Capítulo
- Glory Holes Sin Fin y Bukkake Final – Ahogado en Leche y Pis
- Devorado en el Príncipe – Cruising Gay XXX Sin Límites
- Orgía Raw en el cuarto oscuro – Los Habituales
Capítulo 3: Glory Holes Sin Fin y Bukkake Final – Ahogado en Leche y Pis
Salí del cuarto oscuro con el cuerpo temblando, pero no de miedo: de pura adicción. El culo me ardía abierto, goteando semen espeso de al menos cinco machos maduros que me habían penetrado raw en cadena. La cara ya era un desastre: costras secas en el ojo izquierdo, pelo pegado como casco de lechaza, cuello brillante de capas superpuestas. El estómago pesaba, hinchado de leche tragada, y la garganta rasposa como si hubiera tragado arena caliente. Tenía 28 años, pero en esa noche me sentía como la puta más experimentada del Príncipe.
El pasillo de glory holes era el siguiente infierno. Paredes gruesas con agujeros redondos a diferentes alturas, luces rojas tenues iluminando solo lo suficiente para ver siluetas. El olor ahí era más concentrado: precum viejo seco en las paredes, semen fresco goteando al piso, sudor de axilas y bolas fermentadas, y poppers quemando el aire como si alguien hubiera roto un frasco entero. El suelo estaba resbaladizo, tibio, un pantano de fluidos acumulados de horas de vicio.
Me arrodillé ante el primer agujero sin pensarlo dos veces. La verga que salió era gruesa, negra, venosa, con la cabeza brillante de precum. La tragué hasta el fondo sin resistencia. El dueño del otro lado empujó fuerte, follando mi garganta como si fuera un culo cualquiera. Bolas pesadas golpeaban mi barbilla, sudadas y calientes. Gemí alrededor de la pija, vibraciones que lo hicieron gruñir: “Traga profundo, maricón, que te voy a llenar el buche”.
Mientras mamaba, otra verga apareció en el agujero de al lado: más delgada pero larga, peluda en la base, olor a macho de días sin lavar. La alterné: chupaba una, lamía la otra, babeando saliva que chorreaba por mi pecho. Un tercero se unió arriba: pija corta pero muy gruesa, como lata de cerveza. La metí en la boca junto con la primera, intentando abarcar ambas. Las cabezas chocaban en mi lengua, sabores mezclados: salado ácido de una, cremoso amargo de la otra.
Inhalé popper de un frasco que alguien me pasó por debajo de la pared. Dos aspiraciones profundas: el rush subió como un rayo, la cabeza me flotó, la garganta se relajó total. Ahora podía tragar más profundo. El negro se corrió primero: chorros calientes, espesos, disparando directo al esófago. Tragué sin parar, gorgoteando, pero salió burbujas de semen por la nariz. El segundo aceleró y descargó en mi boca abierta: chorro potente que me cruzó la cara, pegando en el ojo derecho ahora también. Costra pegajosa cerrándome los dos ojos, pestañas con grumos blancos.
No pararon. Más pijas salían de los agujeros: cinco, seis, siete. Me rodearon en semicírculo anónimo. Pajeadas rápidas, cabezas calientes rozándome sienes, mejillas, frente. Precum viscoso dejando rastros que se mezclaban con lágrimas y mocos. Uno me agarró el pelo (aunque no me viera la cara) y apuntó: “Abre ese pozo sucio, puta”.
El bukkake glory empezó en serio. El primero descargó en la frente: hilos gruesos colgando como telarañas, empapando el pelo hasta pegarse como casco. El segundo cruzó de lado: chorro que me pegó en la nariz, mezclándose con mocos, chorreando a la boca. Tercero y cuarto al unísono: uno en la garganta (chorros pulsando adentro, obligándome a tragar sin aire), otro en la barbilla y cuello en cascada brillante.
Tuve que escupir un poco para respirar: tosí un chorro de semen con flemas, salió en hilos largos al piso pegajoso. Pero tragué lo que pude. El sabor era una bomba: amargo-metálico de uno, ácido de otro, cremoso salado del gordo del cuarto oscuro. El estómago se hinchó más, pesado como si tuviera litro y medio de leche ajena adentro.
Un macho maduro (voz ronca, unos 55 años por el tono) salió de las sombras y me sacó del pasillo. “Ven al centro, tragón. Ahí te vamos a romper de verdad”. Me llevó al medio del antro, un espacio abierto rodeado de bancos mugrientos y paredes con más agujeros. Había como quince tipos ahora: los habituales de siempre. Machos peludos maduros con panzas colgantes, vello negro espeso, pijas venosas goteando. Pasivos culones arrodillados pidiendo raw. Grupos mixtos inhalando popper en ronda.
Me pusieron en cuatro en el piso central, rodillas raspadas en el charco tibio. El maduro de 55 (panza peluda, bigote canoso, olor a axilas rancias) me abrió las nalgas con manos ásperas. “Este culo ya está lubricado de semen viejo”. Inhalé popper que me pasó: tres veces seguidas, rush brutal, el agujero se abrió solo, palpitando.
Penetró raw de una embestida: pija gruesa, caliente, entrando hasta las bolas. Dolor-placer mezclado con el rush. Gemí fuerte. Mientras me follaba, otro pasivo se arrodilló debajo y lamió mis huevos, lengua caliente babeando. Un tercero me metió verga en la boca: bolas sudadas golpeándome la barbilla.
La orgía se armó alrededor. Cadena raw: uno salía de mi culo, empujando semen anterior como lubricante natural, otro entraba inmediatamente. Sentía chorros calientes quedándose adentro, goteando por piernas. Sudor chorreaba por espaldas peludas, cuerpos resbaladizos chocando. Gemidos everywhere: “¡Raw, sin forro, lléname!”, “¡Popper, dame más popper!”, “¡Traga, puta!”.
El maduro se corrió profundo: pulsos espesos disparando al fondo, sentí el calor expandirse. Salió y otro entró: más grueso, más brutal. Me voltearon boca arriba, piernas abiertas en el aire. Tres maduros se turnaron: uno follaba culo raw, embestidas profundas que me hacían gemir; otro garganta hasta bolas, bolas golpeando; el tercero pajeaba sobre mi cara destruida.
Descargaron en masa: semen en garganta (tragando sin parar), en cara (chorros cruzando ojos ya pegados), en pecho (cascadas blancas brillantes). Tragué lo que pude, resto chorreó mezclándose con sudor y mugre.
Pero el clímax vino cuando uno gritó: “¡Abre la boca, que te vamos a mean encima!”. Consensual, pedido por mí mismo. Abrí grande, lengua afuera. El primero (gordo peludo) apuntó: chorro caliente de pis salado cayó en mi boca, mezclándose con semen residual. Sabor ácido-salado quemando, pero el rush de humillación me puso duro otra vez. Tragué un poco, el resto chorreó por barbilla y cuello.
Otros se unieron: tres, cuatro meando al mismo tiempo. Pis caliente cayendo en cara, pelo, pecho. Mezcla repugnante: semen espeso + pis ácido + sudor rancio. El olor era insoportable, impregnado en piel, nariz, pelo. El estómago se hinchó más con el líquido.
Me corrí sin tocarme: chorros míos salpicando al pasivo que lamía abajo. Ellos siguieron: bukkake final mientras me mean. Chorros de leche cruzando el pis, creando una sopa viscosa en mi cara.
Terminé tirado en el piso, bañado total: cara con costras secas de semen y pis, ojos cerrados por grumos, pelo casco empapado colgando hilos blancos y amarillentos, cuello y pecho brillante en capas, culo abierto goteando semen crudo, estómago pesado de leche y pis tragados.
Con voz rota, ronca, entre arcadas: “Vuelvo mañana, hijos de puta. Esto no termina nunca. Quiero más glory, más raw, más mean, más todo”.
Los habituales rieron, ya armando otra ronda. El Príncipe te marca para siempre. Te rompe el cuerpo y la mente. Te hace volver una y otra vez, adicto al vicio más sucio.
Salí al amanecer, oliendo a macho crudo por kilómetros. Sabía que esa noche no era el final. Era solo el comienzo.