Capítulo 1

El silencio en la sala solo era interrumpido por el zumbido suave del ventilador, que apenas movía el aire pesado. Elena se inclinó un poco más hacia mí para enseñarme una foto en su móvil, pero sus ojos no estaban en la pantalla. Me miraba de reojo, con una sonrisa pequeña, casi imperceptible, que me decía que sabía perfectamente lo que estaba provocando.

​—Tío… —susurró, y su voz sonó distinta, más baja—. Siento que me estás mirando mucho hoy. ¿Pasa algo?

​Sentí un vuelco en el estómago. La honestidad de su pregunta me desarmó. No podía mentir, no cuando su rodilla rozaba la mía y el perfume de su piel, una mezcla de vainilla y el calor del día, inundaba mis sentidos.

​—Es solo que… has crecido mucho, Elena. A veces olvido que ya no eres una niña —respondí, tratando de mantener la voz firme, aunque mi respiración empezaba a traicionarme.

​Ella soltó una risita suave y dejó el teléfono sobre la mesa ratona. Se giró por completo hacia mí en el sofá, doblando una pierna bajo su cuerpo. El movimiento hizo que su camiseta se deslizara ligeramente por su hombro.

​—Ya no soy una niña desde hace mucho —dijo, desafiante. Dejó que su mano cayera sobre mi brazo, primero como un descuido, pero luego sus dedos empezaron a trazar círculos lentos, eléctricos, sobre mi piel—. Y creo que a ti también te gusta que no lo sea.

​En ese momento, la barrera del respeto familiar se volvió invisible, reemplazada por una electricidad que quemaba. Mi mano, por instinto propio, se posó en su cintura. La tela de su pantalón corto era suave, pero su piel debajo lo era aún más. Ella no se apartó; al contrario, suspiró y se acercó más, acortando la distancia hasta que nuestras respiraciones se mezclaron

Mis dedos se hundieron apenas un poco en la firmeza de su cintura, y sentí cómo un escalofrío recorría su cuerpo. Ella no solo no se alejó, sino que soltó un suspiro entrecortado que terminó de derribar mis defensas.

​—Elena, esto es una locura… —logré decir, aunque mis acciones llevaban un rumbo totalmente opuesto a mis palabras.

​—Nadie tiene por qué saberlo, tío. Es nuestro secreto —respondió ella en un susurro, mientras su mano subía por mi pecho hasta enredarse en mi nuca, obligándome a inclinarme hacia ella.

​Empezamos con caricias lentas, casi exploratorias, como si estuviéramos reconociendo un territorio prohibido. Mi mano subió por el costado de su cuerpo, sintiendo el calor que emanaba de su piel bajo la fina tela de la camiseta. Cuando mis dedos rozaron el borde de su pecho, la escuché contener el aliento. Sus ojos, fijos en los míos, se oscurecieron por el deseo.

​Me atreví a bajar mi mano de nuevo, esta vez buscando el borde de sus pantalones cortos. Su piel estaba suave y ardiente. Con cada centímetro que mis dedos ganaban, la tensión en la sala aumentaba. Ella arqueó la espalda, entregándose al contacto, y empezó a desabrochar con torpeza los botones de mi camisa, ansiosa por sentir mi piel contra la suya.

​—Aquí no… —susurré, mirando de reojo hacia la puerta de la entrada, aunque la idea de que estábamos en pleno salón me encendía aún más.

​—Aquí mismo —sentenció ella, mientras guiaba mi mano hacia donde más me necesitaba, eliminando cualquier rastro de duda que pudiera quedarme