Capítulo 5
Jessica amaneció completamente desnuda, como ya se estaba acostumbrando. La sábana se había deslizado hasta sus tobillos durante la noche, dejando expuesto su cuerpo moreno y delicioso: tetas redondas y firmes subiendo y bajando con cada respiración, pezones gordos y oscuros ligeramente endurecidos por el aire acondicionado, cinturita chiquita, caderas anchas y ese culo gordo, redondo y perfecto que se veía aún más tentador de lado. Entre sus muslos torneados, su coñito rosado permanecía ligeramente hinchado y brillante de los jugos naturales del sueño.
A las 6:30 de la mañana, los doctores entraron en silencio para la revisión completa que se había pospuesto. Eran tres: el doctor Ramírez (hombre maduro, serio pero amable), la doctora López (mujer de unos 40 años, manos suaves y precisas) y el doctor Vargas (joven, atractivo, con manos grandes).
Jessica se despertó cuando la doctora López le acarició el cabello con ternura.
—Buenos días, Jess… solo es la revisión que faltaba. Relájate, todo es profesional, pero aquí también podemos disfrutar un poquito. ¿Está bien?
Jessica asintió, aún adormilada, y se dejó colocar en posición. La pusieron boca arriba con las piernas abiertas y apoyadas en estribos suaves que sacaron de un maletín. La doctora López se puso guantes de látex pero no los usó de inmediato. Primero le separó los labios gorditos del coño con dos dedos, observando con atención.
—Está muy sana… bonito color, buena lubricación natural —comentó en voz baja.
El doctor Vargas se acercó y, con profesionalismo pero evidente placer, le introdujo dos dedos despacio en la vagina. Los movió en círculos, palpando las paredes internas, rozando el punto G con precisión. Jessica soltó un gemidito suave, el coño contrayéndose alrededor de sus dedos. Mientras tanto, el doctor Ramírez le masajeaba las tetas con las manos desnudas, apretando suave las areolas enormes y tirando de los pezones gordos hasta que se pusieron duros como piedras.
—Excelentes mamas… sensibles, firmes —murmuró, inclinándose para chupar uno de los pezones con la boca, succionando lento mientras sus dedos seguían jugando con el otro.
La doctora López tomó un pequeño vibrador médico delgado y lo encendió en baja intensidad. Lo presionó contra el clítoris hinchado de Jessica mientras los dedos del doctor Vargas seguían follándola despacio. El aparato zumbaba contra su perla, haciendo que Jessica arqueara la espalda y soltara gemidos más fuertes.
—Respira, bonita… déjate sentir —susurró la doctora.
Después le pidieron que se pusiera en cuatro sobre la cama. El doctor Vargas le separó los cachetes del culo gordo y le introdujo un dedo lubricado en el ano, girándolo con cuidado, explorando la estrechez. Jessica jadeó, sintiendo el dedo entrar y salir lento. Luego insertaron un pequeño plug anal de silicona médica, delgado y con base ancha, que vibraba suavemente. Mientras lo dejaban ahí, la doctora López le metió dos dedos en el coño otra vez, follándola con ritmo constante, curvando los dedos para rozar el punto G.
Jessica se corrió dos veces durante la revisión: la primera con un gemido ahogado mientras le chupaban los pezones y le vibraban el clítoris; la segunda más fuerte, chorros de jugo caliente salpicando los guantes de la doctora cuando le metieron un dilatador vaginal pequeño para medir elasticidad.
Al terminar, los tres doctores se quitaron los guantes. Cada uno se acercó y le dio un beso tierno y cálido en la boca, como era costumbre en la mansión.
—Que tengas un lindo día, Jess —dijo la doctora López, acariciándole el culo antes de salir.
Eran las 7:10 cuando tocaron a la puerta. Jessica, todavía desnuda y con el coño ligeramente hinchado y húmedo por la revisión, se levantó y abrió sin vergüenza. Ya no sentía pudor.
Era Christian, guapísimo con su traje negro ajustado. Al verla desnuda sonrió con deseo genuino y le dio un beso mañanero profundo y rico: lengua entrando despacio, saboreándola, una mano bajando a apretarle el culo gordo mientras la otra le acariciaba una teta. Jessica se derritió, sintiendo cómo su coño se mojaba más, el clítoris latiendo.
—Buenos días, preciosa… —susurró contra sus labios.
—Buenos días, Christian… —respondió ella roja y cachonda.
—Tengo solo 10 minutos libres… ¿te gustaría…?
Jessica mordió su labio inferior, ya empapada.
—Mmm… sí. Yo también entro a mis actividades a las 8… ven.
Lo jaló dentro de la habitación y cerró la puerta. Con ansiedad y deseo, empezó a desnudarlo ella misma. Le quitó la corbata, desabrochó la camisa botón por botón, besando su pecho ancho y marcado mientras bajaba. Le desabrochó el cinturón, bajó el pantalón y el bóxer de un tirón. Su verga saltó libre: gruesa, venosa, ya completamente dura, cabeza roja y brillante de precúm, unos 20 cm de pura carne palpitante.
Jessica se arrodilló de inmediato, mirándolo con ojos brillantes de deseo.
—Te deseaba desde ayer… —susurró.
Abrió la boca y lo chupó con anhelo. Primero lamió la cabeza, saboreando el precúm salado, luego lo metió profundo, tragando casi hasta la mitad mientras su mano masturbaba la base. Chupaba con ganas, haciendo ruidos húmedos, saliva chorreando por su barbilla y cayendo sobre sus tetas. Christian gemía bajito, agarrándole el cabello con suavidad.
—Qué boca tan rica tienes, Jess…
Después de un minuto, Jessica se levantó, subió a la cama y se acostó boca arriba. Abrió las piernas bien anchas, separó sus labios vaginales gorditos con dos dedos, mostrando el interior rosado, brillante y chorreante.
—Ven aquí… te necesito muy profundo ya —suplicó con voz ronca.
Christian no se hizo esperar. Se subió sobre ella, colocó la cabeza gruesa de su verga en la entrada y empujó de un solo movimiento, invadiéndola toda hasta el fondo. Jessica soltó un gemido largo y placentero, sintiendo cómo la estiraba por completo, la verga gruesa rozando cada pared sensible.
Empezó a follarla con embestidas rápidas y profundas desde el principio: plap… plap… plap… sus huevos chocando contra su culo gordo. La besaba con pasión, lengua enredada con la de ella, una mano apretando sus tetas y pellizcando los pezones gordos. Jessica gemía en su boca, piernas envolviéndole la cintura, coño contrayéndose alrededor de su verga.
—No tenemos mucho tiempo… —jadeó él.
La volteó rápido en perrito. Jessica empinó el culo gordo, arqueando la espalda. Christian la penetró otra vez de un empujón brutal, agarrándola de las caderas y follándola con fuerza. El sonido húmedo de su coño llenaba la habitación. Le azotaba suave las nalgas, viendo cómo rebotaban, mientras su verga entraba y salía brillante de sus jugos.
—Qué coño tan apretado y mojado… me encanta —gruñó.
Jessica empujaba hacia atrás, follándolo también, sintiendo la cabeza de su verga golpearle el cervix con cada embestida. El orgasmo llegó casi al mismo tiempo: ella primero, coño contrayéndose fuerte, chorros calientes salpicando la base de su verga y sus huevos. Christian gruñó y se corrió dentro de ella, chorros espesos y calientes inundando su vagina, desbordándose por sus muslos cuando siguió empujando despacio para vaciarse por completo.
Quedaron jadeando unos segundos, él aún dentro de ella, besándole la espalda.
Luego se metieron juntos a la ducha rápida. El agua caliente cayó sobre sus cuerpos desnudos. Se enjabonaron mutuamente con prisa pero con cariño: Christian lavó sus tetas, bajando por su coño chorreante de semen, mientras Jessica le lavaba la verga semi-dura. Se besaron bajo el agua, lento y tierno.
Christian salió primero, se vistió rápido y le dio otro beso profundo antes de irse.
—Esto fue solo el comienzo, preciosa… te prometo que otro día vamos a tomarnos todo el tiempo del mundo.
Salió sonriendo.
Jessica se quedó sola en la habitación, desnuda, con el coño aún latiendo y lleno de su semen, una sonrisa en los labios. Por primera vez en mucho tiempo se sentía segura, deseada y… feliz. El sexo ya no era solo supervivencia. Ahora era placer, cariño y conexión.
Después de la ducha rápida con Christian, Jessica se tomó la pastilla anticonceptiva del día con un vaso de agua fresca que tenía en la mesita. Sabía que en la mansión el sexo era algo normal, un cariño adicional que las chicas podían dar o recibir cuando quisieran, pero estaba estrictamente prohibido quedar embarazadas entre el personal. Todas llevaban un control perfecto; en años no había habido ni un solo “olvido”. A Jessica le gustaba esa seguridad. Por primera vez el sexo no era una obligación de supervivencia… era placer compartido, deseo consentido.
Se paró frente al espejo grande del armario y comenzó a vestirse con su nuevo uniforme de “novata”. Como era nueva, todo era blanco puro, sin ningún toque negro que distinguía a las chicas más avanzadas. El micro vestido era de una tela elástica brillante y casi transparente, con escote profundo en forma de corazón que apenas contenía sus tetas redondas y pesadas; los pezones gordos y oscuros se marcaban claramente bajo la tela fina. La microfaldita blanca era tan corta que apenas cubría la mitad inferior de su culo gordo; cada movimiento dejaba ver la tanguita blanca de encaje que se perdía entre sus cachetes redondos. Debajo llevaba una tanga diminuta que se hundía completamente entre sus nalgas, dejando su coño y ano casi al descubierto.Completaban el look unos tacones blancos de 10 cm que hacían que sus piernas torneadas se vieran aún más largas y su culo se empinara de forma natural, y largos guantes blancos de satén que llegaban hasta los codos, dándole un toque elegante y perverso al mismo tiempo. Su cabello negro caía suelto y brillante sobre la espalda. Se miró al espejo y sintió una mezcla de vergüenza y excitación: parecía una muñeca sexual de lujo, pero también se sentía… deseada.
A las 8 en punto tocaron a la puerta. Era Natalia, ya vestida con su uniforme negro brillante, falda cortísima y escote pronunciado. Al verla, Natalia soltó un gemidito de aprobación.
—Dios, Jess… estás preciosa. Ven aquí…
Se acercó y le dio el beso mañanero, pero esta vez estaba más cachonda. Le metió la lengua con ganas, besándola profundo mientras sus manos bajaban directo a agarrarle el culo gordo con fuerza. Le apretó los cachetes, separándolos un poquito por encima de la tanguita, y gruñó contra su boca:
—Estoy muy emocionada por tu primer día… vas a volver loca a toda la mansión.
Jessica se dejó querer, correspondiendo el beso con deseo nuevo. Sentía los pezones duros rozando la tela del vestido y su coñito empezando a humedecerse otra vez. Cuando Natalia se separó, ambas tenían los labios brillantes y la respiración agitada.
—Vamos, te llevo a la biblioteca. Hoy empiezas suave.
Caminaron por los pasillos. Cada chica que se cruzaban se detenía a saludarlas: besos rápidos en la boca, caricias en la cintura, comentarios juguetones.
—Qué rica te ves de blanco, nueva…
—Ese culazo se ve delicioso con esa faldita…
—Bienvenida de verdad, preciosa.
Algunos chicos de seguridad también se acercaban, le daban un beso suave y le decían cosas como “Vas a romper corazones hoy” con sonrisas pícaras. Jessica sonreía, roja pero feliz. Ya no sentía miedo. Solo una extraña y agradable excitación.
La biblioteca era enorme, casi como una catedral del conocimiento. Techos de doble altura con frescos pintados a mano, estanterías de madera oscura que llegaban hasta el techo, escaleras rodantes de bronce, sillones de cuero Chesterfield, lámparas de piso Tiffany, una chimenea de mármol y ventanales enormes con vista a los jardines. El olor a libro viejo, madera pulida y un leve toque de vainilla flotaba en el aire. Había miles de volúmenes: enciclopedias antiguas, novelas eróticas clásicas, textos religiosos, tratados políticos y libros de arte con ilustraciones explícitas.
Natalia le señaló un escritorio enorme lleno de libros que necesitaban ser limpiados y acomodados en la sección alta.
—Tienes hasta las 11 para terminar esta zona. Luego nos reunimos todas a desayunar y tienes tu primer descanso. ¡Éxito, bonita!
Le dio un último beso rápido en los labios y se fue.
Jessica se puso manos a la obra. Se agachaba constantemente para tomar libros del suelo o de las cajas. Cada vez que lo hacía, la microfaldita blanca se levantaba por completo, dejando ver su culo gordo y redondo perfectamente enmarcado por la tanguita blanca que se hundía entre sus cachetes. Sus tetas pesadas colgaban hacia adelante, el escote del vestido se abría y los pezones gordos y oscuros quedaban casi al descubierto, rozando la tela. Se movía de un lado a otro, agachándose, estirándose en puntillas, el culo rebotando suave con cada movimiento.
Estaba distraída limpiando un tomo antiguo cuando una voz masculina educada sonó detrás de ella:
—Disculpe, señorita… Madam Minerva me dijo que encontraría aquí un libro específico que estoy buscando…
Jessica se giró y vio a un hombre de unos 55 años, delgado, cabello canoso bien peinado, traje gris elegante, rostro atractivo pero serio. Le dijo el título del libro. Ella, ya acostumbrada al protocolo de la mansión, se acercó para darle el beso de saludo. El hombre se quedó quieto, sorprendido.
—Este… no entiendo…
—Ah… disculpe —dijo Jessica sonrojada—. Pensé que iba a… bueno, aquí es costumbre saludar así.
El hombre tragó saliva, claramente nervioso pero excitado. Sus ojos bajaron inevitablemente a sus tetas y a la falda cortísima.
—Ah… ya veo,me dijeron que el libro estaría en la columna alta…
Jessica asintió y buscó la escalerita rodante. La colocó y subió despacio, sabiendo perfectamente que desde abajo el hombre tenía vista completa: la tanguita blanca metida entre sus nalgas gordas, el coñito hinchado marcándose contra la tela, sus tetas colgando pesadas y los pezones duros rozando el vestido. Se tomó más tiempo del necesario, moviéndose lento, arqueando la espalda. Cuando bajó con el libro «Cronología de milagros del último milenio»en las manos, vio claramente el bulto grande y duro en el pantalón del hombre.
Él estaba rojo, respirando más rápido.
—Bueno… este… no sé cómo decirlo… aunque ahora vista como una persona normal, soy un alto funcionario de la iglesia cristiana y… esto…
Jessica entendió todo. Ya tenía experiencia, pero ahora empezaba a comprender el verdadero propósito de su trabajo en la mansión.
—No se preocupe —dijo con voz suave y profesional—. Estoy aquí para cualquier cosa que necesite. ¿Qué le parece si nos sentamos en ese sillón para dos y revisamos el libro más tranquilos?
El hombre aceptó nervioso. Se sentaron muy cerca. Jessica se pegó a él, dejando que sintiera el calor de su cuerpo desnudo bajo la tela fina. Se inclinó hacia adelante para que su escote se abriera completamente, ofreciéndole una vista perfecta de sus tetas enormes y los pezones gordos.
—Oooh… qué libro tan interesante… —susurró, rozando su pierna contra la de él—. Pero… ¿no le gustaría leerlo más… relajado?…
El hombre tenía la respiración agitada. Solo asintió.
Jessica tomó el control. Se acercó más y lo besó con ternura pero con deseo. Le tomó las manos y las llevó a sus tetas, dejándolo apretarlas. El hombre gimió contra su boca y empezó a masajearlas con ganas. Jessica bajó el escote del vestido, dejando que sus tetas redondas saltaran libres. Él se lanzó a chuparlas, lamiendo y mordisqueando tiernamente los pezones gordos, succionando con hambre contenida.
Mientras tanto, Jessica bajó la mano a su bragueta, la abrió y sacó su verga. Era de tamaño normal, pero estaba durísima, venosa y palpitante, con la cabeza morada y brillante. Movió su tanguita blanca a un lado, revelando su coñito rosado, hinchado y ya mojado. Se subió encima de él a horcajadas en el sillón, tomó la verga con la mano y la frotó contra su entrada antes de bajarse despacio, empalándose por completo.
Empezó a montarlo con ritmo lento pero profundo, moviendo las caderas en círculos, apretando su coño alrededor de él. Sus tetas rebotaban frente a la cara del hombre, quien las chupaba y mordía suavemente mientras gemía. No pasaron ni tres minutos. El hombre se tensó, clavó los dedos en su culo gordo y se corrió dentro de ella con un gemido ahogado, chorros calientes y espesos inundando su vagina.
Jessica no se corrió, pero sonrió con cariño. Le acarició el cabello canoso y le susurró:
—Ahora puede disfrutar mejor el libro, señor.
Le dio un último beso suave en los labios. El hombre, todavía jadeando, solo pudo decir:
—Gracias, señorita… es usted un ángel.
Jessica se acomodó la tanguita, se arregló el vestido y siguió con su trabajo como si nada hubiera pasado, el coño lleno de semen caliente y una sonrisa tranquila en los labios.
Por primera vez entendía completamente su rol en la mansión… y empezaba a gustarle…