Capítulo
- 5 chicos negros contra mi V
- 5 chicos negros contra mi I
- 5 chicos negros contra mi II
- 5 chicos negros contra mi III
- 5 chicos negros contra mi IV
Cuando los cuatro negros iban a pagar la cuenta, los llamé con un gesto imperioso y les dije:
—Pidan una botella de tequila para llevar, tres cervezas para mis nuevos amigos y dos para los muchachos de la mesa del rincón. Ah, y no van a abrir la botella de tequila todavía; así que, si van a tomar algo ustedes en el camino, ya verán qué llevan. Y me dejan un par de cervezas para su amigo, que se queda acá conmigo. Por mí no se preocupen, mi bebida la consigo yo sola; creo que ya se dieron cuenta.
Yo estaba sentada con mi negro favorito mientras los otros pagaban la cuenta y el mesero servía las rondas. Cuando las cervezas llegaron a nuestra mesa, tomé una botella y vertí un trago en la copa de vino que aún olía a semen. Introduje mi dedo y revolví el contenido para que se mezclara bien la cerveza con los restos de leche que todavía quedaban pegados al cristal. La tomé, la miré, la olí, me saboreé los labios y, sin quitarle la mirada de encima a mi negro, metí dos de mis dedos en mi chocha hambrienta y húmeda.
Él observaba fijamente cada uno de mis movimientos, hipnotizado. Al sacar los dedos pringados con mis flujos vaginales, se los ofrecí directo a la boca y le dije:
—¿Quieres probar mi sabor? Chupa mis dedos.
Mientras él los chupaba, dirigí mi otra mano a su entrepierna, notando de inmediato cómo tenía la verga dura y tiesa como un palo. Con los dedos en su boca y mi mano apretando su hombría, le siseé:
—¿Te gustó lo que viste? ¿Viste cómo puedo ser de quien yo quiera? Yo soy la puta aquí, y yo decido quién, cómo y en qué momento me clava la verga.
Él me respondió titubeando, con la voz quebrada:
—Sí… me encantó ver lo puta que eres y cómo te tragabas el semen de esos tres hombres.
Sonreí, lo miré fijo y le di un beso corto.
—¿Te gustó verme tomar semen?
—Sí —respondió, y para ser más exacta, añadió—: Te veías tan puta con la falda arriba y brindando con todos los del bar mientras te bebías esa copa llena de leche… Dime, ¿te gusta el semen? ¿Te gusta cómo sabe?
Simplemente sonreí y le dije:
—Me encanta el sabor del semen, es demasiado excitante beberlo y saborearlo. Así que te excitó verme tragar semen, ¿cierto?
—Nunca había visto una puta que lo disfrutara tanto como tú —confesó, completamente sometido—. Claro que me puso arrecho verte hacerlo.
—¿Entonces quieres verme más arrecha y putona? ¿Quieres verme bien ensartada por tus amigos en Santa Elena?
Él, sin dudarlo, respondió que sí. Entonces tomé la copa de cerveza con el semen revuelto, introduje mi dedo, la agité nuevamente y se la puse en la boca.
—Entonces tómate esta copa ya, o no hay viaje a Santa Elena. Y que sea de un solo sorbo, porque la necesito desocupada y limpia. Así que, cuando te la tomes y hagas que todos te vean, vas a ir al baño, la vas a lavar y me la traes limpia. Ah, y de camino al baño, le dices al barman y al mesero que vengan, que les voy a dar su propina antes de irnos.
Al tremendo negro no le quedó más remedio que ponerse de pie, tomar la copa con mano temblorosa, tragarse el contenido de un tirón y hacer exactamente lo que le ordené.
Mientras él se dirigía al baño, me acomodé en la silla, abrí las piernas de par en par y empecé a masturbarme frenéticamente frente al público que quedaba. Observé a los chicos de la mesa del rincón y les hice una seña con el dedo, pidiéndoles que se acercaran. Esa seña debió parecer una orden sagrada, porque de inmediato se pararon de su mesa y caminaron hacia mí, quedando mudos, parados frente a mis piernas abiertas, viendo cómo me masturbaba metiendo los dedos dentro de mi chocha chorreante, mientras con la otra mano me tocaba las tetas, que tenían los pezones tan erectos que casi me dolían.
Los dos muchachos de la mesa del rincón se quedaron petrificados a un lado de mi silla, con los ojos inyectados en morbo, incapaces de articular palabra mientras me veían hundir los dedos en mi carne húmeda. En ese momento, la puerta del baño se abrió y mi negro favorito regresó con la copa de vino impecable, limpia y brillante, tal como se lo había ordenado. Detrás de él, con el rostro pálido de la anticipación y las manos temblorosas, venían el barman y el mesero. Habían dejado el negocio en piloto automático; a esas alturas de la madrugada, yo era la única dueña del lugar.
—Póngala ahí —le ordené al negro, señalando el borde de la mesa de madera.
Él acató en silencio, colocándola como si fuera un cáliz sagrado. Yo no perdí tiempo. Me deslicé de la silla directa al suelo de cemento, me arrodillé entre las piernas de los dos chicos del rincón y, sin mediar palabra, les bajé las cremalleras. Sus vergas saltaron sedientas, duras por el espectáculo que llevaban rato contemplando a la distancia. Las tomé juntas, una en cada mano, y empecé a devorarlas con la voracidad de una puta loca, alternando bocados profundos.
Mientras sentían mi boca caliente tragándoselos hasta la raíz, uno de los muchachos del rincón agarró un puñado de mi pelo crespo con desespero, jadeando, y me dijo con la voz rota por el morbo:
—Dios mío… qué maldita delicia tener a esta blanquita madura arrodillada tragándose nuestras vergas en la mitad del bar. Eres una perra insaciable.
Sostuve la verga del otro entre mis manos, me la saqué de la boca un second dejando un hilo de saliva, los miré desde el suelo con los ojos encendidos y les pregunté con malicia:
—¿Les gusta cómo lo hace esta madurita? ¿Les gusta cómo se los mama esta puta?
—¡Sí, eres una puta de verdad! —me respondió el otro, dándole un empujón suave a mi cabeza para volverse a meter en mi boca—. ¡Trágatela toda, puta, que te vas a ahogar con la leche de los dos!
Me los mamé con rabia un par de minutos más, disfrutando de cómo temblaban sus piernas en el cemento, hasta dejarlos al borde del colapso. Justo antes de que se vinieran, los solté en seco, me lamí los labios y me arrastré de rodillas hacia el barman, que me esperaba de pie justo al lado de nuestra mesa, completamente desabrochado y con su hombría apuntando al techo. Lo miré desde abajo, le agarré la carne con fuerza y, antes de meterle la boca, le dije algo bien caliente que le erizó la piel:
—A ver, mi amor, sácame toda esa leche acumulada que tienes guardada. Déjame ver cómo se te sale por los ojos mientras esta puta te la deja limpia a punta de lengua.
El barman, aguantando el aire y apretando los puños mientras sentía mis labios rozando su punta, me respondió con la voz ronca, temblando del puro desespero:
—¡Mámamela con toda, perra! Llevo toda la noche viéndote calentar el bar y no aguanto más… ¡Déjamela seca, maldita puta!
Le di tres mamadas profundas, metiéndomelo hasta la garganta, desgarrándole la respiración hasta hacerlo gemir delante de todos. El bar entero era un hervidero de respiraciones agitadas y carne expuesta; todos se masturbaban frenéticamente mirándome desde sus puestos.
Pero el plato fuerte me lo reservé para el mesero, el que se había tropezado por mirar mis tetas al principio de la noche. Me puse de pie de un salto, me subí a la mesa principal, me recosté de espaldas y apoyé mis piernas abiertas sobre los hombros del negro dominante y del barman. Estaba completamente expuesta, chorreando flujos, con las medias veladas destrozadas. Miré fijamente al mesero, que me contemplaba con la verga erecta y venosa apuntándome, y le di la orden que cambió la noche:
—Ven aquí, cariño. Te ganaste el premio mayor. Métela toda y rompe a esta blanquita madurita delante de tus clientes.
El tipo no lo pensó dos veces. Se abalanzó sobre la mesa y, de un solo empuje limpio y salvaje, me clavó su verga hasta el fondo de mi útero. Solté un grito herido de puro placer que retumbó en las paredes de concreto del bar. Mientras me embestía con rabia y sin piedad, el mesero me agarró la cara con fuerza, me miró a los ojos desorbitados y me gritó con toda la calentura:
—¡Qué delicia de chocha, madurita! Te voy a romper entera por ser tan regalada y tan perra en mi propia mesa.
Yo, jadeando y apretando las sábanas de mi propia piel mientras sentía su hombría destrozándome por dentro, le herponí con una sonrisa descarada:
—¡Sí, dame duro!… Rompe a esta puta que no se cansa de recibir verga. ¡Clávame como la puta que soy!
Con cada embestida suya, los otros muchachos y mis negros rodeaban la mesa masturbándose como posesos, encendidos por el espectáculo erótico. La fricción era brutal, mi vagina estaba tan lubricada por mis propios fluidos que la carne del mesero entraba y salía produciendo un chasquido obsceno que volvía locos a los presentes. No pasaron de cinco minutos cuando el mesero empezó a temblar sobre mi cuerpo; se la saqué de la chocha justo a tiempo y, antes de que el primer chorro cayera al suelo, el negro puso la copa de vino desocupada debajo.
El mesero disparó su leche directo al cristal, y detrás de él vinieron los dos chicos del rincón y el barman. Uno a uno fueron ordeñando sus vergas sobre la copa limpia, llenándola nuevamente de un semen espeso, caliente y rebosante.
Me bajé de la mesa con las piernas temblando, el ardor de mi intimidad en carne viva y el cuerpo cubierto de sudor masculino. Tomé la copa rebosante en mi mano derecha con orgullo de puta fina, agarré mi bolso con la otra y miré a mis cinco negros, que me esperaban con los ojos fijos en el trofeo.
—Vámonos —les dije con una sonrisa de perra—. El bar ya cerró por hoy.
Salimos a la calle fría de la madrugada de Medellín. La brisa de la noche me golpeó el rostro mientras caminaba con la minifalta a la cintura y la copa de semen intacta en la mano. Llegamos a la esquina a buscar transporte. Detuve un taxi y me acerqué a la ventanilla del conductor, un tipo maduro que casi se desnuca al ver mi chocha prácticamente al aire bajo la falda arriba, mis tetas asomadas en la blusa transparente y la copa misteriosa que sostenía.
El taxista se me quedó mirando fijamente la entrepierna expuesta, tragó saliva con dificultad y me dijo con la voz temblorosa, clavando los ojos en el cristal:
—Buenas noches, mija… Vaya espectáculo de mujer. Pero venga, ¿qué es eso tan raro que lleva en esa copa?
Sonreí con una malicia insaciable, pegué mis pezones al marco de la puerta y le respondí al oído:
—Es el semen fresco del barman, el mesero y dos clientes que me acaban de destrozar la chocha. Está tibio todavía.
El tipo abrió los ojos como platos, se agarró la entrepierna por encima del pantalón y me soltó una grosería bien sucia:
—¡Qué demente tan puta!… Huele a puro sexo desde acá afuera. Me pones la verga como una piedra con solo decir eso, malparida.
Aprovechando que lo tenía completamente sometido, continué con la negociación:
—Necesito que nos lleve a la terminal de transportes del Norte, pero con una condición. Vamos a ir los cinco negros atrás y yo adelante contigo. Me vas a cobrar el doble del taxímetro, pero a cambio, vas a poder meter la mano debajo de mi falda durante todo el camino por la autopista mientras ves cómo me tomo esto. ¿Cómo se ve el negocio?
El taxista miró el volumen de los cinco negros que esperaban detrás de mí, volvió a bajar la vista a mi intimidad depilada y húmeda, y antes de abrir, me pidió el último tributo con la respiración entrecortada:
—Hagamos el trato, pero antes de que suban, ábrete bien de piernas ahí mismo en la ventana. Déjame ver bien esa chocha jugosa a la luz de la calle, que si no, me da un infarto antes de arrancar.
No tuve problema. Me apoyé contra la puerta trasera, abrí mis piernas de par en par bajo el poste de luz y dejé que contemplara mis labios vaginales goteando el sudor de los hombres del bar. El tipo soltó un quejido, le dio seguro a las puertas de inmediato y me ordenó con la voz ronca:
—Suban rápido, mija, que la noche es corta y esa chocha suya ya está pidiendo más verga.
Me subí al asiento del copiloto de un tirón, abriendo mis piernas contra la guantera, mientras los cinco negros se acomodaban a presión en la parte trasera, risueños y calientes, sabiendo que el viaje a Santa Elena apenas estaba comenzando.
El taxista arrancó quemando llanta por la avenida sombría. Llevábamos un par de cuadras cuando el tipo miró de reojo la copa que yo sostenía y me preguntó con un morbo que no le cabía en el pecho:
—Vení, mija, ¿pero en serio qué fue lo que pasó allá adentro en ese bar? Contame rápido que me estoy volviendo loco.
Me acomodé en el asiento con una sonrisa de puta y se lo resumí sin anestesia:
—Pues qué va a pasar, viejo… Que se lo mamé a todos los del bar, me llenaron esta copa de leche pura y me la tragué enterita, y para rematar el mesero me metió la verga hasta el fondo de la chocha en la mesa principal frente al público. Eso fue lo que pasó.
Al taxista se le desorbitaron los ojos, tragó saliva y estiró su mano derecha, arrugada y temblorosa, metiéndola directo bajo mi falda para hundir sus dedos rústicos con fuerza en mi carne húmeda y castigada. Yo solté una risotada de puta, eché la cabeza hacia atrás en el asiento y alcé la copa de vino. Miré el semen espeso flotando en el cristal, me la llevé a los labios y, de dos tragos largos y profundos, me la bebí completica, saboreando el rastro salado antes de pasarle la lengua al cristal para dejar la copa limpia.
El taxista casi se pasa un semáforo en rojo del puro morbo al verme tragar. Por el espejo retrovisor, los cinco negros venían apretados en la parte trasera, masturbándose en silencio, con la respiración pesada, devorándome con la mirada desde atrás mientras sentían el olor a sexo encerrado.
De repente, me miré las piernas a la luz de las farolas. Las medias veladas negras estaban vueltas un asco: rotas y rasgadas desde el muslo hasta el tobillo por la salvajada del mesero. Una mujer con mi categoría no viaja rota. Miré al negro dominante por el espejo y le clavé una orden sin anestesia:
—Paramos en la estación de gasolina que sigue. A mí no me van a llevar a la Terminal con las medias vueltas una mierda. Me compran unas medias veladas nuevas ya mismo, o aquí mismo me bajo del taxi y se quedan con las ganas del viaje a Santa Elena.
El negro dominante no pestañeó. Se metió la mano al bolsillo, sacó un fajo de billetes arrugados y se los tiró en la consola al taxista para pagar lo que fuera necesario. El carro frenó en la estación 24 horas y el negro más joven bajó como un tiro, entró corriendo al local y, a los dos minutos, regresó con un paquete sellado de medias veladas negras, finas, de las legítimas, y una botella de agua helada. Me tiró el paquete en el regazo como si me estuviera rindiendo tributo.
—Ahí tiene, mi reina, lo que pida —me dijo, acomodándose de nuevo atrás a presión.
Sonreí con malicia de perra. Mientras el carro volvía a acelerar por la Autopista Norte, yo me levanté sutilmente del asiento del copiloto. Me arranqué las medias rotas con los dientes, dejando mi cuerpo completamente expuesto por un instante, y con una lentitud calculada para torturarles la mente a los seis hombres que me rodeaban, desempacué las medias nuevas. Fui deslizando la malla fina y negra, milímetro a milímetro, ajustándola por mis pantorrillas, mis muslos firmes y calientes, hasta acomodarla arriba en mi cintura, volviendo a quedar impecable, costosa y peligrosa.
El olor a nailon nuevo mezclado con el semen que acababa de tragar y mis propios jugos vaginales inundó el habitáculo del taxi, volviendo locos a los negros. Con la adrenalina al tope, me deslicé del asiento y me acomodé de rodillas en el piso del copiloto, de espaldas a la guantera. Le bajé la cremallera al taxista sin pedirle permiso y su verga madura, venosa y cargada de adrenalina me saltó a la cara. La tomé con las dos manos y me la metí completa en la boca.
Empecé a mamársela con una fuerza salvaje en plena autopista, hundiéndola hasta la garganta mientras el tipo se aferraba al volante con los nudillos blancos, gimiendo del placer absoluto. Los negros atrás estallaron en ruidos, dándose contra el respaldo al ver a su reina devorando al conductor.
El taxista, con la respiración totalmente cortada y las manos sudorosas en el timón, miró hacia la carretera y luego hacia abajo, suplicándome con desespero:
—¡Por favor, mija!… Párate ahí en esa berma oscura antes de llegar a la terminal. Déjame metértela un momento, te lo ruego… Hace años que no hundo la verga en una chocha tan caliente y tan puta como la tuya. No voy a ser capaz de manejar si no me dejas coronar.
Me saqué la verga de la boca dejando un hilo de saliva, sonreí con desprecio de perra fina y le respondí:
—Está bien, viejo verde. Hazte ahí a un lado rápido, que esta chocha es de los negros pero aguanta un polvo rápido tuyo.
El taxista metió el freno de mano a un lado de la autopista oscura. De inmediato, abrió su puerta y gritó hacia atrás:
—¡Se me bajan todos ya mismo del carro!
Los cinco negros, encendidos por el morbo, bajaron en manada y se pararon en la berma de la autopista. Yo me bajé del copiloto de un salto, me arrimé al costado del taxi y me incliné hacia adelante, apoyando el pecho y las manos firmes contra la carrocería de metal frío, con la minifalta subida hasta la espalda y las medias nuevas estiradas. El taxista se posicionó de inmediato detrás de mí, me agarró del pelo crespo halándomelo con saña hacia atrás para obligarme a arquear la espalda, me tomó de las caderas con rudeza y, de un solo empuje desesperado, me hundió la verga entera por detrás en mi chocha herida y empapada.
Solté un gemido ronco que se perdió en la brisa de la noche. Mientras me bombeaba de pie con una fuerza bruta y salvaje, dándome golpes secos contra el chasis del auto, el taxista me jalaba el pelo con más rabia y me siseaba al oído con la voz rota:
—¡Qué puta tan rica eres, malparida!… Qué delicia de chocha, mija, me tienes loco… Eres la puta más deliciosa que se ha subido a mi carro.
Yo, sintiendo el metal frío en mi pecho y su verga caliente estallando contra mi útero, moví el culo con más saña hacia atrás y le grité entre gemidos:
—¡Sí, viejo verde, soy tu puta!… ¡Dale duro a esta perra, gózate a tu puta!
Los cinco negros rodeaban la escena en la oscuridad de la autopista, masturbándose en círculo, gozando con el sonido obsceno de la carne chocando en la penumbra. La fricción duró apenas un par de minutos; el tipo estaba demasiado al límite por el esfuerzo y el frío de la calle. Sabiendo que se iba a venir, arqueé la espalda hacia atrás, me le despegué de su intimidad de un tirón, giré la cabeza para mirarlo y le grité la orden sin miramientos:
—¡No me chorrees tu semen adentro, hazlo en mi cara, viejo!
El taxista no aguantó el ritmo, pegó un grito sordo y salvaje mientras me soltaba el pelo, sacó la verga a tiempo y me descargó una ráfaga de chorros espesos, blancos y calientes de semen directo en las mejillas, la frente y los labios. Me quedé quieta en la berma, saboreando las gotas que me caían por la boca. Me di la vuelta, miré a los cinco negros que me contemplaban con los ojos fijos en la leche que me escurría por la barbilla y les dije con una mirada cargada de absoluto descaro:
—Miren bien, muchachos… Para que vean cómo se deja atender una puta fina antes de subir a la montaña.
El tipo se apoyó contra el taxi, jadeando, temblando, completamente vacío y derrotado. Me acomodé la minifalta, saqué un pañuelo de mi bolso para esparcirme la leche por el rostro como si fuera crema, nos subimos todos de nuevo al carro y le dije, mirándolo por el espejo retrovisor:
—Ahora sí, arranca para la Terminal que los muchachos tienen que comprar los pasajes. En la montaña la fiesta va a ser a otro precio.