Capítulo 1
Lucía se levantó temprano esa mañana, como siempre lo hacía, con el sol filtrándose apenas a través de las cortinas de su habitación principal. A sus 45 años, su cuerpo era un testimonio viviente de disciplina y deseo reprimido: pechos grandes y firmes, talla doble D, que se balanceaban con cada movimiento bajo la tela casi transparente de su pijama de seda rosa pálido, que apenas ocultaba los pezones oscuros y erectos por el fresco del amanecer. Su cintura estaba definida por años de constancia en el gym, donde dedicaba horas a cardio intenso, sudando profusamente mientras imaginaba manos ajenas recorriendo su piel. Y ese culo… oh, ese culo grande y redondeado en forma de corazón perfecto, que se movía con un vaivén hipnótico al caminar, tenso y jugoso bajo el short ajustado del pijama. Sus ojos café claros brillaban con una mezcla de ternura maternal y un fuego latente, su nariz pequeña y delicada contrastaba con sus labios carnosos, y su cabello largo y oscuro caía en ondas sueltas hasta la mitad de su espalda, aún revuelto por el sueño.
Bajó a la cocina con pasos suaves, el piso de madera crujiendo ligeramente bajo sus pies descalzos. Preparaba el desayuno para su «bebé», aunque William ya era un hombre hecho y derecho de 23 años. Él era su único hijo, fruto de un matrimonio que había terminado en traición: su exmarido la había dejado por una extranjera más joven, llevándose solo sus recuerdos y dejando a Lucía sola con el niño. Pero ella no se había rendido. Con determinación, consiguió un trabajo en ventas de bienes raíces, donde sus curvas y su carisma cerraban deals con comisiones jugosas. Así pagó la casa amplia y moderna en un barrio tranquilo, los estudios universitarios de William, y acumuló ahorros que ahora la hacían sentir segura. Su hijo, recién graduado, trabajaba en una empresa de telecomunicaciones con un sueldo decente, y le había insistido: «Ahora yo te cuido, ma. Descansa». Lucía, con sus ahorros intactos, se dejó mimar, disfrutando de esa inversión de roles que la hacía sentir deseada de nuevo.
Mientras batía los huevos para los omelettes, el pijama se adhería a su piel sudorosa por el calor de la estufa, delineando cada curva. Sus pechos se movían con libertad, los pezones rozando la tela fina y enviando pequeñas descargas de placer por su cuerpo. Pensaba en William, en cómo había crecido: alto, musculoso por sus propias rutinas de gym, con ojos penetrantes y una sonrisa que la derretía. De pronto, oyó pasos en las escaleras. William bajó, ya vestido para el trabajo con una camisa ajustada que marcaba sus pectorales y pantalones que acentuaban su paquete prominente. Se acercó por detrás, rodeándola con sus brazos fuertes en un abrazo posesivo.
—Buenos días, mami —murmuró en su oído, su aliento cálido contra el cuello de Lucía, enviando escalofríos por su espina dorsal.
Sus manos subieron audazmente, agarrando y apretando ambas tetas con firmeza, los dedos hundiéndose en la carne suave y abundante a través de la tela delgada. Lucía jadeó suavemente, sintiendo cómo sus pezones se endurecían al instante bajo el toque, un calor húmedo comenzando a formarse entre sus piernas. Él besó su cuello con labios suaves, succionando ligeramente la piel sensible, dejando una marca sutil de posesión.
Ella sonrió, girándose en sus brazos, su cuerpo rozando el de él de manera provocativa. —Ay, cómo haces sentir bien a tu vieja —susurró, y se inclinó para darle un pico rápido en la boca, sus labios carnosos presionando los de él por un segundo eterno, cargado de electricidad.
William no se contuvo. —¡¿Cuál vieja, ma?! Si estás bien rica —replicó con una voz ronca, sus ojos devorando su figura. Sus manos volvieron a las tetas, tocándolas con avidez, amasándolas como masa suave, los pulgares rozando los pezones endurecidos en círculos lentos y torturantes. Lucía sintió un pulso en su clítoris, su vulva hinchándose bajo el short. —Mira estos pechos… están hermosos, ma. Tan grandes, tan jugosos, perfectos para morderlos todo el día.
Bajó una mano a sus nalgas, agarrando el culo en forma de corazón con fuerza, sacudiéndolo y abriéndolo ligeramente, sintiendo la carne temblar bajo sus palmas. —Y mira aquí… estas nalgas están hermosas también, ma. Tan redondas, tan firmes, ideales para azotarlas y verlas enrojecer. —Su otra mano se coló entre sus piernas, tocando su vulva a través de la tela, sacudiéndola con movimientos expertos, los dedos presionando contra los labios hinchados y el clítoris sensible. Lucía gimió bajito, sus jugos comenzando a mojar el short, el placer irradiando desde su centro como ondas calientes.
William la miró a los ojos, y luego la besó: un beso tierno y suave al principio, sus labios fusionándose, pero pronto introdujo la lengua, explorando su boca con lentitud erótica, saboreando su saliva dulce mientras sus manos seguían jugando con su cuerpo. Lucía correspondió, su lengua danzando con la de él, el beso volviéndose húmedo y apasionado, su respiración acelerada.
—Ya, hijo… vas a llegar tarde —dijo ella al separarse, su voz temblorosa, el rostro sonrojado y acalorada hasta el núcleo, su vulva palpitando con necesidad.
Se sentaron en el comedor, el televisor encendido con noticias matutinas: algo sobre economía, clima, un escándalo político que apenas registraban. Comieron platicando de todo y nada: del trabajo de William, de cómo el tráfico en la ciudad era un infierno, de una película que querían ver juntos. Lucía no podía dejar de mirarlo, imaginando sus manos en ella de nuevo, su polla dura presionando contra su cuerpo. William comía rápido, ansioso por el día, pero sus ojos se desviaban a los pechos de su madre, que se asomaban tentadores por el escote del pijama.
Llegó la hora. William se levantó, se acercó y le dio otro pico en la boca, esta vez más prolongado, sus labios succionando los de ella con un toque de urgencia. —Te veo en la noche, ma. Piensa en mí —susurró, guiñándole un ojo antes de salir por la puerta.
Lucía se quedó sola en la mesa, terminando su desayuno con el corazón latiendo fuerte. El toque de su hijo la había dejado ardiendo, un fuego que no se apagaba. Se levantó, sintiendo el short pegado a su vulva húmeda, y subió al baño. Abrió la ducha, el agua caliente cayendo sobre su piel como una caricia. Se quitó el pijama lentamente, admirando su reflejo en el espejo empañado: sus tetas grandes y pesadas, con pezones erectos como botones maduros; su cintura curva llevando a caderas anchas y ese culo corazón que tanto deseaba ser llenado; su vulva depilada, los labios hinchados y rosados, goteando jugos de excitación.
Entró bajo el chorro, el agua resbalando por sus curvas, y no pudo resistir. Una mano bajó a sus tetas, pellizcando un pezón con fuerza, imaginando la boca de William succionándolo, mordiéndolo hasta hacerla gritar. La otra mano se deslizó entre sus piernas, dedos separando los labios vaginales, rozando el clítoris hinchado en círculos rápidos. —Ahh… William… sí, hijo… tócame así… —gemía en voz baja, su mente reproduciendo la escena de la cocina: sus manos amasando sus tetas, sacudiendo su culo, sacudiendo su vulva hasta que el placer la invadía. Insertó dos dedos en su coño empapado, sintiendo las paredes contraerse alrededor de ellos, bombeando profundo y rápido mientras el agua caliente amplificaba cada sensación. Imaginaba a su hijo desnudo, su polla gruesa y venosa penetrándola desde atrás, embistiendo con fuerza animal, sus bolas golpeando contra su clítoris. El orgasmo llegó como una ola: su cuerpo se tensó, los muslos temblando, un chorro de jugos calientes saliendo de su vulva mientras gritaba su nombre, corriéndose con intensidad, las rodillas débiles.
Salió de la ducha jadeante, se secó con toques suaves, sintiendo la piel sensible. Se cambió para ir al supermercado: un vestido ajustado que abrazaba sus curvas, escote generoso mostrando el canalillo de sus tetas, y falda que acentuaba su culo corazón. Maquillaje ligero, perfume floral que la hacía oler a deseo. Justo cuando iba a salir, sonó el teléfono. Era Alondra, su amiga de años, una mujer de su misma edad, curvilínea y aventurera, siempre metida en ideas locas.
—Lucía, ¡tengo algo increíble! Encontré un nuevo trabajo, uno que nos puede hacer ganar mucho dinero en horas. Te invito, ven a mi casa y te cuento todo.
Lucía frunció el ceño, ajustando el vestido sobre sus caderas. —Suena a estafa, Alondra. ¿De qué se trata? No me vas a meter en nada ilegal, ¿verdad?
Alondra rio, su voz juguetona y convincente. —¡No, tonta! Es algo que siempre has querido probar, algo… excitante. Paga bien, y es flexible. Ven, te explico en persona. No seas cobarde, ¿o qué? ¿Prefieres seguir vendiendo casas a viejos ricos que te miran las tetas?
Lucía dudó, pero la curiosidad picó. Recordaba conversaciones con Alondra sobre fantasías reprimidas, sobre querer algo más en la vida, algo que la hiciera sentir viva de nuevo. —Está bien, voy para allá. Pero si es una pirámide o algo, te mato.
Colgó, tomó su bolso y salió en su coche, el motor ronroneando mientras conducía por las calles soleadas. Pensaba en William, en el toque matutino, en cómo su cuerpo anhelaba más. El tráfico era ligero, y pronto llegó a la casa de Alondra, una vivienda moderna similar a la suya, con jardín cuidado. Aparcó, se miró en el retrovisor: cabello perfecto, labios rojos, tetas erguidas. Bajó, caminó con ese vaivén de caderas que volvía locos a los hombres, y tocó el timbre.
La puerta se abrió, y allí estaba Alondra: rubia teñida, curvas exuberantes en un top ceñido y leggings que marcaban su culo redondo. —¡Lucía! ¡Qué bueno que viniste! — exclamó, abrazándola fuerte, sus tetas presionando contra las de Lucía en un roce accidental pero cargado.
—Hola, Alondra. Cuéntame todo, que me tienes intrigada —dijo Lucía con una sonrisa, entrando en la casa, el aire cargado de perfume y promesas.
Al entrar a la casa de Alondra, el aire estaba cargado de un aroma dulce y floral, mezclado con un toque de excitación palpable que Lucía podía sentir en su piel aún sensible por el roce matutino con su hijo. Alondra cerró la puerta con un clic suave pero definitivo, girándose para darle otro vistazo a su invitada. Sus ojos recorrieron el cuerpo de Lucía con hambre voraz: esos pechos grandes y firmes presionando contra el vestido ajustado, la curva de su cintura definida por el gym, y ese culo en forma de corazón que se marcaba tentador bajo la falda. Alondra sintió un calor inmediato entre sus piernas, su panocha humedeciéndose al instante, los labios vaginales hinchándose y goteando jugos calientes que empapaban sus bragas.
—Hay, condenada, salúdame bien —murmuró Alondra con una voz ronca y juguetona, acercándose como una depredadora. Sin darle tiempo a responder, pegó su cuerpo al de Lucía y la besó con furia, sus labios carnosos devorando los de ella en un beso profundo y húmedo. Su lengua invadió la boca de Lucía, danzando con la suya en un remolino de saliva caliente y sabores dulces, mientras sus manos no paraban de tocarla por todos lados: primero subieron por la espalda, clavando las uñas en la tela del vestido para tirar de ella; luego bajaron a agarrar ese culo perfecto, amasándolo con fuerza, separando las nalgas y sintiendo el calor irradiando desde el centro de Lucía.
Lucía jadeó en el beso, su cuerpo respondiendo al instante, el fuego que William había encendido esa mañana ahora rugiendo como un incendio. —Ay, Alondrita… no sabía que todavía te gustaban estas carnes… ya tengo mis años… ya no estamos tan jóvenes —susurró entre besos, su voz entrecortada por gemidos suaves, mientras Alondra succionaba su labio inferior y mordía ligeramente, enviando ondas de placer directo a su clítoris.
Alondra rio contra su boca, sus manos subiendo ahora al escote del vestido para tirar de él hacia abajo, exponiendo los pechos grandes y pesados de Lucía, con pezones ya erectos y oscuros como bayas maduras. —Pues mira cómo me tienes, tú eres como los buenos vinos, Lucía… cada vez más buena, más jugosa, más para devorar —replicó, sus ojos brillando con lujuria mientras empezaba a desvestirla con urgencia. El vestido cayó al suelo en un susurro de tela, dejando a Lucía en ropa interior: un sostén push-up que apenas contenía sus tetas doble D y unas bragas de encaje que ya estaban empapadas por la excitación acumulada.
Alondra no perdió tiempo. Apretó las tetas de Lucía con ambas manos, hundiéndolas en la carne suave y abundante, amasándolas como si fueran suyas para reclamar. Los pezones se endurecieron aún más bajo sus palmas, y Alondra bajó la cabeza para chuparlos con deseo y urgencia: primero uno, succionando el pezón con labios hambrientos, la lengua girando en círculos rápidos y húmedos, mordisqueando con dientes suaves hasta que Lucía arqueó la espalda y gimió alto. Luego el otro, alternando con besos babosos que dejaban rastros de saliva brillante sobre la piel. Lucía se dejaba hacer, disfrutando cada segundo, su vulva palpitando con necesidad, los jugos fluyendo copiosamente por sus muslos internos. Venía caliente del contacto con su hijo, y esto era el catalizador perfecto: sus manos se enredaron en el cabello rubio teñido de Alondra, empujándola más contra sus tetas, sintiendo el placer irradiar desde sus pezones hasta su coño empapado.
—Quítatelo todo, quiero verte desnuda y lista para mí —gruñó Alondra, desenganchando el sostén y arrancando las bragas con un tirón que hizo que Lucía jadease. Ahora parada allí, completamente expuesta, su cuerpo curvilíneo brillando bajo la luz del salón: tetas colgando pesadas y tentadoras, cintura marcada, culo redondo y firme, y su vulva depilada con labios hinchados y rosados, goteando hilos de excitación que caían al piso.
Alondra se arrodilló frente a ella, sus rodillas golpeando el suelo con un thud suave, y separó las piernas de Lucía con manos firmes. —Mira qué delicia tienes aquí —susurró, su aliento caliente contra la vulva antes de atacar: su lengua lamió los labios externos con trazos largos y lentos, saboreando los jugos salados y dulces, luego se centró en el clítoris, chupándolo como un caramelo, succionando con fuerza mientras dos dedos se colaban en la vagina empapada, bombeando profundo y curvos para rozar el punto G. Lucía tembló, sus muslos temblando alrededor de la cabeza de Alondra, y el orgasmo la golpeó como un rayo: su coño se contrajo alrededor de los dedos, chorros de jugos calientes salpicando la boca de Alondra mientras gritaba —¡Que ricooo! ¡Sí, Alondra, no pares! —su cuerpo convulsionando en ondas de placer puro, las tetas balanceándose con cada espasmo.
Alondra se levantó, lamiéndose los labios con una sonrisa triunfante, y tomó la mano de Lucía. —Ven, esto apenas empieza —dijo, llevándola de la mano por el pasillo hasta su dormitorio. La cama era enorme, king size con sábanas de satén rojo que invitaban al pecado. Alondra se desvistió rápidamente, revelando su propio cuerpo curvilíneo: tetas grandes y caídas ligeramente por la edad, pero firmes y apetecibles con pezones rosados; cintura ancha, caderas generosas y un culo redondo que se movía con cada paso; su vulva con un triángulo de vello rubio, ya hinchada y húmeda.
Empujó a Lucía sobre la cama con un movimiento juguetón pero dominante, y se subió encima de ella. Ambas se comieron en todos lados: primero en un 69 ardiente, Lucía debajo con la vulva de Alondra presionada contra su boca, lamiendo y succionando el clítoris hinchado mientras Alondra devoraba el coño de Lucía desde arriba, sus lenguas explorando cada pliegue, dedos insertándose en vaginas empapadas, el cuarto llenándose de gemidos ahogados y el sonido húmedo de chupadas. Lucía mordisqueaba los labios vaginales de Alondra, introduciendo la lengua profundo en su agujero, saboreando los jugos que fluían como un río, mientras Alondra pellizcaba los pezones de Lucía y frotaba su clítoris con el pulgar en círculos rápidos.
Luego cambiaron: Alondra se tumbó de espaldas, y Lucía se sentó en su cara, moliendo su vulva contra la boca ansiosa, sintiendo la lengua penetrarla mientras sus propias manos amasaban las tetas de Alondra, tirando de los pezones hasta hacerla arquearse. —¡Come mi coño, Alondra! ¡Hazme correrme de nuevo! —exigía Lucía, su voz ronca por el placer, mientras Alondra respondía con gemidos vibrantes que enviaban ondas directo a su clítoris.
—Lucía, mira qué tengo acá —dijo Alondra de repente, rodando para abrir el buró junto a la cama y sacar un strap-on grueso y venoso, de silicona negra con un arnés ajustable, vibrador incorporado en la base para quien lo usara.
Lucía lo miró con ojos brillantes de lujuria. —Ahh, qué delicia… cógeme ya, condenada —suplicó, sus tetas subiendo y bajando con respiración agitada.
Alondra se lo acomodó con manos hábiles, el dildo erecto y listo, lubricado por sus propios jugos. Colocó a Lucía en misionero, separando sus piernas anchas para exponer la vulva goteante. Entró de una embestida salvaje, el dildo grueso estirando las paredes vaginales de Lucía, llenándola por completo. —¡Toma, perra caliente! —gruñó Alondra, embistiendo con fuerza, sus caderas chocando contra las de Lucía en un ritmo brutal, el chapoteo húmedo resonando en la habitación. Mientras follaba, agarraba y amasaba las tetas de Lucía, pellizcando los pezones con saña, inclinándose para morderlos y succionarlos, dejando marcas rojas en la piel cremosa.
Lucía ya llevaba tres miniorgasmos solo con las embestidas: cada uno la hacía contraerse alrededor del dildo, chorros pequeños salpicando las sábanas, sus gemidos convirtiéndose en gritos —¡Más fuerte, Alondra! ¡Fóllame como una puta! —. Alondra puso aún más marcha, acelerando el ritmo, el vibrador en la base estimulando su propio clítoris con cada thrust. Lucía explotó en un orgasmo fuerte: su cuerpo tembló toda, las piernas envolviendo la cintura de Alondra, el coño convulsionando en espasmos violentos, un squirt abundante empapando el strap-on y las caderas de su amiga mientras gritaba —¡Sííí! ¡Me corro, me corro duro! —.
Lucía se recuperó jadeante, casi agotada pero con un fuego vengativo. —Ahora te toca a ti, zorra —dijo, quitándole el strap-on a Alondra y poniéndoselo ella misma, el dildo aún caliente y húmedo. Puso a Alondra de perrito, admirando su culo redondo alzado, la vulva expuesta y goteante. Entró de una embestida brutal, follándola con fuerza animal, sus caderas golpeando las nalgas que se enrojecían con cada impacto, el chapoteo de jugos resonando como aplausos obscenos. —¡Sí, Lucía, cógeme! ¡Dame con todo! —gemía Alondra, empujando hacia atrás para tomar más profundo, sus tetas balanceándose bajo ella.
Lucía aceleraba, una mano en la cadera de Alondra y la otra alcanzando para pellizcar su clítoris, frotándolo en círculos rápidos mientras embestía. Alondra llegó a su clímax con un aullido, su vagina contrayéndose alrededor del dildo, jugos chorreados por sus muslos. Pero Lucía se desquitó un poco más: la volteó, abrió sus piernas anchas y bajó la cabeza para comérsela. Su lengua atacó la vulva con voracidad, lamiendo los labios hinchados, metiéndola profundo en la vagina para saborear los jugos post-orgasmo, luego mordisqueando el clítoris con dientes suaves pero insistentes, succionándolo hasta que Alondra temblaba de nuevo. —¡No pares, Lucía! ¡Trágatelo todo! —suplicó Alondra, y explotó en un orgasmo explosivo: su cuerpo arqueado, un squirt potente salpicando la cara de Lucía, quien tragó todos sus jugos con delicia, lamiendo cada gota como néctar.
Pasó un rato en lo que se calmaron, jadeantes y sudadas, metiéndose bajo las sábanas revueltas, sus cuerpos entrelazados en un abrazo perezoso, tetas presionadas contra tetas, piernas enredadas. Lucía tomó la palabra finalmente, su voz aún ronca por los gemidos. —Ahora sí, dime mi dulce Alondrita, ¿de qué era el trabajo? —preguntó, mientras las dos reían suavemente, el aire aún cargado de sexo y complicidad.