Capítulo 1
- Contrato con mi enemigo III
- Contrato con mi enemigo II
- Contrato con mi enemigo I
CAPÍTULO 3
PARTE 1
Cerré la puerta del departamento con llave y me quedé un segundo apoyada contra ella, respirando agitada.
Todavía llevaba el uniforme de La Grieta. La falda corta se me pegaba a los muslos por el sudor y algo más. Algo que me daba vergüenza admitir. Me quité la blusa y la falda con manos temblorosas y me miré en el espejo roto del baño.
Estaba empapada.
Las bragas blancas de algodón que me había puesto esta mañana ahora estaban oscuras y pegajosas entre mis piernas. La tela se adhería a mi piel de una forma obscena. Sentí un calor traicionero que subía desde el centro de mi cuerpo hasta las mejillas. ¿Cómo era posible? Me habían humillado, insultado, tratado como basura… ¿y mi cuerpo respondía así?
Me bajé las bragas con rabia y las tiré al cesto de la ropa sucia. Estaban tan mojadas que hicieron un sonido húmedo al caer. Me lavé rápido con agua fría, pero el calor no se iba. Me puse unas bragas limpias y un short de algodón viejo junto con una camiseta holgada. Traté de convencerme de que solo era estrés, que mi cuerpo estaba confundido, que no significaba nada.
Pero sabía que me estaba mintiendo.
Me senté en el borde de la cama, con las rodillas juntas y las manos temblando sobre los muslos. El departamento se sentía más pequeño que nunca. La humedad en las paredes, la gotera constante en el baño, el ruido lejano de una pelea en el piso de abajo… todo me recordaba lo cerca que estaba de quedarme sin nada.
Un golpe firme en la puerta me hizo saltar.
Mi corazón se aceleró tanto que lo sentí en la garganta. Me levanté, respiré hondo y abrí.
Ahí estaba él.
Alto, imponente, con el cabello blanco plateado un poco revuelto y esa presencia que llenaba todo el espacio. Olía a perfume caro, a limpio, a poder. Sus ojos verdes oscuros me recorrieron de arriba abajo sin disimulo, deteniéndose un segundo más de lo necesario en mis piernas desnudas.
—Soto —dijo con esa voz grave y tranquila que siempre me ponía los nervios de punta—. Me pediste que viniera. Aquí estoy.
Cerré la puerta detrás de él. El clic de la cerradura sonó demasiado fuerte en el silencio del departamento. De repente el contraste era insoportable: él con su ropa impecable y su olor a lujo, yo descalza en un cuchitril con humedad en las paredes.
Me crucé de brazos, intentando sonar fuerte aunque las piernas me temblaban.
—Necesito dinero —dije sin rodeos—. Mucho dinero. A cambio… me retiro de la contienda por la presidencia estudiantil. No te molestaré más. Solo… ayúdame y desaparezco de tu camino.
Liam se quedó mirándome un segundo. Luego sonrió. No era una sonrisa amable. Era lenta, peligrosa, como si ya supiera exactamente cómo iba a terminar esto.
—¿Retirarte de las elecciones? —repitió, dando un paso hacia mí—. Eso no me interesa, Valeria. Puedo ganar sin que tú te retires.
Sentí cómo se me aceleraba el pulso. Él dio otro paso. Yo retrocedí instintivamente hasta que mi espalda tocó la pared.
—Entonces… ¿qué quieres? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
Liam se detuvo a solo unos centímetros de mí. Su presencia era abrumadora. Bajó la voz, directa y sin ocultar nada.
—Quiero tu cuerpo. Quiero usarlo cuando quiera, como quiera. A cambio, te ayudo con lo que necesites. Pero primero… dime la verdad. ¿Por qué estás tan desesperada? ¿Qué pasa realmente?
Me mordí el labio inferior con fuerza. No quería decírselo. No quería darle más poder. Pero el ultimátum del casero me quemaba en la cabeza. Mañana. Tenía hasta mañana.
Tragué saliva y bajé la mirada.
—El alquiler… subió mucho. Mañana vence el pago y si no pago… me van a echar a la calle.
Liam sonrió más amplio. Sus ojos verdes oscuros brillaron con satisfacción.
—Ahí está —murmuró, casi para sí mismo—. Ahora sí estamos hablando claro
PARTE 2 – La discusión de las cláusulas
Liam dio otro paso hacia mí. El espacio entre nosotros se hizo casi inexistente. Su perfume caro me envolvió y sentí cómo mi cuerpo reaccionaba otra vez: un calor traicionero se extendió entre mis piernas, humedeciendo de nuevo las bragas limpias que acababa de ponerme. Me odié por ello. ¿Cómo podía excitarme su presencia cuando lo único que quería era golpearlo?
—Quiero tu cuerpo —dijo sin rodeos, voz baja y directa—. Quiero usarlo cuando quiera, como quiera. A cambio, te ayudo con lo que necesites.
Sentí que las mejillas me ardían. La humedad entre mis piernas se hizo más evidente, pegajosa, caliente. Me crucé de brazos con fuerza, intentando protegerme de su mirada.
—No —respondí con voz temblorosa pero firme—. No soy tu puta. Si quieres ayudarme, ayúdame con dinero y punto. Nada de tocarme.
Liam se acercó aún más. Su pecho casi rozaba el mío.
—Valeria… los dos sabemos que no estás en posición de poner condiciones tan altas. Mañana te echan. Así que vamos a negociar como los buenos estudiantes de Derecho que somos.
Discutimos durante casi una hora. Yo peleaba con todo lo que tenía. Usaba cada argumento que había aprendido en la facultad: límites razonables, consentimiento, proporcionalidad. Pero Liam era implacable. Cada vez que yo ponía un límite, él lo desmontaba con dinero más alto, con la amenaza del desalojo, con la realidad de que no tenía a nadie más.
Al final, con la voz rota y sintiéndome como la puta más barata del mundo, cedí terreno.
—Está bien… —dije, odiándome con cada palabra—. Tres meses. Solo tres meses. Y solo una petición sexual al día. Nada más. Si quieres más, pagas una indemnización alta.
Liam sonrió satisfecho, como si hubiera ganado una partida que yo ni siquiera sabía que estaba jugando.
—Libertad completa sobre tu cuerpo durante tres meses —dijo con calma—. Puedo hacer lo que quiera contigo, cuando quiera, siempre y cuando nadie se entere. Ante los demás seguimos siendo enemigos. Si rompes el contrato o hablas… pagas una indemnización que te deje en la ruina.
Sentí que me estaba vendiendo como un pedazo de carne. Cada palabra que salía de mi boca me hacía sentir más sucia, más barata. Estaba negociando mi propio cuerpo como si fuera un objeto en una subasta. Y lo peor era que, mientras discutíamos, la humedad entre mis piernas no paraba de crecer. Me sentía pegajosa, caliente, traicionada por mi propio cuerpo. Me daba asco. Me daba vergüenza. Pero no podía detenerlo.
Liam llamó a su abogado por teléfono delante de mí. Ordenó que redactaran el contrato de forma limpia, con las cláusulas acordadas. Mientras hablaba, yo solo podía pensar en lo bajo que había caído: estaba firmando un papel que me convertía en su juguete por tres meses.
Cuando colgó, me miró directamente a los ojos.
—Firma.
Tomé el bolígrafo con manos temblorosas. La tinta se veía borrosa por las lágrimas que me negaba a dejar caer.
Firmé.
Liam firmó después, con esa sonrisa peligrosa que me decía que acababa de perder algo mucho más grande que mi dignidad.
El contrato ya estaba firmado.
Y Liam comenzó a mover ficha de inmediato.
Se acercó, me tomó de la barbilla con firmeza y me obligó a mirarlo.
—Bienvenida a los próximos tres meses, Soto.
Mi cuerpo volvió a traicionarme. Otra oleada de humedad me empapó. Y lo peor era que, en el fondo, una parte de mí ya sabía que no iba a durar tres meses sin romperme