Capítulo 1
- El largo viaje interestelar de la nave Orion II. – 1° etapa
El largo viaje interestelar de la nave Orion II.
Llevamos cinco años luz viajando por la galaxia y aún nos queda otro viaje de esa distancia para llegar a nuestro destino.
Soy Anika Slavko, bióloga, tengo cuarenta años y viajo en esta nave como parte de un proyecto científico experimental que busca entornos planetarios como la Tierra donde la vida humana pueda arraigarse.
En nuestra nave, la Orion II, solo viajamos seis tripulantes, todos científicos, y llevamos muestras biológicas de los lugares donde hemos aterrizado.
Para ser sinceros, también llevamos un grupo de tres humanoides o seres extraterrestres que tuvimos la suerte de encontrar en un planeta lejano, B1914UPX.
Ahora mismo, soy la única despierta y fuera de la cápsula criogénica que nos mantiene con vida mientras viajamos. Estoy realizando pruebas de laboratorio para analizar a uno de los seres que trasladamos.
A veces pienso en la extraña vida que llevamos.
Hemos viajado más tiempo del que llevamos vivos en términos numéricos.
No tenemos familia, ni parientes, ni amigos, conste que era parte del requisito de reclutamiento. Dudo que regresemos a la Tierra, y si lo hacemos, será una Tierra diferente. La gente que conocemos allí habrá muerto hace muchos años.
Nuestra vida social se limita a los pocos miembros de la tripulación que tenemos, e incluso entonces, solo a aquellos que están fuera del sueño criogénico. Ahora mismo, soy la única, el nivel de conversación o de relación social ha sido nulo durante prácticamente todo el tiempo de viaje.
La nave posee su propia programación de vuelo, así que no nos necesita.
Se podría decir que estoy como dice el viejo dicho «tan sola como una loca», jaja.
Camino al depósito a buscar al ejemplar que tengo que analizar, ellos van criogenizados como nosotros para poder estudiarlos, busco al que parece mayor, saco su cápsula con el módulo de grúa transporte y lo llevo al laboratorio.
El proceso de descriogenización lleva un tiempo, además debo conectarle sueros con ciertos anestésicos pues debo tener la seguridad que no despierte y resulte peligroso.
Ya con la cápsula en el laboratorio inicio el proceso, desconectando los gases y conecto los sistemas de alarmas por si algo sale mal.
Tras terminar mi turno del día, fui a mi habitación a ducharme y descansar. Llamarlo día es solo una ilustración, ya que aquí no hay día, solo una noche continua que nunca termina.
El agua caliente me golpeaba el rostro y se deslizaba con lentitud por todo mi cuerpo. Estaba sumergida en un estado de placer absoluto, sintiendo cada hilo de agua correr sobre mí sin frenos, empapando mis mejillas, mis hombros, mis pechos, para luego descender de forma inexorable hacia el valle de mi sexo. Abrí las piernas, permitiendo que el flujo encontrara su camino, y con los dedos separé suavemente mis labios para dejarlo pasar. El chorro dio de lleno en mi clítoris, me estremecí al instante.
Era como si una mano invisible me masajeara con una intensidad tan suave como profunda. Sentí cómo la excitación se apoderaba de mí, y era lógico, el sexo había dejado de ser una opción para mí. Mi vida, antes de la travesía, se había reducido a tres años de encierro estudiando para los exámenes de reclutamiento. Después vino la presión de la selección, el agotamiento del entrenamiento y, para rematar, el rigor del viaje en sí en soledad.
Habían pasado más de cinco años terrestres desde la última caricia real, y mucho menos algo más sustancial, más allá de mis fieles compañeros de silicona y plástico, los únicos que me habían sacado de apuros en la soledad de la misión.
Como era de esperar, no pude contenerme. Bajo el golpe del agua, mis dedos comenzaron a buscarse. La excitación crecía, sentía mis labios y el clítoris hincharse, palpitando al ritmo de una sangre que volvía a reclamar su lugar.
Cada roce era un interruptor enviando descargas eléctricas que me aflojaban las piernas hasta hacerme temblar.
Incapaz de sostenerme, me dejé caer de rodillas mientras el agua caía en cascada sobre mi espalda. Con una mano apoyada firmemente en la pared y la otra entregada al vaivén entre mis piernas, intensifiqué la presión.
No tardó mucho, el orgasmo me golpeó con la fuerza de un impacto, dejándome sin aliento.
Una serie de temblores interminables recorrieron mi cuerpo, sacudiéndome hasta los huesos. Gemí y lloré al sentir mi vagina convulsionarse en una serie de espasmos.
Y me quedé allí tumbada bajo el agua unos minutos hasta que la calma volvió a mis sentidos.
Me sequé lentamente y me dormí, hoy había sido un día agotador.
El espécimen yacía sobre la mesa de exploración, inmovilizado por grilletes en las extremidades y bajo una sedación profunda que facilitaba el estudio. Los sensores del laboratorio barrían su anatomía centímetro a centímetro, volcando un flujo constante de datos biométricos en mi terminal.
A simple vista, su morfología externa presentaba una analogía asombrosa con la humana. Era probable que compartiéramos una base celular idéntica, divergida únicamente por las presiones evolutivas de su entorno de origen. Registré cada hallazgo que el escáner biológico arrojaba, una estructura ósea familiar, con articulaciones dispuestas alrededor de un eje vertebral sólido.
Incluso los sistemas internos, digestivo y circulatorio, guardaban una simetría con los nuestros. Aunque el tamaño y la densidad de los órganos variaban, la arquitectura abdominal era apenas una desviación de nuestro propio diseño.
Era, en esencia, un reflejo distorsionado de nosotros mismos.
Su apariencia externa presentaba variaciones notables, la piel recordaba a la de ciertos anfibios, lisa y de una textura similar al cuero fino, con una aspereza sutil que evocaba la de un siluro. Las manos eran proporcionalmente mayores a las nuestras, con dedos alargados y delgados, al igual que los pies, que exhibían una membrana vestigial conectándolos. En el rostro destacaban unos ojos de gran tamaño y pómulos prominentes, la boca era pequeña y la nariz, casi inexistente.
Carecía por completo de vello corporal.
Consulté al ordenador mientras el escaneo proseguía. El espécimen medía cerca de dos metros, una escala que aún no podía categorizar como promedio o excepcional, y los datos genéticos sugerían que se trataba de un adulto joven.
Decidí reducir la sedación para comenzar a escanear estímulos nerviosos ligados a la actividad cerebral. Noté que mantenía una respiración pausada y un ritmo cardíaco estable, aunque su temperatura corporal era curiosamente baja, apenas treinta y dos grados centígrados.
Por unos instantes, dejé de lado la grabadora y las notas para observarlo de cerca. Tras confirmar en los registros que su piel no representaba un riesgo biológico, me despojé de los guantes de látex.
Me asaltó un pensamiento paradójico, aquel ser sería mi acompañante más cercano en esta travesía, el vínculo más estrecho que tendría en años.
Decidí bautizarlo «Tomi», como mi primer perro, incluso bromeé mentalmente con la idea de escribir un libro titulado Mi vida con Tomi.
Apoyé la mano suavemente sobre su torso. Al tacto, la superficie se sentía fría, pero mi calor no tardó en nivelarse con el suyo.
A los pocos segundos, el monitor detectó una leve actividad, una respuesta galvánica al estímulo. ¿Sería por mi contacto? Repetí el gesto y, una vez más, la señal apareció en pantalla.
-“Bien…” susurré para mis adentros.
Era una señal excelente.
Comencé a hablarle en un tono bajo, cerca de su rostro, y la actividad se manifestó de nuevo, aunque más tenue. Sabía que para obtener respuestas más claras debía arriesgarme. Bajé la sedación al veinte por ciento, era peligroso, pero necesario. Casi de inmediato, su respiración abandonó el ritmo mecánico de la máquina para volverse más propia.
Regresé a su lado con los nervios a flor de piel. Un cosquilleo eléctrico me recorría la columna, la incertidumbre de estar sola en esta cruzada empezaba a pesar. Apoyé suavemente la mano sobre sus costillas y la respuesta fue inmediata, los sensores registraron un pico de actividad casi automático. Por primera vez, noté cómo sus músculos se tensaban bajo la piel, un relieve que antes la sedación mantenía oculto.
Continué las pruebas de tacto por distintos puntos de su cuerpo hasta que, con extrema delicadeza, alcancé su rostro. Al acariciar uno de sus pómulos, el monitor emitió un pitido rítmico y Tomi movió los ojos con lentitud. Lo repetí, y el corazón se me detuvo, el ser abrió los párpados y, tras unos segundos de ajuste, clavó su mirada fijamente en la mía.
Me quedé helada, con una sonrisa involuntaria como única defensa. No supe qué decir, solo atiné a quedarme inmóvil para no perturbarlo. Tomando coraje, volví a rozar su piel. Él reaccionó entrecerrando los ojos y parpadeando un par de veces. Al empezar a susurrarle palabras suaves mientras lo tocaba, la potencia de sus respuestas biométricas se disparó.
Estaba ahí, conmigo.
Por suerte la situación iba en aumento, aunque brevemente, pero estaba convencida que lograría algún tipo de conexión, aunque llevara tiempo.
Esa tarde lo dejé nuevamente sedado durmiendo por las dudas y me fui contenta a cenar y dormir para el otro turno.
Acostada en la cama pensaba en que sucedería más adelante, de qué forma actuará ante otros estímulos, si llegaremos a comprendernos o entendernos de alguna manera, que se le habrá pasado por su mente.
Muchas preguntas y ninguna respuesta, al menos por ahora.
La ansiedad por desentrañar los secretos de aquel ser me robó el sueño. Apenas descansé unas horas antes de regresar al laboratorio para continuar con la investigación.
Establecí protocolos de seguridad estrictos para analizar su sangre y su piel.
Mientras él dormía, recolecté muestras de fluidos bucales y mucosas nasales para evaluar el riesgo de exposición. La suerte estaba de mi lado, no detecté amenazas virales, bacterianas ni agentes tóxicos que pudieran afectarnos.
Sin embargo, los estudios revelaron una frontera infranqueable, a pesar de nuestras similitudes morfológicas, nuestras cadenas de ADN eran incompatibles. Su sangre no era útil para nosotros, ni la nuestra para él. Esa diferencia de temperatura corporal, esos dos grados menos que lo mantenían siempre un poco más frío al tacto, eran el recordatorio constante de que su biometría pertenecía a un origen completamente ajeno.
Me quedaba el desafío que la biotecnología no alcanza a cubrir, la socialización.
Reduje aún más la dosis de sedantes y él volvió a abrir sus ojos. Nos sostuvimos la mirada durante varios minutos, sus pupilas seguían cada uno de mis movimientos. Mi intención era clara, generar confianza, demostrarle que no representaba una amenaza en esta travesía compartida.
Le hablé con suavidad, y aunque sus reacciones corporales eran positivas, el silencio persistía. La comunicación sonora parecía ser un umbral que aún no estaba listo para cruzar.
Recurrí de nuevo al vínculo táctil. Al posar mi mano sobre su pecho, el monitor delató un aumento inmediato en su ritmo cardíaco, su sistema nervioso estaba alerta.
Repetí el gesto en distintas zonas, hasta que deslicé mis dedos bajo su palma. Para mi sorpresa, Tomi cerró su mano sobre la mía con una delicadeza asombrosa, examinándome con la punta de sus larguísimos dedos. Su tacto era casi una caricia. Pude sentir unas pequeñas estructuras similares a ventosas en sus yemas, con una superficie apenas rugosa que, sospecho, le permitían trazar un mapa táctil detallado de mi piel.
Sus dedos emitían una vibración breve, un contacto casi eléctrico que resultaba perturbadoramente placentero. Continué el examen hacia sus pies, al rozarlos, él los contrajo como si sufriera de cosquillas antes de inmovilizarlos.
Exploré sus tobillos y la musculatura poderosa de sus piernas, obteniendo siempre una respuesta vibrante.
De pie junto a la mesa, un pensamiento se instaló en mi mente con fuerza, aún desconocía su sexualidad. Un cosquilleo me recorrió las piernas, la sola idea de indagar en ese terreno me generaba una ansiedad creciente.
Respiré hondo y posé la mano en su cadera, cerca de la ingle, el monitor estalló en pitidos, delatando una actividad sensorial masiva.
Al acariciar la zona, observé sus genitales, una hendidura similar a una vulva, coronada por una protuberancia sutil y dos pequeñas esferas inferiores que recordaban a unos testículos, todo envuelto en esa piel de cuero fino. Al presionarlo con la palma, la hendidura comenzó a hincharse y a dilatarse lentamente. Fascinante.
Sus fosas nasales empezaron a olfatear con fuerza, rastreando el aire del laboratorio con una intensidad animal. Era evidente que su olfato estaba hiperdesarrollado, Tomi estaba percibiendo algo en el ambiente que yo aún no lograba identificar.
¡Claro! Tras unos instantes de desconcierto, lo comprendí, Tomi estaba rastreando mi propia biología.
Mi excitación y la ansiedad habían disparado mis niveles hormonales, y su olfato hipersensible detectaba ese cambio químico en el aire.
Impulsada por una curiosidad que ya no era solo académica, me retiré tras los paneles y me despojé de la ropa, solo conservé el delantal y las sandalias.
Quería poner a prueba los límites de nuestra conexión. Al regresar a su lado y posar mis manos sobre él, la actividad en el monitor se disparó. Tomi movía la cabeza, buscando con frenesí el rastro de mi piel en el ambiente.
Deslicé mi mano sobre su pubis y la respuesta fue sísmica. Sus pulsaciones tronaban en los sensores mientras la hendidura comenzaba a dilatarse, revelando un tejido brillante de un rosa profundo. En ese momento, un aroma dulzón y denso invadió mis pulmones, actuando como un catalizador inmediato de mi propio deseo.
“Esto es un ciclo infinito” pensé, “él me excita a mí y yo a él”.
Aquel capullo emergió por completo de su vaina, lo rodeé con mi mano y sentí cómo cobraba una turgencia asombrosa, transformándose en un miembro firme que crecía sostenidamente entre mis dedos. Lo solté, contemplándolo en silencio, absolutamente absorta.
Decidí que era momento de ofrecerle mi mayor dosis de dopamina. Me despojé del delantal, quedando expuesta ante su mirada fija, que me recorría de arriba abajo mientras su olfato trabajaba sin descanso. Yo, por mi parte, contemplaba extasiada cómo aquel miembro terminaba de emerger de su funda, glorioso, dominante.
La anatomía de su sexo recordaba a la de un potrillo, una pieza imponente de unos veinticinco centímetros de largo. El glande era inmenso, coronado por una serie de lóbulos circulares que bordeaban su contorno. La piel, aunque tersa al tacto, se sentía lo suficientemente suelta como para crear pliegues a lo largo del tallo, el cual estaba surcado por gruesas venas que dibujaban un mapa de su excitación. Con un diámetro que rondaba los seis centímetros, el miembro se ensanchaba en la base formando un bulbo prominente. Era una estructura biológica perfecta, diseñada para una potencia que me dejaba sin aliento.
Simplemente no podía apartar la vista, estaba conmocionada y sentía una excitación eléctrica por aquel espécimen.
Mis pensamientos más oscuros afloraron en ese instante, la carencia de contacto, mis deseos largamente postergados y aquel magnífico espectáculo ante mis ojos me empujaban a sucumbir a esa fuerza salvaje.
-“Ah… pequeño “ susurré para mí misma “te deseo con todo mi ser. Que bueno sería sentirte y disfrutarte sin límites.”
Su mirada pareció captar mi anhelo, una conexión galáctica nos unió en ese breve parpadeo, y sentí que él percibía con total claridad lo que estaba por ocurrir. Mi corazón martilleaba en el pecho, la adrenalina y las hormonas brotaban de mis poros.
Tomé la decisión sin dudar, deslicé los dedos por mi vulva, ya empapada, y los acerqué a su nariz. La reacción fue inmediata. La criatura lanzó una serie de bufidos roncos, mientras los niveles en el monitor se disparaban hacia el rojo. Estábamos en el punto de no retorno.
Acerqué un taburete, trepé a la camilla y me senté a horcajadas sobre él, aferrando su miembro con firmeza. Sentí la suavidad de su piel, su temperatura apenas más baja y ese palpitar rítmico, su sangre corría con una fuerza salvaje, dictada por el deseo.
Sin romper el contacto visual, presioné aquella enorme protuberancia contra mi entrada húmeda. El roce de ese glande magnífico me arrancó gemidos que no podía, ni quería, contener.
Cerré los ojos y me dejé caer con lentitud. Aquella cabeza poderosa, como un ariete viviente, presionó mis labios abriéndolos como una flor en pleno estallido. Sentí el relieve de sus lóbulos rozándome y me estremecí, su diámetro era imponente, me ensanchaba sin vacilar, haciéndome ver estrellas en la oscuridad de mi mente.
Solté un grito que fue medio sollozo, arqueando la espalda mientras clavaba las uñas en su piel de cuero.
Cada milímetro ganado era una batalla dentro de mi propia anatomía, una frontera donde el dolor y el placer se volvían indistinguibles. Sus venas, más turgentes que nunca, dibujaban surcos profundos en mi interior, traccionando mi piel de una forma inédita. La presión interna era absoluta, un pulso masivo que me dejaba sin aliento con cada latido que emanaba del grueso miembro.
Mis piernas, tensas al extremo, temblaban mientras buscaban un punto de apoyo en las caderas del espécimen. Respiré hondo, intentando domesticar aquel tormento.
Me detuve unos segundos, obligando a mi anatomía a ceder ante sus dimensiones generosas. Exhalé una y otra vez hasta que, al relajarme, su enormidad se hundió lenta pero implacable en lo más profundo de mi ser.
La sensación de plenitud era absoluta, era una presencia intrusiva que reclamaba cada espacio vacío dentro de mí. El impacto se volvió tangible al alcanzar mis ovarios, supe entonces que Tomi había llegado al fondo. Sus lóbulos presionaban directamente contra la entrada de mi útero, su existencia en mi interior era ya una verdad innegable.
Al abrir los ojos, me hundí en su mirada. Él parpadeó, cubriendo sus pupilas con una película translúcida, mientras su pecho se agitaba en una cadencia de respiraciones profundas. Estaba tan excitado como yo. Le sostuve la vista, le dediqué una sonrisa mínima y comencé a cabalgarlo con lentitud. Quería dirigir la sesión, mantener el mando, pero la fricción interna era tan demoledora que con cada embestida mi cuerpo me traicionaba.
Mis músculos desobedecían cualquier orden lógica, moviéndose en un espasmo errático mientras los sollozos se me escapaban sin control.
Él tomó la iniciativa, moviendo las caderas en una cadencia coital suave que hacía que su miembro se deslizara por mi interior sin pausa. Sus bufidos, ahora acompañados por un sonido rítmico similar a un pitido, marcaban el compás de nuestra cópula. Sentía cómo cada centímetro de su verga reclamaba el territorio inexplorado de mi vagina en un ritual de sensaciones que me exasperaban, su presencia era un ejercicio de dominio absoluto.
Apoyé las palmas de las manos contra su enorme pecho, sintiendo su intimidante volumen moverse dentro de mí, recordándome su poder en cada embestida. Cada empuje deliberado arrancaba un gemido de mi garganta, y supe que el desenlace era inminente. La fricción se intensificaba, acortando la distancia hacia un final irreversible.
Y entonces, estalló.
El orgasmo que se había gestado en las sombras emergió de golpe, arrollándolo todo como un tren sin frenos.
Mi vagina se hundió en una serie implacable de contracciones, una ráfaga que aprisionaba su miembro sin tregua.
Perdí el aliento, incapaz de articular palabra, sacudida por espasmos erráticos que envolvieron mi cuerpo en segundos que se sintieron como horas. Mis músculos, antes tensos, cedieron ante el caos interno y, justo cuando la calma empezaba a asomar, presencié el milagro…
Él empujó su verga hasta el fondo, el anillo en su base se hinchó como un bulbo, anclándome a él con la firmeza de un animal. En ese instante, la cabeza de su glande se expandió, liberando un torrente interminable de un semen viscoso que inundó cada resquicio de mi interior.
Absolutamente entregada, recibí cada una de las pulsaciones eyaculatorias.
El fluido invadía mi útero con una temperatura altísima, como una lava que lo reclamaba todo a su paso, un calor residual abrumador, pero increíblemente placentero. Agotada, me desplomé sobre su pecho y me quedé allí, unida a la bestia, sintiendo los últimos latidos de su simiente dentro de mí.
Perdí la noción del tiempo, pero varios minutos después logré incorporarme. Con dificultad, apoyé las manos sobre su pecho y lo contemplé con una sonrisa inmensa. Me sentí una mujer privilegiada, acababa de consumar el primer encuentro sexual de la historia con un ser de otros confines galácticos.
Un descubrimiento monumental para la ciencia, aunque, para ser franca, absolutamente impublicable.
Al observar su rostro, vi sus ojos entornados, parece que un orgasmo es igual de devastador en cualquier rincón del universo. La presión de su nudo en mi interior se había relajado. Al moverme para desprenderme, un sonoro «plop» precedió a la huida de una cantidad ingente de semen viscoso que escapó de mi orificio.
Incluso en ese estado de semiinconsciencia, la base de su pene era imponente, con el diámetro de un puño pequeño.
Me costó retirarlo del todo.
Su cabeza gigantesca, aunque ya blanda, recordaba a un hongo abierto y masivo. La descarga era asombrosa, similar en volumen a la equina, pero de una consistencia gelatinosa y con grumos espesos que rebosaban por todas partes.
Me bajé de la camilla como pude y busqué su mirada por última vez. Acaricié su rostro amplio y sentí su suspiro profundo. Tomi cerró los ojos con lentitud, entregándose a un sueño necesario.
Reactivé los sistemas y comencé a monitorizar cada signo vital disponible. Aumenté la dosis de sedación para asegurar su descanso y me encargué de limpiar cada rastro de lo que habíamos compartido.
Por precaución, tomé una muestra de su semen y la procesé en el microscopio, el análisis de compatibilidad confirmó lo esperado, su ADN era una frontera infranqueable para la genética humana.
Apagué las luces principales, dejando el laboratorio sumergido en el resplandor ámbar de las luminarias de emergencia, y me retiré a las duchas. Estaba absolutamente exhausta, con el cuerpo reclamando un sueño profundo, pero me invadía una felicidad serena.
La misión continuaba, pero yo ya no era la misma.
Dormí diez horas seguidas, la intensidad de ayer me había vaciado.
Me desperté con un ánimo renovado, una mezcla de ansiedad y fascinación por reencontrarme con mi amante alienígena. De regreso en el laboratorio, retomé los escaneos, la máquina vertía un flujo incesante de parámetros y biorritmos, construyendo un archivo detallado para las futuras generaciones de científicos.
Sin embargo, en medio del rigor biológico, me detuve a observarlo. Ya no podía verlo solo a través del prisma de la ciencia, mi mente divagaba hacia lo intelectual y lo privado. ¿Qué significado tendría para él lo ocurrido? ¿Fue un acto automático, una respuesta refleja, o acaso me permitió «seguirle el juego» en un intento primitivo de comunicación?
Me asaltaban preguntas que no podía silenciar, ¿Lo disfrutó o fue una simple descarga fisiológica? ¿Qué habita en su conciencia ahora mismo? ¿Guarda algún rastro de ayer en su memoria?
Lo que sucedió fue trascendental, un hito histórico que rompió la barrera entre dos razas de sistemas estelares distintos. Estábamos en un territorio virgen donde la intimidad se volvía el primer lenguaje compartido.
A nivel personal, aquel encuentro fue un bálsamo, me arrancó del letargo gris en el que me habían sumido mis últimos años de soledad.
Me quedaban apenas tres jornadas de trabajo antes de regresar a la criogenización, y estaba decidida a exprimirlos al máximo. Tenía que completar mis tareas científicas, sí, pero también pensaba dejarme poseer por aquel ser tantas veces como fuera necesario.
Una vez que el escaneo finalizó, archivé los datos con precisión mecánica.
Me despojé de la ropa, conservando únicamente el delantal y las sandalias, y comencé a reducir la sedación de Tomi con lentitud. Quería que despertara bajo mis condiciones, lista para retomar aquel diálogo de piel y fluidos en el que las palabras sobraban.
«Tomi» abrió los ojos y me encontró allí, a su lado, recorriendo su rostro con la punta de mis dedos.
Su mirada transmitía una serenidad profunda, una calma que me dio la bienvenida. Acaricié con devoción sus pómulos, la frente y la comisura de sus labios, antes de inclinarme para sellar aquel despertar con un beso en su mejilla.
En el monitor, los picos de actividad cerebral confirmaron que mi gesto no pasaba inadvertido.
-“No te vas a librar de esta pesada tan fácilmente” le susurré con una sonrisa cómplice “ Voy a hacer que me poseas hasta que quedes exhausto”.
Reduje la sedación al quince por ciento, el umbral era ya mínimo. Comencé a jugar con su zona pélvica y el laboratorio se llenó de sonidos rítmicos, su sistema hormonal y nervioso estaba en plena ebullición.
Masajeé su pecho y acaricié su pubis hasta que aquella hendidura volvió a ceder, revelando la punta de su miembro. Lo tomé con fuerza, sintiendo cómo crecía y se tensaba en cuestión de segundos bajo mi mano.
Su aroma, esa esencia dulzona y potente, volvió a envolverme, disparando mi propia excitación.
Tomi lo percibió de inmediato, sus bufidos y respiraciones profundas eran la señal de que el macho estaba listo para servir a su hembra.
Me despojé del delantal y, completamente desnuda, humedecí mis dedos en mi propia esencia para luego mojar mis pezones y acercarlos a su rostro. La actividad en los monitores era un frenesí de luces y señales.
-“Voy a hacer que sientas más calor del que jamás hayas imaginado, mi amor “ le prometí al oído, preparada para fundirme de nuevo con él.
Acerqué el taburete y me posicioné sobre él en un sesenta y nueve perfecto, ofreciéndole mi vulva sin reservas para que su olfato no encontrara obstáculos.
Con una mano aferré su miembro enorme mientras con la otra separaba mis labios, brindándole el espectáculo de mi propia entrega. Con lentitud, introduje aquel glande en mi boca y comencé a succionarlo con ímpetu.
Me costó dar cabida a esa estructura, era suave, pero su escala desafiaba mis límites. La aspereza de sus lóbulos y ese sabor amargo, tan ajeno y potente, dispararon mi excitación mientras mi lengua jugaba inquieta entre los pliegues de su carne. Deslicé la mano hacia abajo para encontrar sus testículos, envueltos en esa piel gruesa y curtida, ellos, los depósitos de la inmensa carga seminal que me aguardaba. Los apreté con fuerza, sintiendo cómo su cuerpo entero reaccionaba con espasmos bajo el mío.
El tronco de su miembro palpitaba con una energía eléctrica, las venas se hinchaban y contraían con un ritmo tan marcado que mi mano era incapaz de rodear su circunferencia.
Fue en ese instante, con su sabor invadiéndome, cuando terminé de comprender la magnitud de la plenitud que sentía al tenerlo dentro mío.
No quería que aquel encuentro terminara en mi boca, necesitaba sentirlo de nuevo en mi centro.
Me giré sobre su pecho, posicionándome para recibirlo, cuando una idea temeraria cruzó mi mente, soltarle las manos.
Era un riesgo suicida, si decidía atacarme, su fuerza me anularía en un instante. Sin embargo, una corazonada, un instinto más antiguo que mi entrenamiento, me decía que su respuesta sería la calma.
Sin permitir que la lógica me detuviera, activé los comandos de voz. Ordené al ordenador principal liberar las sujeciones de sus muñecas, manteniendo como única defensa la capacidad de administrar una descarga anestésica masiva ante cualquier signo de agresión.
Mi nerviosismo era eléctrico, sentía el pulso martilleando en mi pecho, amenazando con desbordarse.
Allí estaba yo, desnuda, vulnerable, sentada sobre el torso de un gigante de otro mundo, exponiéndome a una muerte casi segura.
Me deslicé sobre sus muslos para apartarme y el «clic» metálico de las esposas resonó en el laboratorio como un disparo. El silencio que siguió fue sepulcral, solo el eco de mi propia respiración llenaba el aire mientras esperaba, inmóvil, a ver qué pasaba.
Liberó sus largos brazos de las ataduras y los extendió a mis costados con una parsimonia que me hizo temblar como una hoja. Sus manos rotaron en el aire antes de posar los dedos sobre mis hombros.
Al principio, una corriente eléctrica me recorrió la piel, disparando un hormigueo por cada terminación nerviosa y un escalofrío persistente por la columna. Sin embargo, segundos después, esa descarga se transformó en una paz absoluta que lo calmó todo.
No sabía si estaba percibiendo mi fragilidad para consolarme o si, simplemente, me estaba sedando antes de devorarme jaja.
Sus dedos, de una longitud irreal, exploraron mi cuello y mi rostro con una minuciosidad quirúrgica.
Cuando uno de ellos se deslizó entre mis labios, lo recibí en mi boca succionándolo, el sabor era idéntico al de su sexo, una firma biológica inconfundible.
Sus manos descendieron hacia mis pechos. Estudió cada relieve con un cuidado meticuloso, deteniéndose en mis pezones hasta que el contacto los volvió dolorosamente turgentes. Bajo su tacto, se sintieron más grandes y sensibles que nunca, como si su propia energía estuviera expandiendo mi capacidad de sentir.
Su recorrido continuó por mi pecho y abdomen, para entonces, yo ya ardía en un celo incontrolable.
Al percibir mi estado, Tomi posó sus dedos sobre mi pubis con una precisión que parecía escanear mis ovarios, reconociendo el núcleo de mi sistema reproductivo.
calor profundo comenzó a emanar de mis entrañas, una respuesta térmica que sus dedos gatillaban como parte de un ritual de preparación para una exitosa fertilización.
Tras unos segundos de esa tensión eléctrica, sus manos se cerraron con firmeza a ambos lados de mis caderas. Con una fuerza sobrehumana, me elevó en vilo. Jadeé de asombro, suspendida en el aire, contemplándolo con los ojos muy abiertos y el pulso desbocado.
Sus fosas nasales se dilataron una vez más, rastreando mi aroma con una intensidad animal. Comprendí en ese instante que mi papel de científica se había disuelto por completo, él dominaba la escena como un verdadero semental galáctico, y estaba a punto de dejarme claro quién poseía a quién en ese laboratorio.
Me posicionó con una destreza asombrosa justo sobre su miembro, desde mi ángulo y entre mis piernas, lo vi erguido, palpitante y brillante como un trofeo que exigía ser venerado. Unas gotas de un fluido cristalino asomaban por su glande, dándole un aspecto soberbio y letal.
Respiré hondo, apoyé las palmas en su pecho y me preparé para la invasión.
Al acercarme, sentí cómo su «flor» separaba mis labios con una naturalidad casi mística. Me aflojé, guiándolo con las caderas hasta que su entrada triunfal se hizo efectiva.
Era un milagro de la evolución o de su propia manipulación táctil, que mi cuerpo no se quebrara en dolor, en cambio, mis paredes cedieron ante su inmensidad, registrando cada rugosidad de su extensión.
Cuando el roce áspero de sus testículos golpeó mi ano, supe que los treinta centímetros de su anatomía me habían reclamado por completo.
Se detuvo en mi fondo, anclando su glande frente a mi útero en una alineación diseñada para la reproducción.
Fue entonces cuando las súplicas y las maldiciones escaparon de mi garganta, inaugurando aquel infierno compartido. Tomi liberó mis caderas, entregándome el mando de la danza. Lo poseí con la furia de quien ha esperado siglos, hundí mis uñas en su torso como anclas y bajé con violencia, provocando un choque sísmico en mis profundidades.
El ritmo se volvió frenético, y con cada embestida, su inmensa herramienta arrancaba de mi garganta gemidos que ya no reconocía como míos.
El aire se volvió increíblemente denso, pesados aromas de hormonas destiladas lo impregnaban todo hasta hacerlo irrespirable, y en medio de este torbellino grité y maldije al ser que me estaba llevando al éxtasis, un tsunami de sensaciones sacudía mis nervios por dentro.
Su miembro se deslizaba en toda su extensión, retrocediendo hasta que solo el glande quedaba anclado en mi interior, antes de volver a hundirse en un vaivén frenético.
Sentía el infierno que su anatomía desataba en mí, cada relieve topográfico de su verga reclamaba mi territorio vaginal con una fricción implacable.
Entonces, con una delicadeza que desafiaba su fuerza bruta, Tomi trazó un semicírculo con sus dedos sobre mis pezones y mi pubis. Al instante, un calor abrasador nació en mi pecho para terminar anidándose en mis ovarios como un núcleo incandescente.
Mi sistema entero sucumbió a ese estímulo desconocido, preparándome para la descarga final que ya no podía, ni quería evitar.
En medio de aquel frenesí, luché por contener mi propio orgasmo hasta que llegara su esencia viril. Quería que la cascada cruda de su simiente me envolviera por completo antes de acabar.
Seguí cabalgándolo con fervor, apretando mis músculos pélvicos contra su herramienta mientras sentía cómo el bulbo en su base comenzaba a dilatarse, la señal inequívoca de que su esperma estaba listo para emerger.
Su glande se expandió hasta sellar herméticamente mi conducto uterino y, con un grito sordo que pareció desgarrar su garganta, una oleada espesa y fértil me inundó desde el centro de sus testículos llenando todos mis resquicios.
Solo entonces permití que mi cuerpo se rindiera, y el orgasmo me arrastró en una serie de convulsiones eléctricas, mientras las lágrimas brotaban de mis ojos como una respuesta involuntaria a semejante placer.
Ambos compartimos esos últimos temblores en una danza absoluta, sumergidos en el absoluto silencio del laboratorio.
Luego de los instantes de furia, recosté mi cuerpo contra el pecho del alienígena, seguía sollozando sin parar.
En un gesto que rozaba la ternura, Tomi rodeó mi cuerpo con sus largos brazos, posando sus dedos finos y firmes en la base de mi espalda.
Por primera vez en años, me sentí contenida, una paradoja punzante, pues ese consuelo no provenía de mi propia raza, ni siquiera de mi propio mundo.
Permanecimos así durante varios minutos, suspendidos en una calma reconfortante que quise saborear hasta la última gota. Aún recostada sobre su pecho, escuchando el eco de sus biorritmos, reflexioné sobre estos dos últimos días. Habían sido de una intensidad demoledora, alejados de cualquier protocolo científico, transformando mi soledad en un vínculo que desafiaba toda lógica estelar
Cuando salí de la criogenización, sabía que iba a tener mucho trabajo y que probablemente sería agotador, con poco descanso, ya que tenía que alcanzar los objetivos en solo cuatro días, pero jamás imaginé todo lo que había sucedido hasta ahora. Y mucho menos que el agotamiento se debía a tanto sexo.
Cuanto más evocaba lo gris de mis últimos años, más me convencía de que habitaba un estado idílico, una suerte de paraíso inesperado en los confines del espacio.
Al incorporarme para ponerme de pie, sus dedos iniciaron de nuevo aquella exploración táctil de mi cuerpo. Comenzó por mi cabeza, deslizando ambas manos por el cuello y el contorno de mis orejas con una delicadeza absoluta. A cada roce, sus yemas transmitían esa leve corriente eléctrica que alteraba mis terminaciones nerviosas, provocando un escalofrío sutil y profundamente placentero que me recorría entera.
Sus manos enormes descendieron por mi abdomen hasta alcanzar mis nalgas, aquel contacto en esa zona aún virgen hasta ahora, disparó una corriente eléctrica inédita.
Con una parsimonia que me hacía temblar, separó mis glúteos y comenzó a trazar el contorno de mi esfínter anal con una curiosidad implacable.
Ante la persistencia de su tacto, mi resistencia terminó por ceder. En un movimiento fluido, la punta de su dedo venció la presión de la entrada, solté un gemido que se transformó en un grito cuando, sin detenerse, hundió los quince centímetros de su dedo en mi recto.
Sentí cómo exploraba mis paredes internas, hurgando como si buscara un secreto oculto en mis entrañas, mientras ese calor febril que emanaba de su tacto se irradiaba por todo mi ser. Cuando retiró el dedo con una brusquedad demoledora, mi culo quedó ardiendo en un vacío insoportable, una ausencia que reclamaba a gritos su regreso.
Me corrí hasta que su miembro abandonó mi vagina, la ausencia de ese nudo fue una liberación eléctrica. Su semen fluyó en cantidades industriales, bañando su cuerpo mientras su glande emergía de mi orificio bastante dilatado.
No pude contenerme, lo tomé entre mis manos y lo chupé con una avidez casi religiosa.
Saboreé esa esencia espesa, tan distinta a la humana, era fuerte, dulce, con una consistencia granulada que se deslizaba por mi garganta como una gelatina densa.
Mientras le hablaba con suavidad, devolví sus brazos a las esposas. Él sin resistencia, acepto su cautiverio.
Con un último vistazo a su figura imponente, tecleé la orden de sedación en el ordenador.
Vi cómo sus ojos se cerraban, volviendo a ser solo un sujeto de estudio, hasta la próxima jornada.
Procedí a limpiar el laboratorio, borrando el rastro del desorden que habíamos provocado. Con los sistemas de vigilancia en modo pasivo, me retiré al dormitorio.
Bajo el chorro de la ducha, sentí cómo el agua se llevaba el rastro de sus fluidos y la tensión de mis músculos.
Había concluido otra jornada extenuante, y en el silencio de la habitación, el recuerdo de su anatomía colosal era lo único que quedaba vibrando en mi mente y en mi vulva.
(continuará……..)