico. ¿Por qué hacía todo esto? ¿Por qué? No lo sé, pero lo iba a disfrutar.

Apagó la moto, se bajó, y con esa mirada de macho que me tenía loca, me dijo:

— Bienvenida a nuestro nido de amor.

Me tomó de la cintura y me besó. Me estrujaba con sus brazos, recorría todo mi cuerpo con esas manos de hombre, apretándome las nalgas, subiendo por mi espalda, bajando por mis tetas.

Me cargó como si no pesara nada y me subió al asiento de la moto. Quedé sentada sobre la piel caliente del asiento, con las piernas abiertas, la falda de cuero subida, y él entre mis muslos.

Mientras me besaba, con la lengua jugando con la mía, me susurró al oído con esa voz gruesa que me hacía temblar entera:

— Hoy vas a ser mía… sólo mía.

Y yo, con el coño empapado, las tetas apretándose contra su pecho, y las estrellas mirándonos desde arriba, supe que esa noche iba a ser inolvidable.

Ventana con vista al pecado

Ventana con vista al pecado IV Ventana con vista al pecado VI