Les cuento cómo fue: después de tantos meses de hablar del tema, de fantasear en la intimidad de nuestra recámara, mi Esmeralda y yo (Samuel, pero como saben, todos me dicen Sam) finalmente dimos el paso. Queríamos experimentar eso de compartir nuestra intimidad con otra pareja, pero de una manera segura, sin tantos rollos. Pensamos que lo más fácil en ese entonces sería ir a un club swinger, conocer ahí directamente a alguien y ver qué pasaba.

El lugar al que fuimos quedaba por el centro histórico. No les voy a mentir, el bar no era nada bonito. Se llamaba «El Encuentro» y tenía un letrero de neón medio jodido que parpadeaba. Adentro, el ambiente era… intenso. Las paredes eran de un rojo oscuro, como vino tinto, pero ya con cierto deterioro. El piso crujía. Había varias parejas, algunas como nosotros, jóvenes, otras más grandes, todas en sus mesitas o ya bailando en una pista de baile con poca luz, donde más que bailar, se empezaban a “manosear”.

Lo que más nos sacó de onda fueron dos cosas: primero, los guardias. Eran tipos grandotes, con cara de pocos amigos, parados en las esquinas. No vigilaban discretamente, no. Te observaban fijo, como escaneándote, y eso a mí me puso nervioso. Se sentía incómodo.

Y segundo, los hombres solos. ¡Había un buen! Y el lugar decía en su publicidad que era sólo para parejas swinger. Pero ahí estaban, como una docena de tipos, merodeando. Algunos se acercaban a las parejas sin mucho protocolo. Vi a uno, ya con la verga de fuera y bien parada, ofreciéndosela a una señora en la barra. Ella lo miró, habló con su esposo, y al rato el tipo ya le estaba metiendo mano por encima del vestido. Para nosotros, que íbamos por primera vez, eso fue muy atrevido, muy intenso. Esmeralda me apretó la mano y me dijo: «Sam, ¿estás seguro?». Casi nos vamos.

Pero entonces los vimos a ellos. Una pareja, sentados en una mesa no muy lejos Rodrigo y Silvia. Él, canoso, como de unos 45 años, pero bien cuidado, con un traje casual que se le veía bien. Ella, quizá unos 35 años, con un vestido negro elegante y el pelo recogido en un moño. No hacían mucho alboroto, solo observaban todo con una calma que decía «nosotros ya sabemos cómo va esto». Se veían experimentados.

Cuando Rodrigo se acercó y nos invitó a su mesa, aceptamos. La plática fue normal al principio: trabajos, la ciudad, el clima. Pero después del segundo trago, Silvia nos miró directo y preguntó: «¿Les gusta usar lenguaje fuerte cuando cogen? A nosotros nos gusta hablar claro, decir las cosas por su nombre y quizá a veces rayando un poquito en lo “vulgar”».

Esmeralda y yo intercambiamos una mirada. En nuestra intimidad, sí nos excitaba el lenguaje explícito. «Sí», dije, sintiendo cómo el calor me subía por el cuello. «Nos gusta».

Rodrigo sonrió. «Bien. Porque lo que viene no es para tímidos».

Entonces nos propuso ir a un hotel. Dijo que conocían uno cerca, por el Teatro Metropólitan, que antes fue cine, donde sin problema dejaban entrar a dos parejas a una habitación. Esmeralda y yo nos miramos, nos dimos esa mirada de «¿lo hacemos?» y, con el corazón a mil, aceptamos.

El hotel era discreto, de esos que no preguntan mucho. Rodrigo manejó todo en la recepción. La habitación era amplia, con una cama king size enorme y una luz tenue que creaba un ambiente… pues, propicio.

Lo que siguió fue la noche más intensa de nuestras vidas (hasta ese día).

En cuanto se cerró la puerta del hotel, el ambiente cambió por completo. Rodrigo, con esa confianza que da la experiencia, llevó a Esmeralda hacia la cama. «Vamos a hacer esto bien», dijo, mientras la recostaba suavemente. «Quiero saborearte completa».

Mientras tanto, Silvia me tomó de la mano. «Ven, Sam. Tu esposa está en buenas manos. Ahora es nuestro turno». Me sentó en un sillón que había en la habitación y, sin preámbulos, se arrodilló entre mis piernas. Me bajó el cierre y sacó mi verga, que ya estaba palpitante de deseo. «Mmm… qué rica se ve», murmuró antes de envolverla por completo con sus labios.

Del otro lado de la habitación, Rodrigo había desnudado completamente a Esmeralda. La vi temblar levemente cuando él separó sus piernas. «Qué belleza», dijo admirando su panocha. «Voy a chuparte hasta que te vengas en mi boca».

Y así comenzó el ritual.

Rodrigo empezó lento, besando los muslos internos de Esmeralda, subiendo gradualmente hacia su centro. Cuando su lengua finalmente hizo contacto con sus labios, Esmeralda arqueó la espalda con un gemido ahogado. Él la lamió de abajo hacia arriba, lentamente, saboreando cada pliegue antes de concentrarse en su clítoris.

«Ahí… ahí», jadeó Esmeralda, cuando Rodrigo comenzó a hacer círculos precisos alrededor del botón sensible.

Mientras tanto, Silvia me estaba dando la mejor mamada de mi vida. No solo subía y bajaba, sino que usaba su lengua de maneras que nunca había experimentado. Presionaba el frenillo con la punta de la lengua, lamía el glande como si fuera un helado, y de vez en cuando bajaba a mis testículos para chuparlos suavemente.

«Tu mujer está disfrutando», me dijo Silvia entre lamidas, señalando con la cabeza hacia la cama.

Y era verdad. Rodrigo tenía ahora dos dedos dentro de Esmeralda mientras seguía chupando su clítoris. El sonido húmedo de su lengua sobre su sexo se mezclaba con los gemidos de mi esposa. «Sigue así… no pares… por favor», suplicaba Esmeralda.

Silvia aumentó el ritmo, metiéndose mi verga más profundo en su boca hasta que sentí tocar su garganta. Casi me vengo allí mismo, pero ella lo notó y se detuvo. «Todavía no, Sam. Esto es solo el calentamiento».

Después de hacer venir a Esmeralda una vez con su boca, Rodrigo se incorporó. «Ahora tú, preciosa», dijo, parándose frente a ella mientras sostenía su verga erecta.

Esmeralda, todavía jadeando por la gran mamada que le había dado Rodrigo, no dudó. Se arrodilló y tomó su verga con ambas manos antes de meterla en su boca. Rodrigo cerró los ojos y dejó escapar un gruñido profundo. «Así… así es… tu esposa sabe usar esa boquita».

Yo estaba fascinado viendo a Esmeralda chupar a otro hombre con una entrega que nunca había mostrado. Pero Silvia reclamó mi atención. «Mi turno», dijo, acostándose en la cama junto a ellos y abriendo las piernas para mí. «Ven a chuparme, Sam. Quiero sentir tu lengua».

Me acerqué y me coloqué entre sus piernas. Su panocha estaba completamente depilada, rosada e hinchada de deseo. La olí primero—tenía un aroma dulce y almizclado—antes de lamerla de arriba a abajo. Silvia gimió y enterró sus dedos en mi pelo. «Más fuerte… usa la punta de la lengua en mi clítoris».

Mientras yo aprendía a complacer a otra mujer—descubriendo que a Silvia le gustaba más presión y movimientos laterales en el clítoris—observaba cómo Esmeralda mamaba a Rodrigo con creciente entusiasmo. Él le guiaba la cabeza, mostrándole el ritmo que le gustaba. «Más profundo… sí… traga mi verga completa».

Momentos después Rodrigo volvió a abrir las piernas de Esme metiéndole dos dedos «Qué panocha más bonita», dijo «Ya está chorreando, Sam. Tu mujer quiere verga».

Esmeralda gimió, arqueando la espalda. «Sí… por favor…»

Fue entonces cuando Rodrigo sacó los condones. «Primera regla: protección hasta que haya confianza», dijo, dándome uno. «Pero eso no significa que no podamos coger como animales».

—Silvia me ayudó a ponerme el mío con la boca, lo cual fue increíblemente excitante—Rodrigo nos daba instrucciones.

«Silvia, acuéstate. Sam te va a coger primero mientras ve cómo le meto la verga a su mujer”

Silvia obedeció, abriendo las piernas ampliamente, para quedar completamente expuesta y lista para recibirme. Yo me coloqué entre ellas. Su panocha estaba completamente depilada, rosada y brillante de excitación. «Métemela toda, Sam», me pidió, guiando mi verga con la mano.

Al penetrarla, soltamos los dos un gemido. Estaba apretada, caliente. Empecé a cogerla con fuerza, mientras a mi lado, Rodrigo se paró frente a Esmeralda colocándose su condón.

«Abre bien tus piernas para mi preciosa», le ordenó, y Esmeralda obedeció, dejando completamente expuesta su linda panocha, vulnerable, pero a la vez ansiosa de ser penetrada por Rodrigo quien se acercó y le apunto su verga en la entrada de su vagina húmeda y naturalmente lubricada, y sin decir nada se la metió de un solo golpe, mi Esme emitió un ligero gemido, pero no de dolor sino de placer al sentirse llena de una verga que no era la mía. Rodrigo se inclinó sobre Esmeralda y buscando sus labios la empezó a besar, Esme respondió de una manera que no esperaba, agarraba su cabello y sus lenguas se enredaban con una pasión que sólo podía ser provocada por tener una verga ajena adentro en ese preciso momento, y que su esposo, ese al que ella amaba, estaba disfrutando del espectáculo y del goce que ella estaba experimentando.

El sonido de Esme ahogándose ligeramente mientras besaba a Rodrigo, combinado con la sensación de la panocha de Silvia apretando mi verga, era fenomenal. «Así me gusta», gruñó Rodrigo, agarrando del cabello a Esmeralda. «Aprieta mi verga con esa panocha tan rica, putita».

Después de unos minutos, Rodrigo dijo: «Cambio».

Me separé de Silvia—mi verga brillante con sus jugos—y cambié de lugar con Rodrigo. Ahora era yo quien estaba frente a Esmeralda. Mi esposa me miró con ojos vidriosos, su panocha ya algo hinchada de haber cogido a otro hombre. «Cógeme, Sam», me suplicó.

Me arrodillé entre sus piernas y por un momento solo miré su panocha—esa panocha que conocía tan bien, ahora brillante no solo con su excitación sino quizá con la saliva de Rodrigo. La penetré con un empujón firme.

«¡Sí! ¡Así!» gritó Esmeralda, clavándome las uñas en la espalda.

A mi lado, Rodrigo ya estaba cogiendo a Silvia. El sonido de piel contra piel, los gemidos, las palabras obscenas, llenaban la habitación.

«¿Te gustó ver cómo otro hombre se coge a tu mujer?» me preguntó Silvia mientras Rodrigo la cogía de perrito.

«¡Sí!» admití, acelerando el ritmo con Esmeralda.

«Pues espera a que se la meta por el culo», dijo Rodrigo

«Vamos a ir más allá», anunció con una sonrisa pícara.

Esmeralda me miró nerviosa. El sexo anal era algo que habíamos explorado poco, y nunca con tanta… intensidad.

Rodrigo fue extremadamente cuidadoso con ella. La colocó a cuatro patas en la cama y se arrodilló detrás. «Relájate, preciosa», murmuró mientras abría un tubo de lubricante. «Voy a prepararte lentamente».

Empezó masajeando su entrada con un dedo lubricado, haciendo círculos suaves hasta que el músculo comenzó a relajarse. Esmeralda respiraba profundamente, intentando soltar la tensión. «Respira y empuja hacia afuera cuando sientas presión», le instruyó Rodrigo.

Después de varios minutos, su dedo índice se deslizó dentro. Esmeralda contuvo la respiración por un segundo antes de exhalar. «Está bien… sigue».

Rodrigo trabajó con ese dedo, moviéndolo suavemente, doblando ligeramente para encontrar ese punto interno que hace que las mujeres se estremezcan. Cuando Esmeralda comenzó a empujar contra su mano, sabía que estaba lista para más.

«Sigue relajándote», dijo mientras añadía un segundo dedo junto al primero. Esta vez el estiramiento fue más notable, y Esmeralda soltó un pequeño gemido. Rodrigo esperó, permitiendo que su cuerpo se adaptara antes de comenzar a mover los dos dedos en un movimiento de tijera, expandiéndola gradualmente.

«¿Estás bien?», le pregunté desde donde estaba observando, completamente hipnotizado.

Esmeralda asintió, su rostro una mezcla de concentración y placer. «Sí… solo es… intenso».

Después de varios minutos con dos dedos, Rodrigo añadió un tercero. Esta fue la parte más desafiante, y vi cómo Esmeralda apretaba los puños en las sábanas. Pero Rodrigo era paciente, trabajando los tres dedos hasta que ella podía acomodarlos sin dolor.

«Ahora estás lista para mi verga», anunció finalmente, poniéndose un condón y aplicando generoso lubricante.

Mientras tanto, Silvia se dirigió a mí. «Nosotros no necesitamos tanta ceremonia», dijo con una sonrisa traviesa. «Mi culo ya está más acostumbrado». Me entregó otro condón y el lubricante. «Póntelo, úntate bien, y cuando estés listo, métemela. Pero hazlo de una vez, sin tanta lentitud. Me gusta sentir el ardor inicial».

Rodrigo se colocó detrás de Esmeralda. «Voy a entrar muy lentamente», le aseguró mientras guiaba la punta de su verga lubricada a su entrada. «Empuja hacia afuera cuando sientas presión».

La punta comenzó a desaparecer. Rodrigo avanzó milímetro a milímetro, deteniéndose cada vez que sentía resistencia, esperando a que Esmeralda se relajara antes de continuar. Tardó varios minutos en penetrarla completamente, y cuando finalmente estuvo todo dentro, ambos estaban cubiertos de un sudor fino.

«¿Duele?», preguntó Rodrigo suavemente.

Esmeralda negó con la cabeza. «No… solo… llena».

Mientras Rodrigo comenzaba a moverse dentro de ella con empujones lentos y profundos, Silvia me recordó mi tarea. Ella se había colocado a cuatro patas junto a Esmeralda, presentándome su trasero.

«¿Estás listo, Sam?», preguntó mirándome por encima del hombro.

Asentí, nervioso pero excitado más allá de lo racional.

«Entonces métemela de una vez. No tengas miedo».

Tomé mi verga con la mano y guié la punta a su entrada, que ya estaba relajada y lubricada. Con un empujón firme pero controlado, penetré su culo en un solo movimiento.

Silvia gritó—no de dolor, sino de placer—y empujó sus nalgas contra mí. «¡Sí! ¡Así! ¡Ahora cógeme fuerte!»

La diferencia entre las dos escenas era notable: mientras Rodrigo seguía con movimientos pausados y cuidadosos dentro de Esmeralda, yo follaba el culo de Silvia con fuerza y velocidad, tal como ella lo pedía.

«¡Más duro, Sam! ¡Fóllame el culo como si fuera tu puta personal!» gritaba Silvia, y yo obedecía, embistiéndola con toda mi fuerza.

Esmeralda, estimulada por los sonidos que hacíamos Silvia y yo, comenzó a pedir más también. «Más rápido… por favor… ya estoy lista».

Rodrigo aceleró entonces, cogiendo su culo con una intensidad renovada. Las dos mujeres gemían en dueto, sus cuerpos moviéndose al ritmo de las dos vergas que los poseían.

No puedo describir con palabras lo que se sintió llegar al orgasmo en ese contexto. Esmeralda se vino primero, con un grito desgarrador que hacía temblar todo su cuerpo. Rodrigo siguió poco después, soltando gruñidos guturales mientras vaciaba su carga en el condón dentro del culo de mi esposa.

Ver eso hizo que yo perdiera el control. Embestí a Silvia unas pocas veces más antes de explotar dentro de ella, mi propio gemido uniéndose al coro.

Después, el silencio solo roto por nuestras respiraciones agitadas. Nos separamos cuidadosamente—Rodrigo y yo saliendo de esos confines apretados con lentitud—y fuimos al baño a limpiarnos.

Cuando volvimos, Esmeralda y yo nos abrazamos en la cama. Ella temblaba levemente. «Nunca había sentido algo así», confesó en un susurro. «Duele un poco… pero dios, qué increíble».

Rodrigo y Silvia se vistieron con calma. «Fueron excelentes», dijo Rodrigo genuinamente. «Especialmente para ser su primera vez».

Nos dejaron su número y se fueron.

Esmeralda y yo nos quedamos abrazados mucho tiempo después de que se cerró la puerta. Habíamos cruzado no solo una línea sexual, sino emocional. Habíamos visto al otro entregarse completamente a otra persona, y en lugar de separarnos, eso nos unió más.

«¿Lo volveríamos a hacer?», pregunté finalmente.

Esmeralda me miró, sus ojos todavía brillantes por la experiencia. «Sí», dijo sin dudar. «Pero solo contigo a mi lado».

Y supe entonces que, sin importar cuántas parejas compartiéramos nuestro lecho, lo nuestro era inquebrantable. Solo habíamos agregado una nueva dimensión a nuestro amor—una dimensión más atrevida, más explícita, más intensamente nuestra.

— Espero haya sido de su agrado, nos vemos en el próximo relato. ¡¡Saludos!! —