Capítulo 2
- 5 chicos negros contra mi I
- 5 chicos negros contra mi II
- 5 chicos negros contra mi III
No pasaron más de dos minutos cuando ya estaban los siguientes dos entrando al baño y diciéndome: «¿Dónde está la putica de este fin de semana? Si te gustaron las dos vergas que acabas de ver, con las de nosotros vas a quedar loca, jajajaja».
Y, efectivamente, cuando abrí la puerta del baño ya tenían los pantalones desabrochados y, sin darme tiempo a reaccionar, uno sacó mis tetas del escote mientras el otro me obligaba a ponerme de rodillas y me decía: «Puta, saca ya nuestras vergas y mira cómo nos tienes de duros por estar oliendo tus tangas». Sin pensarlo, procedí a liberar esas vergas de los pantalones y los bóxers que las tenían escondidas.
Si las dos vergas anteriores me dejaron con la boca abierta, estas dos eran impresionante; eran igual de grandes, gordas y venosas. Cuando las tomé en mis manos no podía cerrarlas del todo, mientras tanto ellos me amasaban las tetas y me decían lo rica y puta que me veía de rodillas con sus enormes vergas negras entre mis manos. Estas dos sí las acaricié más tiempo y las observé con ansias de tenerlas adentro, pues además de ser enormes tenían unas cabezas gigantescas y una de ellas estaba curvada hacia un lado; ya me imaginaba clavada, atravesada por esos enormes pedazos de carne, rellenándome toda, haciéndome su puta de fin de semana.
Entonces retomé el control de mí misma, las lamí igual que las dos anteriores, les apreté los huevos y les dije: «Ya quiero ser ensartada por estas maravillas de vergas, me van a dejar rota completamente, muchachos. Ahora salgan y que vengan los dos que faltan por calificar». Me reí y los envié para la mesa.
El que faltaba no era ni más ni menos que el chico del brindis, el que se había atrevido a llevar mi mano para que le tocara su verga dura y me había ofrecido la finca en las afueras. La verdad, estaba ansiosa por verle su verga, por tocarla, por revisarla toda, así que decidí esperarlo de una manera diferente: me dejé las tetas por fuera, subí mi falda a mi cintura y me senté en el inodoro con las piernas totalmente abiertas y metiéndome los dedos dentro de mi ya jugosa vagina.
Cuando entró el último, el esperado, el artífice de esta situación, me miró y me dijo:
—Yo lo sabía, desde que te vi supe que eras una puta blanca y que ibas a terminar así para nosotros: con las patas bien abiertas y pidiendo que te demos tanta verga que te volverás adicta a nuestras vergas y al sabor de nuestro semen. Sabía que ibas a ser nuestra puta de fin de semana.
Y sin tan siquiera darme tiempo, ya tenía sus dedos metidos en mi cuca abierta y babosa de mi propio fluido, mientras yo sacaba su verga del pantalón. De verdad que esta verga lo tenía todo: era grande, gruesa, venosa, cabezona, curva y estaba totalmente mojada de líquido preseminal; era digna de un premio. Por eso, mientras él me metía los dedos, yo lo masturbaba y le decía:
—¿Seguro quieres que sea la puta de todos? Porque podría ser solo tuya…
A lo que él respondió metiéndome los dedos completamente hasta el fondo de mi útero, diciéndome:
—Obvio eres solo puta, pero al ser mía, decido que te culiemos todos y seas la puta, la perra blanca mía y de mis amigos, y de quien yo decida. Cuando te vi les dije a los muchachos: «Les prometo que esa perra que está sentada en esa mesa va a ser nuestra puta este fin de semana». Ellos se rieron y no me creyeron, así que les aposté un millón de pesos a que tú ibas a ser nuestra perra, nuestra caneca de semen este fin de semana. Así que, puta, levántate, quítate el brasier y sal con esa camisa transparente para que todos sepan que te vamos a coger como puta todo el fin de semana. Y disfrútalo, que a distancia se veía que necesitabas verga.
Sacó sus dedos de mi vagina, me pegó una cachetada con su verga, me quitó el brasier y, antes de salir, me dijo:
—No te demores, puta, que tienes cinco vergas por satisfacer.
Cerró la puerta y salió.
Al salir el chico, yo me levanté, me miré al espejo, retoqué mi maquillaje, me acomodé la falda y me dije: «Definitivamente, Margarita, aún puedes cogerte a quien tú quieras. Así él te haya escogido, tú misma fuiste quien decidió ser la puta de estos negros. Si quiero, salgo, los beso, me despido y me voy a coger con quien yo elija». Sonreí y salí del baño.
Caminé hasta la mesa, orgullosa de mis tetas y siendo observada por cada hombre que estaba en el bar. Me senté en la mesa, tomé mi cerveza, me la tomé de un sorbo, los miré y les dije:
—Muchachos, definitivamente tienen las vergas más hermosas y grandes que he visto en mi vida, y quiero que entiendan algo muy importante: yo soy quien decide ser su puta, no ustedes.
Miré al último chico que había entrado y luego a los demás, y sin pensarlo dos veces les dije:
—Este caballero les debe un millón. Yo me voy a abrirle las piernas a otros. Adiós.
Me levanté de la mesa, tomé mi bolso y mi chaqueta, me dirigí a la otra mesa donde había tres hombres solos y les dije:
—¿Me invitan una cerveza?
A lo que ellos respondieron, sin dudar, que sí.
Sin pensar que este acto sería cobrado unas horas después en Santa Elena.