Capítulo 1

Capítulos de la serie:
  • Contrato con mi enemigo I

El sueño siempre empezaba igual.

Tenía dieciocho años y el sol de la tarde entraba por los ventanales de la mansión como si fuera oro líquido. Valeria estaba sentada en el borde de la fuente del jardín trasero, con las piernas colgando dentro del agua. Su cabello negro corto todavía no tenía tantos mechones blancos, solo un par que brillaban como hilos de plata cuando movía la cabeza. Reía por algo tonto que yo había dicho, esa risa baja y sarcástica que ya entonces me ponía la piel de gallina.

—Eres un idiota, Liam de la Vega —me decía, salpicándome agua con el pie—. Si sigues presumiendo de que vas a ganar todas las competencias de la escuela, un día te voy a ganar yo y vas a llorar como niño.

Yo me acercaba, fingiendo que iba a empujarla al agua, pero en realidad solo quería estar más cerca. Olía a jabón de lavanda y a sol. Mi mano rozaba la suya sin querer y ninguno de los dos la apartaba. Luna nos observaba desde lejos, sentada bajo un árbol con un libro, sonriendo como si supiera un secreto que nosotros todavía no entendíamos.

En el sueño siempre llegaba el momento en que me inclinaba un poco más. Valeria dejaba de reír. Sus ojos cafés se clavaban en los míos y por un segundo el mundo entero se quedaba en silencio. Casi nos besábamos. Casi.

Pero entonces el agua de la fuente se volvía roja.

Y yo despertaba.

Liam abrió los ojos de golpe, respirando agitado. El techo de su departamento apareció borroso encima de él. El corazón le latía tan fuerte que lo sentía en los oídos. Se pasó una mano por la cara, sintiendo el sudor frío. Otra vez el mismo maldito sueño. Otra vez ella.

—Mierda… —murmuró, sentándose en la cama king size. La luz de la mañana entraba por las cortinas entreabiertas, iluminando los posters de anime en la pared y la consola todavía encendida de la noche anterior.

Se quedó mirando sus manos un segundo. Esas mismas manos que de niño habían rozado las de Valeria sin miedo. Ahora solo querían apretar, dominar, romper. El resentimiento era una bola caliente en el pecho que no lo dejaba respirar tranquilo. ¿Por qué carajos seguía soñando con ella? Después de todo lo que su familia le había hecho a la suya. Después de lo que le habían quitado.

No tenía tiempo para eso.

Se levantó rápido, los músculos todavía adoloridos del entrenamiento de boxeo de anoche. Se metió a la ducha dejando que el agua fría le aclarara la cabeza. Hoy era el debate por las elecciones estudiantiles. Hoy tenía que aplastar a Valeria Soto delante de todo el Campus Central de la Universidad Nacional de Plata. Tenía que recordarle —y recordarse a sí mismo— que ella no era más que la hija de la mujer que había destruido a su madre.

Cuando salió del baño, envuelto solo en una toalla, ya estaba sonando el timbre.

—Liam, ábreme, que sé que estás despierto —la voz de Luna sonó dulce y cantarina desde el otro lado de la puerta.

Liam puso los ojos en blanco, pero una sonrisa pequeña se le escapó. Su hermana gemela. La única persona en el mundo que todavía podía sacarle una sonrisa sincera aunque estuviera de mal humor.

Abrió la puerta. Luna estaba impecable como siempre: cabello blanco plateado perfectamente liso cayéndole por la espalda, blusa blanca ajustada y falda plisada gris que le daba ese aire de chica buena que todos adoraban. Llevaba dos cafés en la mano.

—Te traje el tuyo negro, sin azúcar, como le gusta al señor “soy demasiado rudo para endulzarme la vida” —dijo con una sonrisa inocente, entrando sin esperar invitación.

Liam cerró la puerta y aceptó el café.

—Gracias, enana.

Luna se sentó en el sofá de la sala, cruzando las piernas con elegancia.

—¿Nervioso por el debate de hoy? —preguntó, aunque su tono era ligero, casi juguetón—. Vi los carteles de Valeria por todo el campus. Se ve… determinada.

Liam tomó un sorbo largo del café, sintiendo cómo el líquido caliente le quemaba la garganta. El nombre de Valeria le provocó esa mezcla extraña otra vez: rabia, calor, ganas de destruirla y… algo más que no quería nombrar.

—No estoy nervioso —respondió con una media sonrisa sarcástica—. Solo estoy listo para ver cómo se pone roja cuando la haga quedar como una idiota delante de todo el mundo.

Luna rio bajito, un sonido suave y cristalino.

—Siempre tan competitivo, hermanito. Pero ten cuidado… Valeria no se deja pisar fácil. Y sus amigas la defienden como leonas.

Liam se encogió de hombros mientras se ponía una camiseta negra ajustada que marcaba sus hombros y brazos.

—Que las defiendan. Hoy voy a recordarle a toda la UNP por qué los Soto no tienen lugar aquí.

Luna lo miró un segundo más de lo necesario. Sus ojos verdes claros tenían un brillo que Liam no alcanzó a descifrar. Luego sonrió otra vez, esa sonrisa perfecta y bondadosa que todos creían real.

—Vamos, entonces. No quiero llegar tarde a ver cómo humillas a mi “mejor amiga”.

Liam agarró su mochila y las llaves del auto. Al cerrar la puerta del departamento sintió, sin saber por qué, que alguien más estaba observando. Pero sacudió la cabeza y lo atribuyó al sueño que todavía le rondaba.

Luna caminaba a su lado por el pasillo, charlando de tonterías del campus, pero en su mente solo había una cosa:

Valeria Soto.

Y hoy iba a hacer que se arrodillara… aunque fuera solo en su imaginación.

PARTE 2

El Campus Central de la Universidad Nacional de Plata bullía como siempre a esa hora de la mañana. Estudiantes caminando con cafés en la mano, grupos riendo frente a los carteles de campaña electoral y el sol reflejándose en los edificios de vidrio y acero. Liam caminaba al lado de Luna con las manos en los bolsillos de su jean oscuro, todavía con el sabor del café negro en la boca y el sueño de anoche rondándole como un mal sabor.

—Entonces… —Luna rompió el silencio con esa voz dulce que usaba para todo el mundo— ¿ya tienes listo tu discurso para el debate de hoy o vas a improvisar como siempre y confiar en tu cara bonita?

Liam soltó una risa corta.

—Mi cara bonita y mi cerebro, enana. No como cierta persona que cree que ganar con puras quejas emocionales es una estrategia válida.

Luna rio bajito, pero no dijo nada más. Solo sonrió de esa forma inocente que hacía que todos la quisieran.

Cuando llegaron al edificio de Derecho, el salón principal ya estaba casi lleno. Liam entró primero y, como era costumbre, sus ojos buscaron automáticamente la melena corta negra con mechones blancos plateados en la tercera fila del lado izquierdo.

Ahí estaba.

Valeria Soto, sentada con la espalda recta, anotando algo en su cuaderno con esa letra perfecta y furiosa que él conocía demasiado bien. Llevaba una blusa blanca sencilla metida dentro de unos jeans ajustados y zapatillas negras. Nada especial… y aun así Liam sintió esa punzada familiar en el estómago. Odio. Deseo. Rabia. Todo revuelto.

Valeria levantó la vista justo en ese momento y sus miradas se cruzaron. Ella entrecerró los ojos y le dedicó una sonrisa falsa, demasiado dulce para ser real.

—Buenos días, De la Vega —dijo en voz alta para que medio salón la escuchara—. ¿Vienes a copiarme los apuntes otra vez o hoy sí vas a intentar pensar por ti mismo?

Un par de compañeros soltaron risitas. Liam se apoyó en el marco de la puerta con esa sonrisa peligrosa que sabía que la irritaba.

—Tranquila, Soto. Si copiara tus apuntes terminaría con un 4.0 en victimismo y un 10 en drama. Prefiero sacar 10 en todo sin llorar por mi pobre mamá muerta.

El salón se quedó un segundo en silencio. Valeria apretó la pluma con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos, pero no se dejó caer.

—Ah, claro —respondió con sarcasmo puro—, porque tu familia es tan perfecta que nunca ha tenido que llorar por nadie, ¿verdad? Solo envenenan y desaparecen gente en silencio. Muy elegante.

Luna, que acababa de sentarse dos filas más atrás, intervino con su voz suave y conciliadora:

—Chicos, por favor… ya van a empezar las clases. No empiecen tan temprano.

Valeria miró a Luna y suavizó un poco la expresión.

—Gracias, Luna. Al menos alguien aquí tiene educación.

Liam soltó una carcajada corta y se dejó caer en su asiento habitual, justo detrás de Valeria.

—Educación dice la que viene de una familia de ladronas y asesinas. Qué ironía.

Valeria se giró en su silla tan rápido que el cabello corto le rozó la mejilla.

—¿Sabes qué es una ironía de verdad? Que el hijo de un asesino se crea moralmente superior solo porque tiene el apellido Vega y el cabello blanco de papá. Qué lindo mustio.

Liam se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en el pupitre de ella, tan cerca que podía oler su shampoo.

—Cuidadito, Soto. Mi cabello blanco es de familia. El tuyo… bueno, parece que alguien te pintó mechones de envidia.

Un par de compañeros ya estaban grabando con el celular. Sofía Ramírez, sentada al lado de Valeria, soltó una risita.

—Liam, por Dios, ¿no te cansas de ser tan básico? Hasta tus insultos son de 2015.

Liam le guiñó un ojo a Sofía.

—Básico pero efectivo. Pregúntale a tu amiga si no se pone roja cada vez que me ve.

Valeria bufó y se giró otra vez hacia el frente, pero Liam vio cómo se le tensaban los hombros. La clase empezó y el profesor entró, pero la tensión entre ellos no bajó ni un poco. Cada vez que el profesor hacía una pregunta, Liam y Valeria levantaban la mano casi al mismo tiempo, respondiéndose el uno al otro con comentarios sarcásticos disfrazados de respuestas académicas.

—Interesante punto, señorita Soto —dijo el profesor en un momento—. ¿Y usted, señor De la Vega?

Liam sonrió de lado.

—Solo quería agregar que algunas personas confunden justicia con victimismo. Pero claro, cada quien defiende lo que puede.

Valeria giró la cabeza lo suficiente para mirarlo por encima del hombro.

—Y algunas personas confunden privilegio con inteligencia. Pero no te preocupes, De la Vega… yo te explico la diferencia cuando gane las elecciones.

El salón entero soltó risas y murmullos. Luna, desde su asiento, observaba todo con una sonrisa tranquila, pero sus ojos verdes tenían un brillo que nadie más notaba.

Liam sintió la sangre caliente correrle por las venas. Cada palabra de Valeria era como un golpe bajo que lo encendía por dentro. Odio. Deseo. Rabia. Y esa maldita necesidad de callarla de una forma que no tenía nada que ver con palabras.

Cuando la clase terminó y todos empezaron a recoger sus cosas, la tensión ya era palpable. El debate en el auditorio estaba a punto de empezar y Liam sabía que hoy no iba a ser solo una pelea de palabras.

Se levantó, se colgó la mochila al hombro y pasó al lado del pupitre de Valeria, inclinándose lo suficiente para que solo ella lo escuchara:

—Prepárate, Soto. Hoy te voy a hacer llorar… y no va a ser por tu mamá.

Valeria levantó la vista lentamente. Sus ojos cafés brillaban con furia contenida y algo más que Liam no quiso identificar.

—Sueña, De la Vega —susurró ella con una sonrisa fría—. Porque cuando termine contigo, ni tu cabello blanco va a salvarte de verte patético delante de todo el campus.

Liam se alejó riendo, pero por dentro sentía el pulso acelerado.

El tono solo iba a subir.

Y él ya no sabía si quería ganar el debate… o simplemente quería verla romperse

PARTE 3

El auditorio principal del Campus Central estaba repleto. Más de trescientos estudiantes, profesores y algunos miembros del consejo universitario llenaban las gradas. El aire olía a café barato, sudor y anticipación. En el escenario, dos atriles enfrentados: uno con el logo de la campaña de Liam (“Fuerza y Orden”), el otro con el de Valeria (“Verdad y Justicia”).

Liam subió primero, camisa negra ajustada que marcaba sus hombros y brazos, cabello blanco plateado un poco revuelto. Sonrió a la audiencia con esa confianza natural que hacía que las chicas del fondo suspiraran. Pero por dentro hervía.

Valeria subió segundos después. Cabello corto negro con esos mechones blancos plateados que intentaba disimular, blusa blanca metida en jeans oscuros, mirada afilada. Se colocó detrás de su atril y miró directamente a Liam. No sonrió.

El moderador dio inicio.

—Bienvenidos al primer debate por la presidencia del Consejo Estudiantil de la UNP. Tema principal: corrupción en el campus y en Ciudad de Plata. Señor De la Vega, usted tiene el primer turno.

Liam se inclinó hacia el micrófono, voz clara y segura.

—Gracias. La corrupción no es un problema de la universidad, es un problema de actitud. Hay gente que prefiere victimizarse y señalar con el dedo en vez de trabajar. Yo propongo mano dura: auditorías reales, sanciones inmediatas y cero tolerancia. No más excusas.

Aplausos fuertes desde su lado del auditorio. Sus amigos gritaron su nombre.

Valeria esperó a que se calmara el ruido. Cuando habló, su voz era calmada, pero cortante como vidrio.

—Qué conveniente que hable de cero tolerancia el hijo del hombre que prácticamente controla esta ciudad. Don Emilio de la Vega tiene contratos con el 70 % de las empresas que proveen servicios a la UNP. ¿Casualidad? Claro que no. Mientras tú hablas de “mano dura”, tu familia se llena los bolsillos con licitaciones amañadas y plazas fantasma. ¿Quieres auditorías? Empecemos por las empresas de tu padre.

El auditorio murmuró. Liam apretó la mandíbula.

—Estás mezclando mi familia con el campus, Soto. Eso es bajo, hasta para ti.

Valeria sonrió con frialdad.

—¿Bajo? Lo bajo es que el año pasado se “perdieron” tres millones de pesos del fondo de becas y nadie investigó. ¿Sabes quién firmó la última autorización? Un directivo que casualmente juega golf con tu papá todos los domingos. ¿Quieres que siga nombrando nombres o prefieres que lo haga tu hermana? Ella está en el comité de finanzas, ¿no?

Luna, sentada en la tercera fila, levantó la vista con expresión preocupada y dulce. Pero sus dedos tecleaban discretamente en el teléfono que tenía escondido debajo de la carpeta. Un mensaje salió sin que nadie lo notara.

Segundos después, una chica del equipo de apoyo de Valeria levantó la mano y entregó un folder al moderador. Dentro había copias de documentos que nadie esperaba que aparecieran tan pronto.

Valeria continuó, voz firme:

—Ciudad de Plata no es corrupta por casualidad. Es corrupta porque hay familias que se creen intocables. Yo no vengo a victimizarme. Vengo a decir la verdad aunque duela. Y la verdad es que mientras tú hablas de orden, tu apellido compra silencios.

El auditorio estalló. Algunos aplaudieron, otros abuchearon. Liam sintió la sangre subirle al cuello. Intentó contraatacar, pero cada vez que abría la boca Valeria tenía una respuesta más precisa, más documentada. Luna, desde su asiento, sonreía con ternura cada vez que Valeria ganaba un punto… pero sus ojos brillaban con algo mucho más frío.

El moderador intervino varias veces para calmar los ánimos, pero el daño ya estaba hecho. Cuando el debate terminó, no se anunció ganador. El moderador solo dijo que la decisión final se tomaría en las elecciones dentro de dos semanas. Aun así, el ambiente era claro: Valeria había dominado la discusión.

Liam bajó del escenario con la mandíbula tensa. El odio le quemaba la garganta. Nunca había perdido un debate contra ella de forma tan evidente. Y hoy, delante de todo el campus, ella lo había hecho quedar como el hijo consentido de un corrupto.

Luna se acercó a él con cara de preocupación y le tocó el brazo suavemente.

—Hermano… no te lo tomes así. Fue un buen debate.

Liam se soltó con un movimiento brusco, aunque intentó disimularlo.

—No necesito que me consueles.

Mateo Ruiz apareció a su lado, dándole una palmada en la espalda con una sonrisa burlona.

—Tranquilo, bro. Esa perra tiene la boca bien suelta, ¿eh? Se nota que le gusta abrirla… seguro la usa para algo más que discutir. Con esa carita de santa y ese culito apretado que tiene, apuesto que debajo de toda esa pose de “soy la víctima” está rogando que alguien la ponga en su lugar como se merece.

Liam sintió un nudo en el estómago. La rabia se le mezcló con algo más oscuro.

—Cállate, Mateo.

Mateo levantó las manos riendo.

—Solo digo… si quieres desquitarte, vamos a La Grieta. Valeria está trabajando hoy. Podemos sentarnos en su sección y recordarle que por más que hable bonito en un debate, al final sigue siendo una meserita barata con el uniforme manchado. Además, con esos mechones blancos y esa boquita sarcástica… me dan ganas de callarla de otra forma.

Liam apretó los dientes. El odio hacia Valeria acababa de subir otro nivel. Quería verla roja, humillada, temblando. Quería borrarle esa sonrisa sarcástica de la cara.

—Vamos —dijo con voz ronca—. Necesito ver cómo se pone cuando la bajo de su pedestal.

Mientras caminaba hacia la salida con Mateo, no vio cómo Luna se quedaba atrás un momento, sacando el teléfono y enviando un mensaje corto al gerente de La Grieta:

“Hoy quiero que sea especialmente duro con ella. Que se sienta pequeña.”

Luna guardó el celular con una sonrisa dulce y angelical.

El juego apenas empezaba.

PARTE 4

La Grieta olía a café quemado, pan viejo y sudor de estudiantes que venían a estudiar o a perder el tiempo. El local estaba lleno como siempre a esa hora. Liam entró primero, seguido de Mateo y dos amigos más. Sus ojos buscaron automáticamente detrás de la barra.

Ahí estaba Valeria.

Llevaba el uniforme negro ajustado del café: falda corta que le llegaba a medio muslo y una blusa con el logo de La Grieta que se le pegaba al cuerpo por el calor. El cabello corto negro con esos mechones blancos plateados estaba recogido en una coleta alta, pero algunos mechones se le habían soltado y le caían sobre la frente. Tenía la cara roja, sudor en el cuello y ojeras de haber dormido poco.

Liam sintió una satisfacción oscura al verla así. Vulnerable. Cansada. Perfecta para romper.

Se sentaron en una de las mesas de su sección. Valeria se acercó con la libreta en la mano, respirando hondo antes de hablar.

—¿Qué van a pedir? —preguntó con voz neutra, aunque sus ojos cafés brillaban de pura rabia contenida.

Liam se reclinó en la silla, mirándola de arriba abajo sin disimulo.

—Qué rápido se te olvida el debate, Soto. Hace una hora estabas hablando de corrupción y ahora estás aquí sirviendo café como una buena meserita. Qué ironía.

Valeria apretó la libreta con fuerza, pero mantuvo la compostura.

—Café negro para ti, como siempre. ¿Algo más o solo viniste a ladrar?

Mateo soltó una risa baja y se inclinó hacia adelante, mirándole descaradamente las piernas.

—Oye, Valeria… estás más rica cada día, ¿eh? Esa falda te queda criminal. Se te marca todo. ¿No te da calor con esas tetas apretadas ahí dentro? Porque a mí sí me está dando.

Valeria lo miró con asco puro. Arrugó la nariz y dio un paso atrás.

—Mateo, por favor. Guárdate tus comentarios de perro en celo. Me das náuseas.

Mateo se rio más fuerte, claramente excitado por la respuesta.

—Ay, qué carácter. Me encanta cuando te pones brava. Seguro debajo de esa carita de santa eres bien puta en la cama. ¿O todavía no te han roto como se debe?

Valeria se puso roja hasta las orejas. Sus dedos temblaron alrededor de la libreta. Liam vio cómo se le tensaba la mandíbula, cómo tragaba saliva con dificultad, cómo sus ojos se humedecían un segundo antes de que parpadeara rápido para disimularlo. Estaba furiosa… y humillada. Exactamente como él quería.

Antes de que Valeria pudiera responder, el gerente —un hombre gordo de unos cincuenta años con la camisa sudada— apareció detrás de ella.

—Soto —gruñó con voz ronca—, ¿otra vez perdiendo el tiempo con los clientes? Muévete más rápido, carajo. Y deja de andar con esa falda tan corta que se te ve todo el culo cuando te agachas. Si sigues así de lenta y distraída, voy a tener que ponerte a limpiar los baños en vez de atender mesas. Al menos ahí no tendrías que fingir que sirves para algo.

Valeria se quedó congelada. Sus labios temblaron. Liam vio cómo apretaba los puños a los costados, cómo su respiración se volvía irregular, cómo los mechones blancos de su cabello se movían con cada respiración agitada. Estaba luchando con todas sus fuerzas por no llorar delante de ellos.

El gerente siguió, bajando la voz pero lo suficientemente alto para que la mesa lo oyera:

—Y si sigues así, voy a tener que revisarte el uniforme yo mismo. A ver si al menos sirves para algo más que derramar café.

Valeria dio un paso atrás. Su voz salió baja, quebrada, pero todavía con un filo de sarcasmo:

—Claro… porque humillarme delante de clientes es parte del servicio, ¿no?

El gerente soltó una risa asquerosa.

—Con esa boca que tienes, mejor úsala para sonreír y atender. Ahora muévete, puta orgullosa.

Valeria se giró sin decir nada más. Liam vio cómo le temblaban las manos mientras anotaba el pedido. Cómo se mordía el labio inferior con fuerza para no llorar. Cómo sus ojos cafés se llenaban de lágrimas que se negaba a dejar caer. Estaba rota. Humillada. Y él sentía una satisfacción enferma… mezclada con algo que no quería nombrar.

Mateo silbó bajito.

—Joder, qué bien se ve cuando la bajan de su pedestal. ¿Viste cómo se puso roja? Apuesto que está mojada de la vergüenza.

Liam no respondió. Solo miró cómo Valeria se alejaba hacia la barra, hombros rígidos, pasos cortos y tensos. Por un segundo sintió ganas de levantarse, agarrarla del brazo y sacarla de ahí… pero el odio ganó.

Cuando Valeria regresó con los cafés, tenía los ojos rojos pero secos. Puso las tazas en la mesa con manos temblorosas. Una gota cayó sobre la mesa.

Liam levantó la vista y le sonrió con crueldad.

—Gracias, meserita. Que aproveche el sueldo de mierda que te pagan por abrir la boca.

Valeria lo miró directamente a los ojos. Su voz salió baja, casi un susurro, pero cargada de veneno:

—Algún día, De la Vega… vas a pagar todo esto. Y cuando eso pase, voy a estar ahí para verte caer.

Se dio la vuelta y se alejó.

Liam se quedó mirando su espalda, el corazón latiéndole con fuerza. El odio era más fuerte que nunca.

Y aun así… no podía dejar de pensar en cómo se vería esa misma espalda arqueada debajo de él.

PARTE 5

Liam llegó a su departamento todavía con la sangre hirviendo. El trayecto en el auto había sido silencioso; Mateo y los demás seguían riéndose de lo que pasó en La Grieta, pero él solo podía pensar en la cara de Valeria cuando el gerente la humilló. En cómo se le quebró la voz. En cómo se mordió el labio para no llorar. En cómo, a pesar de todo, seguía mirándolo con ese odio que lo encendía por dentro.

Cerró la puerta de un golpe y tiró las llaves sobre la mesa de la sala. El lugar estaba en penumbras, solo iluminado por la luz de la ciudad que entraba por las ventanas. Se quitó la camisa sudada y la lanzó al sofá, quedándose solo con los jeans. Los músculos todavía le dolían del entrenamiento de la mañana, pero el verdadero dolor estaba más abajo, en el pecho, donde el odio y algo mucho más peligroso se mezclaban.

Se dejó caer en el sofá, tomó el control remoto y encendió la televisión grande. Puso un episodio cualquiera de un anime que ya había visto mil veces, solo para tener ruido de fondo. Pero su mente no dejaba de repetir la escena del café: Valeria temblando, los ojos llenos de lágrimas que se negaba a soltar, la falda corta subiéndose un poco cuando se agachó a recoger la taza que se le había caído.

—Maldita sea… —murmuró, pasándose las manos por el cabello blanco plateado.

Se levantó y fue a la cocina a buscar una cerveza. Al abrir la nevera sintió el frío en el pecho desnudo. Dio un trago largo, apoyando la frente contra la puerta fría. ¿Por qué carajos no podía sacársela de la cabeza? Debería odiarla. Debería querer destruirla por todo lo que su familia le había hecho a la suya. Y sí, la odiaba… pero también quería verla de rodillas, quería oírla suplicar, quería borrar esa mirada sarcástica y reemplazarla con una de pura sumisión.

Estaba a punto de volver al sofá cuando su teléfono vibró sobre la mesa.

Un mensaje nuevo.

Desconocido.

Abrió la aplicación y leyó:

“Necesito hablar contigo. Esta noche. En privado.

Ven a mi departamento cuando puedas.

No le digas a nadie.

—Valeria”

Liam se quedó mirando la pantalla un buen rato. El corazón le dio un vuelco fuerte. Leyó el mensaje dos veces más, como si no pudiera creerlo. Valeria Soto, la misma que lo había humillado en el debate, la misma que acababa de ser destrozada verbalmente en su propio trabajo… le estaba pidiendo que fuera a su departamento. De noche. En privado.

Una sonrisa lenta y peligrosa se le dibujó en la cara.

Se pasó la lengua por los labios, sintiendo cómo la adrenalina le corría por las venas. El odio seguía ahí, caliente y vivo, pero ahora se mezclaba con algo mucho más oscuro: anticipación. Deseo. La necesidad de tenerla por fin donde siempre había querido: sola, vulnerable y sin escapatoria.

Se terminó la cerveza de un trago, dejó la botella vacía en la encimera y agarró una camiseta limpia. Antes de salir, miró una vez más el mensaje.

“En privado.”

Liam soltó una risa baja, casi un gruñido.

—Vas a arrepentirte de esto, Soto… —susurró para sí mismo mientras tomaba las llaves del auto.

Cerró la puerta del departamento y bajó al estacionamiento. Mientras encendía el motor, una sola imagen se le repetía en la cabeza: Valeria de rodillas, con los ojos rojos y la voz quebrada, suplicándole.

No sabía si iba a destruirla… o si iba a dejarse destruir por ella.

Pero esta noche, por fin, iba a descubrirlo.