Capítulo 2

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​No pasaron más de dos minutos cuando ya estaban los siguientes dos entrando al baño y diciéndome: «¿Dónde está la putica de este fin de semana? Si te gustaron las dos vergas que acabas de ver, con las de nosotros vas a quedar loca, jajajaja».

​Y, efectivamente, cuando abrí la puerta del baño ya tenían los pantalones desabrochados y, sin darme tiempo a reaccionar, uno sacó mis tetas del escote mientras el otro me obligaba a ponerme de rodillas y me decía: «Puta, saca ya nuestras vergas y mira cómo nos tienes de duros por estar oliendo tus tangas». Sin pensarlo, procedí a liberar esas vergas de los pantalones y los bóxers que las tenían escondidas.

​Si las dos vergas anteriores me dejaron con la boca abierta, estas dos eran impresionante; eran igual de grandes, gordas y venosas. Cuando las tomé en mis manos no podía cerrarlas del todo, mientras tanto ellos me amasaban las tetas y me decían lo rica y puta que me veía de rodillas con sus enormes vergas negras entre mis manos. Estas dos sí las acaricié más tiempo y las observé con ansias de tenerlas adentro, pues además de ser enormes tenían unas cabezas gigantescas y una de ellas estaba curvada hacia un lado; ya me imaginaba clavada, atravesada por esos enormes pedazos de carne, rellenándome toda, haciéndome su puta de fin de semana.

​Entonces retomé el control de mí misma, las lamí igual que las dos anteriores, les apreté los huevos y les dije: «Ya quiero ser ensartada por estas maravillas de vergas, me van a dejar rota completamente, muchachos. Ahora salgan y que vengan los dos que faltan por calificar». Me reí y los envié para la mesa.

​El que faltaba no era ni más ni menos que el chico del brindis, el que se había atrevido a llevar mi mano para que le tocara su verga dura y me había ofrecido la finca en las afueras. La verdad, estaba ansiosa por verle su verga, por tocarla, por revisarla toda, así que decidí esperarlo de una manera diferente: me dejé las tetas por fuera, subí mi falda a mi cintura y me senté en el inodoro con las piernas totalmente abiertas y metiéndome los dedos dentro de mi ya jugosa vagina.

​Cuando entró el último, el esperado, el artífice de esta situación, me miró y me dijo:

​—Yo lo sabía, desde que te vi supe que eras una puta blanca y que ibas a terminar así para nosotros: con las patas bien abiertas y pidiendo que te demos tanta verga que te volverás adicta a nuestras vergas y al sabor de nuestro semen. Sabía que ibas a ser nuestra puta de fin de semana.

​Y sin tan siquiera darme tiempo, ya tenía sus dedos metidos en mi cuca abierta y babosa de mi propio fluido, mientras yo sacaba su verga del pantalón. De verdad que esta verga lo tenía todo: era grande, gruesa, venosa, cabezona, curva y estaba totalmente mojada de líquido preseminal; era digna de un premio. Por eso, mientras él me metía los dedos, yo lo masturbaba y le decía:

​—¿Seguro quieres que sea la puta de todos? Porque podría ser solo tuya…

​A lo que él respondió metiéndome los dedos completamente hasta el fondo de mi útero, diciéndome:

​—Obvio eres solo puta, pero al ser mía, decido que te culiemos todos y seas la puta, la perra blanca mía y de mis amigos, y de quien yo decida. Cuando te vi les dije a los muchachos: «Les prometo que esa perra que está sentada en esa mesa va a ser nuestra puta este fin de semana». Ellos se rieron y no me creyeron, así que les aposté un millón de pesos a que tú ibas a ser nuestra perra, nuestra caneca de semen este fin de semana. Así que, puta, levántate, quítate el brasier y sal con esa camisa transparente para que todos sepan que te vamos a coger como puta todo el fin de semana. Y disfrútalo, que a distancia se veía que necesitabas verga.

​Sacó sus dedos de mi vagina, me pegó una cachetada con su verga, me quitó el brasier y, antes de salir, me dijo:

​—No te demores, puta, que tienes cinco vergas por satisfacer.

​Cerró la puerta y salió.

​Al salir el chico, yo me levanté, me miré al espejo, retoqué mi maquillaje, me acomodé la falda y me dije: «Definitivamente, Margarita, aún puedes cogerte a quien tú quieras. Así él te haya escogido, tú misma fuiste quien decidió ser la puta de estos negros. Si quiero, salgo, los beso, me despido y me voy a coger con quien yo elija». Sonreí y salí del baño.

​Caminé hasta la mesa, orgullosa de mis tetas y siendo observada por cada hombre que estaba en el bar. Me senté en la mesa, tomé mi cerveza, me la tomé de un sorbo, los miré y les dije:

​—Muchachos, definitivamente tienen las vergas más hermosas y grandes que he visto en mi vida, y quiero que entiendan algo muy importante: yo soy quien decide ser su puta, no ustedes.

​Miré al último chico que había entrado y luego a los demás, y sin pensarlo dos veces les dije:

​—Este caballero les debe un millón. Yo me voy a abrirle las piernas a otros. Adiós.

​Me levanté de la mesa, tomé mi bolso y mi chaqueta, me dirigí a la otra mesa donde había tres hombres solos y les dije:

​—¿Me invitan una cerveza?

​A lo que ellos respondieron, sin dudar, que sí.

​Sin pensar que este acto sería cobrado unas horas después en Santa Elena.

5 chicos negros contra mi

5 chicos negros contra mi I 5 chicos negros contra mi III