Capítulo 3

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​Me senté en la mesa con estos tres hombres, quienes no dejaban de observar mis tetas cubiertas solamente por mi blusa negra transparente. Me pidieron la cerveza que de inmediato trajo el mesero, el cual me causó bastante gracia, pues al momento de servirme se tropezó por estar mirando mis tetas expuestas; que obviamente yo sabía invitaban al placer masculino de tocarlas. Me observó y me pidió una disculpa, a la cual yo repliqué diciéndole: «Tranquilo, cariño, tal vez más tarde puedas obtener una buena propina para tus ojos y tus manos».

​Tomé la cerveza y dirigí mi mirada fija y desafiante hacia el grupo de chicos negros, centrándome en el dueño de la verga más hermosa que he visto en mi vida, ese que después me rompió la cuca como debía ser: sin piedad y con rabia por haberle mostrado que la decisión de ser su puta blanca era totalmente mía. Alcé la botella, le guiñé el ojo y le di un gran sorbo, lamiéndola de la manera más sexy y provocativa que me salió por ser la dueña de la situación.

​Decidí centrar mi atención en los tres hombres que estaban conmigo en la mesa e ignorar a mis cinco negros. De una manera u otra, esa noche iba a terminar cogida: por los negros, por estos tres, o tal vez por el mesero. Lo que sí sabía era que, a estas alturas de la noche, entre el alcohol, las vergas que había visto y tocado en el baño, los toqueteos y dedos dentro de mi cuca hambrienta de verga y llena de mis jugos —que seguro también lubricarían cualquier verga que quisiera entrar en ella—, mi cuerpo ya pedía a gritos verga y semen. Quería mucho semen; no sé por qué razón, pero lo quería. Quería verlo salir de cualquier verga, tocarlo, olerlo, tragármelo, saborearlo.

​Mientras hablaba con estos tres hombres, cogí la botella entre mis manos como si fuera una verga. Hacía parecer que masturbaba la botella y le daba pequeños golpecitos contra la mesa para que saliera espuma de ella; la chupaba y la lamía como si fuese una verga dura escupiendo semen. Estos tres no eran tan atrevidos como mis negros, aun cuando no apartaban sus miradas de mis tetas y mis piernas, que cada vez dejaban ver más; pues con mis movimientos de cruzar las piernas buscaba que mi minifalta se subiera cada vez más para que ellos vieran mis piernas más descubiertas y casi el inicio de mis nalgas bajo mis medias veladas, y así se dieran cuenta de que tampoco traía tangas puestas, a ver si se alocaban un poco. Pero aun así, lo único que se atrevieron a hacer fue dejar caer cualquier objeto al suelo para, con la excusa de recogerlo, ver por debajo de la mesa y observar un poco más allá de mi intimidad.

​Entonces tomé la iniciativa y les dije: «¿Les gustó lo poco que lograron ver? ¿Les gustaría ver más, tocar o usar algo de lo que yo tengo y les provoca, o debo irme de nuevo a la mesa donde estaba sentada hace un rato?».

​Mientras yo pensaba en esto y en cómo lograr que todos tuvieran su tajada de mi cuerpo (el mesero, el barman y estos tres hombres con los que estaba sentada), uno de ellos puso su mano sobre mi muslo y empezó a acariciarlo desde la base de mis nalgas hasta la rodilla, deslizando su mano para descruzar mis piernas; y de un tirón, no brusco pero sí lo suficientemente determinado, abrió mis piernas mirándome a los ojos. Sin soltar mi pierna, dijo: «Tienes un par de tetas demasiado provocadoras y desafiantes, esos pezones duros no han dejado de pedirnos ser chupados por nuestras bocas mientras disfrutamos de una buena mamada tuya y te lames el semen de nuestras vergas duras como lo haces con la botella de cerveza». Y moviendo su mano por toda the extensión de mi muslo, se dirigió directo a mi cuca. Notando lo mojada que estaba, la apretó duro entre sus manos y se acercó a mi oído para decirme: «Claro que queremos ver más, puta calentona. Queremos ver tus patas bien abiertas para poder disfrutar de esa chocha chorreante que tienes y ver cómo se traga nuestras vergas». Mientras él hacía esto, el otro chico me cogió la pierna libre, la acarició y, sin pensarlo dos veces, se metió a la boca uno de mis pezones; lo chupó por encima de la blusa y me dijo en el otro oído: «No solo tu chocha, también queremos disfrutar de lo estrecho de tu culo, perra».

​En este punto yo ya estaba más caliente que estufa industrial. Los separé de mí, les toqué las vergas —que realmente estaban duras dentro de sus pantalones— y les sonreí. Mientras me levantaba de mi silla, con la minifalta más arriba de lo normal y sin la más mínima intención de bajármela, me dirigí hacia el tercero, el que no había interactuado aún. Abrazándolo por detrás, le di un beso en la boca y le siseé al oído: «¿Y tú qué opinas, cariño, de lo que me quieren hacer tus amigos? ¿Tú crees que con una sola cerveza lo van a obtener?». Entonces me dirigí hacia el baño y los deje ahí sentados.

​Al salir del baño me encontré con el mesero esperándome. Me entregó un papel diciéndome: «Ahí le envían, señora». Yo lo detuve mientras lo leía, me sonreí y le pedí un bolígrafo prestado para responder la nota enviada por el negro, que decía: «Puta, ya deja de jugar con la comida y ven a sentarte ya a nuestra mesa, si es que en verdad quieres ir a la finca de Santa Elena y ser nuestra puta de fin de semana».

​Yo le respondí en el mismo papel: «Obvio vamos a ir a la finca, pero no has entendido nada: yo decido en qué momento, no ustedes. Así que, si se quieren ir, adiós; ya tengo con quiénes divertirme esta noche. Ustedes deciden si se van o me esperan, porque voy a chupar esas tres vergas porque quiero, y si se van, ellos serán los que disfruten de mí». Y entre paréntesis puse: («No olvides, cariño, yo soy la puta y decido quién y cuándo me lo mete»). Le entregué el papel al mesero y, de paso, le toqué la verga a través del pantalón diciéndole: «Entrégala, cariño… seguramente tu propina será…» y me dirigí a la mesa.

5 chicos negros contra mi

5 chicos negros contra mi II