Fue en una aplicación para adultos donde los encontré. Yo no buscaba nada convencional. Ya había tenido relaciones, incluso aventuras, pero aquella fantasía —la de ser el tercero— venía rondándome desde hacía años. Y no como simple espectador. Quería formar parte del juego. Estar en medio. Entregarme sin defensas.

Sus nombres eran Kateryna y Olek. Ucranianos, viviendo en España desde hacía tiempo. Su perfil me llamó la atención desde el primer instante: elegante, sobrio, sin mostrar demasiado, pero dejando claro lo que buscaban. Ella tenía una sonrisa peligrosa. Él, esa mirada calmada de quien no necesita impresionar a nadie.

Charlamos varias veces. Al principio, con cautela; después, con una complicidad que creció rápido. No hacían preguntas incómodas, ni iban con prisas. Había algo en su forma de hablar —una mezcla de seguridad y respeto— que me dio confianza. Me propusieron vernos en Valencia. Hotel reservado, vino frío, y la idea clara: si todo fluía, pasaría lo que tenía que pasar.

Cuando llegué al hotel, la habitación 204 estaba a media luz. Toqué la puerta con el corazón latiéndome en la garganta.

Olek abrió. Me recibió con una sonrisa tranquila, como si yo ya fuera parte del lugar. Kateryna estaba sentada en el borde de la cama, con una bata corta que dejaba escapar apenas un destello de piel. No dijeron mucho al principio. Ni hacía falta.

Nos sentamos, brindamos con vino blanco, y hablamos de todo y de nada. Risas suaves, miradas largas, silencios que decían más que cualquier frase. El ambiente era denso, no por incómodo, sino porque el deseo flotaba en cada gesto.

En un momento, Olek se levantó, tomó las llaves del buró y, sin apurarse, dijo con ese acento suave que a mí ya me sonaba familiar:

—Voy a dar una vuelta por el hotel mientras ustedes se preparan… No tarden.

Y salió.

La puerta se cerró, y el silencio que quedó no fue incómodo, fue eléctrico.

Me quedé de pie, sintiendo cómo me temblaban un poco las manos, aunque por fuera fingía calma. Kateryna se levantó, caminó hacia mí sin romper el contacto visual y se detuvo tan cerca que pude sentir su respiración en mi cuello.

—Ahora es entre tú y yo… —susurró—. ¿Estás listo?

Yo no respondí con palabras.

Kateryna me dijo:

—Toma esto, primero debemos estar limpios.

Entonces me entregó un pequeño aparato para hacerme un enema.

—Y ponte esto —añadió después.

Era un conjunto de lencería negro acompañado de una máscara que solo dejaba al descubierto la parte baja de mi cara y mis ojos. Me explicó que era para ayudarme a sentirme más desinhibido. Ella, en cambio, llevaba un conjunto blanco muy sexy. Su cuerpo era alucinante; se notaba que lo trabajaba en el gimnasio. Cada movimiento suyo parecía calculado para provocar.

Después de limpiarnos, me miró con una sonrisa suave y dijo:

—Tengo que prepararte un poco.

Regresó con un plug anal metálico que tenía control remoto. Entre besos y un jugueteo lento, casi hipnótico, me lo introdujo. El contacto fue frío al principio, pero pronto comenzó a activarlo. Vibraba mientras se movía hacia adelante y hacia atrás, y esa mezcla de sensaciones empezó a encenderme por completo.

Yo ya estaba a mil solo con eso, sumado a sus caricias. Kateryna jugaba con las velocidades, lo sacaba despacio y volvía a introducirlo con un ritmo que me hacía perder la noción del tiempo.

En ese momento recibió un mensaje en el móvil. Lo miró de reojo y sonrió.

—Olek está de camino —murmuró.

Luego tomó mi mano y dijo:

—Ven, vamos a la cama.

Estábamos en la cama, de rodillas, frente a frente. La habitación olía a piel caliente y a deseo contenido. Kateryna me besó con hambre, con esa urgencia elegante que tiene quien sabe lo que quiere. Sentí sus manos recorrer mi torso con decisión. Quise tocarme, pero me detuvo.

—No… eso es mío —murmuró, pegando su frente a la mía.

Sus labios bajaron por mi cuello mientras sus uñas arañaban apenas mi espalda. Yo exploraba su cuerpo con las palmas abiertas, y fue entonces cuando noté el plug. Ya lo tenía puesto. Lo acaricié, curioso, y ella respondió con una sonrisa peligrosa.

—¿Te gusta? —susurró, mientras me mordía el cuello.

Y sin más, comenzó a mover el mío. Lo manipulaba con una precisión que me dejaba sin aire: adentro, afuera, vibrando, pausando… jugando conmigo. Cada movimiento era un disparo eléctrico directo a mi centro. No necesitaba hacer nada. Estaba rendido, temblando.

Entonces, la cerradura sonó.

La puerta se abrió.

Olek acababa de entrar.

Él no dijo nada.

Solo se acercó, despacio, hasta quedar de pie frente a nosotrxs. Su presencia lo llenaba todo. Kateryna fue la primera en colocarse en cuatro patas. Yo la seguí, imitándola, sintiendo el calor de su cuerpo junto al mío.

Nos acercamos a su entrepierna, rozando con los labios el bulto que crecía por encima del pantalón. Sentí su mano en mi cabeza, firme pero delicada, guiándonos. Era como una señal silenciosa: adelante.

Le desabrochamos el cinturón juntos, con movimientos lentos, casi ceremoniales. Cuando sus pantalones cayeron, su miembro saltó con libertad frente a nuestros rostros. Largo, grueso, con una curva elegante que parecía diseñada para el pecado.

Kateryna y yo nos miramos por un instante. Sonreímos.

Y entonces comenzamos a besarnos entre nosotrxs, con su miembro justo entre nuestros labios, compartiéndolo como si fuera un secreto que ya no queríamos guardar.

Comenzamos a recorrer su pene con la lengua, turnándonos sin necesidad de hablar. Nuestras manos lo acariciaban con hambre contenida, sintiendo cómo se endurecía aún más bajo el contacto. Olek respiraba más fuerte; no intentaba disimular lo mucho que le gustaba tenernos así.

El sabor de su piel, el calor que desprendía su miembro, todo se mezclaba en mi boca y me mareaba de deseo.

Moví suavemente a Kateryna para quedar frente a él. Abrí la boca y lo recibí, dejando que marcara el ritmo con sus caderas. Sentí cómo avanzaba poco a poco, obligándome a relajarme, a aceptarlo. Cada vez que levantaba la mirada, sus ojos estaban clavados en mí, dominantes, atentos a cada reacción.

Kateryna se colocó detrás y activó el juguete otra vez. La vibración me arrancó un gemido ahogado justo cuando Olek empujó un poco más. La combinación me hizo perder fuerza en los brazos.

Cuando me incliné más hacia el colchón, sentí que su pene entraba todavía más profundo, robándome el aire por un instante. Me aparté apenas para respirar, besé la punta y volví a buscarlo, completamente entregado.

Su mano se posó en mi rostro.

—Date la vuelta —dijo con voz baja.

Obedecí sin pensar.

Boca abajo, con el cuerpo caliente y la respiración desordenada, lo sentía guiarme otra vez. Desde esa posición la sensación era aún más intensa; cada movimiento parecía llegar más lejos, como si no hubiera espacio para nada más que ese momento.

Kateryna se inclinó sobre mí, su piel rozando la mía, participando del juego sin dejar que la tensión cayera. A ratos nuestras miradas se cruzaban y sonreíamos, cómplices, conscientes de que ya no había timidez posible.

Yo solo podía dejarme llevar.

Y cada segundo quería más.

Kateryna se giró de pronto, lenta, felina, y se montó sobre mi cabeza con las piernas abiertas. Sus caderas comenzaron a moverse en círculos, pidiéndome sin palabras lo que quería. No necesitaba más señales.

Se colocó en cuatro, bajó la cintura hasta mi rostro y yo la recibí con la lengua lista, hambrienta. Ella jadeó suave mientras con una mano abría mis piernas y con la otra retomaba el control del plug. Me lo sacaba y lo metía con ritmo, mientras su boca me recorría con la misma intensidad.

Entonces sentí a Olek detrás de ella. Escuché cómo corría la tanga a un lado, y un segundo después su cuerpo chocaba con el de ella. Un gemido más fuerte confirmó que había empezado a penetrarla.

Desde donde estaba, podía verlo todo.

Las embestidas eran profundas, firmes. El plug de ella vibraba al máximo, y sus gemidos se mezclaban con los míos. Su cuerpo se sacudía con cada movimiento, y yo, justo debajo, la lamía sin tregua, sin pausa, probando cada gota, cada rincón.

Kateryna estaba completamente entregada, montada sobre mi boca, temblando entre el placer que Olek le daba por detrás y lo que yo le ofrecía por debajo.

Sentía el peso de sus caderas, el calor de su piel, los movimientos desbocados que hacían que todo mi cuerpo se estremeciera. Olek la tomaba con fuerza, marcando el ritmo. Yo no hacía más que sujetarla por los muslos, lamer más profundo y dejar que todo fluyera.

Estábamos fundidos.

Era salvaje, húmedo, intenso.

Olek se detuvo de golpe. Me miró y, sin decir una palabra, me hizo una señal con la cabeza. Lo entendí al instante.

Kateryna se acercó por detrás y, con movimientos lentos, me retiró el plug. Mi cuerpo se estremeció con ese vacío repentino. Me colocaron en cuatro, al borde de la cama, con las piernas bien abiertas. La piel me ardía de la anticipación.

Ella se posicionó frente a mí, abriendo sus muslos justo a la altura de mi rostro. Tomó mis brazos, los estiró hacia abajo, obligándome a bajar la cabeza lo máximo posible. Mi boca estaba frente a su sexo húmedo, palpitante. No hizo falta que dijera nada: comencé a lamerla con desesperación, hundiéndome entre sus pliegues, sintiéndola estremecerse con cada movimiento de mi lengua.

Estaba completamente expuesto. Vulnerable. Mi respiración era desordenada y entrecortada.

Entonces sentí a Olek detrás de mí.

Una de sus manos tomó mis caderas. La otra descansó en mi espalda baja. Hubo una breve presión en mi entrada. Me tensé.

—Respira… y relájate —dijo en voz baja.

Kateryna acariciaba mi cabello mientras yo seguía entre sus piernas, saboreándola, perdido en ella. En ese momento sentí cómo su pene presionaba con más fuerza. Un intento. Otro. La cabeza comenzaba a entrar. Jadeé contra su sexo, y ella gimió. Me sostuvo con firmeza.

—Así… tranquilo… respira conmigo —susurró, guiándome con la voz.

Poco a poco, Olek fue avanzando, abriéndome centímetro a centímetro, hasta que sus caderas chocaron con las mías. Me lo había metido entero. El calor, la presión, la sensación de estar completamente lleno me dejó sin palabras.

Yo seguía lamiendo a Kateryna como podía, aferrado a sus muslos, mientras ella me bajaba más la cabeza, presionándome contra su centro. Mis gemidos se perdían entre sus labios, mezclados con los suyos. Detrás, Olek comenzó a moverse con una cadencia profunda, precisa.

Escuché que se decían cosas en ucraniano entre ellos. Rieron. Y por extraño que parezca, eso me encendió aún más. Me sentía suyo. De los dos. Usado, adorado, dominado.

Y lo único que podía hacer era rendirme por completo.

Aún jadeábamos, sudados, temblorosos. El cuerpo me vibraba, pero el deseo no se había ido. Al contrario, parecía haberse multiplicado. Kateryna se giró, me tomó de la nuca y me besó profundamente, con esa mezcla perfecta entre dulzura y perversión.

—Ahora me toca a mí —murmuró con una sonrisa sucia.

Olek se tumbó de espaldas sobre la cama, sin decir palabra. Ella subió sobre él, de rodillas, con una seguridad feroz. Se empinó apenas para alinear su entrada trasera con su miembro ya empapado, y lentamente comenzó a hundirse sobre él.

Su rostro se transformó: los ojos entrecerrados, la boca abierta, un gemido rasgado escapándosele del pecho.

Yo observaba fascinado cómo se lo tragaba por completo. Ella misma se abría, centímetro a centímetro, hasta quedar completamente sentada sobre él. La imagen era brutal. Olek la sujetó de las caderas, pero la dejó moverse como quisiera. Ella empezó a saltar encima de él, marcando el ritmo, arqueando la espalda, cabalgándolo por detrás con una entrega salvaje.

No podía quedarme quieto.

Me coloqué debajo de ellos, metiéndome entre sus cuerpos, con la boca hambrienta. Empecé a lamer lo que encontraba: el roce de sus cuerpos, su piel tensa, el punto exacto donde se unían.

El sabor, el calor, el sudor, todo era una locura.

Kateryna gritaba, Olek gemía grave, y yo jadeaba entre sus muslos, sintiendo cómo sus cuerpos chocaban una y otra vez encima de mí. Cada vez que él embestía desde abajo, su verga se hundía más en ella, y yo sentía ese movimiento contra mi lengua.

—¡No pares! —gritó ella, completamente fuera de sí—. ¡Así, sí, joder!

Yo no podía parar. Lamía más fuerte, más profundo. Los tres nos movíamos en sincronía, ya sin control, como animales. El colchón crujía, las respiraciones se desbordaban. El ambiente estaba saturado de sexo, de lujuria sin filtros.

Y ahí, entre gemidos, idiomas, sudor, piel, carne y deseo, llegamos a un punto sin retorno.

No sé cómo llegamos ahí. Solo recuerdo las manos de Olek tomándome con fuerza, llevándome hasta una de las paredes de la habitación. Me apoyé con las palmas abiertas, el rostro pegado al muro, las piernas cerradas instintivamente por la tensión.

Él no esperó.

Me empujó desde atrás con todo su cuerpo, encajando su verga de una sola embestida, haciéndome gemir fuerte, sin aire. Sentí cómo me abría de nuevo, con fuerza, con necesidad. Cada movimiento era más salvaje que el anterior, sin pausa, sin freno.

Yo jadeaba contra la pared, con la piel en llamas, el cuerpo temblando, intentando sostenerme mientras el ritmo se volvía incontrolable.

Entonces sentí a Kateryna.

Se había colocado de rodillas entre los dos. Pude verla de reojo, inclinada, lamiéndonos a ambos mientras se tocaba, desesperada. Su lengua subía por mis testículos, se deslizaba por la base del miembro de Olek mientras él entraba y salía de mí sin piedad. Jadeaba, gemía, se masturbaba con fuerza mientras su boca recorría todo lo que alcanzaba.

La escena era brutal. Yo apretaba los dientes, empujando la cadera hacia atrás para recibirlo más profundo, y al mismo tiempo, sentía a Kateryna lamerme, arañarme los muslos, sus dedos húmedos entre sus piernas.

Estábamos completamente desbordados.

Olek gemía sobre mi cuello, su respiración caliente golpeándome la nuca, mientras yo me abría más, buscando el ritmo, suplicando por dentro que no se detuvieran. Kateryna gemía bajo nosotros, perdida en su propio trance, con la boca sucia y las manos aún más.

Olek se sentó al borde de la cama, con esa mirada que decía “aún no terminamos”. Kateryna y yo fuimos directo a él, en cuatro, como dos animales hambrientos.

Comenzamos a chuparle la verga juntos, lamiéndola desde la base hasta la punta, turnándonos sin tregua. A ratos nos besábamos entre gemidos, con su miembro entre nuestros labios, mojándonos la boca con él.

De pronto, un destello nos cegó por un segundo.

Olek había sacado el teléfono y estaba grabando.

Dijeron algo en ucraniano, se rieron. Yo no entendí, pero tampoco me importó. Me dejé ir. Me rendí.

Me puse más sucio, más salvaje. Lamía con más hambre, lo tragaba más profundo. Kateryna me empujaba la cabeza para apartarme, pero yo volvía, no pensaba ceder. Compitiendo los dos por quién se lo tragaba mejor, quién se lo dejaba más limpio.

Las lenguas chocaban, las bocas se abrían más, nuestras cabezas se empujaban como si quisiéramos devorarlo al mismo tiempo.

Yo ya no pensaba. Actuaba. Me sentía una puta, y me encantaba.

Y él, entre gemidos y risas, nos dejó hacer.

Olek se puso de pie frente a nosotrxs, su cuerpo brillando de sudor, la verga firme apuntando hacia abajo. Kateryna se colocó detrás de mí, aún de rodillas, y comenzó a masturbarme con fuerza mientras sus labios me buscaban el cuello, la oreja, la mejilla. Sentía su respiración caliente mezclarse con la mía.

Él apoyó un pie sobre mi hombro, imponente. Me sostuvo de la mandíbula y comenzó a empujar su verga en mi boca, marcando un ritmo firme, dominándome mientras la cámara seguía grabando. Me sentí completamente suyo, sin control.

Kateryna no se detuvo. Me empujó un plug sin aviso y comenzó a moverlo con fuerza, haciéndome gemir incluso con la boca llena. Me masturbaba mientras su lengua me lamía la cara, y a veces se deslizaba hasta lamerle los huevos a Olek, pegada a mí, compartiendo el momento con un deseo desbordado.

Yo apenas podía sostenerme. El cuerpo me ardía, la mente ya no estaba ahí. Solo quedaba la entrega.

Entonces él retiró su pie de mi hombro y comenzó a masturbarse frente a los dos. Kateryna y yo lo mirábamos desde abajo, con la boca abierta, las lenguas fuera, como perros esperando su premio.

Y llegó.

Con un gemido profundo, descargó sobre mi rostro, caliente, salvaje. Sentí cómo me cubría, cómo caía entre mis labios y mis mejillas. Al mismo tiempo, mi cuerpo no aguantó más: acabé con fuerza, temblando, mientras Kateryna juntaba mi semen con la mano y comenzaba a tocarse con él.

La vi estremecerse, gimiendo fuerte, y luego buscó mi boca. Nos besamos ahí mismo, compartiendo el sabor, el calor, lo que fuera que quedaba entre nuestras lenguas. El beso fue sucio, brutal, confuso.

Ya no sabíamos qué era de quién.

Estábamos cubiertos de sudor, de saliva, de todo. El aire en la habitación era espeso, cargado, caliente. Nos miramos los tres por un momento, sin decir nada.

Y de pronto, soltamos una risa. Sincera. Agotada. Casi absurda.

Era como si hubiéramos sobrevivido a una tormenta deliciosa.

—Vamos a la ducha… —murmuró Kateryna.

Nos arrastramos hasta el baño, uno tras otro, tambaleándonos de placer y cansancio. El agua tibia cayó sobre nuestros cuerpos como una caricia lenta. Nos enjabonamos entre risas y roces suaves, sin necesidad de palabras. Ya no buscábamos más. Solo queríamos quitarnos el exceso… sin borrar nada.

Después, caímos en la cama como si hubiéramos llegado del fin del mundo.

Estábamos exhaustos, los cuerpos rendidos. Olek ya cerraba los ojos. Yo estaba a punto de dejarme llevar por el sueño, cuando escuché la voz de Kateryna, ronca y dulce:

—Espera.

Me giré apenas, y la vi metiéndose su plug otra vez, con una sonrisa traviesa. Se acercó y me susurró:

—Te toca.

Olek ya tenía el mío en la mano. Me lo introdujo despacio, con cuidado, y luego encendió ambos al mínimo. Un leve zumbido comenzó a vibrar dentro de mí, apenas perceptible… pero suficiente para recordarme que el juego no había terminado.

—Duerme con esto —dijo ella—. Aún tenemos el hotel alquilado todo el fin de semana.

Nos reímos en voz baja.

Y me dejé caer en la oscuridad, con el cuerpo flotando entre el descanso y la expectativa.

El placer seguía latiendo, aunque ya estábamos dormidos.