Capítulo 1
CAPÍTULO 2 El precio de mi orgullo
PARTE 1
El sueño siempre empezaba en el jardín de la mansión.
Tenía dieciocho años y el sol de la tarde pintaba todo de dorado. Liam estaba sentado a mi lado en el borde de la fuente, con el agua fría rozándonos los tobillos. Su cabello blanco plateado brillaba tanto que parecía casi irreal. Me estaba contando algo tonto sobre un anime que acababa de ver, y yo me reía, salpicándole agua con el pie.
—Eres un idiota, Liam de la Vega —le decía, pero mi voz salía suave, casi cariñosa—. Si sigues presumiendo tanto, un día te voy a ganar en todo y vas a tener que admitir que una Soto te ganó.
Él se acercaba más, fingiendo que iba a empujarme, pero en realidad solo quería estar cerca. Su mano rozaba la mía y ninguno de los dos la apartaba. Luna nos miraba desde lejos, sentada bajo un árbol con un libro, sonriendo como si guardara un secreto bonito.
En el sueño siempre llegaba el momento en que Liam se inclinaba. Sus ojos verdes oscuros se clavaban en los míos y el mundo se quedaba en silencio. Casi nos besábamos. Casi.
Pero entonces el agua de la fuente se volvía roja.
Y de repente ya no estábamos en el jardín.
Estaba en la sala de la mansión. Mamá gritaba. Doña Isabel la tenía agarrada del cabello, furiosa, gritándole que era una puta, que nosotras éramos bastardas. Yo intentaba correr hacia ella, pero alguien me sujetaba. Daniela me abrazaba fuerte, protegiéndome, diciéndome “no mires, Val, no mires”.
Luego venía el golpe. El cuerpo de mamá cayendo. La sangre. Y después… silencio.
La escena cambiaba otra vez. Ahora estaba en nuestro viejo departamento. Daniela empacaba sus cosas con prisa, sin mirarme a los ojos. “Lo siento, Valeria… ya no puedo más. Tengo que pensar en mí”. La puerta se cerraba. Yo me quedaba sola, con la maleta de Daniela todavía abierta en el suelo y el alquiler subiendo otra vez.
Desperté con un grito ahogado.
El corazón me latía tan fuerte que parecía que se me iba a salir del pecho. Estaba empapada en sudor, la camiseta pegada al cuerpo, la respiración entrecortada. Me senté en la cama individual que crujía bajo mi peso y me llevé las manos a la cara. Otra vez el mismo sueño. Otra vez mamá. Otra vez Daniela abandonándome.
Unos golpes fuertes en la puerta me hicieron saltar.
¡Toc! ¡Toc! ¡Toc!
— ¡Soto! ¡Abre la puerta, carajo! ¡Sé que estás ahí!
Era el casero. Otra vez.
Me levanté rápido, las piernas todavía temblando por el sueño. El departamento se veía aún más miserable a la luz de la mañana: paredes con humedad, el sofá hundido, la cocinita con ollas sucias, la gotera en el techo del baño que ya había puesto un balde debajo. El olor a moho y a comida vieja flotaba en el aire.
Me puse una sudadera encima de la camiseta y los shorts cortos con los que dormía y caminé descalza hasta la puerta. Abrí solo una rendija.
El casero, un hombre gordo de unos cincuenta años con la camisa manchada de sudor, me miró de arriba abajo con desprecio.
—Otra vez sin pagar, ¿eh? Ya van tres días de retraso con el nuevo precio. ¿Qué creías? ¿Que porque eres bonita y tienes cara de víctima te iba a regalar el techo?
Valeria sintió cómo se le cerraba la garganta. Intentó mantener la voz firme.
—Señor, le dije que estoy juntando el dinero. Esta semana sin falta…
El casero soltó una risa asquerosa.
—Esta semana, la otra… siempre la misma mierda. Mira cómo vives, niña. Este cuchitril ya es un favor que te hago. Si no fueras tan inútil y tan orgullosa ya habrías encontrado a algún viejo que te mantenga. O al menos a un tipo que te folle y te pague el alquiler.
Valeria sintió que le ardían las mejillas. Sus dedos se clavaron en el marco de la puerta. Quería gritarle, quería cerrarle la puerta en la cara, pero solo pudo quedarse ahí, temblando.
El casero se acercó más, bajando la voz pero sin esconder el asco.
—Mañana. Tienes hasta mañana a las seis de la tarde para pagar todo lo que debes con el aumento. Si no, empiezas a sacar tus porquerías a la calle. Y no creas que voy a tener piedad porque eres una pobre huérfana. Aquí nadie tiene piedad.
Cerró la puerta de un golpe antes de que yo pudiera responder.
Me quedé parada en medio del departamento, con el corazón latiéndome en los oídos. Las lágrimas que había aguantado durante el sueño ahora amenazaban con salir. Me mordí el labio inferior con fuerza hasta que sentí el sabor metálico de la sangre. No. No iba a llorar. No delante de nadie. Ni siquiera sola.
Caminé hasta el espejo roto del baño y me miré. El cabello corto negro con esos malditos mechones blancos plateados que nunca pude ocultar del todo. Los ojos cafés hinchados. La cara pálida. El cuerpo que intentaba esconder bajo ropa holgada porque sabía que en este barrio eso solo traía problemas.
“¿Qué voy a hacer?”, pensé. El alquiler nuevo era imposible. Daniela se había ido sin dejar ni un peso. Mamá… mamá ya no estaba. Y el único que tenía dinero suficiente para ayudarme… era la misma persona que me odiaba con todo su ser.
Liam de la Vega.
Me lavé la cara con agua fría, me vestí con jeans ajustados y una blusa blanca sencilla, me puse las zapatillas y agarré la mochila. Mientras me peinaba el cabello corto frente al espejo, la preocupación iba creciendo como una bola en el estómago.
Tenía que ir al campus. Tenía que enfrentar otro día de clases, otro día de competir contra él, otro día de fingir que estaba bien.
Pero esta vez… esta vez ya no tenía más tiempo.
Mañana.
Mañana tenía que tener el dinero… o me quedaría en la calle.
Y la única puerta que me quedaba era la que llevaba directamente al infierno.
PARTE 2
El bus de la línea “Plata Sur – Campus Central” iba tan lleno como siempre a esa hora de la mañana. Yo iba de pie, agarrada con fuerza de la barra metálica mientras el chofer frenaba de golpe cada dos cuadras. El olor a sudor, perfume barato y comida frita me envolvía. Afuera, las calles de Los Altos del Sur pasaban borrosas: muros grafiteados, casas con rejas oxidadas, hombres parados en las esquinas mirando todo con ojos hambrientos.
Yo miraba por la ventana y no podía evitar comparar. En algún lugar de esta misma ciudad, Liam de la Vega probablemente se había despertado en su departamento caro, con agua caliente que nunca se acababa, café recién hecho y sin nadie gritándole que tenía hasta mañana para pagar o lo echaban a la calle. Yo, en cambio, iba apretada en un bus que olía a fracaso, con el ultimátum del casero todavía retumbándome en la cabeza.
“Mañana a las seis de la tarde… o empiezas a sacar tus porquerías.”
Tragué saliva y apreté más fuerte la mochila. No iba a llorar aquí. No delante de extraños.
Cuando el bus por fin se detuvo frente al Campus Central de la UNP, bajé casi corriendo. El contraste me golpeó como siempre: de la suciedad y el ruido del barrio pasé a jardines cuidados, edificios de vidrio que brillaban bajo el sol y estudiantes que caminaban como si el mundo no estuviera a punto de caérseles encima.
Mis amigas ya me esperaban en el punto de siempre, cerca de la fuente grande del patio central.
Luna fue la primera en verme. Su cabello blanco plateado largo y liso brillaba como siempre, y llevaba una blusa blanca impecable y falda plisada gris que la hacía ver como la chica buena de revista. Me sonrió con esa dulzura que parecía tan real.
—Val, por fin llegaste —dijo acercándose y dándome un abrazo suave que olía a perfume caro—. Estás preciosa hoy, aunque se te nota que dormiste poco. ¿Todo bien?
Yo forcé una sonrisa.
—Todo perfecto. Solo el bus de siempre.
Sofía Ramírez ya estaba ahí, con su cabello castaño corto y esa energía que nunca se acababa. Llevaba una sudadera oversized y jeans rotos, y tenía una sonrisa burlona permanente.
—Ay, por Dios, Val, pareces que vienes de pelear con un demonio. ¿Otra vez el casero te chingó la mañana? Ese viejo gordo parece que vive para hacerte la vida imposible.
Martina López, la más tranquila del grupo, estaba sentada en el borde de la fuente con un libro en las manos. Cabello negro largo recogido en una trenza, lentes redondos y una expresión serena que siempre me calmaba un poco.
—No seas tan directa, Sofi —dijo con voz suave, pero mirándome con preocupación—. Val, si necesitas algo… ya sabes que aquí estamos.
Camila Torres, la fiestera del grupo, llegó corriendo con un café en la mano y el uniforme de la facultad medio desarreglado. Su cabello ondulado castaño claro rebotaba con cada paso.
—¡Valeriaaa! —me abrazó fuerte, casi derramando el café—. Te ves cansada pero sexy, como siempre. ¿Quieres que te preste mi corrector? Tienes ojeras de reina del drama.
Isabella “Isa” Mendoza fue la última en acercarse. La romántica del grupo, con su cabello negro largo y ondulado, ojos grandes y esa aura de “todo puede arreglarse con amor”. Llevaba una falda floreada y una blusa blanca con lazo.
—Ay, Val… si quieres desahogarte, aquí estamos. A veces solo necesitamos hablarlo y todo se siente más ligero.
Yo sonreí, pero por dentro sentía un nudo. Quería contarles todo: el ultimátum del casero, que Daniela me había abandonado hace meses, que el alquiler nuevo me iba a dejar en la calle. Pero el orgullo era más fuerte. No quería que me miraran con lástima. No quería ser “la pobre Valeria” otra vez.
—Estoy bien, chicas —mentí, encogiéndome de hombros—. Solo un poco estresada por el debate de hoy. Nada que no pueda manejar.
Luna se acercó más y me pasó un brazo por los hombros con esa ternura que siempre me desarmaba un poco.
—Sabes que puedes contarnos cualquier cosa, ¿verdad? —dijo bajito, solo para mí—. Yo siempre estoy aquí para ti. Si necesitas dinero… o un lugar donde quedarte… solo dilo. No tienes que cargar todo sola.
Sus palabras sonaban tan sinceras, tan dulces. Pero por un segundo sentí algo raro. Como si hubiera un “pero” escondido detrás de esa sonrisa perfecta. Como si Luna supiera más de lo que decía. Sacudí la cabeza. Estaba paranoica por el cansancio, nada más.
Sofía soltó una carcajada.
—Luna tiene razón. Si necesitas que le prendamos fuego al departamento del casero, solo avísanos. Yo traigo los cerillos y Camila las botellas.
Camila levantó su café como si fuera un brindis.
—Exacto. Y después nos vamos de fiesta para celebrar que ya no tienes que pagar alquiler. ¡Yo invito los shots!
Isa suspiró dramáticamente.
—O podemos buscarte un novio rico que te mantenga. Hay varios en la facultad que babean por ti, Val. Solo tienes que sonreír un poco más.
Martina cerró su libro y me miró con calma.
—O simplemente nos dejas ayudarte. No todo tiene que ser una batalla sola.
Yo solté una risa corta, sarcástica, la única que me salía natural últimamente.
—Gracias, chicas. De verdad. Pero estoy bien. No necesito que nadie me salve. Solo… necesito sobrevivir un día más.
Mientras caminábamos hacia el edificio de Derecho, rodeada de mis amigas que seguían bromeando y riendo, yo solo podía pensar en una cosa: esta tarde, después de clases, tendría que ir a La Grieta y rogarle al gerente que me adelantara el sueldo. Era mi último recurso antes de tener que tragarme todo mi orgullo y recurrir a los Vega.
Luna me apretó el hombro con suavidad, pero su mirada se quedó un segundo más de lo necesario. Esa mirada dulce… que por un instante me pareció demasiado calculada.
—Claro que sí —dijo con voz suave—. Tú eres fuerte, Val. La más fuerte de todas. Y yo siempre voy a estar aquí para recordártelo.
El nudo en mi estómago se apretó un poco más. La preocupación por el alquiler no se iba. Mañana. Tenía hasta mañana. Y la única puerta que me quedaba era la que llevaba directamente al infierno.
Liam de la Vega.
PARTE 3
El turno en La Grieta se sentía eterno.
El uniforme negro se me pegaba al cuerpo por el sudor y el calor del local. La falda corta me rozaba los muslos cada vez que me movía, y la blusa con el logo se me adhería a la piel de una forma que me hacía sentir expuesta. Cada vez que me agachaba a recoger una taza o a limpiar una mesa, sentía las miradas.
Liam y Mateo llegaron poco después de las cuatro. Se sentaron en mi sección, como siempre. Liam con esa sonrisa peligrosa que me ponía la piel de gallina, Mateo mirándome las piernas sin disimulo.
—¿Qué van a pedir? —pregunté con la voz lo más neutra posible, aunque por dentro ya estaba temblando.
Mateo se inclinó hacia adelante, con esa sonrisa asquerosa.
—Oye, Valeria… estás más rica cada día, ¿eh? Esa falda te queda criminal. Se te marca todo. ¿No te da calor con esas tetas apretadas ahí dentro? Porque a mí sí me está dando.
Valeria lo miró con asco puro. Arrugó la nariz y dio un paso atrás.
—Mateo, por favor. Guárdate tus comentarios de perro en celo. Me das náuseas.
Mateo se rio más fuerte, claramente excitado por la respuesta.
—Ay, qué carácter. Me encanta cuando te pones brava. Seguro debajo de esa carita de santa eres bien puta en la cama. ¿O todavía no te han roto como se debe?
Valeria se puso roja hasta las orejas. Sus dedos temblaron alrededor de la libreta. Sentí cómo se me tensaba la mandíbula, cómo tragaba saliva con dificultad. La furia me quemaba el pecho… pero debajo de ella, algo traicionero empezaba a pasar. Un calor húmedo se extendía entre mis piernas, pegajoso y caliente. Me mojaba. Me mojaba de verdad. La vergüenza me golpeó tan fuerte que casi se me doblan las rodillas. ¿Por qué? ¿Por qué mi cuerpo reaccionaba así a que me humillaran? No lo entendía. Me daba asco de mí misma.
Antes de que pudiera responder, el gerente —un hombre gordo de unos cincuenta años con la camisa sudada— apareció detrás de mí.
—Soto —gruñó con voz ronca—, ¿otra vez perdiendo el tiempo con los clientes? Muévete más rápido, carajo. Y deja de andar con esa falda tan corta que se te ve todo el culo cuando te agachas. Si sigues así de lenta y distraída, voy a tener que ponerte a limpiar los baños en vez de atender mesas. Al menos ahí no tendrías que fingir que sirves para algo.
Valeria se quedó congelada. Sus labios temblaron. Apreté los puños a los costados, la respiración se me volvió irregular. Los mechones blancos de mi cabello se movían con cada respiración agitada. La humedad entre mis piernas se hizo más evidente, pegajosa, caliente, traicionera. Quería desaparecer. Quería gritar. Quería que la tierra me tragara. Pero mi cuerpo… mi cuerpo seguía respondiendo de la peor forma posible.
El gerente siguió, bajando la voz pero lo suficientemente alto para que la mesa lo oyera:
—Y si sigues así, voy a tener que revisarte el uniforme yo mismo. A ver si al menos sirves para algo más que derramar café.
Valeria dio un paso atrás. Su voz salió baja, quebrada, pero todavía con un filo de sarcasmo:
—Claro… porque humillarme delante de clientes es parte del servicio, ¿no?
El gerente soltó una risa asquerosa.
—Con esa boca que tienes, mejor úsala para sonreír y atender. Ahora muévete, puta orgullosa.
Valeria se giró sin decir nada más. Las manos me temblaban tanto que casi se me cae la libreta. Sentí cómo la humedad se extendía, cómo se me pegaba la ropa interior, cómo ese calor vergonzoso me hacía apretar los muslos sin querer. No entendía por qué me pasaba esto. Me odiaba por ello. Me sentía sucia, rota, y al mismo tiempo… excitada de una forma que me daba náuseas.
Cuando el gerente se alejó un poco, me acerqué a él con la voz baja y temblorosa, tragándome todo mi orgullo.
—Señor… por favor. Necesito que me adelante parte del sueldo de esta semana. El alquiler… mañana vence y no tengo cómo pagarlo.
El gerente soltó una risa asquerosa que me revolvió el estómago.
—¿Adelantarte? ¿Tú? Con lo inútil que eres y lo mucho que me haces perder por andar coqueteando con los clientes ricos. Además, hoy te vi hablando demasiado con ese tal De la Vega. Si sigues así, te voy a tener que descontar la mitad del sueldo por “distraer a los clientes”. Y si no te gusta, ya sabes dónde está la puerta. Hay muchas como tú esperando por este trabajo.
Me quedé helada. Las lágrimas ya corrían por mis mejillas sin que pudiera detenerlas. Me limpié rápido con el dorso de la mano, pero era tarde. El gerente solo sonrió con asco y me dio un billete arrugado con menos de la mitad de lo que me correspondía.
—Esto es lo que te ganaste hoy.
Me di la vuelta, con el pecho apretado y la vergüenza quemándome la piel. Salí del café al final de mi turno con las piernas temblando, el uniforme todavía puesto y el poco dinero que me había dado metido en el bolsillo como si fuera una limosna.
Afuera, apoyada en su auto elegante y blanco, estaba Luna.
Su cabello plateado brillaba bajo la luz de las farolas. Me sonrió con esa dulzura de siempre, como si no supiera nada de lo que acababa de pasar.
—Val… te ves cansada. ¿Quieres que te lleve a casa como siempre? —dijo con voz suave, abriendo la puerta del copiloto para mí.
Yo me quedé parada un segundo, mirándola. Esa sonrisa perfecta. Esa mirada que parecía tan inocente. Por un instante sentí que había algo más detrás, pero estaba demasiado rota para analizarlo.
Solo asentí, subí al auto y cerré la puerta.
Mientras Luna arrancaba, yo miraba por la ventana, con las lágrimas secándose en mis mejillas y la preocupación por mañana creciendo como un nudo que me ahogaba.
Mañana.
Tenía hasta mañana.
Y ya no sabía qué más podía hacer.
PARTE 4
El auto de Luna olía a cuero nuevo y a su perfume suave, caro. Yo iba sentada en el asiento del copiloto, con las manos sobre las rodillas, todavía con el uniforme del café puesto. El silencio dentro del coche era casi cómodo, pero yo lo sentía pesado, como si me estuviera ahogando.
Luna conducía con esa calma que siempre tenía, una mano en el volante, la otra descansando en su regazo. De vez en cuando me miraba de reojo y sonreía con esa dulzura que me desarmaba.
—Val… hoy te vi un poco cansada en el campus —dijo con voz suave, casi preocupada—. ¿Pasó algo en La Grieta? El gerente otra vez te trató mal, ¿verdad?
Yo apreté los labios y miré por la ventana. No quería contarle. No quería que nadie supiera lo bajo que había caído hoy. Ni las palabras del gerente, ni las de Mateo, ni cómo mi cuerpo había reaccionado de la forma más vergonzosa posible.
—Nada importante —mentí, intentando sonar fuerte—. Solo un día largo.
Luna soltó un suspiro pequeño, como si realmente le doliera.
—Sabes que no tienes que cargar todo sola, ¿verdad? Si necesitas ayuda… dinero, un lugar donde quedarte, lo que sea… yo estoy aquí. No me cuesta nada. Eres como mi hermana.
Sus palabras sonaban tan sinceras. Tan cálidas. Por un segundo quise creerle. Quise contarle todo: el ultimátum del casero, que mañana me iban a echar, que Daniela me había abandonado, que estaba desesperada. Pero el orgullo me cerró la garganta.
—No necesito nada —respondí, aunque la voz me salió más baja de lo que quería—. Estoy bien.
Luna no insistió de inmediato. Solo sonrió un poco más y siguió conduciendo. Después de unos segundos, habló otra vez, como si fuera algo casual.
—Liam estaba muy molesto hoy después del debate… pero también te miraba de una forma extraña. Como si no pudiera dejar de verte. ¿Sabes? A veces pienso que todo ese odio que se tienen es solo… otra cosa disfrazada. Algo que ninguno de los dos quiere admitir.
Sentí un nudo en el estómago. Luna siempre hacía eso: soltaba ideas como si fueran inocentes, pero se quedaban clavadas en mi cabeza. ¿Otra cosa? ¿Qué otra cosa? No. Era odio. Solo odio. Aunque… aunque mi cuerpo hoy había reaccionado de formas que no entendía.
—No digas tonterías —murmuré, mirando mis manos—. Liam me odia. Y yo lo odio a él. Eso es todo.
Luna rio bajito, un sonido suave y cristalino.
—Claro… solo odio. Pero a veces el odio es solo miedo a querer algo más. Tú eres fuerte, Val. La más fuerte que conozco. Pero incluso las más fuertes necesitan que alguien las cuide de vez en cuando. Alguien que tenga poder. Alguien que pueda resolver problemas que nadie más puede resolver.
Sus palabras se me quedaron dando vueltas. “Alguien que tenga poder”. “Que pueda resolver problemas”. Sabía perfectamente a quién se refería. Y lo peor era que una parte de mí ya estaba pensando lo mismo.
Llegamos a mi edificio. Luna detuvo el auto y me miró con esa sonrisa dulce y preocupada.
—Si cambias de idea… solo llámame. A cualquier hora. No estás sola, Val. Nunca lo has estado.
Asentí sin decir nada más y bajé del auto. Mientras caminaba hacia la entrada del edificio viejo, sentía su mirada en mi espalda. Esa mirada que parecía tan inocente… pero que hoy me había dejado una sensación rara en el pecho.
Subí las escaleras hasta mi departamento. El lugar se sentía más pequeño y miserable que nunca. La humedad, el olor a moho, la gotera en el baño, la cama individual que crujía. Me quité el uniforme, me puse unos shorts de algodón cortos y una camiseta vieja, y me senté en el borde de la cama con el teléfono en las manos.
La preocupación me estaba comiendo viva.
Mañana. Tenía hasta mañana.
Pensé en pedirle dinero a Luna… pero algo dentro de mí se negaba. No quería deberle nada. No quería que me viera como una carga.
Pensé en rogarle otra vez al gerente… pero después de hoy sabía que no serviría de nada.
Solo quedaba una opción.
Liam.
El mismo que me había humillado hoy. El mismo que me odiaba. El mismo que tenía todo el dinero del mundo y que, por alguna razón enferma, parecía disfrutar viéndome rota.
Me mordí el labio inferior con fuerza. Las lágrimas volvían a picarme en los ojos. ¿En qué me estaba convirtiendo? ¿En qué me estaba convirtiendo por no querer terminar en la calle?
Con las manos temblando abrí el chat y escribí el mensaje antes de arrepentirme:
“Necesito hablar contigo. Esta noche. En privado.
Ven a mi departamento cuando puedas.
No le digas a nadie.
—Valeria”
Lo envié.
El corazón me latía tan fuerte que lo sentía en la garganta. Me quedé mirando la pantalla, esperando. La vergüenza me quemaba la piel, pero también una extraña excitación que me daba más miedo que el odio.
Acababa de abrir una puerta que no sabía si podría volver a cerrar.
Y lo peor era que una parte de mí… ya no quería cerrarla