Capítulo 3

Me desperté temprano al día siguiente, sintiéndome muy bien, aunque de vez en cuando la presión en los ovarios me molestaba un poco.

Era mi último día en ese lugar maravilloso. Lo había pasado genial y sin duda tendría historias para contar, y obviamente, otras que jamás podré hacerlo.

Fui a desayunar y me encontré con el dúo colombiano que estaba allí. Me hicieron señas para que me acercara y me sentara con ellos.

Durante el desayuno, me contaron sus aventuras de los últimos días, y son realmente extravagantes porque les pasan cosas que solo a ellos les podrían pasar, aunque también tienen algunas historias que les han salido muy bien.

Se van pasado mañana, también tristes porque los buenos tiempos se acaban.

Después de desayunar, fui a dar un paseo por la playa.

El día estaba precioso porque brillaba el sol, pero estaba fresco gracias a la brisa marina.

Caminé unos quinientos metros por la playa cuando vi al dúo colombiano venir hacia mí. Llevaban una mochila con bebidas, comida y otras provisiones. Me preguntaron si podían acompañarme, y les respondí

-«¡Claro!».

Caminamos un rato y, a lo lejos, en una pequeña playa resguardada por unas colinas rocosas, acampamos. Desempacamos sus cosas y los tres corrimos al mar a nadar desnudos.

Nos reímos, jugamos en el agua y lo pasamos genial. Extendieron una sábana enorme en la arena, a la sombra, para que pudiéramos sentarnos, y allí charlamos animadamente.

Se llaman José y Manuel, ambos de veinticinco años. Me dijeron que son amigos desde la infancia y que a veces, esporádicamente, también son amantes, según su estado de ánimo.

Me reí a carcajadas al oír esto, son realmente divertidísimos.

En un momento de la conversación, Manuel dijo

-“Ro, queremos hacerte una pregunta”.

-“Claro, lo que quieras”, respondí rápidamente.

-“¿Has tenido sexo grupal estos últimos días? ¿O algo parecido?”, preguntó.

-“No, la verdad es que no. Como no he ido a esas fiestas nocturnas del resort, solo mi encuentro con la pareja sueca, no tuve sexo grupal “, respondí de inmediato.

Se miraron y José dijo

-“Mira, sabiendo que hoy es tu último día aquí, queríamos preguntarte si te gustaría participar en un trío con nosotros dos.”

-“No podemos garantizar que sea buen sexo, pero lo único que podemos garantizar es que ambos agujeros los tendrás ocupados jaja.”

Los tres nos echamos a reír. La forma en que lo dijo fue tan graciosa que no pude parar de reírme.

Miré sus caras y vi el rostro de dos pequeños ansiosos a punto de abrir un regalo, esperando la respuesta.

Hice una mueca y dije

-“Me encantaría tener un buen polvo con ustedes. Son dos jovencitos adorables, y me encantaría darles un buen revolcón, jaja.”

Corrieron a mí lado, saltaron sobre mí haciéndome cosquillas, y riendo con ganas. Los abracé a ambos con fuerza.

-«Dicho esto, y dada la diferencia de edad, desde ahora soy la “Tía”, así que se van a follar a la Tía joder!», añadí.

Se rieron, asintiendo, pensando que el apodo era fantástico.

Nos dimos otro chapuzón en el mar para refrescarnos y los tres volvimos caminando lentamente de la mano hacia la esterilla de playa en la arena.

Durante ese corto paseo, mi mente iba a mil por hora.

No me había sentido así en ninguna de las situaciones anteriores, pero esta vez sentía una descarga de adrenalina que me corría por dentro con fuerzas. Me sentía como un manojo de nervios que no podía controlar, y la ansiedad me abrumaba de tal forma que el corazón me latía con una fuerza inusitada, como si quisiera salírseme del pecho.

Me sentía como una adolescente virgen en su primera vez.

Llegamos a la lona y los chicos trajeron unas toallas para secarnos. Me pasaron una y cogieron otras. Se secaron rápidamente, y mientras yo me secaba, ambos se acercaron. Tomando la misma toalla que me habían dado, comenzaron a secarme lentamente, recorriendo mi cuerpo con las manos. Fue un shock sentir esas cuatro manos deslizándose por mi anatomía hasta tal punto que me rendí, bajé los brazos y les dejé hacer lo que quisieran.

Terminaron de secarme, dejaron la toalla, pero la calidez de sus manos siguió recorriendo la extensión de mi piel.

Cerré los ojos, volaba sostenida en dos pares de manos que electrificaban mi cuerpo a cada toque, un limbo de sensaciones se producía, una tras otra, sin dejar un resquicio de aire entre ellas, entrecortando mi respiración.

Me encontré observándome desde afuera, y vi cómo un par de jóvenes impensados manejaban mis emociones con el simple roce de sus dedos, estaba absolutamente perdida, era algo que no me había pasado nunca hasta el momento y que no sabía cómo manejarlo.

Abrí los ojos y estirando mis brazos, atraje sus cuerpos uno a cada lado, pude sentir sus consistentes miembros apoyarse en mis muslos y pasando mis manos por detrás de sus cinturas los tomé firmemente de un cachete del culo a cada uno.

Se sobresaltaron, y yo acoté

– “desgraciados, tienen a la Tía caliente como una perra y eso que recién empezamos…”

Rieron y sus manos intensificaron las caricias, sus bocas al unísono, cual vampiros, atacaron mi cuello de cada lado mordisqueando el sector bajo mis oídos. Gemí fuerte y se me aflojaron las piernas, sus manos tomaron mis pechos y jugueteando con mis pezones distraían mi mente mientras sus otras manos separaban mis nalgas buscaban un tesoro en el valle de mi ano, que tardaron un segundo en encontrar, sus dedos hábilmente juguetearon con el anillo de mi esfínter que se dilataba latiendo deseoso de placer ante semejante acto.

En medio de mi estado busqué retribuir la acción, acariciando el ano de ambos y pude sentirlos gemir al contacto de mis dedos.

La atmósfera iba construyéndose minuto a minuto en un aire denso plagado de sudores y emisiones hormonales que mi respiración absorbía en bocanadas, solo la brisa fresca del mar cortaba esa densidad que al rato volvía a hacerse presente.

Sentí una de las manos bajar de mi pecho por el abdomen y lentamente estacionándose en el pubis, buscar con sus suaves dedos el inicio de mi sexo, separé un poco mis piernas para facilitar la tarea y las alas de mi mariposa vaginal se abrieron suaves al toque de las cálidas yemas que por fin, surcaron mi humedad. Gemí fuerte y suspiré ante el toque eléctrico que el roce me produjo, giré mi rostro buscando los labios del desgraciado y me encontré una lengua ávida e inquieta que se coló dentro de mi boca, la recibí con gusto envolviéndola en mis labios.

Pude percibir en esos besos el sabor fresco de esa juventud morena, e instintivamente pensé “si su boca sabe así, cómo sabrá su miembro?”.

Separó su boca de la mía y sin pausa, giré mi rostro y mi otro pretendiente besó mis labios con ganas, introduje mi lengua en él y tuve la misma sensación del sabor, deliciosamente fresco de su juventud que me estremecía erizándome la piel.

Mientras los suaves dedos de Manuel exploraban mi surco vaginal acariciándome el clítoris, la mano de José humedecía mi esfínter anal con saliva. Tuve la sensación de flotar en el aire y estar pendiente solo de dos dedos, mi nivel de excitación trascendía los límites de lo que hubiese experimentado alguna vez, me sentía empapada y en el más allá.

Solté sus nalgas y pasando mis manos hacia adelante pude palpar sus generosas anatomías, sentir el calor y la vibración que transmiten esos miembros aceleraban mi ritmo cardíaco de forma sostenida. No aguanté más y arrodillándome entre ambos pude apreciar la magnitud y belleza de sus oscuras vergas a la altura de mis ojos.

Acaricié a ambos, tomando la base de sus penes, mis dedos jugaban con sus testículos, firmes, plenos, listos para regalar en un orgasmo, cantidades de fértil esperma.

Desde la propia base de sus miembros, con los dedos tiré de su piel y dos relucientes y violáceos glandes emergieron triunfales frente a mis ojos. El sugerente aroma que se desprendía de ellos llenaba mis pulmones excitándome más aún.

Es increíble como a pesar de estar en una playa, la situación de excitación y concentración generaba una atmósfera palpable tan cercana, tan íntima, que hacía que uno creyera que estaba circunscripto a un espacio cerrado, como dentro de una habitación, la sensación de intimidad era evidente.

Arrodillada entre los dos sementales, me dediqué a chupar sus instrumentos de placer con la máxima dedicación, alternando entre ellos. Recorrí sus glandes con la lengua, explorando sus pliegues y bordes, completamente absorbida y con meticulosa precisión quirúrgica, sin dejar ni un milímetro de sus miembros sin chupar.

Ni siquiera sus testículos se salvaron, encontrando refugio en mi boca, suavemente masajeados por mi lengua febril.

Levanté la vista para ver sus expresiones y me di cuenta de que la saliva me resbalaba por la cara y el cuello.

Ambos me miraron sonriendo, mientras José exclamaba

-“viciosa la tía, bastante glotona jaja…”

Reímos los tres ante semejante ocurrencia.

Se arrodillaron al lado mío y ahí mirando sus caras a una distancia cercana les solicité un favor

– “quiero pedirles que no tengan contemplación alguna conmigo, quiero el rigor y la vehemencia de sus jóvenes cuerpos sin guardarse nada, los quiero disfrutar tal y como son en su intimidad naturalmente ustedes.”

Ambos asintieron y una sonrisa traviesa se dibujó en sus rostros. Me empujaron hacia abajo sobre la tela y sus bocas exploraron mi cuerpo sin restricciones. Besaron y succionaron mis pezones con avidez, mordisqueando mis costillas y abdomen. Uno de ellos se acomodó entre mis piernas, y con su lengua inquieta, separó los pétalos de mi vulva y jugó un rato, recorriendo la hendidura de un lado a otro. Llegaba a mi ano, lo rozaba con la lengua y volvía a mi clítoris, que lo esperaba ansiosamente, hinchado de sangre. Repitió este proceso varias veces.

Me sentía un pantanal de fluidos diversos, sus bocas humedecían mi piel y estaba disfrutando a esos muchachos de manera intensa.

José acercó su miembro a mi boca y pude disfrutar del sabor y el calor caribeño en mis labios, chupando con intensidad ese hermoso sable de carne, lo metía con furia golpeando mi garganta hasta la arcada, y lo sacaba succionando hasta escuchar el “chup” escapando de mi boca.

Manuel mientras, se irguió y levantando mis piernas, posicionó su falo en mi empapada entrada, presionando comenzó a ingresar en el interior de la Tía.

Fue un escalofrío continuo sentir esa polla abrirse camino, lenta y firmemente entre las paredes de mi vagina. Sentí mi ano palpitar al ritmo de su entrada, y con ganas de gritar, no pude porque José tenía más de la mitad de su falo metido en mi boca.

Era un deleite pleno, como descubrirme de nuevo, redescubrir cada espacio de mi piel interior en cada sensible punto donde llegaba su penetración, era el éxtasis puro.

Sin querer, mordí a Manuel, consecuencia de mi propia perdición, y ese limbo de intensas sensaciones que me envolvía, llenándome por completo.

Al ritmo de los movimientos de José dentro mío, podía percibir dedos inquietos delineando el contorno de mi esfínter anal, masajeándolo, cuando de pronto un suave aroma a crema de coco inundó el espacio y sentí el frío de la crema constreñir mi orificio anal, el masaje de la crema poco a poco aflojaba y dilataba mi orificio virgen que ya se brindaba cual ofrenda para el sacrificio carnal.

José me volcó, hábilmente de lado quedándose aún dentro mío, y Manuel se posicionó detrás alineando la cabeza de su bestia en mi rosado anillo. Lo miré de costado como implorando clemencia y él dándose cuenta de la situación acotó

-“tranquila tía, la primera vez duele un poquito pero enseguida vas a ver como se vuelve placer…”

Asentí con algo de temor, ese que estrujaba un poco mi pecho por miedo a lo desconocido, pero confié en ellos y me entregué.

No era poco, a mis cincuenta años entregaba mi virginidad, la única que me quedaba, aunque fuese anal.

Manuel con toda la delicadeza del mundo apoyó su tibio glande en mi ano y recibí un chispazo de energía que me sacudió, un “ahhhh” se escapó de mi ser mezcla de temor y de necesidad de sentirlo todo.

Comenzó a empujar mientras besaba dulcemente mi cuello y orejas, sentí su febril carne abrirse paso inexorable y sin frenos dentro del anillo nervioso de mi ano que, aflojándose, lo recibía cálidamente en su interior.

Pasó su cabeza, ligeramente blanda, y enseguida pude percibir su verdadero grosor cuando parte del tronco dilataba mi anillo a punto de romperse, el dolor y el placer se mezclaban en un cóctel de difícil discernimiento.

José se había quedado quieto a la espera de que mi sufrimiento aminore y Manuel en un acto de control total frenaba su penetración para que mi anatomía se acostumbre a su generoso diámetro.

Esperó varios segundos y mirándome sin hablar me hizo el gesto de: “seguimos?”, asentí sin poder hablar, mi respiración se la había llevado parte de ese falo que tenía clavado en el ojete, apenas suspiraba.

Continuó con suavidad ingresando hasta que la sensación de plenitud comenzó a sentirse como un gran peso en la parte baja del vientre, era una presión constante en los confines de mis entrañas que te aguijoneaba entumeciéndote las piernas. Supe escucharlo susurrar en mi oído

– “bienvenida Tía!, la tienes toda completa adentro”

Dentro de mi calamitoso estado pude sonreírles y ambos pegando sus cuerpos al mío, iniciaron el lento viaje al infierno. Suavemente, el vaivén alternado de ambos empezó a generar un roce continuo de mis delgadas paredes interiores. Sus enormes vergas, cual pistones, entraban y salían de mi con una cualidad de precisión admirable, en todo momento había una dentro mío en su totalidad.

Cada centímetro de roce generaba una sensación tan intensa que mis manos y uñas se clavaban en los flancos de ambos muchachos con desesperación.

Una ola de placer inusitado y extremo estaba apoderándose de mi cuerpo, haciéndome perder el control de mí misma.

Supe que el final era inevitable y cercano, ambos aceleraron su cadencia y el orgasmo llegó y me arrolló arrancando de mi garganta un grito y un sinfín de maldiciones diversas promulgadas como un desahogo, mientras las contracciones de mi útero y mi ano asían firmemente los sables de ambos caballeros que propinaban la estocada final para mi muerte, yo convulsionaba cada parte de mi ser en un temblor interminable.

Ambos me abrazaron y colocando sus rostros junto al mío me contuvieron tiernamente durante los minutos finales de mis estertores orgásmicos.

Así quedamos por un rato hasta que pude recuperar, mi respiración primero y mi consciencia después.

Volví en mi y besé tiernamente sus rostros agradeciéndoles la bondad y el cariño como me trataban. Tenía dentro mío aún la totalidad de sus poderosas herramientas, y lentamente comencé yo un movimiento copulatorio que encendió el motor del deseo grupal, nuevamente.

Bombeaban dentro mío ambos morenos armando el escenario de un final a toda orquesta.

Sus movimientos dejaban presente en mí interior, las asperezas de sus rugosas venas, que se hacían presentes de forma bien notoria, cada entrada era un gemido que esta humilde servidora emitía acompasadamente.

La escena varió en su velocidad, y con ella la intensidad amatoria de los jóvenes sementales que jadeaban al unísono pegados a mis oídos. Un sinfín de fricciones manejaban los sentires de todos en un “crescendo” de final anunciado.

Pude percibir el aumento violento de sus diámetros y como si ambos, se hubiesen puesto de acuerdo, las últimas estocadas profundas, solo separadas por las finas paredes de mi interior, dieron cabida a la marea de espesa esperma que regaron ambos dentro mío.

Las contracciones de sus músculos pélvicos se transmitieron a través de mi interior, que, aprisionándolos, las transformó en impulsos eléctricos transferidos a mi médula.

Fue algo sublime sentir como el orgasmo de ellos formó parte de mí, percibiéndolo automáticamente, al rato la tibieza de su inmensa eyaculación se derramaba colmando los breves espacios que aún quedaban en mis entrañas a modo de una anestesia calmante.

Quedamos los tres fusionados en ese enorme abrazo del que nunca despegamos desde el inicio, durante varios minutos.

Los hermosos morenos, me besaron tiernamente y con suavidad retiraron sus miembros de la “golosa Tía”, un sonoro “plop” se escuchó al salir cada uno generando una risa en los tres.

Sentada sobre la manta, exhausta, con mis orificios chorreando por mis muslos una viscosa esperma, pero feliz como pocas veces me había sentido en mi vida luego de amar a alguien. Vi pasar las vacaciones por mi mente, como una película muda. Repasé todas y cada una de las situaciones sexuales que tuve y no podía creerlo. Tuve en una semana más sexo que en diez años de mi vida rutinaria.

No pude tener mejor regalo de cumpleaños, realmente así lo pensaba.

La tarde continuó, y vaya que sí, orgasmos de los tres a destajo, y ambos muchachos acabaron dos veces mas cada uno dentro mío variando las ubicaciones y las poses. Ya en la última sesión era casi de noche, una vez finalizada y después de recomponernos, juntamos las cosas para irnos.

Caminando a la vuelta, pude sentir el ardor en mi ojete como un fuego abrasador, sus bordes inflamados parecían una salchicha y me dolían hasta para caminar.

De la virginidad a una tarde de fricción sin escalas, pobre, era demasiado para él.

Llegué a mi choza y me metí en el jaccuzi con agua fría, precisaba calmar los dolores que ahora se manifestaban en todo mi cuerpo. El baño con sales fue reparador y me permitió ir a cenar al hall.

En medio de mi descanso, la presión aguda en mis ovarios se hizo presente de nuevo, la maldita menopausia venia con sus efectos retardados de nuevo, pensé.

Me cambié y fui a cenar con los muchachos nuevamente.

Reímos e hicimos una divertida sobremesa jugando cartas.

Ya tarde me fui a dormir, mañana debía armar mi valija porque me tocaba volver.

Dormí como un lirón toda la noche.

Estaba haciendo el “check in” en el aeropuerto, en la previa del viaje de vuelta. Termino con el trámite y nuevamente mi pesadez en los ovarios se hacía presente molestando.

Pensé en buscar una farmacia y comprarme un calmante para el viaje y así hice. Mientras la chica me atendía buscando unas píldoras, veo en un costado cajas de test de embarazo. Me dije para mi misma “¿y si llevo una?”, la compré también, pagué todo y me fui.

Durante el viaje en el avión me levanté al baño, llevaba conmigo el test, dentro del baño mojo el mismo con parte del pis que hice y me quedé sentada esperando unos minutos, la ansiedad me ganaba por goleada, los nervios ocupaban todo el breve recinto del sanitario.

Cerré los ojos y puse el test frente a mi cara, conté hasta cinco para abrirlos lentamente y al hacerlo…

¡¡¡Voiláaa!!!

Dos rayitas esperaban cómodamente ubicadas dentro del recinto plástico, íbamos dos por el precio de uno en el vuelo.

Suspiré con cierto pesar y pensé en quien podría ser el padre, era sencillamente indescifrable.

Hice una mueca de resignación y pensé “finalmente le estoy cumpliendo el pedido a mi querida hermana, es muy probable que el muchacho que me pidió, se lo lleve en mis entrañas”.

La isla de Jamaica y sus sorpresas

La isla de Jamaica, lugar de cosas enormes II