Capítulo 5
El credo de la Leche Sagrada ya tenía 8 devotas fieles. Las primeras cuatro (Sofía, Clara, Ana y Valeria) habían reclutado a las siguientes con susurros en el coro, en las novenas y en las reuniones de catequesis: cuatro más, todas entre 19 y 22 años, todas las más recatadas y devotas del pueblo, con cruces grandes, rosarios enredados en los dedos y dudas que Daniel disipaba una por una con su «enseñanza divina».
El local ya no era solo un salón; era un templo secreto. Daniel había comprado unas alfombras gruesas, cojines grandes para arrodillarse, un altar elevado con velas y una cruz invertida discretamente cubierta por un paño blanco (para que pareciera normal si alguien entraba por error). El aire olía a incienso mezclado con el aroma almizclado de sexo y sudor.
Cada «hora de la religión» empezaba con el diezmo. Las ocho llegaban vestidas de forma modesta, pero debajo ya sabían que se quedarían desnudas. Se arrodillaban en fila ante el pastor, que esperaba sentado en una silla alta como un trono, piernas abiertas, verga gruesa ya medio dura descansando sobre su muslo.
—Hermanas, den su diezmo con gracia y alegría —decía él con voz solemne—. El local de su pastor necesita mantenerse. Su leche sagrada no cae del cielo; se cultiva con obediencia y generosidad.
Una por una, se acercaban gateando, tetas balanceándose (las de Ana y Sofía ya pesadas y llenas; las de las nuevas más firmes y juveniles). Sacaban el dinero del sostén o de la liga de la media: billetes doblados, monedas, a veces joyitas pequeñas que dejaban en una bandeja de plata al lado de él. Mientras lo hacían, besaban la punta de su verga como saludo sagrado, lamiendo el precum que ya brillaba allí.
—Gracias por su ofrenda, hijas —gemía Daniel—. Ahora, atiendan a su pastor.
Las ocho se turnaban para chuparle el miembro: bocas calientes y húmedas turnándose, lenguas recorriendo venas gruesas, succionando bolas pesadas, tragando hasta la garganta. Algunas ya expertas (Sofía y Clara) lo deepthroateaban hasta que lágrimas corrían; las nuevas aprendían mirando, practicando con dedos o con las tetas de sus hermanas. El sonido era obsceno: slurps, gemidos, saliva goteando por barbillas.
Después venía el sermón principal. Ese día, con el vientre de Sofía ya notablemente redondo (seis meses de embarazo), Daniel la eligió para la demostración central.
La ayudó a subir al altar. Sofía se tumbó boca arriba, piernas abiertas, pancita alta y firme, tetas hinchadas y pesadas desbordando a los lados, pezones oscuros y grandes ya goteando gotitas de calostro. Su coño estaba más hinchado, labios gruesos y rosados, siempre mojado por las hormonas.
—Miren, hermanas —empezó Daniel mientras se posicionaba entre sus muslos—. La leche sagrada no solo purifica; fecunda. Sofía lleva ya la primera criatura de la luz en su vientre. Su pancita crece con gracia divina. Y aun así, sigue recibiendo la bendición… porque el pastor nunca abandona a sus ovejas.
Metió la verga despacio en su coño preñado. Sofía soltó un gemido largo y dulce, manos sobre su barriga. Daniel empujó profundo, sintiendo cómo el cervix ya más bajo y sensible se abría para él. Cada embestida hacía que su pancita temblara ligeramente, tetas rebotando pesadas y ondulantes, pezones trazando círculos. Las demás devotas miraban arrodilladas, dedos entre sus piernas, masturbándose mientras aprendían.
—Siente cómo mi verga llega al fondo, tocando donde ya crece mi gracia —gruñó él—. Tu cuerpo lo sabe: necesita más leche sagrada para nutrir al pequeño.
Sofía se corrió rápido, ano contrayéndose en vacío, coño apretando la verga mientras chorros calientes salpicaban sus muslos. Daniel siguió follándola, alternando: salió del coño y empujó en su ano (aún apretado pese al embarazo), nalgas temblando suaves y redondas con cada golpe. Luego volvió al coño, luego a la boca. La folló en los tres agujeros mientras las demás rezaban en voz baja: «Leche sagrada, llénanos…».
Al final, se corrió dentro de su coño preñado, chorros espesos llenando su útero ya ocupado. Sofía jadeó: «Gracias, pastor… la criatura de la luz siente tu bendición».
Clara ya estaba en el mismo camino: cuatro meses de embarazo, pancita más pequeña pero tetitas más llenas, pezones siempre erectos. Ella también seguía llegando, diezmo en mano, recibiendo la verga en todos sus orificios mientras su barriguita crecía.
El pastor les enseñaba el siguiente paso del camino: «Cuando dejen de tener el sangrado de santas (la menstruación), enamoren a un joven inexperto del pueblo. Un chico tímido, virgen o casi, que crea en el matrimonio tradicional. Cásense con él como es debido, en la iglesia, con velo blanco y todo. Así el niño nacerá legítimo ante los ojos del mundo. Pero sigan viniendo aquí. Sigan pagando su diezmo. Sigan recibiendo la leche sagrada. Su esposo cuidará al pequeño mientras ustedes se entregan al rebaño».
Y así fue pasando el tiempo.
Nació la primera criatura de la luz: una niña preciosa, de ojos grandes y pelo oscuro como el de Sofía. El «papá oficial» (el novio tímido que Sofía había enamorado y con quien se casó en una ceremonia sencilla) la acunaba orgulloso, sin sospechar nada. Él trabajaba todo el día, cuidaba a la bebé por las noches, mientras Sofía «iba a rezar» al local tres veces por semana.
Sofía seguía llegando, ahora con pancita de nuevo: embarazada del segundo hijo de la gracia. Su cuerpo había cambiado: tetas aún más grandes y pesadas, goteando leche prematura, caderas más anchas, culo más redondo y tembloroso. Daniel la follaba con cuidado pero con ganas, siempre profundo, siempre en los tres agujeros, mientras las demás aprendían cómo recibir la verga preñada sin dañar la «criatura de la luz».
Clara dio a luz poco después: un varoncito. Su esposo (otro joven inexperto que ella había seducido con dulzura y rezos compartidos) también cuidaba al bebé. Clara volvía al templo con tetas llenas de leche, que Daniel chupaba mientras la follaba por detrás, pancita ya plana pero coño más sensible y apretado.
Las ocho devotas seguían el ciclo: diezmo alegre, atención oral al pastor, sermones con demostraciones en vivo, embarazos «oficiales» con maridos tapadera, partos, y regreso al rebaño para más leche sagrada. El local se mantenía gracias a sus ofrendas, y Daniel sonreía desde su trono, verga siempre lista, viendo cómo su «iglesia» crecía con pancitas redondas, tetas goteando y culos temblando en devoción eterna.
El rebaño se expandía. Pronto llegarían más devotas con dudas… y más criaturas de la luz nacerían bajo el mismo secreto.