Esta es la historia de un amigo, que me conto hace poquito…
Que envidia… La verdad que fue increíble!!!!
Yo la pase por aca, para que todos/as puedan disfrutar esta increíble historia de sexo… muy buen sexo!!!!!
Cuando vi de reojo que los labios de mi mujer se abrían suavemente y la punta de su minúscula y bella lengua volvían a humedecerlos, una y otra vez, entendí que se había conmovido.
Algo le había acariciado el alma como no le sucedía hacía algunos años, dormida, enclaustrada, olvidada en lo más profundo de su ser, después de unos problemas serios con nuestro hijo. Un dolor que se había enquistado en ella y no la dejaba vivir en paz. Mucho menos en imaginar la forma de volver a ser esa mujer, exquisita y en la flor de su madurez.
La magia partió de la voz grave, masculina y sensual del cantante negro, cubano, que iluminó aquel pequeño y romántico salón de fiesta en nuestra noche de aniversario.
Ella siempre había vibrado de una manera especial, cuando escuchaba cantar esas sentimentales baladas, pero a partir de un tono de voz suave, ronca, ardiente, lujuriosa. También su piel se erizaba al imaginar sentirse en los brazos de un macho de color que la contenga y la hiciera descansar y soñar sobre un amplio torso de ébano. Los había dibujado y pintado por años. Los había estudiado tanto que solía enamorarse de cada obra de arte que partían de sus manos mágicas.
Los artistas, como ella y también nuestro cantante cubano, son seres especiales, con un instinto de fiera atrapada y de sentimientos escondidos en lo más profundo, aquellos que no están a flor de piel y que necesitan de inimaginables recursos para volver a renacer de las tinieblas que tantas veces llenan de sombras a las personas verdaderamente sensibles.
Esos cantantes, con oficio, pero también con alto grado de ternura, usan una técnica simple, pero efectiva para entregar su arte. Eligen los ojos de una mujer, posan los suyos sobre los labios de su presa, les cantan a ellos, se concentran en la mirada atenta o furtiva de ella y presionan sus puños y el cuello cuando sienten que la mirada ha devuelto el regalo de su voz, cálida, atrapante. La entrega de esos cantantes, efectivamente les llega de manera envolvente, a todo el cuerpo y el alma de quien los escucha.
Las estrofas de Venecia sin Ti, despertaron de golpe a mi mujer. Justamente en aquello de “…tu lejano recuerdo me viene a buscar…”. Después supe que su propio lejano recuerdo era un negro cubano que la había acompañado a conocer la isla durante algunos días, cuando fue de paseo junto a algunas amigas y parientes. Había quedado impresionada de la cultura de aquel muchacho, la calidez de su trato y esa voz ronquilla que encontró otra vez en el cantante, quien percibió a su vez, que su arte, como si fuera un mensaje, había dado en el blanco.
Mi mujer dejó caer la mano que sostenía su mentón, cuando el negro atacó con sus armas cubanas. La sorpresa la había erguido en la silla, le hizo beber un poco de agua y ahora prestaba una atención distinta esta vez. El cantante sintió que los ojos de ella se posaban, de pronto, en sus labios, en su cuerpo y detectó algún brillo en esa mirada triste y perdida de unos segundos atrás. Las armas del negro eran, obviamente, las canciones de Silvio Rodríguez, Celia Cruz, Pablo Milanés y tantos más que mi mujer admiraba, música que vivía dentro de ella, como ninguna otra, desde hacía años. Lloró y sus lágrimas no pasaron desapercibidas para ese hombre joven, pero bien de mundo.
Cuando agotó todo su repertorio cubano y algunos bien caribeños, el negro se dio cuenta que la hizo vivir de nuevo. Que él la había llevado nuevamente a esos años de ensueño a la orilla del malecón. Se había mojado en aquellos mares y soñaba con sentir esa pasión inolvidable, aun dormida en el fondo de sus entrañas.
El cubano se atrevió a acercarse a nuestra mesa para saludarnos y agradecer los aplausos sinceros que le devolvimos a cada una de sus maravillosas interpretaciones. Supo que hacía bien en descubrir esos ojos color caramelo, todavía húmedos, turbados por la emoción y ver de cerca la piel sonrojada de mi mujer…
Lo invité a sentarse y compartir una copa amistosa, lo que aceptó desplegando esa sonrisa espontánea y con suave galantería tomó una mano de mi mujer, para posar sus labios de caballero, con firmeza mirando fijo con esos ojos que se habían aferrado al cuello de ella y le habían quitado algunos segundos de respiración. De allí, en más, supimos que los tres entraríamos en un peligroso juego de seducción. El negro nos contó parte de su vida trashumante, nos hizo viajar por lugares increíbles, sus anécdotas, ciertas o no, resultaron muy agradables.
Con delicadeza logró que mi mujer le contara de su viaje a Cuba y de sus sueños por vivir en la isla y desarrollar su arte. Sintió que ella era parte de su propio mundo. La invitó a bailar y en seguida su mirada me rogó permiso. Miré a mi mujer, su excitación era evidente, apretó mi mano rogando que aceptara y aprobé su ruego con un beso en la frente, como una bendición y un inmenso deseo que su felicidad sea plena. Los vi alejarse hacia la pista rozándose los dedos con prudencia, hasta que el negro la tomó de la cintura ella se colgó de su cuello, absolutamente entregada a vivir, de nuevo.
Sus cuerpos se unieron tímidamente, al principio. Vi que el negro trató en todo momento de no importunarla alejando la verga todo lo que podía, y ella se mostraba agradecida por su cortesía y finesa, pero la música los llevó a fundirse en abrazos sólidos, comprometidos, como almas libres. Eso me gustó, los dos eran sinceros, dejaban salir de adentro todo lo bueno que podían entregarse el uno al otro. Me pareció que él le cantaba al oído, ella abría la boca con espasmos de agitación. Había sentido que el bello muchacho cubano que, por un tiempo, olvidó en la isla, regresaba a su vida con sus bríos y toda la potencia juvenil, en este momento, cuando que más lo necesitaba. Noté entonces que ella ya no huía de la verga que se le asentaba con impertinencia entre las piernas. El negro tampoco escapaba de su naturaleza de macho dominante y finalmente vi, que sus manos se deslizaban con delicadeza hacia los glúteos jóvenes y duros de mi esposa, que temblaba como una adolescente.
Era tarde y estábamos felices, despiertos, entusiasmados con los momentos de placer que vivíamos en esa noche especial, de modo que, al regresar a la mesa para tomar esa copa prometida, entendí que resultaba lo más natural invitar a nuestro amigo a beber unos tragos y escuchar música en nuestra habitación del hotel, a metros de la pista de baile.
Esta vez mi mujer giró su vista hasta el cubano de sus sueños y no demoró en preguntar: “…puedes…”. Otra vez la sonrisa única de impecable color marfil, afloró de los labios de Wilson, nuestro nuevo amigo, el primero y único que habíamos aceptado sumarse a nuestra pareja, que fue solo de dos, por muchísimos años, hasta esa noche de aniversario. Y otra vez los ojos del cubano me miraron con respeto y ansiedad, esperando mi aprobación para subir al nuevo nido de amor que prometía calmar la ansiedad de mi esposa.
Cuando llegamos a la suite, preparada con champaña y dulces exóticos, elegimos la música entre los dos, mientras mi mujer fue a ponerse más cómoda y recuperarse de tantas emociones y cambiarse la ropa de noche para elegir una preciosa solera laminada, pegada al cuerpo y sin su bellísimo conjunto de puntillas interiores, que marcaba claramente sus pezones excitados y mostraba esa espalda y cintura de modelo que siempre la mantuvo joven.
Wilson eligió un ritmo alegre que hizo reverdecer los años pasados a mi mujer. De la mano y la cintura, noté cómo la trató con dulzura en cada ocasión que giraban, porque la música envolvía el momento que hacía subir sin prisa la adrenalina. Otra vez los brazos de mi mujer se colgaron del negro para vibrar con una lambada que decididamente los encendió con un fuego que no se hizo esperar más.
Ya a esa altura de la noche, ninguno de los dos pidió permiso para fundirse en el más voraz de los besos con lengua y pasión, para luego observar cómo sus negros labios se deslizaban sobre el largo y exquisito cuello de mi mujer… Confieso que me asombré, algo me movió adentro, no tan lejano a los celos. Pero no porque ella le comiera la boca al muchacho, sino porque yo mismo hubiera querido recibir esa lengua atrapante que seducía los gruesos labios de nuestro amigo cantante. Una lengua que había olvidado ya, su sabor y su pasión-
Nuestro amigo observó que yo no estaba participando y, muy inteligente, inventó un motivo para que yo participe: estiró sus manos, me hizo acercar hasta mi mujer, para dejarme en sus brazos y seguir hasta el toilette. Me hizo señas que iba a mojarse la cara, pero en segundos volvió sin la camisa, descalzo, para seguir bailando lambada como lo hacen en la playa. Y mi mujer se sintió que estaba a la orilla del mar, de fallecía de placer, le habían desaparecido más de veinte años de su bello rostro. Wilson sabía lo que hacía, sabia jugar. Me di cuenta que no era mi momento, aunque si mi lugar, para que mi mujer se sintiera protegida y halagada. Entonces me corrí con sutileza y me ocupé de las copas con champaña para vivir de cerca la imagen de los dos entrelazados, fogosos, exaltados, perturbados, con un frenesí que los derretía.
Extenuados, se sentaron, el negro a mi izquierda, mientras mi mujer dio vueltas hacia el otro lado y se arrodilló en el sillón atrapando mi cuerpo y besándome en señal de agradecimiento por el momento que estaba viviendo. Me sentí en el cielo, que le daba felicidad al amor de mi vida. Tan sufrida, tan leal, tan mujer. Se merecía esta experiencia. Bebió un poco, el negro tragó rápido su copa y pidió una nueva. Me levanté a servirla mientras los tórtolos se besaban, ella de rodillas y él con la inmensidad de sus casi dos metros, apoyando su espalda en el amplio sillón de la sala. Cambié la música. Elegí, la que ellos necesitaban.
Mi mujer no demoró en entregarle la lengua a Wilson, que la acogió entre sus brazos como a una nena. La comió, la devoró, la disfrutó. Ella cambio su posición y se sentó en su regazo envolviendo la cabeza del negro con su finas y delicadas manos, tocándole los ojos, el pelo ensortijado, los labios, besándolos mil veces, lamiendo su cara, su cuello, entregando feliz sus pezones. Las manos del negro viajaron inevitablemente al culo de mi mujer que se le asentó en la poderosa verga, a punto de reventar el cierre del pantalón. Me apuré a bajar el tono de la música y dejar apenas una luz que no moleste el momento increíble de pasión que disfrutaba ella, mi amor.
Con las dos manos ahora en las bellas y pequeñas tetitas de mi mujer, Wilson le enseñó cómo debía besarlo y disfrutarlo. Lamió también su largo cuello de princesa, le bajó muy despacio la solera para quedar maravillado con la tersura de sus pechos jóvenes. Los amasó, se agachó a chuparlos con entusiasmo, ella volcó su cabeza hacia atrás en señal de inmensa liberación, se sentía joven y feliz, dueña de su cuerpo de su momento, de su sexo, dueña del imponente negro que tanto había ansiado que llegara a su vida. Me lo había sugerido más de una vez como un sueño eterno
Otra vez mi mujer empezó a lamer el cuello de fantasía, mordió suavemente los labios y la cara del negro, bajó la lengua hasta los pezones y se encendió más al comérselo con fruición. Lo gozó, plenamente, se deleitó y bajó aún más la lengua hasta mojarlo entero, liberó la cintura de sus pantalones apretados y buscó al monstruo con las dos manos al mismo tiempo. Debió arrodillarse para cumplir con esa labor femenina clave en la tarea que se había impuesto al sentir aquellos labios rozando sus manos unas horas antes.
Con absoluta sumisión, adoró con sus dos manos al monarca color azabache, que iba a dirigir esa noche de ensoñación. Primero tomó las dos enormes bolas, brillosas, pero su lengua fue directamente al tronco de ese prodigio de la naturaleza. Lo lamió, lo mordió, lo amó, lo pajeó con cuidado, mostró su reverencia ante el príncipe negro. Demoró todo lo que pudo, antes de llevárselo a la boca, antes de tragar esa cabeza impresionante, enrojecida de fuego. Sintió las grandes manos de Wilson en su cara, ordenándole cómo debía comerse esa belleza, dirigiendo el ritmo que el macho prefería. Lo tragó hasta el fondo de la garganta y se dio cuenta que apenas devoró un ínfimo pedazo de los 25 centímetros que medía la intimidante escultura.
La boca hacía su trabajo, los ojos llenos de lágrimas por la conmoción que estaba viviendo y las manos frotando con devoción la lujuriosa verga de Wilson, me mostraban un cuadro de irrealidad total. Me cortaba el aliento ver chupar la pija a mi mujer con la entrega y placer que jamás hubiera imaginado. Seguía con un irrefrenable deseo de participar, pero me contuve todo lo que pude para no destruir el momento, preferí maravillarme desde lejos y también de cerca.
Wilson invitó a mi mujer a trepar el sillón y acostarse sobre su cuerpo. Iniciaron un 69 de antología, una práctica que no realizábamos hacía mucho tiempo con mi mujer. Ella se sentó en esos labios negros que atraparon su sedosa vulva y su azucarado clítoris con verdadero hambre. La verga del negro otra vez buscó la boca de mi amada, que se lanzó sin miedos a insistir en trabajar la pija de modo que pudiera tragar más allá de la mitad. Fue imposible, optó con lamer, morder, chupar y mamar el magnífico ejemplar del macho.
Sentí la respiración acelerada de mi mujer. Oí el ronco bufido de Wilson al gozar de la mamada, también el rugido de mi mujer cuando la lengua del negro la hizo estremecer sin piedad. Le apretó la concha y le gustó. Me pareció que dijo algo así como …quiero más, o dame más duro, mordeme más, cómeme más fuerte. Cuando la lengua del cubano atravesó el ano, escuché claramente que mi mujer rogó. Si, si por allí dame con todo. La quiero en el culo, por favor, pidió levantando la voz, entrecortada ya por la agitación. Comeme el culo, chupamelo bien, mordeme el culo Wilson querido, rogaba.
El primer chorro de leche le pegó en los ojos, el segundo en el paladar, porque ella lo atrapó como pudo para gozar de toda la miel. Wilson empezó a acabar lo que parecían litros de leche. Ella prefirió bajarse y arrodillarse porque quería la leche en la cara, en el cuerpo, en el cuello, quería más chorros en la garganta. Y el negro se los dio. Él se arrodilló en el sillón y ella hizo lo mismo en el suelo. La imagen que me devolvía esa pija en el borde de la boca y los cuerpos lanzados a darse placer, eran imposible de explicar con palabras. La leche brotaba con la misma intensidad de segundos antes, cuando estaban acostados. La lujuria era fenomenal en el rostro de mi mujer, bañado íntegramente con el ardiente semen cubano… Tragó largos minutos ese elixir tan ansiado por ella. Lo que había soñado, lo mismo que me contaba haber imaginado cuando alguna vez tuviera la ocasión de cogerse a un negro.
Agotados, felices, conmovidos por la situación, entregados a disfrutarse sin ataduras y sin tiempo, mi mujer abrazo a Wilson, llevó su boca a los labios del negro, le dio a compartir la leche que había guardado bajo la lengua para entregársela como una ofrenda. Gozaron, lloraron, rieron, se besaron, se apretaron, se agradecieron con los ojos y con todo el cuerpo. Descansaron, ella con la cabeza entre las piernas de Wilson, adorando esa pija agotada que parecía muerta, pero estaba viva como nadie podría imaginarlo. El macho adorando a la hembra con sus manos, acariciando los ojos, los maravillosos labios que lo hicieron deleitarse durante interminables minutos, inolvidables. Calculo que el negro le mamó la concha más de media hora y que ella lo igualó con ansias de recuperar los años que no había chupado una pija como esa.
Me acerque a besarla, ella estaba demolida, con la cabeza sobre la verga y los brazos entregados sobre las piernas de Wilson. Le besé la espalda, el cuello, la cabeza, luego le chupe el culo, le mame el ano, le comí toda la leche que sobraba en los pliegues de su vagina, esparcí todo el semen sobrante, alrededor del ano se lo comi con hambre, le chupe su precioso culo aun intacto, la argolla firme, bella. Intenté girarla para verle la cara, pero me dijo:
– Tengo vergüenza…
– Por qué, amor, le dije. Fuiste feliz, yo fui feliz.
– Es que, lo gocé, lo había soñado y al final lo gocé sin culpas, pero ahora que siento que todo lo viste, te debo explicaciones y necesito que me perdones.
– De ninguna manera, amor. Esto que pasó fue fabuloso. Ahora eres otra mujer y yo otra persona. Te felicito y te admiro tu valentía de enfrentarte a este desafío que te puso la vida. Lo aprobaste, lo disfrutaste, nada debe hacerte sentir mal. Envidio tu manera de ser y de entregarte a vivencias nuevas, sanas, dichosas, que te las mereces.
– Si, es absolutamente sano lo que hiciste y lo que seguirás haciendo en el futuro, con este negro y con muchos otros, amor. Estas viviendo la vida que mereces vivir. De corazón desearía que culiaras con dos y hasta tres negros mi vida. Tratare de hacerlo cuando vayamos a ese crucero que te he prometido.
– Siento que debo pedirte perdón porque de verdad amé esta verga, nada he disfrutado en la vida, ni contigo, como me hizo sentir este monstruo al que no quisiera perder nunca. No te imaginas lo que es tener esta belleza en la boca, sentir el olor y gusto de esta pija a la que me siento atada, como veras, me resulta difícil dejarla de sentir ni un segundo.
– Entiendo mi amor, pero no tienes por qué sufrir, la tienes a la vista y casi en la boca, no debes temer perderla. La tendrás cuantas veces quieras, cariño.
– Mi vida, mi amor querido, mi cornudo divino, cuánto daría porque sientas lo mismo que yo, hasta sería capaz de pedirte que la tomes con tus labios y la tragues, te pediría que la comiéramos juntos. Estaría en el cielo.
– Si tú lo quieres, lo haré mi amor.
Me arrodillé a su lado, la abracé, la besé y tomé la verga casi erguida ya, para empezar a chuparla ante los mojados ojos de ella y el asombro de Wilson. Pese a mis años mamando pijas de todo tamaño, debo reconocer que jamás en mi vida tuve una belleza de esa envergadura en la boca.
– ¿Lo hiciste alguna vez, amor? – me preguntó ella.
– Jamás vida mía – le mentí, no quería intentarlo para evitarte alguna contrariedad de tu parte.
– Si, tampoco me hubiera gustado verte con una pija en la boca, pero ahora es distinto, la vamos a disfrutar juntos. Lo haremos juntos, como hicimos todo en la vida. Chupala, gozala, mostrame que te gusta como a mí.
– Si cariño, es bellísima y me encantaría chuparla delante tuyo para que disfrutes el momento.
Mi mujer me fue desvistiendo mientras comía ese manjar. Siempre de rodillas porque es lo más lujurioso al hacerlo, una posición de sumisión que me fascina, además de que me gusta que me vean chupar la pija. Siempre me gusto que me vean chupar la verga en los saunas, delante de varios tipos. Tragué lo que pude hasta que me dolió la garganta. La verga alcanzó finalmente su tamaño máximo por lo que me resulto muy difícil después atraparla con toda la boca. Lo logré tras un gran esfuerzo.
La boca y la garganta de mi mujer es mucho más flexible, de modo que ella sí pudo gozar toda la cabeza. Opté entonces por chupar el tronco, mientras ella se concentraba en la cabeza y con sus bellas manos envolvió las bolas para hacer el mayor placer posible a Wilson. Así, fue besándome la cara, acariciándome el pelo, los ojos, mientras yo lamía el tronco y bajaba hasta las bolas. Para luego subir chupando y encontrarme con los labios de mi mujer, totalmente encendida. Comimos el manjar con las dos bocas, una a cada lado de la inmensa verga negra, recorrimos el largo trozo desde la punta de la cabeza hasta más allá de las bolas. Le chupamos el orto a Wilson, primero ella luego yo, después con las dos lenguas juntas. Mi esposa, experta, le mordió despacio y luego más fuerte en todo el perineo. Wilson desfallecía de placer. Luego le comí ese ano morado mientras mi mujer luchaba con tragarse la mitad de la pija.
La quiero toda amor, me dijo, la quiero al fondo de la garganta, adentro de mis entrañas, la disfrutemos más tiempo. Cuanto podrá durar esto, querido. Tranquila, Wilson es un amigo ahora y entenderá que necesitamos un tiempo para gozarlo antes de que llegue el tiempo para despedirnos. Pero no quiero que se vaya jamás de nuestras vidas, amor, me dijo llorando. Tranquila, lo tendremos para siempre amor, lo gozaremos todo lo que necesites, le dije para calmar su angustia.
Seguí mamando la pija, durísima, todavía faltaba bastante para inundarnos las bocas y gargantas. Mi mujer me sacó toda la ropa y prefirió comerme mi pequeña pija, totalmente rígida, pequeña pero firme como nunca. Asi, yo mamaba la verga de Wilson, mientras me devoraban la mía, con el mismo empeño en llegar a gozar del semen espeso, caliente, esperado. Ella se había ocupado con hambre en disfrutarle la argolla negra.
Cuando sentí que nuestro fantástico negro se torcía para contener la llegada del aluvión de leche, hice subir a mi mujer hasta la cabeza de la escultura que ya anunciaba la inminente catarata sobre nuestras bocas. Alcancé a ponerle la cabeza entre los labios a mi mujer, en el momento que el primer chorro desbordó todo, la boca, la cara de ella, regó el tronco, saltó hacia mi cuello, los borbotones de leche escapaban de los labios de mi mujer para caer con fuerza sobre mi boca, la que había acercado unos centímetros abajo.
Comí todo, no deje caer casi una gota de esa miel cubana. Enseguida busque la boca de mi mujer para compartir la leche. Nos besamos, la cambiábamos entre las lenguas, la tragamos, nos chupábamos las caras, lamiamos tanto nuestras lágrimas, como los restos del manjar, mientras la simiente seguía brotando como un manantial, parecía que no caía desde el cielo, sino que brotaba desde las entrañas del cubano..
Con bastante leche en la boca, fui chupando los pechos de ella, mojándolos, embadurnándolos con ese grueso semen, de exquisito gusto. Ella vibraba, al fin, gracias a mi boca, la leche de Wilson y el calor de la increíble noche de aniversario. Ella recordó los labios del negro y enseguida ofreció regalarle unas gotas de su propia boca y trepó una vez más el majestuoso cuerpo del soberano, el monarca del lugar y de la noche, que prefirió recostarse para descansar un poco ante semejante doble acabada.
Luego de besarlo y regarle la boca con ese caramelo blanco, liquido, exquisito, mi mujer apoyo su espalda sobre el pecho de Wilson y me indicó que me ocupara de ella, como yo eligiera. Y lo hice. Con enorme devoción y de rodillas, acerqué mi boca a sus labios vaginales, a los que fui abriendo sin apuro alguno, gozando cada centímetro de ese hueco que tanto conocía y que sabia agrio, pero exquisito. La leche del negro era efectivamente amarga, pero sensual. Aplique mi técnica de chupar la concha mientras le tomo de los dos pies a mi mujer, amasándolos, masajeándolos, lo que a ella le encanta porque la relaja totalmente, mientras mi lengua recorre toda su vagina por afuera y por adentro.
Le chupe la concha a mi mujer, como cuando la conocí desde la adolescencia, y como si estuviera dando un examen, me esforcé por comérsela fuerte y profundo, hasta me pareció que le arranque algunos suspiros, lo que no conseguía hacia años.
Ella le pidió a Wilson que le hiciera la paja y con esos dedos inmensos y más largos que vi en mi vida, el negro empezó a pajearla de manera exquisita, con suavidad, Con cuatro dedos la encendió. Mas de diez minutos le hizo una paja inolvidable, la sentí acabar dos veces, hasta que ella clamó por una tregua y me dejo seguir mamándosela un rato más. Se dio vuelta, se puso de rodillas mirando a Wilson y entregándome el culo para volver a rogar al negro que otra vez la pajee hasta sacarle grititos ahogados y llantos histéricos.
– Haceme la paja amor, Wilson querido, pajeame muy fuerte. Adoro la paja y tus dedos maravillosos, haceme bien la paja., por favor
Noté que estaba muy cansada y le acerqué agua y con toda reverencia, llevé una copa de champaña a los labios de Wilson que me agradeció con sus ojos y en silencio. Todavía, con casi toda la mano negra en la concha, ella siguió rogando por la paja.
– Hacémela amor, haceme bien la paja, la necesito, hace años que no la disfruto, Pajeame con toda tu fuerza querido – le rogo a Wilson.
– Papito, chúpame el culo – me pidió. Y lo hice, puse mi boca, mi lengua y mi mayor empeño para que se sienta cogida por aquella mano y por mi lengua. Recibió esa doble ración, acabando a los gritos, llorando, agradeciendo, pidiendo más y más. Un momento soñado para mi mujer, que siempre había sufrido represiones sobre su cuerpo y mente, sin poder liberar toda su libido como lo hubiera querido desde años atrás. Ahora, en la madurez, recién alcanzaba la dicha de poder disfrutar la paja y acabar sin miedos.
– Amor, quiero que me coja bien, quiero la verga en el fondo, pedile que me culee bien por favor – me dijo mi mujer.
– Necesito ser bien culiada por la concha primero y luego se verá.
Wilson entendió los ruegos de ella, no hacía falta explicarle que estaba sin coger muy bien desde hacía dos o tres años antes de sufrir una larga enfermedad.
Él se dio cuenta de la necesidad de pija, desde el primer momento. El negro me pidió que trajera un lubricante. Pero ella intentó negarse, me dijo que quería sentir bien la pija. Wilson no estuvo de acuerdo, explicó que había notado esa concha muy seca y que no quería dañarla, no quería verla sufrir esos 25×7 que iba a comerse mi mujer.
El negro, otra vez, sabía lo que hacía. Las prudentes palabras del cubano dieron efecto y ella rápidamente entendió que era lo mejor para que se sienta bien culiada. Sin dolores ni incomodidad alguna, como pudiera sufrir por el grosor de la pija.
Luego de un corto descanso, los dos volvimos a chuparle la verga al negro, con el mismo esmero y entusiasmo ante la felicidad que nos proporcionaba esa descomunal escultura de ébano. Mi mujer mamó la pija haciendo de ello todo un arte, se la pasaba por las tetas, me pedía que chupara las bolas, le hacíamos la paja bien fuerte. Nuestras bocas viajaban ida y vuelta por todo el tronco venoso, lo mordíamos despacio para jugar, nos besábamos con la pija en el medio de las bocas. El hombre, feliz con todas las picardías de ella, incluso no se molestó por algunos deditos en ese culo violeta, bien trabajado, por cierto. Luego paso a chuparle decididamente el ano. Se lo comió. Lo disfruto, me invito a mamarle el culo al negro. No me gusto, pero vi que ella era feliz y entonces consentí. Hasta que la verga dijo, aquí estoy, déjenme hacer mi parte.
Mi mujer empezó a poner el lubricante sobre la cabeza del macho, preparándolo para la fiesta final. Yo me ocupe de embadurnar la raja hurgando con tres dedos en la humanidad de ella, para dejar esa concha bien maquillada a la búsqueda del pistón que la perfore. Mi mujer comió un poco del gel, porque adora el gusto a frutilla y chupó la cabeza llenándose la boca con el almíbar para tragar la verga una vez más y dejarla lista, brillosa, inmensa, intimidante. Y fue al ataque, ella prefirió sentarse en la pija, él la dejó elegir el lugar donde apoyar las piernas para ser penetrada. Se colgó una vez más del cuello cubano y fue por su boca a la vez que entregó la concha a esa cabeza infernal que no demoró en entrar de golpe. Pero Wilson era sabio, tras la primera embestida se frenó y dejó apenas unos centímetros adentro para que ella no sufra lo más mínimo.
La abrazó con cariño, con respeto, le besó la frente, le besó la boca, le comió la nariz, los ojos, el cuello, la apretó muy fuerte hacia su cuerpo sin empujarle la pija más adentro, al tiempo que yo seguía deslizando gel sobre ese tronco maravilloso. Así, el hombre fue sentándola despacio sobre la pija, que rápidamente atravesó toda la concha con sus 25 centímetros y fue pujando despacio hasta que ella sola pidió otra tregua.
Ya, no más. Hasta allí nomás por favor, me vas a matar, clamó. Wilson se replegó, por supuesto, dijo que no quería dañarla y cumplió. El gel empezó a hacer su buena labor y mis dedos ayudaron a que la concha se distienda bastante. Inicie una nueva paja, con cuatro dedos, asfixiante para ella, la concha ya bastante bien mojada para luego empezar a chuparle el ano a mi mujer para que se relaje. Se lo mordí un poco como me dijo alguna vez que le gustaba.
La verga fue al combate otra vez, con mucha cautela, ella tenía miedo, pero ya sentía el agujero entregado totalmente, de modo que le gritó. Ahora sí, Wilson, dámela con todo, culiame amor, cogeme bien fuerte. Quiero que me culees bien. Por ello, el negro tomó confianza y empezó a darle despacio un acompasado vaivén entrando hasta el fondo y sacándola casi totalmente a la verga para que ella sienta cuando le van entrando despacio y firmemente los 25, que gracias al grosor impresionante, parecían mucho más.
Que belleza papito, esto es vida, como me esta chuleando de bien, amor, siento la pija en la garganta. Siento que la pija me recorre todo el cuerpo, las entrañas, me rasguña el alma, quiero que me siga cogiendo fuerte querido. Decile que ahora ya puede culearme sin miedos. Pero luego de varios minutos cogiendo, ella misma pidió cambiar de lugar acomodarse de rodillas, bien comprimida levantando el culo y le rogó que otra vez le ensartara la concha. Wilson se paró, la puso sacando el culo del sillón, ella acomodó las piernas haciéndose una bolita y entregando la concha y el culo totalmente a disposición del negro.
Ahora de pie, la verga cubana empezó una nueva embestida. En segundos estuvo nuevamente adentro, con toda su envergadura, y rasgando las entrañas de mi mujer que daba alaridos de placer. No acabes por favor, cogeme una hora, no acabes te lo ruego. Entonces entendí que ella necesitaba mi verga en la boca, se la acerqué y me la comió de un solo bocado pues la mía mide la mitad del negro. La fiesta volvía a ser de a tres. Mi verga en el fondo de la garganta y la pija de Wilson también en el fondo, pero de su concha. El sueño imposible era que las cabezas de nuestras pijas se busquen, se encuentren dentro del cuerpo de mi mujer, se besen y rieguen al mismo tiempo sus rincones más oscuros y hambrientos.
Wilson fue por más, alentado por los gritos de mi mujer y los ruegos por más verga. Me indicó que llenara de gel el culo de ella, que la trabaje con los dedos, dos o tres bien profundo. Yo entendí sus propósitos, pero ella no lo espera aún. El cubano sabía lo que hacía una vez más, iba a aprovechar absolutamente lo encendida que estaba mi mujer, para atravesarle el ano. No quería esperar otro momento, pues temía que si le daba un descanso, ya no entregaría el orto. Ella me agradeció los dedos en el culo y se puso muy feliz, saltaba con felicidad sobre la pija del negro.
Había llegado la hora, mientras mi mujer quería más y rogaba que no acabara el monstruo. La quiero más grande, más larga, más gruesa clamaba. Tal era la calentura que no se daba cuenta lo que vendría en minutos más. El negro la mordió despacio en el cuello, como un semental encendido, luego la miro fijo, la besó y le dijo. Amorcito, ahora vas a ver que hare realidad todo lo que pides. Y en seguida sacó la verga de la concha, se la puso en la boca del hoyo y apretó el ano.
El susto de mi mujer fue tremendo, sentía que la desgarraban totalmente, siete centímetros de diámetro en el ano, no eran pocos. Pero cuando se dio cuenta ya tenía la mitad de la pija clavada en el orto, se asustó, lloró, pidió que no siguiera para adelante, muerta de miedo. El trató de tranquilizarla, pero a medida que crecía la verga y seguía su camino al fondo del culo, ella sumaba angustia. No, por favor, pará aquí, no la quiero adentro del culo, me vas a matar por favor, no siento las piernas, me duele todo el cuerpo, tengo mucho miedo, sacala, sacala, es muy gruesa. Lloraba.
Wilson tenía su experiencia y oficio. Sabia culiar y sabia tranquilizar a la hembra. La besó de nuevo, le sacó un poco de verga, la hizo respirar, la tranquilizó. Le dijo.
-Ya te la saco en un momento, esperemos un poco para que se agrande el ano. Ya la tengo casi toda adentro.
– No, no – bramaba mi mujer – sacala que me arde mucho, ya no la quiero por favor.
Pero el negro estaba encendido también y me pidió que le llenara la mano de gel, empezó a trabajarle la arandela del culo con suavidad, mientras le hablaba.
– Ya está querida, ya está toda adentro, no te dolerá nada en segundos, mirá cómo te lo estoy tratando bien con gel, vamos a disfrutar mucho, calmate por favor, confía en mí.
Y en seguida se la mandó toda, al fondo del culo. La desarmó, la demolió, ella quedó paralizada y sin habla, sin respirar. Pronta a caer en un largo sueño. Estaba agotada, entregada totalmente.
Cuando estaba absolutamente abrumada, casi inconsciente, Wilson me pidió que me acostara con mi verga al mango, le sacó la pija a mi mujer, la dio vueltas, la costó sobre mí, hizo que me la culiara con mi pequeña pija, abrazado a ella, casi dormida, obnubilada, la acomodó bien en mi verga, la dejó echa un bollito con el culo al aire y fue por más. Le clavó los 25 centímetros en el hoyo, de golpe, uniendo nuestras vergas, la partió en dos con su monstruo hasta que sentimos un grito desgarrador, en verdad la estaba matando. Eran más de diez centímetros de diámetro de vergas en la concha y el culo, inesperados, aunque el gel había ayudado.
Se la cogió por el culo sin piedad. Ella daba alaridos, pero Wilson confiaba en que se calmara en poco tiempo. Lo que increíblemente ocurrió en segundos. Mi mujer siguió gritando pero de felicidad.
– Si, si, ahora quiero más, las dos pijas en el culo, denme más.
Estaba totalmente enloquecida. Le tapó la boca y la cogió sin piedad más de media hora por el orto con la pija al máximo.
Es maravilloso, gritaba ella.
– Papito quiero más pija, era verdad que me iba a calmar, ya se me agrando el culo y adoro esta pija, y la tuya también papito, quiero más amor, seguime culiando Wilson amorcito mío. No te vayas nunca de nuestras vidas. Dámela bien por el orto, la necesito.
Con más gel y mucho cariño, el negro la cogió otro rato largo sin que alguien imagine que iba a acabar. Él tenía tanta leche y bien escondida como un titán. Logró lo impensado desde que nos cantara en el bar y se acercara tímidamente a nuestra mesa. Tal vez él soñaba con culiarsela, también ella soñaba con entregarle el orto, pero ninguno de los dos imaginó la forma en que iban a disfrutar esos misteriosos huecos que esperaban, insaciables, dentro de mi mujer.
Y Wilson sabia todo, ya mi mujer tenía las dos pijas adentro, pero no en las dos en un mismo agujero, de modo, que se salió otra vez, se acostó esta vez en el sillón, haciéndola sentar con el ano a mi mujer, para calzarle los 25 en el orto y dejárselo florecido a mi disposición, de modo que no demore nada en culiarle el culo con mi pija, por lo que ella volvió a disfrutar las dos vergas aunque esta vez adentro del mágico y complaciente ano, muy devorador a esa altura de la noche, le entraron los 25, además mis 15, todos en el culo, haciéndola desfallecer de placer.
Mi mujer volvió a llorar, cuando notó que la pija de Wilson empezó a bañarle las entrañas.
– Ay, papito, no lo puedo creer, me está regando toda por dentro y quiere decir que esto se acaba, que ya no me va a seguir culiando.
La angustia y las lágrimas de ella nos preocupó a los dos, que sin embargo seguíamos con las pijas dentro del orto.
– Pero amor, debes descansar, ya te culeamos durante tres horas querida. Wilson tendrá que irse de gira alguna vez. Vamos a seguir cogiendo mañana vida.
– No quiero que se vaya de nuestras vidas cielo, quiero que viajemos con él para que me siga cogiendo. Lo llevemos al crucero que siempre me prometiste para que me culearan dos negros.
Sin embargo, Wilson tenía justamente la solución que estaba esperando mi mujer. Como sabio que era, entendió con él mismo representaba para ella. Ser negro, cubano, artista, cantante, mundano, lindo, enorme, con una verga fascinante. Era muchas cosas juntas las que hacían vibrar a mi mujer. Pensó en ayudarla, acercando otro negro y cubano. Un amigo suyo que se ganaba la vida como actor porno. Tenía una verga de 28 centímetros que escupía leche blanca y gruesa. No cantaba, no era artista, pero sabia coger.
Mi mujer quedo conforme con la propuesta, aunque no sabía un detalle clave para iniciar la nueva experiencia de una maratón sexual como acostumbraba Thomas, el dueño del nuevo monstruo negro. Para él, este era un trabajo, y lo hacía en conjunto con otra negra, que a su vez era un macho. Es decir, un travesti negro, pareja de Thomas, que calzaba 28 con la pija más gruesa todavía. Un intimidante desafío para ella y para mí. Tres pijas negras, cuatro tetas, un regalo maravilloso, para mi esposa y para mí, que ansiaba sentir la pija de los negros atravesándome el ano.
Los negros llegaron. Y llegaron también muy lejos. Al fondo de las entrañas de mi hermosa mujer.