David entró en la cocina tranquilamente y su mirada se fijó de inmediato en su madre Janet.

La mujer que rayaba en unos bien conservados 40 años tenía unas caderas anchas y firmes, un trasero regordete y sin estrías aparentes y unos grandes y sensuales pechos que no se disimulaban ni con la ropa más gruesa.

Ella se encontraba agachaba sacando una cacerola del anaquel bajo. Los jeans que se había puesto le ceñían el trasero a la perfección, y podía ver la curva de sus generosos pechos desde su posición.

David sintió como su pene se endurecía en sus pantalones por esa imagen y se acercó a ella con voz baja y ronca.

—Mamá, ¿tienes un minuto? —preguntó David sin apartar la mirada de su cuerpo.

Janet se levantó y se giró para mirarlo, con una sonrisa cómplice en el rostro mientras observaba el bulto en sus pantalones.

—Claro,cariño.¿Qué necesitas?— preguntó la mujer con voz burlona.

De repente, David la agarró por la cintura y la atrajo hacia sí, apretándole el trasero con las manos haciéndo sentir su erección.

—Necesito follarte, mamá— dijo con voz áspera y desesperada.

Janet arqueó una ceja, pero no se resistió cuando él la empujó contra la encimera.

—¿De verdad?— dijo, con la respiración entrecortada mientras él frotaba su polla contra ella—¿Crees que puedes conmigo?—

David gruñó y la levantó, colocándola sobre la encimera de la cocina. De un rápido movimiento le bajó los jeans y las bragas, dejando al descubierto su culo redondo y su coño velludo.

—Sé que puedo—dijo, azotando con fuerza el trasero de su madre.

Janet gritó, pero pudo sentir que su coño ya estaba mojado.

Un instante después, David se bajó la cremallera de sus pantalones y sacó su pene, acariciándolo un par de veces antes de frotar la punta contra la húmeda entrada vaginal de su madre. En ese momento Janet dejó escapar un pequeño gemido.

—Eres un chico muy sucio— bromeó la mujer, empujando su trasero contra él.

—Una mujer frígida como tú,¿Sabe acaso que es el sexo sucio?, — diciendo eso David le volvió a azotar el trasero.

Yo te enseñaré. Ahora, cállate y toma mi polla, zorra—gruñó David, embistiéndola con fuerza. Janet gritó, aferrándose a la encimera.

David empezó a follársela, golpeando su trasero con las caderas mientras la penetraba.

—Rayos, qué apretada estás mamá —gimió David, aferrándose a sus caderas con fuerza—. ¡Qué coñito tan apretadito!—

Janet gimió, empujándose contra él, respondiendo a sus embestidas.

—¿Te gusta eso, verdad?— gimió con la voz entrecortada.—¿Te gusta follar el coño apretado de tu madre?—

David gruñó, acelerando el paso.

—Me encanta—dijo con voz tensa—Me encanta cómo se siente tu coño alrededor de mi polla—

Janet gimió cuando su hijo la penetró con lujuria animal.

—Vamos—dijo con un gemido bajo —Fóllame como si lo sintieras—

David obedeció, moviendo las caderas más rápido y con más fuerza. La cocina se llenó del sonido de sus cuerpos al chocar, sus gemidos y sus respiraciones agitadas. El aroma a sexo impregnaba el aire.

—¡Cielos! —exclamó Janet mientras su hijo la estiraba—. ¡Eres tan grande!—

—¿Más grande que papá?— preguntó David con una sonrisa burlona mientras embestía a su madre por detrás.

—¡Dios mío, sí! ¡Mucho más grande! ¡Y mucho mejor!— eso era cierto. En todos sus años de matrimonio con Pedro su esposo, él nunca la había follado así. Era tan crudo. Tan primitivo.

Janet gimió mientras David acelera el paso, embistiéndola frenéticamente una y otra vez. David sentía que su orgasmo se intensificaban y sus testículos se tensaban.

—¡Dios mío!, me voy a correr —gruñó David, agarrándola con tanta fuerza que casi le dolía—. Me voy a correr en tu coño, mamá—

Janet gimió, invadida por su propio orgasmo al oír sus palabras.

—¡Hazlo!—dijo con una súplica desesperada— Entra en mi coño, David. Lléname. Lléname. ¡Llena a tu madre!—

Con una última y poderosa embestida, David se corrió con energía, su pene palpitaba mientras derramaba su semen en ella. Janet gritó al sentir el semen de su hijo llenándola. Sabía que hoy era un día arriesgado para el sexo. Mientras el pene de David latía una y otra vez, llenándola con más y más de su ardiente semen, la mujer no pudo evitar sonreír, sabiendo que bien podría haberla dejado embarazada.

David se quedó así un momento, su cuerpo aún temblando por la fuerza del orgasmo, antes de finalmente retirarse y dar un paso atrás.

Janet se levantó y se giró para mirarlo con una sonrisa de satisfacción.

—Bueno, eso fue… intenso—dijo, subiéndose los vaqueros. Se inclinó hacia David, besando profundamente a su hijo.

Después del beso, David sonrió con suficiencia, metiendo la polla en los pantalones.

—Sí, lo fue— respondió con la voz aún ronca.—Lo repetiremos algún día—

Janet se incorporó de golpe en la cama, desorientada. Su mirada recorrió la habitación oscura. Esta no era su cocina. Su hijo no estaba a la vista. Parpadeó un par de veces al posar la vista en el despertador. Eran poco más de las cinco de la mañana. Los suaves ronquidos de Pedro, que dormía a su lado, la ayudaron a encajar las piezas al recobrar el sentido. Había estado durmiendo. Era otro de esos sueños.

Los inusuales sueños de Janet comenzaron diez noches antes, justo después de que David regresará de la universidad por las vacaciones de verano.

Ella y Pedro su esposo estaban encantados de tener a su hijo de vuelta. Lo habían aceptado en una prestigiosa universidad en Chicago, El chico era un genio indiscutible, estudiaba ciencias del comportamiento. Según David, los estudios eran un reto, incluso para él.

David también parecía emocionado de estar de regreso en México tras una larga estadía en el extranjero había traído varias historias sobre su tiempo en Chicago y como era su vida en la universidad.

La familia tenía una situación económica que muchos envidiarian lo que se traducía en una casa amplia en un elegante vecindario de la ciudad de México.

A pesar de haberle prometido a su madre que dejaría la escuela de lado y disfrutaría de las vacaciones, había traído a casa una maleta llena de papeles de experimentos en los que estaba trabajando.

Tras otra advertencia de Janet para que recordara tomarse las cosas con calma durante el verano, los tres se sentaron a cenar en familia por primera vez y unas horas después, todos se fueron a dormir.

Ahí fue cuando todo comenzó.

El sueño de Janet esa primera noche fue tan vívido que aún podía recordarlo con claridad días después.

Al principio, no había nada particularmente escabroso. Durante la primera parte de su sueño todo parecia girar en torno a colores simples y ruidos vagos que la rodeaban. Sin embargo, con el tiempo, los colores comenzaron a mezclarse y fusionarse, creando formas y sombras. Los ruidos se hicieron cada vez más definidos. Un mundo comenzó a formarse ante sus ojos.

De repente, sonidos y colores cobraron forma, y fue como si una nueva realidad se hiciera visible para Janet.

Miró a su alrededor, contemplando el bosque por el que ella y David habían estado caminando afanosamente. La luz del sol se filtraba a través de la densa vegetación, salpicando el sendero de luces y sombras. El aire estaba impregnado de un aroma a pino y algo más: un almizcle subyacente que parecía filtrarse por sus poros, un aroma primitivo que le recordó a Janet que era una mujer. Una mujer sexy y excitada.

Justo entonces, vio a su hijo de pie cerca de un arroyo aislado. Su corazón empezó a latir con fuerza. Algo en la visión de su hijo la llenó de emoción. Era tan sexy, tan perfecto, pensó. El compañero perfecto para un poco de diversión.

Sonriendo, ella se acercó a donde él la estaba esperando; el sonido del agua corriendo del arroyo era un relajante telón de fondo para los latidos de su corazón.

—¡Por fin estás aquí!—sonrió David.

—¡Claro que sí!—Janet le devolvió la sonrisa

David miró el bosque antes de volverse hacia su madre.

—Mamá, es tan increíblemente hermoso aquí— comentó David con voz grave y ronca mientras la observaba con avidez.

Janet lo miró a los ojos, con una sonrisa juguetona que le daba pistas sobre los pensamientos que ahora danzaban en su mente.

—Lo es, ¿verdad?— respondió Janet —¿Pero sabes qué es aún más hermoso?—

—¿Qué podría ser más hermoso que esto?—preguntó con una sonrisa cómplice.

Janet se acercó, presionando su cuerpo contra el de él.

—Tú—susurró, rodeándolo por la cintura, atrayéndolo hacia ella con un fuerte abrazo. David sintió los grandes pechos de su madre, apretando contra su pecho y sus caderas contra su ingle. Eso ya lo estaba excitando, su pene presionó contra sus pantalones con fuerza, acción natural que no pasó desapercibida por su madre quien empezó a frotarse suavemente contra su hijo , con un suaves gemidos escapando de sus labios.

—Joder, mamá —gruñó David, apretándole el culo con las manos, acercándola aún más—. ¿Lo sientes? Sientes lo duro que pones mi pene—

Janet se inclinó y le susurró seductoramente al oído.

—Sé lo que hago, hijo. He visto cómo me miras—Se apartó un poco, fijándose en él a los ojos.—Y me gusta—

Dicho esto, se arrodilló, con las manos ya agarrando el cinturón. David se quedó sin aliento al verla aflojarle los pantalones. Su pene palpitaba con anticipación. Ella le sacó su miembro ya brillando de pre semen en la punta. Janet lo miró con una sonrisa maliciosa.

—Eres mucho más grande que tu padre—comentó, dándole unas caricias lentas y firmes. —Hace tanto tiempo que necesito una polla de verdad—

Al instante siguiente, lo tomó en su boca, estirando los labios para acomodar su grosor. Su lengua le acarició el miembro, y la mujer dejó escapar un gemido mientras se hundía en su hijo.

—Oh, mamá —gimió David, echando la cabeza hacia atrás y enredando las manos en el pelo marrón de su madre. Janet empezó a menear la cabeza, su boca lo acariciaba con maestría, su mano agarraba la base de su miembro, retorciéndolo y acariciándolo al ritmo de sus movimientos. El sonido de sus sorbos y los ruidos húmedos y obscenos llenaban el aire, mezclándose con los sonidos naturales del bosque que los rodeaba.

Las caderas de David empezaron a moverse con firmeza, follándole la cara, mientras él respiraba entrecortadamente.

—Mamá qué bien lo haces—jadeó. —Chúpame la polla. Se te da de maravilla—

Janet se apartó, un hilo de saliva unió sus labios con su pene.

—Sabes tan rico, hijo—dijo con la voz ronca por el deseo. —Podría comerte—Dicho esto, volvió a bajar los labios hacia su miembro, dejando escapar un pequeño gemido mientras continuaba trabajando en su miembro.

—Oh, joder —gimió David unos minutos después—. Sí, mamá, estoy a punto. Creo que me voy a correr—

Janet redobló sus esfuerzos, haciéndole sexo oral a su hijo con todas sus fuerzas. David gruñó y soltó un grito mientras agarraba el cabello de su madre, atrayéndola hacia él mientras eyaculaba, descargando una impresionante descarga de semen en su ansiosa garganta.

Janet retiró lentamente sus labios de la polla de su hijo, abrió la boca y le mostró a David el semen que había capturado antes de echar la cabeza hacia atrás y tragar cada gota.

—Qué rico —dijo sonriendo mientras se ponía de pie y se arreglaba la ropa, con una sonrisa de satisfacción en el rostro—. Me gustó mucho.

—Yo también —respondió David—.

¡Qué ganas de que llegue la próxima vez!—

En el instante siguiente, la mujer se encontró despertando en la cama, acostada junto a su marido dormido, sintiéndose confundida y disgustada consigo misma.

Apenas podía mirar a David a los ojos esa mañana mientras desayunaban. ¿Cómo había podido soñar algo tan vulgar sobre su hijo?, Había tenido sueños eróticos en el pasado, y algunos incluso incluían hombres que no eran su marido.

¿Pero esto? Imaginarse de rodillas, atendiendo la enorme polla de su hijo casi le revolvía el estómago. Las madres no piensan esas cosas con sus hijos.

La noche siguiente, Janet volvió a soñar con David. Esta vez fue aún más lascivo que antes. Al principio, su sueño empezó de forma muy parecida a la noche anterior, con Janet de rodillas chupándole la polla a David. Pero en lugar de despertarse después de la mamada, Janet se inclinó sobre un tocón del sendero, enredando su falda en su cadera ella misma se bajó las bragas y le rogó a David que se la follara.

—Más fuerte—exigió Janet mientras su hijo le penetraba el coño, con un gruñido gutural.

—Dámelo más fuerte—Una y otra vez le rogó a su hijo que la follara cada vez más fuerte.

Despertó esa mañana sintiendo la humedad de su entrepierna.

Janet luchaba por comprender por qué tenía sueños así. Nunca había pensado en su hijo de una forma tan depravada y sexual. Y ni siquiera era como si David la sedujera o la obligara a tener relaciones sexuales en sus sueños. Ella era quien se le insinuaba ,casi suplicando porque él la hiciera suya. Era casi como si sus sueños fueran parte de una realidad alternativa donde ansiaba desesperadamente a su hijo. Todo le parecía tan mal, y Janet deseaba desesperadamente que lo que la hacía tener sueños tan obscenos con su hijo pasara pronto.

Pero el destino parecía tener su propia agenda.

Ya que esa noche, después de dormirse, Janet volvió a soñar ahora se encontraba sentada en una banca de su iglesia.

Era una hermosa mañana de domingo, y Janet vestía su vestido azul favorito, un vestido que solía usar los domingos como este. Hizo todo lo posible por concentrarse en el mensaje del padre, pero enseguida se encontró mirando a David, sentado a su lado en la banca.

El se veía absolutamente delicioso con su camisa abotonada y sus pantalones de vestir. Janet sintió un deseo intenso, un deseo fuerte y profundo que le dibujó una sonrisa sensual.

Miró brevemente a su esposo, quien escuchaba atentamente el sermón. Al volver a fijar la mirada en su hijo, Janet sintió que su excitación aumentaba y decidió dejar que el cosquilleo en su coño guiará su siguiente movimiento.

David intentaba escuchar el sermón cuando sintió un ligero toque en el hombro. Al mirar hacia un lado, sus ojos captaron la mirada hambrienta de su madre. Janet señaló hacia la parte trasera de la iglesia y se levantó en silencio, pasando junto a su esposo hacia el pasillo. David la siguió poco después con una ceja levantada.

La mujer abrió la puerta del pequeño baño de la iglesia tras cerciorarse de que nadie los hubiera visto o seguido le hizo una señal a su hijo junto a una sonrisa sensual.

El baño de la iglesia estaba tenuemente iluminado; el olor a azulejos viejos y jabón barato flotaba en el aire. Janet casi arrastró a su hijo dentro de la pequeña habitación y cerró la puerta con llave.

—Mamá, ¿qué estás haciendo? —preguntó David, con una mezcla de confusión y anticipación en su voz.

Janet se giró hacia él, con los ojos llenos de lujuria.

—¡Te necesito, David. Aquí y ahora!—Extendió la mano y lo agarró por la entrepierna, sintiendo que ya se endurecía bajo su tacto.

David dejó escapar un jadeo, una mezcla de sorpresa y deseo.

—Mamá, ¡estamos en la iglesia!—susurró David, pero sus protestas fueron ignoradas por los labios de su madre.

Janet lo vio en sus ojos: él también lo deseaba. El cuerpo de David empezó a responder, ya que su pene empezó a apretarse contra sus pantalones de vestir.

Janet le bajó la bragueta y metió la mano para sacar su miembro grueso y duro.

—No me importa dónde estemos. ¡Necesito tu polla!— Lo acarició con firmeza y seguridad. David se recostó contra el lavabo, respirando entrecortadamente.

—¡Joder,mamá!—gimió, sacudiendo las caderas contra su mano. Janet le sonrió a su hijo y se arrodilló. Un instante después, la mujer lo tomó en su boca. Lo chupó con fuerza, sus labios y lengua lo excitaron hasta el frenesí. David se aferró al lavabo, con los nudillos blancos, el cuerpo temblando por el esfuerzo de contenerse.

Justo antes de que Alexander pudiera venirse, Janet aminoró el paso, separándose de él y le dedicó su sonrisa más sensual. Se puso de pie y se limpió la boca con el dorso de la mano.

—Cógeme, hijo. Cógeme fuerte.—

David le sonrió a su madre. Un instante después, la giró y la empujó contra la pared. Le subió el bonito vestido y le bajó las bragas con brusquedad. Janet jadeó, arqueando la espalda mientras él le pasaba un dedo por la entrepierna mojada.

—¡Estás mojada, mamá!—gruñó, deslizándole un dedo por los húmedos pliegues de su maduro coño.

—Por favor, hijo. Solo fóllame —suplicó Janet con la voz entrecortada. David alineó su pene y la penetró con una embestida fuerte. Janet solo dejó escapar un gemido apasionado.

David la rodeó con la mano y le tapó la boca.

—¡Más te vale callarte, zorra!— le gruñó al oído mientras le daba otra embestida fuerte. —A menos que quieras que toda la congregación sepa que eres el juguete sexual de tu hijo—

Janet dejó escapar otro gemido ahogado en la mano de David mientras él empezaba a penetrarla. Una y otra vez, sus caderas se estrellaban contra su trasero, cada embestida áspera y profunda. El sonido de sus cuerpos al chocar llenaba la pequeña habitación, mezclados con sus respiraciones agitadas y gemidos ahogados. David deslizó la mano hacia abajo, tanteando los pechos de Janet a través del vestido. Con la otra mano rodeó su cintura, encontrando su clítoris y frotándolo al ritmo de sus embestidas. El cuerpo de Janet se tensó al sentir que su orgasmo se acercaba. De repente, se corrió con fuerza, sus músculos internos se tensaron a su alrededor mientras el orgasmo la recorría en oleadas.

David gruñó, sintiendo su propia liberación.

—Oh, joder, mamá—gimió. —Me voy a correr. ¡Me voy a correr dentro de ti, aquí mismo en la iglesia!—

La penetró unas cuantas veces más antes de que el placer lo llevara al límite. Con una embestida más, se hundió hasta los huevos en su madre, con la polla palpitando al correrse en su interior. Janet dejó escapar un gemido, disfrutando de la sensación de su semen llenándola.

Se quedaron así un momento, sus cuerpos apretados, sus respiraciones volviendo lentamente a la normalidad mientras las manos de David liberaron a Janet de su agarre.

Janet lo apartó con suavidad, girándose para mirarlo. Se ajustó la ropa, con una pequeña sonrisa de satisfacción en los labios.

—Qué niño tan travieso—dijo, con la voz apenas por encima de un susurro.

David sonrió, arreglándose los pantalones de nuevo.

—¡Oye, tú empezaste!—dijo con una sonrisa burlona.

Terminaron de recomponerse y salieron del baño en silencio. El sermón seguía en marcha cuando tomaron asiento. Janet miró a su marido, con el cuerpo aún hormigueando por las secuelas de su rápida y sucia follada. La atención de Pedro seguía fija en el pastor, aparentemente inconsciente de que se habían ido.

Con semen rezumando en sus bragas, Janet extendió la mano y apretó la de su hijo, entre ellos sólo quedó una silenciosa promesa de más.

En ese preciso instante, abrió los ojos de golpe, la cabeza le daba vueltas mientras intentaba comprender su entorno. Habían desaparecido las vidrieras y los bancos de madera. En su lugar estaban las cortinas y las mesitas de noche. Todo había sido un sueño. Otro sueño.

Janet sabía que debía sentirse culpable. Sabía que debía estar disgustada por la forma en que su subconsciente se comportaba con David. Sabía que debía sentirse como una madre terrible, y hasta cierto punto lo era. Pero más allá de esos sentimientos, Janet se encontró experimentando algo más. Esa mañana, mientras yacía junto a su esposo dormido, Janet se sentía excitada. Absoluta, insondable, imposiblemente excitada.

En cierto modo, tenía mucho sentido. Durante las últimas tres noches, Janet había tenido los sueños sexuales más intensos de su vida. Su vida sexual con Pedro estaba bastante estancada últimamente, y hacía semanas que no tenían sexo.

Pasar de un lugar donde el sexo apenas formaba parte de su vocabulario a verse actuando como una sucia zorra durante tres noches seguidas sin duda tendría ese efecto en una mujer. En el fondo, seguía siendo un ser sexual. Quizás por eso tenía esos sueños. Quizás eso era lo que su cuerpo intentaba decirle, que aún necesitaba sexo. Al mirar a Pedro dormido, una sonrisa se dibujó en sus labios. Sí, aún necesitaba sexo, y sabía exactamente dónde encontrarlo.

Unos minutos después, Janet jadeaba y gemía bajo los embates de su marido mientras este la penetraba profundamente una y otra vez. Pedro se sorprendió con su propuesta, pero estaba más que feliz de complacerla. El sexo fue bastante bueno, pero incluso mientras gritaba de placer, Janet no pudo evitar admitir que simplemente no se comparaba con el sexo de sus sueños. Suplicó por más, instando a su esposo a que la follara cada vez más fuerte.

Él hizo todo lo posible por complacerla, pero el resultado fue que terminó corriéndose menos de 30 segundos después, antes de que Janet tuviera la oportunidad de correrse. Estaba un poco decepcionada, pero aun así le dedicó a Pedro su mejor sonrisa y le agradeció por haber empezado el día tan bien.

A medida que avanzaba la semana, también lo hacían los sueños sexuales de Janet. Cada noche, al cerrar los ojos, allí estaba David, listo para follársela hasta dejarla sin sentido en un escenario nuevo y divertido.

Una noche, madre e hijo recorrían una carretera oscura de noche cuando Janet decidió que era hora de parar en un oscuro lugar de la carretera y tener sexo en el asiento trasero como si fueran un par de lujuriosos adolescentes.

Otra noche, estaba rellenando el pavo de Navidad cuando David entró y empezó a llenarle el coño.

Y luego estuvo la noche en que ella y David fueron a nadar al mismo lago donde él aprendió a nadar y ella le rogó que le llenara el coño mojado allí mismo.

Cada noche, los sueños se intensificaban. Cada mañana, su excitación seguía el mismo patrón. Durante los primeros días, intentó satisfacer sus deseos lascivos con su esposo, pero cada vez que tenían sexo, terminaba igual. Pedro se corría y ella se frustraba. Finalmente, desistió de intentar correrse con su marido y recurrió a masturbarse en la ducha o en la cama después de que su esposo se fuera a trabajar.

Conseguir un buen orgasmo sin duda la ayudó, pero Janet seguía deseando los orgasmos desmesurados, estridentes y excitantes que le ofrecían sus sueños.

Otra cosa que Janet había notado era que sus sentimientos sobre acostarse con su hijo estaban cambiando.

La primera noche, sintió un asco y una repulsión absolutos por soñar con su hijo de forma tan sexual. Para la cuarta o quinta noche de sueños, la culpa de Janet prácticamente había desaparecido.

Para la octava noche, incluso sus sueños empezaban a alimentar sus fantasías diurnas. Mientras se duchaba esa mañana, no pudo evitar imaginar su último sueño, donde invitó a David a ducharse con ella y terminaron follando bajo la regadera.

Decidió tras su novena noche follándose a David en sueños que tendría sentido si de verdad se lo follaba en la vida real. Al fin y al cabo, era un joven fuerte y sexy, y Janet no recordaba la última vez que había tenido sexo que realmente disfrutara.

Había visto el bulto de su hijo varias veces durante la última semana. Estaba segura de que su pene sería más grande qué el de su marido, y un joven como David sería mucho más duro y tendría mucha más estamina. Si alguna vez quería que la follaran bien duro como se merecía, probablemente tendría que conseguirlo de un joven como su hijo.

Entonces llegó su décima noche de sueños. Incluso antes de dormirse, Janet estaba hecha un desastre.

Mientras le daba un beso de buenas noches a su esposo antes de meterse entre las sábanas a su lado, le costó un gran esfuerzo no saltar encima de él y dejarse llevar por su deseo sexual.

Al final, sin embargo, se dio cuenta de que el sexo con su esposo no tenía sentido. Simplemente terminaría como siempre. Él estaría roncando mientras ella se quedaba insatisfecha y desesperada por más.

Al final, se arropó y cerró los ojos, permaneciendo allí hasta que por fin logró dormirse.

Mientras miraba su despertador esa mañana, Janet no pudo evitar revivir su sueño una y otra vez. Había sido tan caliente. David había sido tan perfecto, follándola en esa misma cama con su esposo aún lado como la zorra que sabía que era. Casi podía sentir su polla dentro de ella. Era tan grande, tan satisfactoria. Este era el tipo de sexo que quería tener. Este era el tipo de sexo que se merecía. Cuando miró una vez más a su marido dormido, no pudo evitar poner los ojos en blanco. Pedro nunca podría follarla así. Pedro nunca podría hacer que sus piernas temblaran mientras la embestía con desenfreno. Pedro siempre quiso hacer el amor; lo que Janet necesitaba era que la follaran.

Necesitaba a alguien que la tratara como un juguete sexual. Alguien que le llenara el coño y la hiciera gritar.

Alguien que pudiera follar como un animal salvaje y dejarla como a una muñeca de trapo.

Alguien como David.

Quizás David podría follársela como ella necesitaba. Quizás de eso se trataban sus sueños. Quizás su subconsciente intentaba mostrarle lo que necesitaba desde el principio. Necesitaba más que solo sexo. Necesitaba a alguien que no tuviera miedo de tratarla como una zorra y bombear su semen hasta el fondo de ella. Necesitaba a su hijo.

Janet sonrió mientras un plan se formaba en su mente. Saliendo de la cama, se dirigió sigilosamente hacia la puerta del dormitorio, con sumó cuidado de no despertar a su marido.

Lentamente, abrió la puerta, se deslizó al pasillo y se dirigió sigilosamente hacia la habitación de su hijo. El corazón le latía con fuerza. La sangre le hervía en las venas. Esto no era un sueño. De verdad iba a hacerlo. De verdad iba a follar con su hijo.

Janet giró el pomo y empujó la puerta mientras entraba en la habitación de su hijo. Tras cerrar la puerta, se dio la vuelta, casi gritando al ver a David despierto en su cama, completamente desnudo, apoyado en un codo y con una sonrisa burlona.

—Bueno, hola, madre —dijo con voz grave—. ¿Qué te trae por mi habitación?—

El corazón de Janet latía con fuerza y su respiración era agitada. Sus ojos recorrieron el cuerpo desnudo de Alexander. Era idéntico a como lo había imaginado en sueños, hasta con su enorme erección. La mujer tragó saliva. Había llegado el momento. No había vuelta atrás.

—Te necesito, hijo —dijo con la voz ronca por el deseo—. Te necesito muchísimo—

—¿En serio?—preguntó David, con la mirada fija en los pechos de su madre, cuyos pezones se apretaron con orgullo contra su fino camisón. —Dime, mamá, ¿qué necesitas que haga exactamente?—

Jennifer respiró hondo y dio un paso al frente.

—Necesito que me folles. Necesito que me tomes, que me hagas tuya. ¡Por favor, hijo!— dijo Janet con una voz que destilaba deseo puro en cada palabra.

—Será un placer, mamá—La sonrisa burlona de David se convirtió en una amplia sonrisa, y palmeó la cama a su lado. Janet se quitó el camisón, dejándolo caer a sus pies. La mirada de su hijo recorrió su cuerpo, observando cada curva y línea.

—Joder, estás buenísima— murmuró, mientras su mano ya se dirigía a su erección, acariciándola lentamente.—No sabes cuánto tiempo he deseado esto—

Janet se subió a la cama, apretándose contra el cuerpo de su hijo. Sentía su erección contra el muslo, y un escalofrío de anticipación le recorrió la espalda.

—Yo también quiero esto—le susurró al oído, rozando su lóbulo con los dientes. —Quiero que me uses. Quiero que me folles como a un animal. Quiero que me tomes como si fuera tu puta personal—

David gruñó cuando su madre acercó sus labios a los suyos, acentuando sus palabras con un beso intenso y profundo. Un instante después, sus manos la agarraron por las caderas, clavando los dedos en su suave piel. La giró bruscamente sobre su espalda, provocando un pequeño gemido de la mujer cuando su cuerpo cubrió el de ella.

—Si quieres que te use como una guarra sucia—dijo con un gruñido bajo—¡prepárate para que te folle más fuerte que nunca!—

David alineó su pene en su entrada y embistió hacia adelante, llenándola por completo hasta llegar al fondo. Janet jadeó, clavándole las uñas en la espalda. Sin dudarlo, él se apartó y embistió de nuevo, embistiendo con fuerza contra su madre. Una y otra vez, la llenó con su pene, bombeando más fuerte y rápido.

Janet gimió, animándolo.

—¡Más fuerte, hijo!— jadeó.—¡Fóllame más fuerte!—

Mientras él la penetraba una y otra vez, jadeaba y gemía, sintiéndose más viva que nunca. Sus sueños se hacían realidad. Todos. La polla de David la llenaba. Su hijo la estaba follando.

—¿Te gusta esto?—gruñó David mientras penetraba salvajemente a la mujer—¿Te gusta follar con tu propio hijo, como una zorra sucia?—Se movía a un ritmo feroz, su cuerpo chocando contra el de ella. La cama crujió y gimió bajo ellos, una sinfonía de su sexo crudo y primario.

—Siiiiiii—gritó Janet, completamente abrumada por las sensaciones eróticas. La carne rozando, el olor a sexo. Los gemidos y gemidos. Todo era simplemente perfecto. Janet sentía el placer crecer dentro de su cuerpo, su respiración entrecortada.

—¿Y papá?— dijo el hombre con sorna y perversión—¿Te gusta más follar conmigo que con él?—

—¡Joder, sí! —gimió Janet—. Eres mucho mejor que él. Por favor, no pares, hijo —suplicó con voz desesperada—. Me estoy acercando—

David gruñó, su cuerpo se movió más rápido.

—Hazlo. Córrete para mí, mamá—jadeó—Déjame sentir cómo te corres por mi polla—

Con un grito, el cuerpo de Janet se convulsionó, el orgasmo la desgarró, dejándola sin aliento y temblando. Su coño se estremeció, agarrando el miembro de su hijo, llevándolo más cerca de su propio orgasmo. David gruñó con fuerza, embistiendo con fuerza a Janet una última vez al eyacular, su polla palpitando mientras una descarga tras otra de semen llenaba el coño de su madre.

Se desplomaron en la cama, con el cuerpo cubierto de sudor y la respiración entrecortada. Janet se giró hacia David con una sonrisa de satisfacción en los labios.

—Era justo lo que necesitaba—jadeó. Inclinándose hacia adelante, sus labios encontraron los de él. Sus lenguas bailaron y sus manos recorrieron sus cuerpos, creando expectación por otra ronda. Janet sabía que estaba justo donde pertenecía, en los brazos del hombre de sus sueños.

Epílogo….

David se encontraba en el pequeño apartamento que rentaba en Chicago en su escritorio había una extraña máquina que parecía una mezcla entre una laptop, un módem de internet y un pequeño disco satelital.

La había nombrado “máquina de sueños”

En un principio el sistema solo debía provocar un sueño profundo y ayudar con el insomnio.

Pero descubrió que podía generar sueños vívidos a partir de los recuerdos de las personas, lo inesperado fue que éstos también se podían volver ardientes fantasías sexuales que podrían afectar la psique del individuo.

Él había visto cómo en menos de siete días su frígida y mojigata madre se había convertido en la ardiente puta con la que pudo divertirse durante todos los días de sus vacaciones de verano sin restricción alguna.

Ahora nuevamente en Chicago sonreía frente a la pantalla de su laptop mientras veía las redes sociales de su familia, sus padres habían publicado una fotografía su padre al lado de su madre ya con un amplió abdomen sosteniendo juntos una imagen de ecografía anunciando que sería una niña y que preparaban un gran evento para su nacimiento.

Su padre le había enviado un email diciendo que esperaban que se pudiera tomar un tiempo y asistiera al bautizo.

David tomó su celular y abrió una fotografía que su madre le había enviado.

Ella en una exótica lencería mostrando su hinchado vientre debido a su avanzado embarazo.

David solo podía sonreír.

Fin…