Capítulo 1

Oí que abrían la puerta del salón y me llevé un sobresalto, no quería que nadie de la familia me pillase espiando a mis hijos mientras estaban follando, así que me fui de puntillas sin hacer ruido para que ni Sarita ni Santi me oyeran.

Vi que era mi sobrina pequeña la que se dirigía al aseo, la acompañé y aproveché para refrescarme, ver a mis dos hijos teniendo sexo había sido demasiado fuerte y necesitaba un descanso.

Cuando salí, vi que la puerta de Sara estaba completamente abierta, me extrañó, pero aún así, fui al salón y vi a Sarita y a Santi bailando, parecía mentira que minutos antes ambos estuvieran follando.

Bueno, follar no, habían tenido sexo oral pero sin penetración por medio. Casi resoplé del alivio al pensar que no se había culminado el incesto.

La fiesta continuó, y al sonar una bachata, quise bailar con mi hijo. Santi me abrazó, yo me arrimé, y al sentir el suave roce de su piel recordé todo lo que había presenciado, primero la mamada en el baño y después a Santi comiendo el culito en el cuarto a su hermana.

Junté mi mejilla con la de él, pegué mi pubis a su miembro, y al notar que su polla crecía bajo el pantalón, tembló todo mi cuerpo.

¡Frótame! ¡Empújame con la verga! Quise decir a mi niño mientras restregaba contra su pecho mis tetas y notaba su erección apretándose contra mi vestido.

No lo podía entender, era algo nuevo e inesperado, nunca en mi vida había tenido ese instinto voyeur ni esa conducta pecaminosa.

Pero mi líbido me la jugaba otra vez, deseaba frotarme contra él, besar sus labios carnosos y arrodillarme para chuparle la verga después. Necesitaba lo mismo que había visto hacer a mi hija, mamar, chupar, morder y que me echase en mi cara toda su leche después. Estaba completamente excitada.

  • Feliz año, mamá. – escuché –

Oí la felicitación de mi hijo y por fin recobré la cordura.

No puede ser, Ana, esto no está bien, lo que deseas es lascivo, pecaminoso e impropio de una persona de bien.

¡Ya está! Se acabó, fue mi pensamiento esta vez.

Pero al sentir su mano en mi espalda y la otra acariciando inocentemente mi nalga, mi firmeza desapareció, sentí una grandísima excitación y apreté mi empapado coñito contra su dureza.

¡Fóllame! Mi cielo, pensé.

Yo movía las caderas fingiendo bailar, cuando lo que hacía era puntear mi sexo con ese grueso miembro que poco antes había salpicado la carita de Sara con lefa.

Me encontraba en una situación incómoda y terriblemente morbosa a la vez, su pecho rozaba mis tetas, yo empujaba mi pubis contra su bragueta y sus cálidas y fuertes manos manoseaban mi culo una y otra vez.

Lo hacía sin intención, se notaba su inocencia, él solo me guiaba al compás de la sensual bachata que sonaba en la radio, pero para mí no era igual, mi sexo se mojaba con la roce de su piel y cada vez me apretaba con más fuerza contra él.

Cuando acabó la canción tuve que soltarlo, me hubiese gustado seguir abrazándole toda la noche, pero mi sobrina llegó, le pidió que bailase y muy a mi pesar tuve que ceder.

Sentí un sofoco enorme y fui al baño a lavarme. Me eché agua en la cara, me miré en el espejo, y al ver mi rostro reflejado, casi me muero de vergüenza. Esa no era yo, la madre sensata y responsable, había espiado a mis hijos, pero lo que era más grave, les había permitido tener sexo masturbándome después.

Llamaron a la puerta del baño y me sentí muy turbada, no desea ver a nadie, quería estar sola y purgar mis pecados, pensar en lo qué había hecho y cómo poner remedio para que no sucediera otra vez.

Llamaron de nuevo, y cuando abrí, me encontré con Sarita en la puerta.

  • Hola cariño. – pronuncié –
  • Hola, mamá. Esto es tuyo. – dijo mi hija con mi braguita en la mano –

Me subieron los colores, me sentí avergonzada y cerré los ojos para no mirarla. Sarita sabía que había sido testigo de su pecado y que, además, con mi silencio lo había autorizado.

Quise decir algo, excusarme, inventar que se me habían caído al ir a cambiarme, pero su mirada inquisitiva y burlona, dejaba claro que me había visto a través de la puerta y cualquier pretexto que pusiera no iba a ser atenuante para una conducta tan vergonzosa.

  • ¿Te ha gustado? – preguntó con irónica sonrisa –
  • Yo, yo…no,…yo…. – empecé a balbucear –
  • Santi la tiene muy grande. ¿Verdad?

Bajé la vista al suelo para no encontrarme con sus ojos desafiantes.

  • ¿Se la hubieses chupado tú? – preguntó sin dejar de mirarme –
  • Sari, yo….
  • A mí me ha encantado mamársela.
  • Hija, por Dios…. – intenté aplacar su lenguaje –
  • ¿Por Dios? Has visto como le chupaba los huevos y recibía su leche en mi cara. ¿Te ha parecido bien?

Estábamos frente a frente y era la hija quien juzgaba a la madre.

  • Sari, no sé qué decir.
  • Solo dime que te ha gustado.
  • No, eso no, no es cierto. – negué intentando excusarme –
  • Santi me iba a follar.
  • Lo sé. – contesté mirando hacia el suelo –
  • Pero no pudo ser.

La miré y vi tristeza en su cara.

  • Cuando te oyó, se marchó de mi cuarto corriendo.
  • Yo…
  • ¡Joder! Mamá, me iba a follar y no lo ha hecho por tu culpa.
  • Si, hija, pero.
  • Ni pero, ni leches. – respondió con una ira desconocida en ella hasta ese momento – Ahora tenía que estar metiéndome la polla en el coño.

Intenté contestar pero no me dejó.

  • Si, en éste. – exclamó levantando su faldita hacia arriba para mostrarme su coñito abierto – ¡Mira joder!

No llevaba bragas y separaba los gajos con los dedos.

  • Ummmm. Me la estaría metiendo aquí. – susurró metiendo un dedito dentro –

No pude responder y tampoco dejar de mirar sus dedos.

  • Estaría golpeando mi vulva una y otra vez partiendo en dos este coñito tan estrecho. Siiii, asíii. – chilló chapoteando con la mano en su chochito abierto –
  • Hija, por favor.
  • Shhhh. – susurró poniendo su dedito mojado de flujos en mis labios carnosos – Si te gusta mirar, mira.

Acarició mi mejilla, metió un dedo por el escote y rozó con la yema cada uno de mis pezones. Reaccionaron sin querer y se marcaron como lanzas en la tela.

Me excitaba su actitud, el suave roce de sus dedos y la visión de su sonrosado sexo, había perdido el control y me tenía subyugada sin yo quererlo.

  • ¿Te gusta que te toquen? – preguntó con vocecita obscena –

No reaccioné y se aproximó más a mí.

  • ¡DIME! – reclamó con sus labios a milímetros de los míos –
  • Si, síii. – contesté –

No lo podía creer, mi hija, mi dulce Sara, me dominaba sin yo querer y lo peor era que me gustaba que lo hiciera.

Abrió el escote otra vez, se inclinó sobre mí y mordió sin control mis pezones.

  • Ummmm. – gemí presa de un pecaminoso placer –

Los mordió y succionó y sentí que gozaba.

¡Para! ¡Para! Quise pedir. Tenía que regañarla, apartarla, decirle que era pecado. Pero me empujó contra la pared, desabrochó mi vestido, y ante mi pasividad, se lanzó a comerme las tetas.

  • Sara, no puede ser…. – susurré –

Ella me oyó, pero no la importó y pasó de uno a otro pezón.

  • Ahhh. Hija, yo…..Ahhh.
  • Shhhh. Tú déjate hacer. – ordenó sujetándome contra la pared –

Mi niña me miró y vi la lujuria en su cara, no la importaba mi opinión, le daba igual que fuera su madre o su hermano, era tal su excitación, que iba a forzarme a aceptar cualquier cosa que deseara.

Noté su mano sobre mi vulva y sentí como la apretaba, hurgaba con sus deditos sobre el vestido intentado meterlos entre mis gajos.

  • Sara, no. Ahhh. Eso no, no está bien. – susurré intentando pararla –

Pero presionó con los dedos más fuerte y estos se abrieron paso. Tenía la tela metida en mi coño y ella seguía empujando.

  • Ahhhh. Mi vida. – gemí apretando los labios –

Quería ocultar mi placer para que Sarita no lo notara.

  • Shhhh. – me pidió – Mira bien y guarda silencio.

Tiró del vestido hacia arriba hasta subirlo por encima de mis caderas.

  • ¡Cógelo! – ordenó con autoridad –

Sujeté mi vestido y miré deprisa hacia abajo, tenía mi sexo expuesto y se veían mis juguitos brillando.

  • ¿Te gusta que te toque tu hija? – preguntó Sarita libertina –

No di respuesta alguna y aparté la mirada.

  • ¿Te gusta? ¡Joder! – repitió metiendo sus dedos –

Sentí un enorme placer y se me escapó la respuesta.

  • Ahhh. Ummmm. Siiiiii, me encanta.

Miré otra vez a mi hija y vi la alegría en su cara, me tenía a su antojo y estaba dispuesta a todo, se había quedado sin follar con su hermano pero iba a castigar a su madre y a resarcirse por ello.

  • Ahora te voy a follar. – musitó con sus deditos metidos en mi coño –

Empujaba con ellos hacia arriba, penetrando mi vagina, y con su boca mordía mis tetas.

La oí gemir, suspirar, chupar, y yo, en vez de parar, la incité a que pecara conmigo.

  • Asiii, mi amor. Muérdemelos muy fuerte.

Mi corazón bombeaba deprisa, mis pechos subían y bajaban, y mis piernas temblaban abriéndose de par en par, para que ella metiera los dedos hasta el fondo de mi coño.

  • Mételos, mi vida. Fólleme el coño con ellos. – rogué muy sofocada –

Sarita me follaba con los dedos y no decía palabra, sus labios pasaban de uno a otro pezón, chupándolos y mordiéndolos como loca, estábamos pecando las dos y a ninguna nos importaba.

Cerré los ojos, subí más el vestido y empujé a mi niña para que se arrodillara. No fue necesario hablar, arqueé las piernas un poco y ella metió su cabeza.

¡Bendita lengua! – pensé – Notaba la puntita pasar de lado a lado de mi raja.

  • Ahhhh. Chúpamelo, mi niña.

Su lengua lamía mi clítoris, sus dedos follaban mi sexo, y yo, apoyada en la pared, me estrujaba desesperadamente las tetas viendo a mi hija arrodillada en mis piernas.

  • Estás muy mojadita, mamá. – exclamó por fin Sarita –

Levanté la pierna del suelo y la puse sobre el retrete.

  • Mete entera la boca. – pedí empujando su cabecita –

La vi desaparecer y noté como la deslizaba del clítoris al perineo y lamía con la punta mi culito.

  • Ahhhh. Ahhhhh. Cómemelo, mi vida, cómemelo. – rogué con desesperación –

Era la primera vez en mi vida que alguien accedía con su lengua a ese lugar prohibido.

  • Más, más. ¡Joder! – imploré presionando a mi hija –

Sarita ponía los labios y yo me frotaba contra su cara. ¡Qué placer más extremo! Su lengüecita recorría mi coño y mi culo y todo mi cuerpo temblaba.

Noté que me llegaba el orgasmo y la pedí que me follara.

  • Méteme los dedos, mi vida. Fólleme el coño bien fuerte.

Vi a mi hija arrodillada y sujeté su cabeza, me comió el coño, me folló con los dedos y me dio un orgasmo bestial con el que llené su cara de flujos.

Tiré de ella hacia arriba, la apreté contra mi pecho y la besé con obscenidad lamiendo los juguitos que cubrían su cara.

  • Te lo voy a pagar, mi vida. – prometí comiendo su boca –

Sarita me miró y me dijo de forma irrespetuosa.

  • Eres más zorra que yo y te follaras a mí hermano.

Al oír su petición sentí un puñal en la espalda, mi queridísima hija me pedía que follase con mi hijo como forma de pago.

¡Bendito puñal! Pensé.

Recordé la verga de mi niño y noté como mi coño se empapaba, estaba deseando mamar su miembro y tenerlo entre mis piernas, ya contaba los minutos para que mi hijo me follara.

Me daba igual por dónde, por la boca, por el coño, o quizás por el agujerito prohibido, ese tan estrecho que hasta hoy nadie había tocado.

Imaginé la polla de mi hijo entrando por detrás metiéndomela a la fuerza.

Ufffff. Casi me corro de nuevo al pensar en esa forma de incesto, me tiraría del pelo, me daría fuertes nalgadas, y acabaría rompiendo mi esfínter con su grueso y morado capullo.

Siiii, ese que había mamado mi hija arrodillada ante su hermano.

Me follaría como un animal, como nunca nadie lo habían hecho. Deseaba tener a mi hijo detrás, golpeando sin parar mis nalgas, y metiéndome la polla desde la punta hasta los huevos.

¡Dios! Siii. Chillaría, gemiría y pediría sin cesar que me reventase por detrás y me llenase el culo de leche.

Besé de nuevo a mi hija pero no le hablé de mis sueños.

  • Cuando se vaya papá te follaras a mi hermano. – sentenció Sarita muy seria –
  • Lo que tú quieras, cariño. – fue mi respuesta –

Me puse las braguitas, estiré el vestido y limpie a Sarita su carita de jugos. Aún tenía hilillos que salían de sus labios y bajaban hacia el cuello.

Volvimos al salón, continuó la fiesta y solo podía pensar en que se fuera pronto mi marido.

Espiando a mi hijos

Dame duro, hijo mío