Capítulo 10
Hoy se cumplen 2 meses desde que ocurrió ese incidente que cambió mi vida. Mayra aún continúa en el psiquiátrico, y mi familia y las personas de la iglesia no quieren saber de mí. Brayan, mi mejor amigo, y mi prima me apoyan. ¿Qué sería de mí sin ellos?
Estaba en la parada del bus, saliendo de una entrevista de trabajo. «Si algo me avisan el martes». Siempre el martes… ¿pero cuál martes?
Mi teléfono sonó. Llegó un mensaje de la hermana Sonia: «David, necesito hablar contigo. Ven a mi casa a las 8 pm. Confírmame, por favor».
La hermana Sonia es una de las más cercanas al pastor, una de las más devotas de la iglesia. Pero nunca se caracterizó por ser empática ni misericordiosa. A ella le gusta tirar la piedra; es la típica que se creía perfecta. Muchas personas fueron expulsadas de la congregación por sus acusaciones.
Después de lo que pasó, pensé que me odiaría. ¿Por qué quiere que vaya a su casa?
Tomé el bus que me llevó a casa de Brayan. De momento me estoy quedando con él. Pasaron las horas. Pensé que lo mejor sería ignorar esa invitación.
A las 5 pm volvió a escribir: «David, ojalá puedas venir».
Me envolvió la curiosidad. La verdad, sentirse excluido es algo muy doloroso. Quizá me permitan volver a la iglesia y recupere algunos de mis amigos. Tal vez mi familia me acepte de nuevo.
Decidí responder afirmativamente. Igual no podría perder más de lo que ya había perdido.
«Hola, sí señora. A las 8 pm estaré en su casa. ¿Puede adelantarme de qué se trata?»
Me respondió: —Es mejor hablarlo personalmente.
Le respondí con una carita intrigada y un «ok».
Llegó la hora. Eran las 7:50. Estaba enfrente de su puerta. No sabía si tocar o irme. Me entró el temor de ser víctima de más reproches o insultos. Me di la media vuelta para irme.
Me topé de frente con don Francisco, su esposo, quien llegaba del trabajo. —David, ¿para dónde vas? Tienes una cita con nosotros. Tranquilo, no te vamos a reprochar nada. Solo queremos pedirte un favor.
Su actitud me sorprendió. Entramos juntos a la casa.
—Hola, David, ¿cómo estás? —Bien, doña Sonia. —Acompáñame.
Sus rostros se veían tensos y apenados. Ya me empezaba a arrepentir de haber aceptado la invitación. Otra vez.
Nos sentamos en la sala, los dos enfrente de mí. Me ofrecieron café, pan y queso. Empezamos a comer.
—David, iré al grano: el demonio se ha metido en mi cuerpo y en mi matrimonio.
Me atraganté con el pan al escuchar eso. Después de una breve tos, me recuperé y pregunté: —¿Demonio? No entiendo.
—Mi esposo y yo llevamos 5 años sin tener intimidad. Nos hemos distanciado mucho. No es falta de amor, es algo diferente. Solo que mi deseo se terminó. Consulté varios médicos y pastores que oraron por mí, pero perdí todo interés sexual. Inclusive hemos hablado de una separación. Nos amamos, pero él me dice que necesita intimidad, que prefiere separarse antes que cometer una infidelidad. Necesita sexo. Ya está desesperado.
—Así es —dijo él—. Haría cualquier cosa por recuperar su libido. A Dios no le gustan los divorcios. Yo la amo y amo a Dios.
—Entiendo, pero… ¿yo qué puedo hacer?
—Supe lo que pasó con Mayra. El pastor me lo contó. Te descubrió sodomizando a su primer novio.
—Oiga, sí, pero…
—Espera. Al principio me indigné, pero algo ocurrió. Todas las noches, desde que me contaron ese episodio, no paro de fantasear con ello. Pensamientos sexuales vienen a mi mente. Sueños llenos de lascivia y pecado. Me da pena confesarlo al pastor. He orado, he ayunado, pero solo aumenta el deseo… aunque no es suficiente para acostarme con mi esposo. Siento que falta algo y decidí tomar acción.
Aunque me duela reconocerlo, la carne es más fuerte que yo. Siento que si vivo lo mismo que Mayra, tal vez mi deseo sexual regrese y pueda salvar mi matrimonio.
—Lo que quiero es verte penetrando a mi marido. Él está de acuerdo, pero no le digas a nadie. ¡Ayúdanos, por favor!
Pensé que era una trampa, pero el señor se arrodilló, tomó mis manos y me rogó que aceptara.
No me parecía correcto. Incluso era confuso. Pero sentí que podía ayudar. Acepté.
Fuimos a su habitación matrimonial. Sonia se sentó en una silla, mientras su marido y yo nos mirábamos a los ojos. Un hombre de unos 50 años, bigotudo, medio panzón, con cara de sumiso, un poco calvo… qué bocado me esperaba.
El caballero se veía nervioso. —Tranquilo, todo está bien.
Le pedí que se acostara en la cama. Comencé a besar su boca. Él cerró los ojos. Metí la mano en su pantalón y comencé a masturbarlo. Su pene no era nada sobresaliente. Se estaba demorando en tener erección, así que le pedí a su esposa que le dijera algo, que le hablara, y a él que imaginara que era ella quien lo tocaba.
—Tranquilo, cariño, lo estás haciendo muy bien. Te amo. Qué lindo estás. No has cambiado nada desde que te conocí. Eres apuesto, noble y un buen hijo de Dios.
Funcionó. Su pene empezó a reaccionar.
Comencé a besar su cuello, le quité la camisa y empecé a besar sus tetillas. Bajé a su ombligo. Él sonrió; parecía que tenía cosquillas.
Doña Sonia continuaba alabándolo: «Mi amor, qué guapo, eres una hermosa creación de Dios».
Miré a doña Sonia. Estaba atenta. Sus ojos estaban llenos de lujuria, la misma que había condenado en tantas otras personas. Lujuria que me tenía a mí y a su esposo en esta situación.
Tocaba sus senos y se mordía los labios. Pasó la mano por su estómago, acarició su ombligo, siguió bajando y en ocasiones rozaba su muslo, aún lejos de tocar su entrada.
Desde mi óptica, ver a esta señora muy delgada, de cabellos castaños, a quien acostumbraba a ver con grandes vestidos, ahora en paños menores, sus calzones grandes de casi abuela, su vagina y cuerpo algo caídos propios de la edad, tratando de revivir los ímpetus que el tiempo hasta hace poco se había llevado… me llenaba un poco de ternura y compasión.
De que al fin y al cabo, somos humanos.
Mientras tanto, junté mi pene con el de don Francisco y empecé a masturbarlos juntos. Él respiraba profundo, movía levemente la pelvis.
Nunca imaginé estar en esta situación, compartiendo cama con esta pareja de mojigatos, quizá iguales a mí.
Don Francisco seguía respirando cada vez más agitado, pero quieto.
Doña Sonia me lanzó un condón. —Quiero que lo penetres.
Pedí un poco de vaselina. Me dio un tarrito pequeño. «Normalmente la usaba para maquillarme», me dijo. El señor se puso en cuatro. Comencé a aplicar la crema, me puse el condón.
—Te va a doler un poco. Respira profundo. Muy bien.
Metí un dedo, luego dos, metí la cabeza. —Un poco más.
El señor se quejaba un poco. Era evidente que le estaba doliendo. Su ano virgen y apretado me excitaba bastante. Tenía unas nalgas bastante bonitas para su edad.
Doña Sonia comenzó a masturbarse. Sus dedos jugaban en su interior, metía sus dos dedos del medio y alternaba tocando su clítoris. Su vagina se notaba bastante húmeda. Las piernas abiertas sin pudor me ofrecían la imagen de sus labios superiores un poco colgados, un clítoris pequeño como un botón de camiseta, pero este estaba parado como un conito. Su vagina color oscuro. Sus dedos entraban profundamente y cada vez de manera más brusca. Me preguntaba si sabía lo que hacía, si sentiría dolor, pero era evidente que lo que veía le daba placer. Lo estaba disfrutando.
Respiró profundo: —David, dale duro.
Obedecí. Empecé a aumentar el ritmo. Su interior me apretaba bastante rico. El señor no se movía, solo aguantaba. Yo lo empujaba. Lo saqué un momento y volví a aplicar vaselina. Lo metí otra vez.
Doña Sonia no paraba de dedicarse. Gemía con fuerza. Sus gemidos me desconcentraban un poco.
Volví a lo que estaba haciendo, volví a aumentar el ritmo, lo metí hasta el fondo. Él hizo un sonido de respiración con un pequeño gemido de dolor. Lo repetí unas pocas veces más y eyaculé.
Lo saqué. De repente, doña Sonia, muy excitada, me dijo: —Dime lo mismo que le dijiste a Mayra.
Saqué mi pene del interior de su esposo y le dije: «¿Tú también quieres?», mientras lo agitaba con las manos.
Ella sonrió y dijo: —Francisco, penétrame.
El señor, muy feliz, caminó con una visible incomodidad (tenía el culo desvirgado), metió su pene en la vagina de su esposa. Empezó a penetrarla, a besarla, agarró uno de sus senos y comenzó a chuparlo. Estaba disfrutando de su esposa.
Había sacrificado algo muy valioso. Merecía su premio.
Doña Sonia me miró y me dijo: —¡QUÉ MIRAS, PERVERTIDO! AÚN ESTÁS AQUÍ. ¿NO VES QUE ESTO ES ÍNTIMO? ¡VETE YA!
Me puse la ropa, salí de la habitación. Cerré la puerta. Se escuchaban gemidos de ambos.
Salí de la casa en silencio. Es curiosa la vida: mi frase impulsiva, la que lastimó a Mayra, le devolvió el deseo a Sonia y salvó su matrimonio… o eso esperaba que pasara.
Lo que sí está claro: nunca más volvería a tocar ni a congregarme en aquella iglesia. Este fue el cierre. Esto acabó para mí.
Dos días después me escribieron. Me dieron las gracias y me pidieron que guardara el secreto. Ella se sentía mejor, su libido había regresado. Me mandaron un poco de dinero en la correspondencia.
Lo recibí. No soy trabajador sexual, pero lo necesitaba.
Ellos volvieron a comportarse como santos. Yo ya no podía. A mí me descubrieron; a ellos no. Esa es la diferencia.