Capítulo 8
- La puta creyente I
- La puta creyente II
- La puta creyente III
- La puta creyente IV
- La puta creyente V
- La puta creyente VI
- La puta creyente VII
- La puta creyente VIII – Final
Años después, el pueblo ya no era solo un lugar; era un imperio silencioso de la gracia. Más de 200 devotas formaban el núcleo del credo, con miles de “criaturas de la luz” nacidas y criando a la siguiente generación. La universidad del pueblo tenía una carrera de “Estudios Teológicos de la Fertilidad” (disfrazada como teología comunitaria), donde Luz ahora daba clases como profesora adjunta, enseñando a las nuevas alumnas los “principios de la unión divina” sin decirlo explícitamente.
Sofía, a sus 45 años, había tenido 14 hijos de la luz. Su cuerpo era un monumento: tetas caídas pero enormes y siempre goteando, caderas anchas como altar, culo aún tembloroso cuando Daniel la follaba en ceremonias privadas. Luz, a sus 28, ya llevaba 7 embarazos propios, su vientre casi siempre redondo, tetas llenas como las de su madre.
Una noche de luna llena, en la ceremonia anual de “Renovación de la Luz”, el templo principal estaba lleno. Más de 100 devotas preñadas o lactantes, desnudas, arrodilladas en círculos concéntricos. En el centro, sobre un altar elevado cubierto de pétalos y velas, Sofía y Luz yacían juntas: madre e hija, ambas en el último mes de embarazo (Sofía con su décimoquinto, Luz con su octavo).
Daniel, ahora con canas en las sienes pero verga tan dura y gruesa como siempre, subió al altar. Las devotas cantaban un salmo bajo y erótico: “Leche sagrada, desciende sobre nosotras…”.
Primero folló a Sofía: la penetró por el coño preñado, profundo hasta el cervix, haciendo que su pancita temblara y sus tetas salpicaran leche con cada golpe. Luego a Luz: la misma verga entrando en su coño hinchado, tocando el fondo donde ya crecía otra criatura. Alternaba entre madre e hija, follándolas en coño, ano y boca, mientras las demás se masturbaban y se lamían entre sí en un mar de cuerpos temblorosos.
Al final, Daniel se corrió simultáneamente en ambas: un chorro final en el útero de Sofía, otro en el de Luz. Las dos gritaron al unísono: “¡Amén! ¡La luz eterna!”. Sus cuerpos convulsionaron en orgasmos finales, leche materna salpicando, semen goteando, pancitas contrayéndose en éxtasis.
Las devotas se acercaron, lamiendo, besando, untando la mezcla sagrada por sus cuerpos. El credo era eterno. El pueblo entero vivía bajo su sombra invisible. Madres, hijas, nietas… todas destinadas a recibir la leche sagrada, a parir criaturas de la luz, a casarse con tapaderas y a volver al templo para siempre.
Daniel miró al horizonte desde el altar, verga aún goteando, y sonrió. La gracia había ganado. El rebaño era infinito.
Fin.
Epílogo Final: La Luz Eterna
Décadas después, el pueblo ya no tenía nombre oficial en los mapas antiguos; todos lo llamaban simplemente “La Luz” o “El Pueblo de la Gracia”. Lo que empezó como un secreto en una casa humilde se había convertido en una metrópoli devota de cientos de miles de habitantes, con barrios enteros construidos alrededor del complejo del templo original —ahora un vasto santuario de mármol blanco, torres altas, jardines infinitos y salas subterráneas donde las ceremonias nunca paraban.
Daniel, el Pastor Original, ya pasaba los setenta. Su cuerpo seguía fuerte gracias a una vida de “bendiciones” constantes, pero el fuego en su verga ya no ardía con la misma furia diaria de antes. Seguía recibiendo a las devotas más jóvenes —las nietas de la luz—, pero ahora con calma, como un rey que observa su reino en lugar de conquistarlo con cada embestida.
Las nietas llegaban a los 18 años exactos, vírgenes, educadas desde pequeñas en la fe verdadera. Sofía, ya abuela venerable de 60 y tantos, las llevaba de la mano al altar privado. Luz, ahora en sus 40s, con su décimo embarazo reciente y tetas aún llenas de leche eterna, las preparaba con besos y lamidas suaves antes de presentarlas.
Daniel las recibía en su trono alto de ébano y oro, desnudo, verga gruesa aunque ya no tan rígida como antaño, pero aún capaz de llenar úteros con chorros potentes. Las nietas —de pieles variadas, tetas firmes heredadas de sus madres y abuelas, culos redondos y coños rosados intactos— se arrodillaban temblando.
—Abuela Sofía, tía Luz… ¿es verdad que el Pastor me dará la luz eterna? —preguntaban con voz infantil y excitada.
Sofía sonreía, acariciando la pancita propia mientras respondía:
—Hija, él te abrirá como nos abrió a nosotras. Y después… vendrán más pastores.
Daniel las follaba con lentitud ritual: primero la boca, enseñándoles a tragar hasta el fondo; luego el coño virgen, rompiendo el himen mientras ellas gritaban “¡Me eleva!”; luego el ano, estirándolo con cuidado hasta que sus nalgas temblaban y se corrían en oleadas. Al final, se vaciaba dentro de sus úteros jóvenes, dejando que el semen espeso se asentara como semilla divina. Muchas quedaban preñadas en la primera sesión. Otras volvían al día siguiente, adictas ya.
Pero Daniel sentía el peso de los años. Una noche, después de bendecir a tres nietas seguidas (todas en cuatro, culos en pompa, tetas rebotando mientras él alternaba agujeros), se sentó en su trono alto y convocó a los varones mayores.
Los “Hijos de la Luz” —los varones nacidos de las devotas— ya eran decenas. Altos, fuertes, con la misma verga gruesa y venosa de su padre original, criados en la fe desde la cuna. Algunos ya tenían 30, 35 años; otros apenas 20. Todos sabían su destino: no eran solo para cuidar niños o trabajar en el pueblo. Eran los nuevos pastores.
Daniel les habló desde lo alto del trono, con voz ronca pero autoritaria:
—Hijos míos… yo di la primera luz. Ahora ustedes la extenderán. Cada uno tomará un grupo de devotas: primeras, segundas y terceras generaciones. Folladlas con la misma gracia que yo os di. Llenad sus úteros, sus anos, sus bocas. Que la leche sagrada nunca se detenga. Yo vigilaré desde aquí.
Y así empezó la nueva era.
En las ceremonias colectivas —ahora diarias en el gran salón central—, Daniel se sentaba en su trono elevado, rodeado de cojines, con Sofía y Luz a sus pies lamiéndole la verga despacio mientras observaba el espectáculo.
Abajo, en el mar de cuerpos desnudos, los Hijos de la Luz actuaban.
Uno tomaba a Sofía (aún fértil a su edad avanzada) y la follaba en el altar central: verga entrando profundo en su coño maduro, tetas pesadas salpicando leche con cada golpe, pancita temblando aunque ya no estuviera preñada. Otro se llevaba a Luz: la ponía en cuatro, alternando coño y ano, sus nalgas redondas temblando violentamente mientras gritaba “¡Hijo de la luz, lléname como tu padre!”.
Luego venían las segundas y terceras generaciones: hijas de Clara, nietas de Ana, bisnietas de Valeria… todas arrodilladas en filas, bocas abiertas recibiendo vergas gruesas, tetas rebotando mientras eran folladas de pie, en el suelo, sobre bancos. Los Hijos de la Luz las penetraban sin descanso: coños chorreantes, anos estirados, gargantas profundas. Chorros de semen cubrían caras, tetas, pancitas incipientes. Las devotas se corrían en cadena, gritando salmos obscenos: “¡Leche eterna, desciende! ¡Fecunda mi alma!”.
Daniel, desde su trono, a veces bajaba a bendecir a una nieta especial —la más parecida a Sofía joven—, follándola despacio mientras los demás lo miraban con reverencia. Pero la mayoría del tiempo observaba, acariciado por Sofía y Luz, su verga semierecta goteando mientras veía cómo su legado se multiplicaba.
El credo creció sin límites. La voz se pasó por internet discreto, por foros ocultos, por recomendaciones de boca en boca entre mujeres devotas de otros países. Llegaban extranjeras: europeas rubias con tetas grandes, asiáticas de culos firmes, africanas de piel oscura y curvas exuberantes. Todas se convertían, se casaban con “esposos tapadera” del pueblo, parían criaturas de la luz y se quedaban para siempre.
El pueblo se expandió hasta convertirse en una ciudad entera. Calles llenas de niños de ojos grandes y pelo oscuro, escuelas donde se enseñaba “teología de la fertilidad”, clínicas de fertilidad que en secreto eran centros de bendición. El gobierno federal ya no preguntaba; los programas sociales seguían fluyendo, los subsidios por natalidad eran récord mundiales. “La Luz” era un milagro demográfico, un lugar donde las familias eran “excepcionalmente prósperas y unidas”.
Y en el corazón de todo, el templo.
Cada generación nueva llegaba a los 18: bisnietas, tataranietas… vírgenes educadas en la fe, tetas firmes, coños intactos, listas para arrodillarse ante los nuevos pastores —sus propios tíos, primos, hermanos de la luz—. Las follaban en grupo: una devota en el centro, cuatro o cinco vergas alternando agujeros, semen goteando por todos lados, orgasmos en cadena que hacían temblar el suelo.
Daniel, ya anciano pero eterno en su trono, veía todo con una sonrisa satisfecha. Sofía y Luz, ahora abuelas y bisabuelas, seguían a su lado: tetas caídas pero aún sensibles, coños arrugados pero siempre húmedos, listas para recibir una última bendición cuando él lo pedía.
Una noche, después de una ceremonia masiva donde más de cien Hijos de la Luz habían fecundado a trescientas devotas en un solo salón, Daniel cerró los ojos. Su verga, por última vez, se vació en la boca de una tataranieta de 18 años que se parecía exactamente a Sofía el primer día. Chorros débiles pero sagrados cayeron en su lengua.
—Mi luz… se extiende —susurró.
Murió esa misma noche, en su trono, rodeado de cuerpos desnudos y temblorosos, semen aún goteando de su verga.
Pero la luz no se apagó.
Los Hijos de la Luz tomaron el mando. El credo se volvió religión viva, secreta pero omnipresente. El pueblo —ahora una ciudad-estado devota— siguió creciendo. Las generaciones se multiplicaban: madres, hijas, nietas, bisnietas… todas recibiendo verga, pariendo, casándose, volviendo al templo.
Y así, la historia de Daniel se convirtió en leyenda.
En los libros ocultos se decía que un hombre trajo la gracia al mundo a través de su leche sagrada. Que una mujer devota abrió las piernas y dio origen a un linaje eterno. Que madre e hija, abuela y nieta, se entregaron juntas al altar y la luz nunca se extinguió.
En las noches de luna llena, cuando las ceremonias alcanzaban su clímax, las devotas más antiguas contaban la historia en voz baja mientras sus cuerpos eran follados por los nuevos pastores:
—Todo empezó con Sofía… que abrió las piernas por fe. Y la luz se extendió… y se extenderá… por siempre.
Amén.
Fin eterno.