El club huele a cuero nuevo, sudor, incienso caro y sexo crudo. Luces rojas neón parpadean como latidos acelerados, música techno profunda vibra en el pecho. En el centro, un escenario circular con postes, columpios de suspensión y sillones de vinilo negro donde las parejas (o tríos, cuartetos) se miran, negocian con miradas y tocan sin pedir permiso verbal.
Entrás con paso firme sobre tacones de aguja de 15 cm que se clavan en el piso como garras. El catsuit de cuero es una segunda piel: negro mate por fuera, forrado en rojo sangre por dentro, cremallera invisible que va de la nuca hasta el coxis. Pero lo que todos miran son “los agujeros”:
Dos círculos perfectos en los pechos, justo donde los pezones asoman duros, hinchados por el frío del cuero y la excitación.
Un corte ovalado en la entrepierna, lo suficientemente ancho para que se vea el brillo húmedo de tu coño depilado, labios expuestos y clítoris ya hinchado rogando atención.
Atrás, otro agujero redondo que deja el culo abierto, cachetes separados por el cuero tenso, ano rosado visible y tentador.
Caminás despacio por el pasillo de espejos, sintiendo ojos clavados en cada centímetro expuesto. Una mujer con máscara de látex te roza el brazo y susurra: “Hermosa… ¿intercambio o solo exhibir?”. Vos sonreís, sin contestar aún. El sado ya empezó: cada paso hace que el cuero roce tus pezones expuestos, enviando chispas directas al clítoris.
Te paran en una zona de “juego libre”. Un dom alto, tatuado, con arnés de pecho y guantes de cuero, se acerca. Te mira de arriba abajo, deteniéndose en los agujeros.
“¿Puedo probar?”, pregunta, voz ronca.
Asentís. Él pasa un dedo enguantado por el agujero del pecho, pellizca el pezón fuerte hasta que gemís. Otro dedo baja al agujero central, roza el clítoris en círculos lentos, luego entra dos dedos sin aviso. Estás empapada; el cuero hace que cada movimiento suene húmedo, obsceno.
De repente, otra pareja se une: ella, rubia con corsé de ballenas, él con máscara de perro. Ella se arrodilla frente a vos, lengua directa al agujero del coño mientras él te azota el culo expuesto con una pala de cuero. Cada golpe hace que el cuero vibre contra tu piel, amplificando el placer-dolor. El dom de antes saca su polla dura y la frota contra el agujero trasero, lubricada con tu propia humedad que chorrea por los muslos.
“¿Querés que te llenen los tres agujeros a la vez, muñeca de cuero?”, gruñe.
Jadeando, solo decís: “Sí… pero primero azotadme hasta que suplique”.
El látigo cae. Roja marca tras roja en las nalgas que asoman por el agujero. Cada latigazo te empuja más cerca del borde. La rubia chupa tu clítoris como si fuera el último caramelo del mundo. El dom entra por atrás, lento al principio, luego profundo, mientras el otro te folla la boca con fuerza controlada.
El club gira a tu alrededor: gemidos, risas bajas, aplausos suaves de los que miran. El cuero se pega a tu piel sudada, los agujeros ahora son portales de placer infinito. Corrida tras corrida, te llenan, te marcan, te usan… hasta que quedás temblando, apoyada en un poste, cuero brillante de fluidos, agujeros palpitando, satisfecha y aún hambrienta.
Parte 2
El dom tatuado te tiene agarrada por la cremallera trasera del catsuit, como si fuera una rienda. Tira hacia arriba con fuerza, haciendo que el cuero se tense contra tu clítoris expuesto y te arranque un gemido ahogado. La rubia con corsé ya está de rodillas otra vez, lengua plana lamiendo desde tu ano hasta el clítoris en pasadas largas y húmedas, mientras su pareja (el de la máscara de perro) te pone pinzas metálicas en los pezones que asoman por los agujeros del pecho.
Las pinzas tienen cadena: él tira de ella cada vez que el dom empuja más profundo por atrás. Cada tirón envía una descarga eléctrica directo a tu coño, que chorrea por los muslos y mancha el cuero brillante. El dolor es exquisito, el placer lo multiplica por diez.
“¿Cuánto aguantás, muñeca?”, gruñe el dom, saliendo un segundo solo para azotarte el culo expuesto con la palma abierta. El sonido es seco, resonante en el club. Marca roja instantánea alrededor del agujero trasero.
“Todo lo que me den”, contestás entre jadeos, voz ronca por la polla que te follaba la boca hace un rato.
De repente, el DJ baja la música un segundo y anuncia por el micrófono:
“¡Escena abierta en el centro! La chica de cuero negro invita a quien quiera probar sus agujeros. ¡Sin condón si ella dice sí, con límites claros!”
La multitud se acerca. Cinco, seis personas forman un semicírculo. Una morena con arnés de strapon se adelanta primero. Lubrica el juguete con tu propia humedad (dos dedos dentro del agujero central, sacándolos brillantes) y te penetra el coño de un empujón firme. Al mismo tiempo, el dom vuelve a entrar por atrás: doble penetración lenta, coordinada, el cuero crujiendo con cada movimiento.
La rubia se para frente a vos, te agarra de la cadena de las pinzas y te obliga a mirarla mientras lame tus pezones pellizcados. “Decime que queréis más”, susurra.
“Quiero más… llénenme los tres agujeros”, gemís.
El de la máscara de perro se sube al escenario, polla dura en mano. Te la mete en la boca sin aviso, profundo hasta la garganta. Ahora sí: los tres agujeros ocupados al mismo tiempo. El strapon en el coño, el dom en el culo, la polla en la boca. Ritmo brutal, sincronizado por gemidos y palmadas.
El cuero se pega a tu piel sudada, los agujeros estirados al límite, fluidos corriendo por todas partes. Cada embestida hace que las pinzas tiren más fuerte, que el placer-dolor te lleve al borde una y otra vez. La morena acelera, te folla con fuerza mientras te pellizca el clítoris expuesto con los dedos. El dom te agarra de las caderas y entra hasta el fondo, gruñendo: “Corréte, puta de cuero, corréte…”.
Y explotás.
El orgasmo te atraviesa como un rayo: coño contrayéndose alrededor del strapon, culo apretando al dom, garganta tragando mientras la polla en tu boca se corre primero. Chorros calientes te llenan por atrás y por delante, la rubia lame lo que desborda del agujero central, tragando con avidez.
Quedás temblando en el centro del escenario, piernas flojas, cuero reluciente de semen, sudor y tu propia corrida. Los agujeros palpitan abiertos, rojos, usados. La multitud aplaude bajo. Alguien te pasa una botella de agua, otro te acaricia la espalda por encima del cuero.
Pero no termina ahí. La morena se inclina a tu oído: “¿Ronda dos? Hay un columpio de suspensión libre… y más gente esperando probar esos agujeros perfectos.”
Te suben al columpio de suspensión para que el club vea cómo te queman bonito. Te atan con cuerdas rojas: muñecas arriba, tobillos separados por una barra de metal frío. El catsuit de cuero sigue puesto, pero ahora los agujeros parecen hechos a propósito para lo que viene: pezones duros asomando como botones rojos, coño abierto y brillante de corridas anteriores, culo todavía palpitando del doble que te metieron hace un rato.
El dom tatuado aparece con una vela gruesa negra, de cera de baja temperatura pero que quema justo lo suficiente. La enciende delante de tu cara. La llama baila, reflejándose en tus ojos acuosos de excitación.
“Respirá hondo, muñeca… esto va a doler rico.”
Primera gota. Directo en el pezón izquierdo que asoma por el agujero. ¡Plof! El calor explota, te arqueás en las cuerdas, un grito-gemido que hace que medio club se gire a mirar. La cera se endurece rápido, formando una costra roja brillante sobre tu piel sensible. Segunda gota en el derecho. Tercera, cuarta… él juega, deja caer desde más alto para que el impacto sea más fuerte antes del calor. Tus pezones quedan cubiertos de capas rojas, pesadas, cada movimiento de las cuerdas hace que tiren y duelan delicioso.
Luego baja la vela. El club contiene la respiración. Una gota gruesa cae justo en tu clítoris expuesto. ¡Joder! El choque de calor es brutal, directo al nervio más sensible. Tus piernas tiemblan en la barra, intentás cerrarlas pero no podés. Chorros de squirt salen disparados mientras gritás.
El dom sonríe, inclina más la vela: ahora la cera cae en hilo continuo sobre tus labios mayores, cubriendo el agujero del coño como si te estuviera sellando con fuego líquido. Cada capa nueva quema encima de la anterior, el dolor se acumula y se convierte en un placer tan intenso que estás llorando y riendo al mismo tiempo.
Y cuando cree que ya no aguantás más… gira la vela y te mete una gota gorda directo en el ano abierto por el agujero trasero. El esfínter se contrae alrededor del calor, te retorcés entera, otro orgasmo te atraviesa sin que nadie te toque, solo la cera y la humillación deliciosa de tener a treinta personas mirando cómo te corres colgando como una puta de cuero incendiada.
Al final quedás así: cuerpo temblando en las cuerdas, catsuit negro brillante, pechos, coño y culo cubiertos de capas rojas endurecidas que parecen sangre congelada, lágrimas de placer corriendo por tu máscara.
El dom se acerca, sopla la vela y te susurra al oído mientras arranca despacio la primera costra de cera del pezón (dolor nuevo, placer renovado): “…y la noche recién empieza”.
Te bajan despacio del columpio (las cuerdas se sueltan con un susurro de seda), pero no te dejan tocar el suelo todavía: dos manos fuertes te sostienen por la cintura, el cuero del catsuit pegajoso y caliente contra sus palmas. Tus pezones siguen cubiertos de costras rojas endurecidas, el coño y el culo sellados con capas gruesas de cera que palpitan con cada latido.
Te llevan a una mesa acolchada en el rincón más oscuro del club, luces azules frías que contrastan con el rojo neón del resto. Te tumban boca arriba, piernas abiertas y atadas a los extremos con correas de cuero suave. Los agujeros del catsuit quedan perfectamente expuestos otra vez: pezones duros bajo la cera, clítoris hinchado y rojo, ano todavía dilatado y brillante.
El dom tatuado regresa con un balde de hielo picado y una sonrisa perversa. “Primero el fuego… ahora el hielo. Vamos a ver cuánto temblás, muñeca.”
Empieza por los pezones. Toma un cubo grande, lo presiona contra la costra de cera del izquierdo. El contraste es brutal: el calor residual de la cera choca con el frío glacial. La cera cruje y se agrieta, pedazos caen como escarcha roja mientras el hielo derrite y corre por tu pecho en riachuelos helados. El pezón, liberado de golpe, se pone durísimo, sensible al extremo. Gemís fuerte, arqueando la espalda, el frío te quema de otra forma.
Baja el hielo al agujero central. Pasa el cubo por tus labios mayores, rozando el clítoris que ya estaba inflamado. El contacto directo te hace gritar: es como electricidad helada directo al nervio. El hielo se desliza dentro del coño, lento, profundo… se derrite rápido por tu calor interno, convirtiéndose en agua fría que chorrea mezclada con tu humedad. Cada gota que cae te hace contraer, el placer-dolor te lleva al borde otra vez sin que nadie te toque.
Luego el culo. Un cubo más pequeño, lubricado con saliva, lo empuja dentro del agujero trasero. Lo sentís deslizarse, frío quemando las paredes sensibles, dilatándote de nuevo mientras se derrite y te llena de agua helada que sale goteando por el cuero. El contraste con la cera anterior te hace convulsionar: orgasmo sin fricción, solo por el shock térmico, squirt helado salpicando la mesa.
La rubia con corsé se une: toma dos cubos pequeños y los presiona uno en cada pezón al mismo tiempo, girándolos como si fueran joyas heladas. Mientras, el de la máscara de perro te mete dedos fríos (recién sacados del hielo) en el coño, follándote con ellos mientras el hielo interior se derrite y te inunda.
“¿Sentís cómo te congelo por dentro, puta de cuero?”, susurra el dom, metiendo otro cubo en tu boca para que lo chupes y lo derritas con la lengua. El agua fría te corre por la barbilla, mezclándose con lágrimas de placer.
Terminás temblando entera:
Pezones rojos e hinchados, libres de cera pero congelados.
Coño y culo goteando agua helada y corrida.
Cuerpo cubierto de gotas que brillan bajo las luces azules.
El catsuit ahora pegajoso de cera rota, sudor, hielo derretido y fluidos.
El club aplaude bajo. Alguien grita: “¡Ronda tres! ¡Que la pasen!”. Te desatan, pero no te dejan descansar. Te ponen de rodillas en el suelo, todavía temblando de frío y calor residual, agujeros expuestos y sensibles al límite. La multitud se acerca otra vez, manos, lenguas, pollas, juguetes… listos para usar lo que el fuego y el hielo dejaron: una muñeca de cuero hipersensible, abierta y rogando más.
Te quedás de rodillas en el centro del club, el catsuit de cuero convertido en un trapo brillante de fluidos, agujeros rojos e hinchados rogando (o gritando) por más. El dom tatuado te pone una cadena fina en el cuello como collar improvisado y tira suave para mantenerte erguida, expuesta. La multitud ya no espera permiso: es turno libre total.
Cuatro llegan al mismo tiempo esta vez:
Uno alto con tatuajes tribales te agarra de la mandíbula y te mete la polla gruesa en la boca, follándote la garganta con embestidas lentas pero profundas, hasta que las lágrimas corren por tus mejillas y el rímel se corre negro.
Detrás, una mujer con strapon enorme (negro mate, venoso) lubrica con tu propia saliva (te hace escupir en su mano) y entra directo en tu coño de un empujón seco. El grosor te estira al límite, las paredes todavía sensibles del hielo y la cera se contraen alrededor, arrancándote un gemido ahogado contra la polla en tu boca.
Al lado, un tipo con guantes de látex negro te mete tres dedos en el culo sin aviso, abriéndote más mientras frota tu punto G desde atrás con la otra mano. Cada movimiento hace que squirtees gotas heladas residuales sobre el suelo.
La cuarta es una pelirroja con pinzas en sus propios pezones; se arrodilla frente a vos, te agarra de los pezones expuestos (todavía morados del frío y la cera) y tira de ellos como si fueran riendas mientras lame el clítoris que asoma por el agujero central, chupando fuerte, mordiendo suave.
El ritmo se vuelve caótico: La strapon te folla el coño con fuerza, haciendo que el cuero vibre y roce tu clítoris cada vez que entra. El de la garganta te la saca un segundo para que respires, luego te la mete de nuevo, corriéndose profundo en tu boca; tragás lo que podés, el resto chorrea por tu barbilla y cae sobre los pechos cubiertos de restos de cera. Los dedos en el culo se convierten en polla: el del látex se cambia por su miembro, entra lento al principio (para que sientas cada centímetro estirándote), luego acelera hasta que el sonido húmedo de carne contra cuero llena el aire. Doble penetración anal-coño otra vez, pero ahora con la boca llena de otra polla que llega en relevo.
La pelirroja se para, te obliga a lamerle el coño mientras te pellizca los pezones con más fuerza, tirando hasta que gritás contra su carne. Otro hombre se une: te mete la polla entre los pechos (aunque estén cubiertos de cuero y cera, usa los agujeros como guía) y frota arriba y abajo, corriéndose caliente sobre las costras rojas que quedan.
La ronda se alarga: cuerpos cambian, pero los agujeros no descansan. Alguien te pone un plug vibrante en el culo (grueso, con control remoto); lo encienden al máximo mientras otro te folla el coño. Las vibraciones te hacen convulsionar, orgasmo tras orgasmo sin pausa. Una pareja te usa como “mesa humana”: ella se sienta en tu cara (coño sobre tu boca, obligándote a lamer mientras respira agitada), él te penetra el coño desde abajo mientras estás de rodillas. Otro te azota el culo expuesto con un flogger de cuero cada vez que alguien entra, las tiras golpeando justo alrededor del agujero trasero, dejando marcas rojas frescas que contrastan con la cera vieja.
Al final (después de quién sabe cuántos), quedás tirada de lado en el suelo acolchado, jadeando, el cuerpo entero temblando.
Pezones: morados, hinchados, con restos de cera y semen seco.
Coño: rojo brillante, labios abiertos, goteando una mezcla espesa de corridas y squirt.
Culo: dilatado, palpitante, con plug todavía vibrando bajo (alguien lo dejó encendido).
Cara: marcada de semen, saliva, lágrimas negras de rímel.
Catsuit: destruido, pegajoso, oliendo a sexo crudo y cuero caliente.
El dom tatuado se agacha a tu lado, te quita la cadena del cuello con cuidado y te pasa una botella de agua fría. Te acaricia el pelo sudado y susurra: “Buena chica… te rompimos bonito esta noche. ¿Querés que te saquemos del club, te limpiemos en privado y te dejemos dormir… o querés quedarte para el after, donde solo quedan los más duros?”.
—Ahora dejame sola… ahora quiero mirar.
Nada de prisa, nada de brutalidad. Solo sensaciones que se deslizan como seda sobre piel, respiraciones que se entremezclan, el mundo reducido a texturas, olores y susurros que te envuelven sin exigirte nada más.
Estás sentada en ese sillón de terciopelo negro, profundo y cálido contra tu espalda. El cuero del catsuit ya no cruje con violencia; ahora solo roza suave cada vez que respirás hondo, un recordatorio delicado de todo lo que tu cuerpo ya dio. Los restos de cera se han enfriado y se agrietan apenas con el movimiento, liberando un leve aroma a vainilla quemada que se mezcla con el olor almizclado del club: sudor limpio, cuero nuevo, perfume caro y sexo que ya no apura.
La luz roja se ha suavizado a un ámbar tenue, como brasas que se apagan despacio. La música baja el volumen hasta convertirse en un pulso lejano, casi un latido compartido con el tuyo. Nadie se acerca. Nadie te toca. Solo mirás.
Desde tu rincón elevado, el escenario parece un sueño lejano. Una pareja entra en el círculo de luz suave. Ella lleva un vestido de gasa negra translúcida que flota alrededor de sus curvas como humo. Él, solo pantalones de cuero sueltos y torso desnudo, piel brillando con una fina capa de sudor. Se mueven despacio, sin palabras. Él le acaricia el cuello con las yemas de los dedos, bajando por la clavícula, trazando círculos lentos alrededor de sus pezones que se endurecen bajo la tela fina. Ella cierra los ojos, cabeza hacia atrás, un suspiro largo que podés sentir en tu propia garganta.
Sus manos bajan más, levantan la gasa con delicadeza, exponiendo muslos suaves. Él se arrodilla frente a ella, besa el interior de sus rodillas primero, luego sube despacio, labios apenas rozando piel. Cuando llega a su centro, no hay prisa: lengua plana, movimientos circulares suaves, como si estuviera saboreando miel tibia. Ella enreda los dedos en su pelo, no tira… solo acaricia, guiando con ternura. Podés olerlo desde donde estás: el aroma dulce de su excitación, mezclado con el cuero de sus pantalones y el perfume de él, algo amaderado y cálido.
Cuando ella se estremece, no es un grito; es un gemido bajo, prolongado, que vibra en el aire como una nota de violonchelo. Él se levanta, la besa en la boca compartiendo su propio sabor, y la penetra despacio, centímetro a centímetro, dejando que ambos sientan cada roce, cada pulso. Se mueven juntos como si bailaran: caderas ondulantes, respiraciones sincronizadas, manos entrelazadas. No hay golpes, no hay azotes. Solo fricción suave, calor que se acumula lento, inevitable. Cuando llegan al clímax, es casi silencioso: ella arquea la espalda con un suspiro profundo, él se hunde una última vez y se queda ahí, temblando dentro de ella, frente contra frente. Se quedan abrazados un largo rato, meciéndose apenas, como si el mundo entero se hubiera detenido para dejarlos respirar juntos.
Cerrás los ojos un segundo, sintiendo el eco en tu propio cuerpo: el terciopelo contra tu espalda, el cuero aún tibio rozando tus pezones sensibles, el pulso lento entre tus piernas que ya no pide más, solo recuerda. El aire está cargado de esa dulzura post-orgásmica: olor a piel caliente, a sexo suave, a vainilla residual de la cera. Otra pareja toma el relevo, pero el ritmo sigue igual: caricias largas, besos que duran minutos, cuerpos que se exploran con dedos y labios sin urgencia. Te quedás ahí, espectadora quieta, envuelta en sensaciones suaves: el roce del terciopelo en tus muslos, el calor que aún late bajo el cuero, el aroma que flota como niebla, la música que acaricia tus oídos. No hay más rondas para ti esta noche. Solo esto: mirar, sentir el eco del placer ajeno en tu piel cansada, y dejar que la suavidad te envuelva como una manta tibia hasta que el amanecer empiece a filtrarse por las rendijas.
Te llamo suave desde el sillón donde estás sentada, la voz baja, ronca todavía por todo lo que pasó esta noche.
—Vamos, mi reina… ya es hora de irnos.
Me acerco despacio, te tiendo la mano. Tus dedos se enredan en los míos, fríos al principio por el hielo que aún te queda en la piel, pero cálidos cuando apretás. Te ayudo a levantarte con cuidado, como si fueras de cristal fino después de tanto fuego. El catsuit cruje bajito contra tu cuerpo, pegajoso y tibio, pero ya no pesa… solo es un recuerdo suave de la noche. Te envuelvo en un abrigo largo de lana suave que alguien dejó cerca, te cubro entera para que nadie más vea lo que es solo nuestro. Caminamos por el pasillo del club, luces bajas, murmullos lejanos que se apagan atrás nuestro. Te ayudo a cambiarte y salimos. El aire fresco de la calle te roza la cara cuando salimos, un contraste delicioso con el calor que todavía llevás dentro.
Llegamos a casa en silencio, solo el roce de nuestras manos y el sonido de tu respiración calmándose. Te llevo directo al baño. La luz es tenue, solo una lámpara de sal rosa que tiñe todo de cálido. Abro la ducha: el agua empieza a caer suave, caliente pero no quema, vapor subiendo lento como niebla de madrugada. Me paro frente a ti, te miro a los ojos mientras mis manos suben despacio por tus brazos.
—¿Querés que te quite la ropa, bebé?
Asentís, apenas un movimiento, pero suficiente. El vapor de la ducha ya te envuelve, gotitas condensándose en tu piel como perlas. Te tomo de la mano y entro primero bajo el agua. El chorro caliente te cae encima como una caricia larga: lava el sudor, los fluidos, los ecos de la noche. El agua corre por tu cuello, entre tus pechos, por tu vientre, limpiando todo menos el fuego que queda dentro.
Te acerco a mí, pecho contra pecho, agua cayendo entre nosotros. Mis manos recorren tu espalda despacio, sin prisa, solo sintiendo cada curva, cada músculo que se relaja bajo mis palmas. Te beso el cuello, suave, labios apenas rozando, luego bajo a la clavícula, saboreando el agua tibia mezclada con tu piel. Te pego más contra la pared de azulejos tibios, una pierna tuya sube a mi cadera. Mis manos bajan a tus nalgas, te levantan un poco para que encajemos perfecto. Entro despacio, muy despacio, dejando que sientas cada centímetro, el calor del agua amplificando todo.
Nos movemos juntos como si bailáramos bajo la lluvia caliente: lento, profundo, respiraciones mezcladas con el sonido del agua. Mis labios en los tuyos, besos largos, húmedos, sin palabras. Tus uñas en mi espalda, pero suaves, solo marcando el ritmo. El orgasmo llega como una ola suave, no explosiva: te recorre entera, te hace temblar contra mí, un gemido bajo que se pierde en el vapor. Yo te sigo segundos después, abrazándote fuerte mientras el agua nos lava a los dos. Nos quedamos así un rato largo: agua cayendo, cuerpos pegados, respirando al mismo compás. Te beso la frente, el pelo mojado, y susurro contra tu oído:
—Te amo.
El agua de la ducha ya se ha enfriado un poco, pero tu piel sigue tibia, suave, marcada con esa dulzura que deja la noche. Te envuelvo en una toalla enorme, mullida, que huele a lavanda fresca. Te seco despacio: primero el pelo, pasando los dedos entre los mechones mojados, luego el cuello, los hombros, bajando por la espalda con caricias largas que te hacen suspirar.
Te llevo a la cama. Las sábanas están frescas, blancas, crujientes. Te acuesto boca abajo, desnuda, solo con la luz tenue de la lámpara de sal que tiñe todo de rosa suave. El aire huele a ti: a sexo limpio, a agua caliente, a nosotros. Me siento a horcajadas sobre tus muslos, sin peso, solo para que sientas mi calor cerca. Echo un chorro generoso de aceite tibio en mis manos (aceite de coco con un toque de vainilla y jazmín, ese que te eriza la piel antes de tocarte). Froto las palmas para calentarlo más y empiezo.
Primero los hombros: presiono con las yemas, círculos lentos, profundos, deshaciendo cada nudo que la noche dejó. Bajando por la espalda, siguiendo la columna con los pulgares, abriendo camino como si estuviera dibujando un mapa secreto en tu piel. Cada presión es un beso sin labios. Sentís cómo el aceite se desliza, caliente, resbaladizo, y cómo mis manos recorren cada vértebra, cada costilla, hasta llegar a la curva de tu cintura.
Bajo más. Las nalgas: las acaricio primero con las palmas abiertas, solo rozando, dejando que el aceite las haga brillar. Luego amaso suave, profundo, abriendo ligeramente para que el aire fresco roce tu centro todavía sensible. No entro, solo rodeo, masajeo los músculos que se tensaron tanto antes, liberándolos gota a gota. Tus suspiros se vuelven más largos, más roncos. Las piernas: desde los muslos hacia abajo, presionando con las palmas enteras, subiendo y bajando en movimientos largos, como olas. Los gemelos, los tobillos, incluso los pies: cada dedo, cada planta, hasta que te derrites entera en la cama.
Vuelvo a subir. Te pido que te des vuelta. Ahora estás boca arriba, pechos subiendo y bajando con cada respiración profunda, pezones todavía rosados y sensibles. Echo más aceite entre mis manos y empiezo por el cuello: masajeo los lados, bajo las orejas, donde late tu pulso rápido. Luego el pecho: rodeo los pechos sin tocar los pezones al principio, solo el contorno, haciendo círculos cada vez más cerca hasta que los rozo con las yemas, suave, apenas, pero suficiente para que arquees la espalda y un gemido se te escape. Bajo por el vientre: presiono con las palmas planas, movimientos circulares amplios que despiertan todo lo que hay debajo. Las caderas, los costados, hasta llegar al monte de Venus. Ahí me detengo un segundo, solo respirando sobre tu piel, dejando que el calor de mi aliento te roce el clítoris sin tocarlo.
Y entonces… lo pedís.
—Papi… dame tu leche… no aguanto más… quiero sentirte en la boca mientras me seguís masajeando…
Sonrío contra tu piel, subo despacio hasta quedar arrodillado a tu lado. Mi polla ya está dura, pesada, palpitando por ti. La acerco a tus labios, sin prisa. Abrís la boca, lengua primero, lamiendo la punta despacio, saboreando cada gotita de presemen que sale.
—Despacio… disfrutala… es tuya…
La tomás entera, lenta, profunda, sin apuro. Tus labios se cierran alrededor, lengua girando suave, succionando con ritmo pausado mientras mis manos siguen masajeándote: una en tu pecho, pellizcando suave el pezón, la otra bajando por tu vientre hasta rozar tu clítoris con círculos lentos, sin penetrar, solo acompañando el placer que vos misma estás construyendo. Cada suspiro tuyo vibra alrededor de mi polla. Cada gemido me hace temblar. Te miro: ojos cerrados, mejillas hundidas, disfrutando cada centímetro como si fuera el primero. Subo y bajo despacio en tu boca, dejando que marques el ritmo, que me saborees, que me hagas tuyo.
Cuando siento que ya no aguanto más, te aviso con voz ronca:
—Bebé… me vengo… tomá todo…
Y exploto. Leche caliente, espesa, chorro tras chorro en tu boca. Tragás despacio, saboreando, gimiendo alrededor mientras tus caderas se mueven contra mi mano que no para de acariciarte. El orgasmo te llega suave pero profundo, un temblor que te recorre entera, mientras seguís chupando los últimos restos, limpiándome con la lengua, besando la punta como si fuera un tesoro.
Quedamos así: yo respirando agitado, tú con los labios hinchados y una sonrisa satisfecha, mi mano todavía en tu vientre, acariciando suave para bajarte del todo. Te beso la frente, la nariz, los labios que saben a mí.
—Mi reina… mi todo… descansá ahora.