El celular vibró. Abrí un ojo, todavía medio dormido, y vi la pantalla iluminada con notificaciones del grupo. “Bar clausurado, pinches pendejos”, escribió Tom. “¿Y ahora qué mierda hacemos con la final?”, soltó Mike. “Se jodió el plan”, remató Alex. Dave solo puso un like. Brandon, como siempre, tardó en contestar, pero cuando lo hizo fue directo: “Pues ni modo, ¿alguien tiene plan B o nos quedamos viendo la tele en nuestras casas?”.
Yo ya estaba sentado en la cama, el corazón latiéndome un poco más rápido de lo normal. No era solo por la final del Barcelona contra el Real Madrid. Era por la imagen que se me acababa de formar en la cabeza: todos ellos en mi sala, ocupando mis sillones, mis cojines, mis espacios, mientras yo me movía de un lado a otro sirviéndoles, alimentándolos, manteniendo siempre llenas sus cervezas. Sobre todo a él.
Tecleé rápido antes de que alguien más propusiera otra cosa: “Vengan a mi depa. Yo pongo todo: cervezas, botanas, lo que sea. Nomás traigan ganas de gritarle al partido”. Envié y me quedé mirando los tres puntitos de “leyendo”. Brandon fue el primero en responder: “¿En serio, carnal?”. Le contesté con un pulgar arriba y un “Ahorita encargo provisiones”. Los demás se subieron al tren en cadena: “Órale pues”, “Voy con hambre”, “Llevo el six de reserva por si se acaba el tuyo”.
Me levanté de un salto. Fui al súper de la esquina todavía en pants y sudadera, el carrito se fue llenando. Paquetes familiares de papas fritas sabor limón y chile, dos bolsas enormes de totopos, frascos de queso nacho, jalapeños en escabeche, salsa picante extra, dip de queso con chorizo, alitas congeladas que solo había que hornear, hot dogs para microondas por si se ponía intenso el hambre de medianoche. Y cervezas. Muchas cervezas. Compré tres paquetes de six para cada uno, pero al de Brandon le puse uno extra de Heineken. Las metí al congelador para que estuvieran al puntocuando llegaran.
De regreso en casa limpié la mesa de centro, saqué los platos desechables grandes, servilletas y coloqué todo en fila militar: las botanas al centro, las cervezas en hieleras a los lados. El sofá principal lo dejé libre para Brandon. Siempre se sienta ahí, piernas abiertas, ocupando espacio como si el mueble le perteneciera. Me imaginé ya arrodillado frente a él, pasándole la lata helada con las dos manos, viendo cómo sus dedos grandes la rodeaban, cómo la acercaba a la boca y tragaba el primer sorbo largo.
Llegaron casi al mismo tiempo. Primero Alex, flaco como palo de escoba, con los ojos nerviosos y una sonrisa torcida. Trajo una bolsa de papas rancias que seguramente tenía en la despensa desde el mundial pasado. “Por si acaso”, dijo. Lo dejé pasar y le quité la bolsa de las manos para tirarla discretamente a la basura después.
Luego Mike, el gordito eterno, entró arrastrando los pies y soltando un “¡Huele a paraíso, cabrón!” antes de siquiera saludar. Se dejó caer en uno de los sillones laterales y ya estaba abriendo el primer paquete de totopos antes de que yo terminara de cerrar la puerta.
Tom llegó presumiendo su nueva playera de compresión “para quemar más grasa sentado”, dijo riendo, pero cuando vio la mesa se le cayó la cara de disciplinado y murmuró un “bueno, un día es un día”.
Dave fue el más tranquilo, como siempre. Entró, me chocó el puño y se sentó en el brazo del sofá sin hacer ruido. “Gracias por salvarnos, carnal”.
Y entonces entró Brandon.
Llevaba una playera gris ajustada que marcaba cada músculo del pecho y los hombros. Jeans oscuros, tenis nuevos. El cabello todavía húmedo de la ducha post-gym. Olía a jabón caro y a hombre que acaba de entrenar duro. Me miró, sonrió de lado y dijo: “Eres el puto amo, ¿eh?”. Me dio una palmada en el hombro que me hizo tambalear un poco, y se fue directo al sofá central. Se dejó caer con todo su peso, abrió las piernas, apoyó los brazos en el respaldo y suspiró como si acabara de llegar a su trono.
Yo ya tenía la cerveza en la mano. La saqué del congelador justo a tiempo: helada, pero no congelada, gotas de condensación resbalando por el vidrio. La abrí con cuidado, el chasquido limpio, y se la llevé. “Tu favorita”, dije, intentando que no sonara tan ansioso como me sentía. Él la tomó, me miró un segundo más de lo normal y dijo: “Siempre sabes, ¿verdad?”. Dio el primer trago largo, la garganta subiendo y bajando, un hilo de cerveza escapando por la comisura y resbalando por su barbilla. Se limpió con el dorso de la mano, eructó bajito y soltó un “perdón, wey” que no sonaba para nada arrepentido.
Me giré rápido hacia la mesa para que no viera cómo se me aceleraba la respiración.
El partido empezó. Gritos, insultos al árbitro, risas cuando alguien fallaba un pase. Yo me movía constante: servía otra cerveza cuando alguien terminaba la suya, reponía los totopos cuando Mike los acababa en menos de diez minutos, pasaba el dip, las alitas, los hot dogs. Pero siempre volvía a Brandon. Cada vez que terminaba su lata, yo ya tenía la siguiente lista. La abría delante de él, se la pasaba con las dos manos como ofrenda. Él la recibía sin mirarme mucho, pero a veces me decía “gracias, rey” o “eres el mejor host del mundo”, y esas palabras se me clavaban directo en el estómago.
En el medio tiempo propuse el beer-pong. Improvisado, con vasos de plástico y una pelota de ping-pong que tenía guardada. Todos se animaron. Brandon se levantó del sofá con pereza felina, estiró los brazos por encima de la cabeza y la playera se le subió lo suficiente para dejar ver la línea oscura de vello que bajaba desde el ombligo hasta la cintura del pantalón. Su abdomen ya estaba empezando a hincharse: no mucho todavía, pero lo suficiente para que la piel se viera tensa, redondeada, caliente. Eructó fuerte, se palmeó la panza y dijo: “Vamos a ver quién es el hombre aquí”.
Jugaron. Brandon ganó las primeras rondas sin esfuerzo. Cada vez que metía la pelota bebía de un trago, eructaba más fuerte, se reía con esa risa grave que me ponía la piel de gallina. En un momento se sentó de nuevo en el sofá, abrió las piernas todavía más y se levantó la playera hasta debajo del pecho para “airearse”. El abdomen hinchado quedó a la vista: moreno, firme todavía, pero con esa curva suave que se formaba después de comer y beber sin control. Se rascó despacio, los dedos recorriendo la piel tensa, y soltó otro eructo largo que hizo reír a todos.
Yo estaba recogiendo los vasos vacíos del suelo. Me agaché frente a él, a centímetros de esas piernas abiertas, de ese vientre expuesto. Podía oler el calor que salía de su piel, la mezcla de cerveza, sudor limpio y queso nacho. No me miró. Siguió hablando con Tom sobre el penal que se viene. Pero yo sí lo miré. Lo miré todo el tiempo que pude sin que se notara.
El partido siguió. Barcelona metió gol. Gritos. Abrazos. Más cervezas. Más botanas. Brandon pidió otra alitas “bien cargadas de salsa”. Le llevé el plato lleno, me quedé parado a su lado mientras comía. Masticaba con la boca entreabierta, salsa escurriendo por los dedos. Se limpiaba en la servilleta, pero a veces se lamía el pulgar sin pensarlo. Cada bocado hacía que su abdomen se inflara un poco más. La playera ya no bajaba sola; tenía que ajustársela cada rato.
Cuando terminó el partido (el Madrid ganó en penales), todos estaban eufóricos y borrachos. Mike roncaba en el sillón. Alex se había ido al baño hacía media hora y no regresaba. Tom y Dave discutían estadísticas. Brandon se quedó tirado en el sofá, las manos sobre la panza hinchada, respirando pesado.
“¿Te traigo otra fría?”, pregunté en voz baja.
Él abrió un ojo, sonrió perezoso y negó con la cabeza. “Ya estoy lleno, wey… pero gracias. Eres un puto ángel”.
Se levantó con esfuerzo, la panza empujando hacia adelante, la playera subiéndose otra vez. Me dio una palmada en la nuca, fuerte, posesiva.
“Nos vemos pronto, carnal. Esto estuvo chingón”.
Salió. Los demás se fueron poco a poco. Yo me quedé solo, recogiendo latas, platos, servilletas manchadas. El departamento olía a cerveza, a sudor masculino, a comida frita. Me senté en el mismo lugar donde había estado Brandon, todavía tibio. Cerré los ojos y reviví cada eructo, cada bocado, cada vez que su abdomen se hinchaba bajo mis ojos.
Y supe que esto apenas empezaba…
Pasaron cuatro días. Cuatro días en los que el departamento todavía olía un poco a cerveza rancia y queso quemado, aunque ya lo había limpiado tres veces. Me despertaba pensando en la forma en que Brandon se había dejado caer en el sofá esa noche, panza hinchada al aire, eructando sin pudor mientras los demás se reían. Me masturbaba recordando el sonido exacto de su garganta cuando tragaba, el modo en que sus dedos se hundían en esa carne tibia que empezaba a ablandarse. Y luego volvía a la rutina: gym, trabajo, mensajes en el grupo donde todos seguían hablando del partido como si hubiera sido el evento del año. Pero él no escribía mucho. Silencio relativo. Eso me ponía nervioso.
La quinta noche abrí Instagram casi por instinto hasta que apareció su historia. Una foto en el gym: Brandon de espaldas al espejo, sin playera, sudando, los músculos del trapecio y los hombros brillando bajo las luces fluorescentes. Caption: “Días duros, pero aquí sigo”. Luego otra de su cara, expresión seria, ojos rojos como si hubiera llorado o solo fuera el sudor. “A veces la gente te decepciona y ni siquiera te avisa”. Y la última: él haciendo press de banca, gruñendo con cada repetición, el pecho subiendo y bajando, los abdominales contrayéndose todavía marcados pero con un leve velo de suavidad que solo yo parecía notar.
Me quedé mirando la pantalla como idiota. El corazón me latía en la garganta. Deslicé hacia arriba para ver los comentarios. Amigos suyos poniendo “fuerza carnal”, “esa perra no te merece”, “levántate”. Novias de otros weyes dejando corazones rojos. Y entonces vi el texto que había puesto en la publicación principal, la que no era historia sino post fijo: foto de él sentado en el borde de la cama, cabeza baja, manos en las rodillas.
“Me enteré hace dos días. Me engañó con el wey del trabajo. No dijo nada, solo se fue. Duele como la chingada, pero no voy a rogarle. Gym, comida limpia (bueno, casi), y a seguir. Gracias a los que me escriben, de verdad. Los quiero”.
Casi se me cae el teléfono. Mi mente se disparó en mil direcciones. Triste. Vulnerable. Solo. Herido. Y yo ahí, con el pulso acelerado, sintiendo una mezcla de lástima genuina y una excitación sucia que me avergonzaba y me encendía al mismo tiempo. Porque en ese momento lo vi claro: era mi ventana. La oportunidad de acercarme sin que pareciera raro. De alimentarlo. De verlo comer sin control, de llenarlo hasta que esa panza que ya empezaba a redondearse se volviera imposible de esconder.
Abrí la app de cine. Busqué la cartelera. Encontré una película de acción nueva, explosiones, carros, tiroteos, el tipo de mierda que a Brandon le encanta. La función de las 8:30 pm del sábado. Dos entradas. Las compré sin dudar. Sentí un nudo en el estómago mientras el pago se procesaba. Era real. Iba a pasar.
Le escribí por DM, privado, nada en el grupo para que no se armara revuelo.
“Oye Brandon Vi tu post… lo siento mucho wey, de verdad. Sé que estás jodido. Mira, compré dos boletos para la nueva de acción este sábado a las 8:30. Una amiga me dejó plantado y no quiero ir solo como pinche loser. Si te animas, te invito. Nomás para distraerte un rato. Sin pedos. ¿Qué dices?”
Esperé. Los tres puntitos aparecieron. Desaparecieron. Volvieron. Mi corazón iba a salírseme por la boca.
“Jajaja wey, ¿en serio? Gracias por pensar en mí. Va, acepto, pero ando en ceros.”
“No te preocupes. Yo invito todo. Nos vemos en la entrada a las 8:15?”
“Perfecto. Ahí estoy. Gracias carnal, de verdad.”
Me quedé mirando el chat como si fuera oro. Luego corrí a la ducha, me cambié tres veces de ropa pensando en qué ponerme para no parecer desesperado, y pasé los días siguientes contando las horas.
Llegó el sábado. Me puse jeans oscuros, playera negra sencilla, nada que gritara “estoy obsesionado contigo”. Llegué temprano al cine, nervioso, compré las entradas físicas por si acaso, y esperé en la entrada. Cuando lo vi aparecer caminando desde el estacionamiento, sentí que se me cortaba la respiración. Llevaba sudadera gris con capucha, jeans rotos en las rodillas, tenis blancos. Se veía cansado pero guapo, el cabello un poco revuelto, barba de tres días. Me vio y levantó la mano en saludo.
Olía a gym y a desodorante fresco. Me dio una palmada en la espalda que me hizo tambalear.
Entramos. Compré el combo más grande que tenían: balde gigante de palomitas con mantequilla extra, nachos con queso derretido y jalapeños, dos refrescos grandes de cola. “Yo invito”, le recordé Él se rió, negó con la cabeza y murmuró un “eres un pinche santo”.
Nos sentamos en la fila del medio, no muy atrás para que se viera bien la pantalla. Las luces se apagaron. La película empezó con explosiones y música fuerte. Brandon se acomodó, abrió las piernas, apoyó el balde de palomitas en su regazo. Yo puse los nachos entre los dos, pero en realidad los empujé más hacia él.
Al principio comía despacio. Un puñado de palomitas, sorbo de refresco. Pero conforme avanzaba la película y las escenas se ponían intensas, su apetito se despertó. Metía la mano entera, sacaba montones, se los llevaba a la boca sin importar que se le cayeran migajas en la sudadera. Masticaba con la boca entreabierta, el sonido húmedo y rítmico mezclándose con los disparos de la pantalla. En un momento se limpió los dedos en el muslo, eructó bajito, casi inaudible por la música, pero yo lo escuché perfecto. Fue como un disparo directo a mi entrepierna.
“Perdón”, susurró, riendo por lo bajo.
“Tranquilo, wey. Estamos en cine, nadie oye nada”.
Siguió. Ahora atacaba los nachos. Tomaba un totopo cargado de queso, lo doblaba, se lo metía entero. El queso se le escurría por la barbilla. Se lamía el labio inferior sin darse cuenta. Su abdomen empezó a reaccionar casi de inmediato. Podía verlo incluso en la penumbra: la sudadera se tensaba un poco más con cada bocado, la curva suave que ya conocía empezaba a empujar hacia afuera. Se acomodó en el asiento, abrió más las piernas, y en un gesto casual se levantó la sudadera justo lo suficiente para rascarse la panza. La piel morena quedó expuesta un segundo: redonda, tibia, con ese vello oscuro que bajaba hacia la cintura del pantalón. Se rascó despacio, los dedos hundiéndose en la carne blanda que ya cedía más que antes. Eructó otra vez, esta vez más largo, más profundo. El sonido vibró contra mi hombro.
Yo apenas había tocado las palomitas. Mi balde seguía casi lleno. El mío era el pequeño, el de él el gigante. Lo prefería así. Lo veía comer, inflarse, disfrutar sin culpa. Cada puñado que se llevaba era una victoria mía. Cada eructo, un premio.
En la escena más larga de persecución en carro, Brandon se terminó los nachos. Se limpió las manos en la servilleta, tomó el refresco y dio un trago enorme. Soltó otro eructo, esta vez audible para mí aunque la sala estaba llena de ruido. Se palmeó la panza, que ahora empujaba claramente contra la sudadera. “Ya voy lleno, cabrón”, murmuró.
Siguió comiendo. Más lento ahora, pero sin parar. Yo lo observaba de reojo. La forma en que su pecho subía y bajaba más pesado, cómo se acomodaba cada rato para darle espacio al abdomen que crecía. En un momento se recargó hacia atrás, dejó caer la cabeza en el respaldo y suspiró satisfecho. La sudadera se levantó sola un poco más. Vi la línea de vello, la piel tensa y brillante por el sudor ligero del cine cálido. Se rascó otra vez, los dedos trazando círculos perezosos alrededor del ombligo hundido.
La película terminó con una explosión final. Luces encendidas. Brandon se estiró, gruñó, se palmeó la panza hinchada. “Qué buena estuvo, wey. Gracias por invitarme. Hacía rato que no salía”.
“Cuando quieras”, contesté, la voz un poco ronca.
Salimos. En el estacionamiento me dio otro abrazo, esta vez más largo. “Eres el mejor, carnal. De verdad. Me salvaste el sábado”.
Se subió a su camioneta. Yo me quedé viendo cómo se alejaba.
Llegué a casa, me tiré en el sofá donde él se había sentado días antes. Cerré los ojos. Reviví cada puñado, cada eructo, cada centímetro que su abdomen había ganado esa noche.
Y sonreí como idiota.
Porque ya sabía que no iba a parar…
La semana pasó volando entre mensajes en el grupo y yo revisando obsesivamente las historias de Brandon. Cada foto del gym me golpeaba igual: músculos tensos, sudor brillando, pero siempre esa leve curva en el abdomen que nadie más parecía notar. O tal vez sí, pero solo yo la adoraba. El sábado por la tarde mandé el mensaje al grupo: “Reunión semanal en mi depa. Tema: competencia de six packs. Quién termine uno más rápido gana el título de rey de la noche y el derecho a elegir la próxima película para ver todos juntos. Botanas ilimitadas de combustible. ¿Quién se apunta?”.
Las respuestas llegaron en avalancha. Mike: “Ya estoy salivando, cabrón”. Alex: “Voy, pero no prometo terminar ni la mitad jajaja”. Dave: “Allá voy”. Tom: “Pff, yo en dieta estricta… pero un six no me va a matar. Nomás no me graben cuando pierda”. Brandon fue el último: “Órale, rey del hosting. Llevo hambre de venganza después de la semana de mierda. Prepárate porque voy a arrasar”. Y puso un emoji de trofeo.
Llegaron uno tras otro. Yo ya tenía todo listo: seis six-packs de cerveza bien helada en la mesa, alineados como soldados. Al lado, montañas de botanas: totopos con queso y guacamole, alitas con tres salsas diferentes, papas fritas en sabores extremos, hot dogs listos para microondas, nachos cargados, hasta unas pizzas pequeñas que pedí de último minuto “por si el combustible se acaba”. La mesa parecía un buffet de excesos. El sofá central para Brandon, como siempre. El sillón de al lado para Tom, porque sabía que iba a querer competir cerca de él.
Brandon entró primero, sudadera negra ajustada, jeans oscuros, el pelo todavía húmedo del gym. Me dio un abrazo rápido y fuerte, oliendo a jabón y a esfuerzo reciente. “¿Listo para verme ganar, carnal?”, dijo palmeándome la nuca. Se dejó caer en el sofá, abrió las piernas, apoyó los brazos en el respaldo y suspiró como si ya estuviera en su elemento.
Tom llegó después, con su típica playera de compresión gris que marcaba cada músculo del pecho y los brazos. “Hoy sí me controlo, eh. Dieta keto, nada de carbohidratos después de las seis. Esto es excepción”. Pero cuando vio la mesa se le iluminaron los ojos. Se sentó al lado de Brandon, chocó puños con él y murmuró: “Tú y yo vamos a pelear el primer lugar, carnal”.
Los demás se acomodaron. Mike ya estaba atacando los totopos antes de que yo terminara de cerrar la puerta. Alex se sentó en el piso, nervioso, abriendo su primera cerveza con manos temblorosas. Dave en el sillón individual, tranquilo pero con una sonrisa de “voy a participar sin presión”.
“Reglas simples”, anuncié. “Cada uno tiene su six-pack. El que termine primero las seis latas gana. Pueden comer lo que quieran mientras tanto, pero nada de vomitar o trampa. Yo sirvo las botanas y cuento los tiempos. ¿Listos?”.
Todos gritaron “¡Va!”. Abrí las latas al mismo tiempo con un coro de chasquidos. “¡Tres, dos, uno… arranquen!”.
Brandon atacó como fiera. Tomó la primera lata, echó la cabeza atrás y tragó sin parar, el líquido bajando en oleadas visibles por su garganta. Terminó la primera en menos de quince segundos, eructó fuerte, un rugido que hizo vibrar el aire, y abrió la segunda sin pausa. Su abdomen ya empezaba a reaccionar: la sudadera se tensaba en el centro, una curva suave pero creciente que empujaba la tela hacia afuera.
Tom no se quedó atrás. Bebía rápido, competitivo, la nuez subiendo y bajando con furia. Terminó su primera casi al mismo tiempo que Brandon, eructó corto pero potente, se limpió la boca con el dorso de la mano y agarró la segunda. “¡No me vas a ganar, pinche moreno!”, gritó riendo. Pero ya se le notaba: la playera de compresión empezaba a marcar una pequeña protuberancia en el abdomen, esa barriguita que tanto presumía de no tener pero que aparecía cada vez que cedía.
Mike iba por el camino fácil: bebía sorbos grandes pero intercalaba con bocados enormes de pizza y alitas. Su panza ya era una bola redonda que se movía cada vez que masticaba. “Yo no compito por velocidad, compito por volumen”, dijo entre risas mientras abría su tercera.
Alex se rindió en la segunda. Tosió, se dobló, los ojos llorosos. “No puedo, weyes… me voy a morir”. Se recostó en el piso, respirando pesado, pero seguía comiendo papas para no quedarse fuera del desmadre.
Dave bebía constante, sin prisa, eructando cada dos latas con un sonido grave y satisfecho. “Esto es vida”, murmuraba.
Brandon iba en la cuarta. Su vientre ya se hinchaba visiblemente. La sudadera negra se pegaba a la piel, delineando la curva redonda que crecía con cada trago. Terminó la lata, la aplastó contra la mesa con un golpe seco, eructó largo y profundo, y se palmeó la panza con las dos manos. El sonido hueco y carnoso hizo que todos rieran. “¡Miren esto, cabrones!”, dijo levantándose la sudadera hasta debajo del pecho. El abdomen moreno quedó expuesto: tenso en los bordes, blando y redondo en el centro, el ombligo hundido en medio de esa carne tibia que se movía con cada respiración. Se rascó despacio, los dedos hundiéndose, trazando círculos alrededor del ombligo. Otro eructo, esta vez dirigido casi hacia mí. Yo estaba de pie a su lado, sirviendo más alitas.
Tom iba en la quinta. Sudaba, la cara roja. Intentaba mantener el ritmo, pero cada trago le costaba más. Su abdomen, normalmente plano y marcado, ahora empujaba contra la compresión. La tela se estiraba, marcando una protuberancia clara, una barriguita redonda que él mismo se tocaba de vez en cuando como si no pudiera creerlo. “Pinche cerveza… me está traicionando”, murmuró riendo. Terminó la quinta, eructó fuerte, se levantó la playera un poco para “airearse” y dejó ver esa curva suave, pálida comparada con la de Brandon, pero igual de hipnótica para mí. Se palmeó la panza, el sonido más suave que el de Brandon, pero igual de satisfactorio. “Ya casi, wey… no me rindo”.
Brandon abrió la sexta. Bebió más lento ahora, saboreando, pero sin parar. Su vientre estaba enorme: redondo, hinchado, la piel tensa y brillante por el sudor. Terminó la última gota, aplastó la lata, eructó un rugido que duró como ocho segundos y levantó los brazos en victoria. “¡Seis! ¡Soy el rey, cabrones!”. Se recostó en el sofá, abrió las piernas todavía más, se levantó la sudadera completa hasta el pecho y dejó la panza al aire. Morena, redonda, caliente. Se rascó con las dos manos, los dedos hundiéndose en la carne blanda. “Vengan a ver al campeón”, dijo riendo.
Tom terminó segundos después. Quinta no, sexta. Jadeaba, eructó largo, se palmeó la panza hinchada y se levantó la playera también. “Mira nomás… la dieta se fue a la mierda”. Su abdomen era más pequeño que el de Brandon, pero igual de redondo, pálido, con esa suavidad que aparecía cuando cedía. Se lo tocó, presionó, soltó otro eructo y miró a Brandon. “Te gané por poco, pero te gané en estilo”.
Yo me movía como loco: recogiendo latas vacías, sirviendo más botanas, acercándome cada vez que Brandon o Tom pedían algo. Cuando Brandon me pidió “otra cerveza, rey, pero esta vez para celebrar”, me agaché frente a él, le pasé la lata helada. Nuestros dedos se rozaron. Él sonrió, bebió un sorbo, eructó en mi dirección y dijo: “Sin ti esto no sería lo mismo”.
Tom me pidió lo mismo después. “Tráeme una fría, carnal… esta panza necesita más combustible”. Me miró mientras me agachaba, sonrió de lado. “Tú sí que sabes cuidar a los campeones, ¿eh?”.
Me quedé ahí, entre los dos, viendo sus abdomenes hinchados al aire, eructos resonando, risas hetero y descontroladas. Mike inflado como globo, Alex tosiendo en el piso, Dave uniéndose al coro de gases.
Recogí las latas vacías del suelo, una por una, oliendo el metal tibio, el sudor, la cerveza derramada. Me senté un rato en el borde de la mesa, mirando el espectáculo.
Brandon se recostó más, panza al aire, rascándose perezoso.
Tom hizo lo mismo a su lado, tocándose la barriguita que tanto negaba.
Y yo, en silencio, adorando cada centímetro de lo que habían ganado esa noche…
El viernes por la tarde les mandé el mensaje al grupo con una sonrisa que nadie podía ver: “Salida grupal esta noche al bar.»
Llegué al bar primero, reservé la mesa grande en la esquina, la que tiene el sofá curvo donde todos caben apretados. Pedí la primera ronda antes de que aparecieran: seis cervezas heladas, shots de tequila para abrir apetito, y una jarra extra de cerveza para “compartir”. Cuando entraron, ya estaba yo con la primera cerveza en la mano, sonriendo como si nada.
Brandon se sentó en el centro del sofá, como siempre. Sudadera negra abierta, playera gris debajo marcando el torso ancho, jeans oscuros que ya le apretaban un poco más la cintura. Me chocó el puño fuerte, se dejó caer y abrió las piernas ocupando espacio. “Tráeme la primera, rey. Hoy me siento invencible”.
Tom llegó justo detrás, playera sin mangas gris que dejaba ver los brazos definidos, shorts deportivos. Se sentó al lado de Brandon, cruzó las piernas con aire de superioridad. “Yo controlo esto, wey. Mi vejiga aguanta más que la tuya”. Pero cuando vio la jarra ya llena, sus ojos brillaron un segundo.
Mike se tiró al sofá del otro lado, Alex nervioso en la esquina, Dave tranquilo pero con una sonrisa de “yo voy a durar”.
Empecé a servir rondas sin parar. Cerveza tras cerveza, shots intercalados, tequila, cerveza, tequila. Animaba discreto: “¿Quién va por la siguiente? No seas débil, carnal”. “Mira a Brandon, ya va por la cuarta y ni se inmuta”. “Tom, no me digas que ya estás cruzando las piernas, eh”. Todos reían, competían, bebían más rápido.
La primera hora fue puro desmadre: risas, gritos por el partido en la tele, palmadas en la espalda. Brandon bebía de un trago largo, eructaba profundo y se palmeaba la panza que empezaba a hincharse por el líquido. Tom bebía constante, presumiendo: “Esto es nada, wey. Mi vejiga es de titanio”. Pero ya se movía un poco inquieto en el asiento.
Entonces el mesero se acercó, cara de disculpa: “Perdón, muchachos… el baño está averiado. Se tapó la tubería principal. No hay agua ni nada hasta que vengan los de mantenimiento. Puede tardar un rato”.
Silencio un segundo. Luego risas nerviosas. Mike soltó un “¡No mames!”. Alex se puso pálido. Dave suspiró y cruzó las piernas calmado. Tom se rió forzado: “Bueno, pues a aguantar como hombres”. Brandon solo sonrió de lado, se acomodó en el sofá y dijo: “Esto se pone interesante, carnal”.
El suspenso empezó a crecer como una ola lenta. Yo seguía sirviendo rondas, pero ahora cada trago era un desafío silencioso. Brandon fue el primero en mostrar signos. Se recostó un poco más, abrió las piernas todavía más, pero empezó a retorcerse sutil. Una mano bajó despacio a la entrepierna, presionando con el puño cerrado contra el bulto del jean. Su abdomen, ya hinchado por las cervezas, se tensaba más, la playera gris pegándose a la curva redonda que empujaba hacia afuera. Eructó fuerte, profundo, y gimió bajito, casi inaudible entre la música. “Puta madre… esto está apretando”. Se ajustó el pantalón con la otra mano, tirando de la cintura para dar espacio, pero solo hacía que la presión se notara más. Sudaba un poco en la frente, el cuello brillante. Se mordió el labio inferior, los ojos entrecerrados de urgencia erótica, y murmuró: “Sigue sirviendo… no me rindo todavía”.
Tom presumía al principio: “Yo controlo, wey. Esto es fácil”. Pero pronto cedió. Cruzó las piernas fuerte, una sobre la otra, apretando los muslos. Se frotaba el vientre bajo la playera sin mangas, levantándola un poco para presionar directo sobre la piel pálida. Su barriguita, que ya había ganado curva en las semanas anteriores, ahora estaba tensa, redonda, presionada por el líquido que no paraba de entrar. Revelaba la piel pálida brillante por el sudor, el ombligo hundido en medio de esa protuberancia suave. Gimió bajito, un sonido que se mezclaba con un eructo corto. “No mames… esto duele rico”. Se frotaba en círculos lentos, los dedos hundiéndose en la carne blanda, ajustándose el short que ya apretaba. Sudaba más que Brandon, el pecho subiendo y bajando rápido, la cara enrojecida de esfuerzo y algo más. “Sigue trayendo cerveza, carnal… no me voy a rendir primero”.
Mike se quejaba inflado, la panza enorme empujando la playera hacia arriba, manos en los costados como si quisiera contenerla. “Ya no aguanto, wey… voy a explotar”. Alex temblaba nervioso, cruzado de piernas, balanceándose en el asiento, los ojos vidriosos. Dave resistía calmado, pero ya tenía una mano presionando discreto el bajo vientre, respirando profundo.
Yo observaba todo desde mi lugar, sirviendo rondas más lentas ahora, animando con voz baja: “Vamos, Brandon, tú eres el rey… aguanta un poco más”. “Tom, no me digas que el de acero ya se está doblando”. Cada gemido, cada roce, cada ajuste de pantalón me golpeaba directo. Brandon se retorcía más, manos en la entrepierna presionando fuerte, abdomen hinchado y tenso bajo la playera levantada un poco, revelando la piel morena brillante de sudor. Gimió más audible, eructó largo, se mordió el labio y murmuró: “Esto está cabrón… pero qué rico se siente la presión”.
Tom, segundo foco, cruzaba y descruzaba las piernas, frotándose el vientre expuesto con más urgencia, la barriguita pálida tensa y redonda temblando con cada movimiento. Sudaba profusamente, el pecho definido brillando, gimiendo bajito cada vez que tomaba un sorbo más. “No mames… duele, pero no me rindo”. Sus dedos presionaban la piel blanda, hundiéndose, frotando en círculos desesperados.
El bar seguía lleno de ruido, pero nuestra mesa era un mundo aparte: cuerpos retorciéndose, caras de desesperación erótica, gemidos mezclados con eructos, manos presionando entrepiernas y vientres hinchados. Nadie se orinaba. Nadie corría al baño (porque no había)…
Fue Brandon quien lo dijo primero, voz ronca y baja: “No aguanto más, wey… vámonos a un motel cerca. Ahí hay baño, ¿no?”. Todos asintieron como si fuera la idea del siglo. Tom soltó un “sí, por favor” que sonó más a gemido que a acuerdo. Salimos tambaleándonos al estacionamiento, el aire frío de la noche golpeándonos como una bofetada que solo empeoró la presión.
Yo manejé. Brandon y Tom atrás, Mike adelante, Alex y Dave apretados en el medio. El coche olía a cerveza, sudor y desesperación. “Aguanten un poquito más, carnales… el motel está a cinco minutos”, dije, pero todos sabíamos que cinco minutos eran una eternidad. Brandon se retorcía en el asiento, manos presionando la entrepierna con fuerza, el jean oscuro marcando el bulto hinchado por la vejiga y la erección involuntaria que la presión provocaba. Gemía bajito cada vez que el coche pasaba un bache, eructaba y murmuraba: “Puta madre… esto está rico y duele al mismo tiempo”. Tom, sin playera ya (se la había quitado en el bar “para airearse”), frotaba su barriguita pálida con movimientos circulares desesperados, la piel brillante de sudor, el ombligo hundido temblando. “No pares, carnal… pero apúrate”, rogaba, la voz quebrada, tocándose la verga erecta por encima del short.
Llegamos al motel. Entramos como pudimos. Mike fue el primero en llegar a la recepción, tambaleándose. El gerente, un tipo gordo con bigote, nos miró raro. “¿Cuántas horas?”, preguntó. Mike intentó responder, pero se dobló de golpe, un gemido largo salió de su garganta y un chorro caliente empezó a bajar por su pierna derecha. El charco se formó rápido en el piso de linóleo, olor fuerte a orina mezclándose con el ambientador barato. El gerente gritó: “¡Fuera de aquí, cabrones! ¡Lárguense antes de que llame a la policía!”. Nos corrieron a empujones. Mike, empapado de la cintura para abajo, se quedó parado un segundo, cara roja de vergüenza. “Me voy a mi casa… no quiero ensuciar tu coche, carnal”, murmuró. Lo vimos subir a un taxi que pasaba, despidiéndonos con un gesto débil.
Frustrados, volvimos al coche. “Hay un parque cerca, solitario, sin cámaras”, propuse. Nadie discutió. Brandon gemía más fuerte ahora, presionando con las dos manos la entrepierna, el abdomen moreno hinchado empujando la playera hasta casi el pecho. Tom se retorcía sin playera, barriguita pálida tensa y brillante, frotándola con una mano mientras con la otra apretaba su verga erecta por encima del short. “Apúrate, por favor… ya no puedo”, suplicó.
El parque estaba oscuro, solo un par de faroles lejanos. Bajamos. Alex y Dave corrieron primero hacia los árboles. Alex se bajó los jeans a medias, pero no alcanzó: un chorro potente salió antes, empapando la entrepierna, los muslos, los zapatos. “¡No mames!”, gritó, riendo nervioso mientras terminaba de orinar en el suelo. Dave sí llegó a tiempo, se bajó todo y soltó un chorro largo contra un árbol, suspirando de alivio. “Me voy a mi casa… no quiero mojar el coche”, dijo Dave, subiéndose los pantalones y despidiéndose con un “gracias por la noche, weyes”. Alex, empapado y avergonzado, murmuró lo mismo y se fue caminando hacia la avenida.
Quedamos solo Brandon, Tom y yo.
Un policía apareció al fondo del parque, linterna encendida, acercándose. “¡Oigan! ¿Qué pasa ahí?”. Corrimos al coche como si nos persiguiera el diablo. Brandon se tiró al asiento trasero, Tom detrás de él. Arrancé con las luces apagadas al principio, corazón latiéndome en la garganta. El policía no nos siguió, pero el suspense quedó colgando.
Solo quedábamos nosotros tres. Brandon en el asiento trasero, piernas abiertas, manos presionando la entrepierna morena y sudorosa, el jean oscuro marcando el bulto hinchado y erecto, abdomen tenso empujando la playera. Gemía bajito cada vez que el coche se movía, eructaba profundo y se mordía el labio.
Tom, sin playera, barriguita pálida expuesta y tensa, frotándola con movimientos desesperados, la otra mano apretando su verga erecta por encima del short. Sudaba profusamente, el pecho subiendo y bajando rápido, gimiendo más audible: “Por favor… llévanos a casa ya…”. Se retorcía, la piel pálida brillante bajo la luz de las farolas que pasaban..
Tomé la avenida principal primero, pero en cuanto vi el letrero de la salida secundaria, giré sin avisar. “Vamos por el camino largo, carnales… el tráfico está cabrón por la autopista”, mentí con voz calmada. Brandon soltó un gemido largo desde atrás, mitad queja, mitad placer. “No mames… apúrate, ya no aguanto”. Pero no aceleré. Tomé la calle lateral, la que da vueltas por colonias residenciales tranquilas, con topes cada cien metros.
Brandon se retorcía en el asiento. Las piernas abiertas al máximo, pero los muslos apretados, una mano metida entre la entrepierna presionando con fuerza el bulto hinchado del jean oscuro. La otra mano en el abdomen moreno, empujando la playera gris hacia arriba hasta que quedó arrugada debajo del pecho. La panza hinchada, redonda, tensa por el líquido que no paraba de presionar desde dentro. Sudaba profusamente: gotas gruesas le corrían por el cuello, por el pecho expuesto, por la curva del vientre que temblaba con cada bache. Ajustaba el pantalón una y otra vez, tirando de la cintura, pero solo hacía que la tela se clavara más en la piel. “Puta madre… se me está poniendo dura de tanto apretar”, murmuró entre dientes, voz ronca. Presionó más fuerte su verga erecta por encima del jean, el bulto visible, duro, palpitante. Eructó profundo, un sonido largo que vibró en el coche, y gimió bajito, los ojos entrecerrados de urgencia erótica.
Tom, a su lado, ya sin playera, era un espectáculo. El pecho definido brillaba de sudor, los músculos del abdomen superior todavía marcados pero ahora dominados por esa barriguita pálida, tensa, redonda, que empujaba hacia afuera como si fuera a reventar la piel. Se frotaba con movimientos desesperados: una mano en círculos sobre la barriguita, los dedos hundiéndose en la carne blanda que cedía, el ombligo hundido temblando; la otra mano apretando su verga erecta por encima del short deportivo, que ya tenía una mancha oscura en la punta por la presión extrema. “Al principio pensé que aguantaba, wey… pero esto ya es otro nivel”, confesó entre gemidos más audibles que los de Brandon. Se retorcía, arqueando la espalda, el pecho subiendo y bajando rápido.
Brandon eructó otra vez, largo, profundo, y gimió alto cuando el coche pasó un tope. “¡No mames… casi… casi me voy!”, dijo, pero apretó más fuerte, los nudillos blancos contra el jean. Su abdomen moreno hinchado se movía con cada respiración pesada, la piel brillante de sudor, la curva redonda presionando la tela de la playera que ya no bajaba sola. Ajustó el pantalón de nuevo, tirando de la cremallera para dar espacio, pero solo expuso más el bulto erecto, duro como piedra. “Se siente… se siente demasiado rico… pero duele… ay wey”.
Tom cedió más rápido, como siempre. Se quitó el short hasta las rodillas de un jalón, quedando en bóxers ajustados que marcaban la verga erecta, hinchada por la vejiga y el deseo. “Ya no puedo con esto… mira nomás cómo estoy”, dijo, voz quebrada. Se tocaba directo por encima de la tela, frotando la punta mojada, gimiendo audible, casi lloroso. La barriguita pálida tensa temblaba con cada roce, el sudor corriendo por los costados, por el ombligo hundido. “Para… no pares… ay cabrón… me voy a orinar aquí mismo si no llegamos ya”. Pero resistía, apretando los muslos, frotando más rápido, el pecho subiendo y bajando, los pezones duros por el aire fresco que entraba por la ventana entreabierta.
Yo alargaba el camino adrede: tomé la desviación hacia el periférico, luego volví por calles secundarias, pasé dos veces por el mismo semáforo en rojo. Cada vez que el coche se detenía, ellos gemían más fuerte, se retorcían, se tocaban con más urgencia. Brandon presionaba su bulto con las dos manos ahora, abdomen moreno expuesto, sudando, eructando entre gemidos. Tom, sin playera ni short completo, barriguita pálida frotada sin parar, verga erecta visible en los bóxers, gimiendo alto…
El coche se detuvo con un chirrido suave frente a mi edificio. Las luces del estacionamiento parpadeaban débiles, pero dentro del auto el calor era sofocante, un olor denso a sudor masculino, cerveza vieja y desesperación cruda. Apenas apagué el motor, Brandon y Tom se lanzaron hacia la puerta como animales heridos. Brandon abrió de un tirón, salió tambaleándose, una mano clavada entre las piernas, la otra presionando el abdomen moreno hinchado que ya no cabía bajo la playera gris empapada. Tom, sin playera desde hacía rato, bajó detrás, barriguita pálida tensa y brillante de sudor, el short deportivo pegado a los muslos, la verga erecta marcando un bulto imposible de esconder.
Corrieron hacia la entrada del edificio. Yo cerré el coche con calma, disfrutando el espectáculo de sus espaldas: Brandon ajustando el jean cada dos pasos, gemidos roncos saliendo de su garganta; Tom frotándose la barriguita con movimientos frenéticos, el pecho subiendo y bajando como si estuviera a punto de hiperventilar. Subimos las escaleras a trompicones, ellos empujándose mutuamente, riendo entre gemidos de dolor-placer.
Apenas abrí la puerta del departamento, se lanzaron hacia el baño único como si fuera el último salvavidas en un naufragio. Brandon llegó primero, empujó la puerta con el hombro, pero Tom lo agarró por la cintura y lo jaló hacia atrás. “¡Yo primero, cabrón! ¡Ya no aguanto!”, gritó Tom, voz quebrada, la barriguita pálida temblando con cada respiración. Brandon se giró, lo empujó contra la pared del pasillo, abdomen moreno chocando contra el pecho desnudo de Tom. “¡Ni madres! ¡Yo estaba más adelante!”, rugió, pero el movimiento le arrancó un gemido largo, profundo, y tuvo que apretar más fuerte su entrepierna con las dos manos.
Se empujaban como niños peleando por un juguete, pero no había nada infantil en eso: cuerpos sudorosos, erectos, vejigas al límite, gemidos que se mezclaban con eructos ocasionales y respiraciones entrecortadas. Brandon se dobló un segundo, rodillas temblando, la playera gris subiéndose sola hasta el pecho, dejando expuesta toda esa panza morena hinchada, redonda, tensa, brillante de sudor. Presionaba su verga dura por encima del jean, el bulto palpitante, y gimió desesperado: “Por favor… ya no…”.
Tom, sin playera, barriguita pálida expuesta y frotada sin parar, se retorcía igual. Una mano en la entrepierna apretando la verga erecta por encima del short, la otra frotando círculos frenéticos sobre su vientre tenso, el ombligo hundido temblando. Sudaba tanto que gotas le caían del mentón al suelo. “¡No mames, Brandon! ¡Yo voy a explotar aquí mismo!”, rogó, voz casi llorosa, pero con un filo erótico que no podía esconder.
Se giraron hacia mí al mismo tiempo, ojos vidriosos, caras enrojecidas, cuerpos temblando de urgencia. Brandon habló primero, voz ronca y quebrada: “Tú elige, rey… tú decides quién entra con dignidad al baño y quién se mea aquí mismo en los pantalones como un pinche perdedor”.
Tom asintió rápido, frotándose más fuerte la barriguita pálida, gimiendo audible: “Sí… elige, carnal… uno se salva, el otro se humilla delante de ti. Vamos… di quién”.
Me quedé parado en el pasillo, corazón latiéndome en los oídos, excitado hasta el punto del mareo. Los veía retorcerse, sudar, gemir. Brandon, mi foco principal desde el principio, abdomen moreno hinchado presionando contra el jean, verga erecta marcando el bulto, manos apretando con desesperación, gimiendo bajo y profundo cada vez que movía las caderas. Tom, el que siempre cede rápido, sin playera, barriguita pálida tensa y expuesta, frotándose el vientre y la entrepierna sin parar, sudando profusamente, rogando con voz quebrada: “Por favor… elige… no aguanto más…”.
“Vamos, rey… decide”, insistió Brandon, empujándome verbalmente, la voz ronca de urgencia. “¿Quién se salva? ¿Yo, que he sido tu rey todo este tiempo? ¿O este cabrón que siempre cae primero?”.
Tom se acercó más, barriguita pálida casi tocando mi pecho, frotándose con más fuerza: “No seas cabrón… mírame… estoy a punto… elige rápido o me voy a orinar aquí delante de los dos”.
No dije nada. Vacilé. Los veía retorcerse, cuerpos en urgencia erótica pura: Brandon ajustando el jean una última vez, abdomen moreno temblando, verga dura presionando la tela; Tom sin playera, barriguita pálida brillante, manos en la entrepierna y el vientre, gimiendo más alto, sudando, rogando.
“Elige…”, murmuraron al unísono, empujándome con la mirada, con los gemidos, con sus cuerpos al límite.
Uno ganaría alivio en el baño, con dignidad.
El otro se orinaría en los pantalones aquí mismo, delante de mí, humillado, expuesto.
Yo seguía sin decidir.
El suspenso colgaba pesado en el aire caliente del pasillo.
Brandon gimió otra vez, profundo, desesperado.
Tom soltó un “por favor…” casi inaudible.
Y yo, parado entre ellos, no dije nada aún.
Porque la elección seguía colgando.
Y ellos seguían retorciéndose.
Sudorosos, erectos, al borde…
Yo estaba parado ahí, vacilando, el corazón latiéndome en la garganta, excitado hasta el dolor por verlos así, pero sin poder elegir quién entraba al baño con dignidad y quién se humillaba meándose en los pantalones.
“Elige de una puta vez, rey… o sirviente, como prefieras llamarte”, gruñó Brandon, voz quebrada por la urgencia, pero con un filo burlón que me golpeó directo. Tom rió entre gemidos, frotándose más fuerte la barriguita pálida: “Sí, Ethan… siempre sirviéndonos cervezas, botanas, todo… ahora sirve de árbitro, pero rápido, cabrón”.
No pude. Las palabras se me atascaron. Y en ese segundo de silencio, le dieron la vuelta. Brandon se acercó primero, empujándome contra la pared con su hombro ancho, el abdomen moreno hinchado rozándome el pecho. “¿No eliges? Entonces nosotros elegimos por ti, sirviente eterno”. Tom se unió, agarrándome por los hombros y forzándome a arrodillarme en el piso del pasillo. “Ay, Ethan… con tu obsesión por servirnos, por adorarnos en silencio mientras nos hinchamos… esto te va a gustar”, dijo Tom, voz empática pero burlona, frotando su barriguita pálida tensa justo frente a mi cara.
Me arrodillaron ahí, en el suelo frío, mis rodillas golpeando el piso con un thud sordo. Brandon, gimiendo de urgencia, bajó su jean con una mano temblorosa, liberando su verga erecta, hinchada por la presión de la vejiga llena. “Abre la boca, sirviente… vamos a darte lo que siempre quisiste”, ordenó, y Tom, riendo bajito, me abrió la mandíbula a la fuerza con sus dedos fuertes, metiéndolos en mis comisuras para que no pudiera cerrar. Brandon presionó su abdomen moreno hinchado contra mi cabeza, la piel caliente y sudorosa pegándose a mi frente, y soltó un chorro masivo directo en mi boca abierta. La orina caliente, salada, amarga, me llenó la garganta de golpe, empapando mi lengua, mis labios, escurriendo por mi barbilla y cuello. Gemí humillado, pero el fetiche me atrajo como un imán: tragué lo que pude, pero era demasiado, el chorro potente salpicando mi cara, mojando mi playera desde el cuello hacia abajo. Brandon retenía lo suficiente para quedarse lleno, gimiendo de alivio parcial mientras su verga erecta palpitaba en su mano, gotas residuales salpicándome los labios una y otra vez. “Toma, Ethan… siente lo lleno que estoy… por ti, sirviente”.
Tom, barriguita pálida tensa expuesta y temblando, se unió sin esperar. “Qué lindo sirviente… te adoramos tanto como tú a nosotros, ¿eh?”, dijo burlón, bajando su short deportivo y liberando su verga erecta, dura como piedra. Frotó su vientre sudoroso con una mano, presionando la carne blanda que cedía bajo sus dedos, y soltó torrentes potentes directo en mi boca. Era demasiada: no logré tragar toda, la orina escurriendo por mis comisuras, bajando a mi pecho, mojando mi playera por completo y filtrándose hacia mi entrepierna. El calor se extendió por mi piel, empapando mis pantalones, mi propia verga erecta palpitando bajo la tela húmeda. Tom me humillaba mientras: “Siente nuestro pissing, Ethan… ¿lo querías, eh? Siempre de rodillas en tu mente, sirviéndonos… ahora es real”. Su barriguita pálida se movía con cada gemido, tensa y brillante de sudor, reteniendo lo suficiente para no vaciarse del todo.
Humillado duro, pero atraído al fetiche hasta el punto de no poder resistir, me sometí erecto y empapado. El pasillo olía a orina fresca, a sudor masculino, a desesperación erótica. Ellos orinaban en turnos sobre mí, explorando el pissing al extremo: Brandon soltaba otro chorro masivo en mi cuello, empapando mi playera hasta que se pegaba a mi pecho; Tom respondía con torrentes en mi entrepierna, mojando mis pantalones hasta los zapatos, el charco creciendo bajo mis rodillas. Gemían alternados, vergas erectas palpitando en sus manos, abdomenes hinchados presionando contra mi cara mientras me obligaban a «adorar» sus panzas sudorosas. “Bésala, sirviente… adora mi abdomen moreno que tanto te obsesiona”, ordenó Brandon, y yo, humillado, presioné mis labios contra esa curva tensa, caliente, besándola mientras gotas residuales caían en mi cabello. “Ahora el mío… nómbranos los reyes absolutos del pissing”, dijo Tom, frotando su barriguita pálida contra mi mejilla, y yo murmuré entre gemidos: “Son mis reyes absolutos del pissing… Brandon y Tom, mis DOM”.
No paraban. Me forzaron a servirles más alcohol: “Trae cervezas, sirviente… mientras limpias este desastre”, dijo Brandon, reteniendo su vejiga llena con esfuerzo, gimiendo mientras se ajustaba el jean empapado. Fui a la cocina tambaleándome, erecto y mojado, traje dos latas heladas. Ellos bebieron de un trago, eructando profundo, abdomenes hinchados expandiéndose un poco más, sudor corriéndoles por el torso. “Ahora limpia el suelo… con la boca, como buen sirviente”, ordenó Tom, burlón, frotando su barriguita pálida tensa. Humillado al máximo, me incliné, lamiendo el charco de orina mixta del piso, el sabor salado invadiendo mi lengua, mi propia erección palpitando dolorosamente bajo los pantalones empapados. Ellos miraban desde arriba, vergas erectas aún fuera, gotas residuales cayendo en mi espalda mientras bebían más, reteniendo para quedarse llenos y listos para otra ronda.
Al final, mientras yo lamía el último rastro del desastre, ellos se miraron, sudorosos, erectos, abdomenes hinchados temblando de urgencia retenida. “Mira nomás a Ethan… nuestro sirviente eterno”, dijo Brandon, voz ronca, presionando su abdomen moreno contra mi cabeza una última vez. “Sí… entendemos ahora… somos tus nuevos DOM”, añadió Tom, frotando su barriguita pálida expuesta, soltando una gota residual en mi lengua extendida.
Me quedé arrodillado, humillado pero atraído, erecto y empapado, sirviéndolos como siempre soñé, pero ahora en realidad. Ellos, mis reyes, reteniendo lo suficiente para prolongar la tortura, listos para más…
Han pasado tres meses desde esa noche en el pasillo, cuando todo cambió para siempre. Lo que empezó como un fetiche oculto, sirviendo en silencio a mis amigos mientras los veía hincharse con comida y bebida, se transformó en algo mucho más profundo, más crudo. Brandon y Tom ya no me ven como un igual, como el Ethan que organizaba reuniones y ofrecía su depa para las fiestas. Ahora soy su sirviente eterno, el que adora desde abajo, el que vive para complacerlos. Y lo amo. Cada humillación, cada orden, cada gota que me dan como premio, me hace sentir completo. Ellos son mis reyes absolutos, mis DOM, y yo su devoto adorador. No hay vuelta atrás; este es el nuevo rumbo de mi vida, y no lo cambiaría por nada.
Los invité a mi depa para una «reunión especial», pero todos sabemos que no es una reunión entre amigos. Es una ceremonia donde yo sirvo, ellos mandan. Llegan juntos, Brandon con su sudadera negra ajustada que marca el torso ancho y el abdomen que ha ganado curva permanente gracias a mis festines, Tom con una playera sin mangas gris que deja ver sus músculos definidos y esa barriguita pálida que tanto me obsesiona, la que siempre cede rápido pero ahora presume como trofeo. Me reciben con palmadas posesivas en la nuca, no como saludos, sino como recordatorios de mi lugar.
«¿Qué hay, sirviente? ¿Listo para adorarnos hoy?», dice Brandon, voz ronca y burlona, sentándose en el sofá central, abriendo las piernas como si el mueble le perteneciera. Tom ríe, se deja caer a su lado, frotándose la barriguita pálida por encima de la playera: «Ay, Ethan… siempre tan dispuesto. Prepáranos algo rico, como en los viejos tiempos, pero ahora sabes tu rol, ¿eh?».
Me arrodillo frente a ellos sin que me lo pidan, porque así es ahora. He preparado un festín que engloba todo lo que hemos vivido: pizzas cargadas con extra queso y chorizo, como en el roleplay de prisioneros; sándwiches monstruosos con jamón, tocino y mayonesa, recordando el picnic improvisado; nachos con queso derretido y jalapeños, del reto messy; pasteles cremosos con frosting, del desafío de pasteles; y cervezas heladas, shots de tequila, batidos espesos, todo para hincharlos como en aquellas noches de beer-pong y competencias de six-packs. Sirvo la primera ronda de rodillas, pasándoles los platos con las dos manos, cabeza baja. «Sus reyes… aquí tienen su comida», murmuro, voz temblorosa de excitación.
Brandon toma un sándwich gigante, muerde con ganas, el relleno escurriéndole por la barbilla. Mastica lento, saboreando, eructa profundo sin pudor, y se palmea el abdomen moreno que empieza a hincharse bajo la sudadera. «Mira nomás, sirviente… esto es por ti, por cómo nos has hecho engordar estas semanas. ¿Te gusta ver a tu rey así?» Se levanta la sudadera, exponiendo esa curva morena tensa, brillante de sudor ligero, y me obliga a frotarla con mis manos. Siento la carne caliente, expandiéndose con cada bocado, y gimo bajito, adorando en silencio como siempre.
Tom no se queda atrás. Devora una rebanada de pizza cargada, queso estirándose en hilos largos, y eructa corto pero potente, frotándose la barriguita pálida que ya empuja contra la playera. «Ay, Ethan… presumía de dieta, pero gracias a ti cedí rápido cada vez. Ahora mira esta belleza», dice burlón, quitándose la playera de un tirón, revelando el pecho definido y la barriguita redonda, pálida y tensa. Me obliga a besarla, mis labios presionando la piel sudorosa, sintiendo cómo se hincha con cada trago de cerveza que le sirvo. «Bébela toda, sirviente… y tráeme más».
Los sirvo sin parar, de rodillas, excitado por su dominio. Recuerdo las noches pasadas: el beer-pong donde Brandon dominaba eructando fuerte, el picnic donde Tom competía feroz pero cedía; el messy con pasteles donde se untaron como cerdos; el roleplay donde me forcé a alimentarlos. Ahora todo converge: les sirvo burritos rellenos, nachos, pasteles, cervezas, shots, batidos. Ellos comen sin límites, abdomenes hinchándose visiblemente, eructando en coro, riendo burlones mientras me humillan verbalmente. «Mira a Ethan… nuestro sirviente fiel, adorando nuestras panzas como en sus fantasías», dice Brandon, palmeando su abdomen moreno inflado. Tom asiente, frotando su barriguita pálida: «Sí… y como premio por servir bien, te daremos lo que más quieres».
El nuevo rumbo se hace claro cuando terminan de hincharse. Están sudorosos, erectos bajo los pantalones, vejigas llenas por las cervezas y batidos que les he servido sin parar. Se paran, abdomenes expuestos y hinchados, y me obligan a arrodillarme de nuevo en el centro de la sala. «Hora del premio, sirviente eterno», anuncia Brandon, bajando su jean con lentitud, liberando su verga erecta, hinchada por la presión. Tom hace lo mismo, short abajo, barriguita pálida temblando sobre mí.
Brandon va primero: presiona su abdomen moreno hinchado contra mi cabeza, gimiendo de urgencia, y suelta un chorro potente directo en mi boca abierta que Tom mantiene a la fuerza con sus dedos. La orina caliente me llena la garganta, salada, amarga, escurriendo por mi barbilla y cuello cuando no logro tragar todo. Empapa mi playera, baja a mi pecho, moja mi entrepierna. Brandon retiene lo suficiente para quedarse lleno, gimiendo: «Toma, sirviente… siente lo que nos haces retener con tus bebidas». Gotas residuales salpican mis labios, y yo trago lo que puedo, humillado pero atraído al extremo, erecto bajo mis pantalones.
Tom se une, frotando su barriguita pálida tensa contra mi mejilla: «Qué lindo sirviente… te adoramos tanto como tú a nosotros, ¿eh?». Suelta torrentes potentes en mi boca, demasiada para tragar, escurriendo a mi pecho, mojando mi playera por completo y filtrándose hacia abajo. Humilla mientras: «Siente nuestro pissing, Ethan… ¿lo querías desde el principio, eh? Siempre sirviéndonos… ahora bebiendo de nosotros». Retiene para quedarse lleno, gotas residuales goteando en mi lengua.
Orinan en turnos sobre mí, explorando el pissing al extremo: chorros masivos en mi cuello, pecho, abdomen, entrepierna. Me obligan a adorar sus panzas sudorosas entre rondas: beso el abdomen moreno de Brandon, lamo el sudor de la barriguita pálida de Tom, nombrándolos «mis reyes absolutos del pissing». Me fuerzan a servirles más alcohol: traigo cervezas de rodillas, ellos beben eructando fuerte, abdomenes hinchándose más, vejigas rellenándose para prolongar el premio. Limpio el desastre del suelo con la boca, lamiendo cada charco de orina mixta, humillado al máximo mientras ellos miran desde arriba, vergas erectas palpitando, frotándose mutuamente las panzas en un dúo dominante.
Al final, exhaustos pero llenos, se sientan de nuevo en el sofá, abdomenes expuestos, sudorosos, erectos. «Somos tus Superiores», dice Brandon, palmeando su abdomen moreno. Tom asiente, frotando su barriguita pálida: «Y tú nuestro sirviente eterno… prepárate para más noches como esta».
Me arrodillo entre ellos, empapado, humillado, adorando mi nuevo rol.