El estudio fotográfico estaba un poco frío; afuera se escuchaba la lluvia golpear el pavimento y los techos de los automóviles. Con un café en mano revisaba mi correo, todos spam, pero uno venía con el asunto: Pedido para el fotógrafo que cumple deseos.

Al leerlo, un tipo me explicaba, un tanto mal redactado y con faltas de ortografía, que tenía un deseo con una compañera de trabajo, o algo así. Dudé, no se veía serio; solo por curiosidad le respondí escuetamente: «No acepto trabajos vía mail, solo presencialmente. Si necesitas algo, te espero el viernes a la hora que estimes.»

En menos de 5 minutos recibí un «Iré el viernes, a eso de las 13:30».

El viernes, a la hora señalada, la puerta de mi estudio se abrió y por ella apareció un tipo de unos veintitantos años, caricaturesco, el estereotipo típico del nerd de los años ochenta: muy bajito, delgado, con gafas de montura negra gruesa, una camisa abotonada hasta el cuello dentro de unos pantalones café de talle alto, un reloj Casio A158WA. Llevaba el pelo con raya al medio y una sonrisa nerviosa que dejaba ver sus dientes un poco desordenados y sus dos incisivos frontales más grandes de lo normal; orejas en asa, mentón retraído y nariz prominente y aguileña.

Mi primera reacción no fue de risa, sino de preocupación: «¿En qué rayos me metí?»; sea lo que sea, sería un trabajo titánico.

—Hola, soy… —le dije mi nombre, estiré mi mano.

—Hola, soy Ricardo —respondió con timidez—. Luis, el chofer de la señora Camila, me comentó de ti, y quería saber si podrías, bueno, ya sabes, eso de los deseos.

Dudé, no por su apariencia, sino porque no aparentaba tener el dinero suficiente. No sé si fue la casualidad, o Ricardo era más inteligente de lo que aparentaba, pero él sacó de su bolsillo una libreta de un banco y me mostró sus ahorros; al ver la cantidad, me relajé; con su dinero ahorrado, él podría costear decenas de deseos. Pero mi bolsillo no se emocionó; yo cobraba lo justo por el trabajo, lo que valía, ni más ni menos; no está en mi naturaleza aprovecharme de los clientes. Soy un profesional.

—Y bueno, ¿en qué puedo ayudarte? —pregunté.

Él sacó una tablet y me mostró capturas de pantalla de dos chicas guapísimas, de cuerpazos tallados por la mismísima Afrodita, una rubia y una morena, de esa clase de mujeres que no solo se ven inalcanzables para los mortales, lo son.

Ricardo me comentó que él es el chico de los mandados, el que hace de todo, y ellas, secretarias de gerencia, las veinteañeras colegas y amigas, eran deseadas por hombres y mujeres por igual. Él me comentaba que todos lo molestaban diciendo que hasta la planta gomero de la oficina tenía más oportunidades de tener intimidad con esas dos antes que él, y eso no solo hería su orgullo, sino que lo deprimía, hasta que supo de mi existencia.

Comprendí, no empaticé, pero comprendí el fondo; empatizar no se me es permitido. Si un cliente quiere «A», se le da «A», independiente de lo que yo opine de «A».

Me comentaba que ellas eran soberbias, sabían de su belleza y atractivo, y lo que provocaban; ambas tenían cientos de miles de seguidores en sus Instagram y ambas tenían un ManyVids con miles de suscriptores, donde, si bien no salían desnudas o en ropa interior, al menos no de manera pública, posaban con vestidos muy ajustados y provocadores.

—¿Y con cuál quieres cumplir tu deseo? —pregunté.

—Con ambas —contestó sin pestañear.

Elevé las cejas, pero reitero: si el cliente quiere «A», se le da «A», soy un profesional.

Luego de pensar un momento, fui al escritorio y saqué dos volantes; eran boletos para una sesión fotográfica gratuita, las tenía de cuando abrí el estudio y me estaba promocionando. Rellené ambas con una fecha determinada y se las entregué a Ricardo; él debía dejarlas a escondidas en los escritorios de ambas chicas. El deseo de él dependía solo de si ellas venían o no a cobrar su sesión gratuita, le advertí.

Y sí, resultó, el día señalado en los volantes llegó y aparecieron ambas chicas.

Claudia, la rubia, medía un metro setenta, cintura estrecha, piernas largas y tonificadas, pantorrillas bilaterales armónicas, muslos gruesos y tonificados, vientre plano, senos grandes, trasero de melocotón; una diosa. Javiera, la morena, era otra deidad que guardaba similares proporciones y características, aunque su culo y tetas eran un poco más grandes. Sus cuerpos rozaban la perfección que, luego me comentaron, se cincelaban en el gimnasio. Ambas eran hermosas; la mayoría de las mujeres que tienen una u otra cosa, bello rostro o buen cuerpo, ellas eran de ese porcentaje menor que tenían ambas características más que sobresalientes.

La sesión con ambas fue divertida; ellas, que aparentaban seriedad, eran muy jocosas. Además, las cervezas habían distendido totalmente el ambiente. Además, aunque es malo que el aludido lo diga, soy de los que caen bien; la gente confía rápidamente en mí. «Caes parado en cualquier lado», me decían algunos.

En un momento les pedí posar juntas, simulando ser lesbianas en poses sexis con sus vestidos ajustados, y lo hicieron sin problemas; ellas eran hetero, pero no por ello se cohibían por tonteras. Ahí fue cuando ataqué:

—Saben—les dije—, quería hacer una sesión personal para tener sesiones de resguardo en caso de que algún cliente pida referencias de mis trabajos; no las publicaré. ¿Les interesa ser mis modelos?—Les dije la cantidad que pagaría y ellas se interesaron, no solo por la suma; como les dije, yo caía en gracia.

—No es nada del otro mundo; al verlas pensaba en escenas de oficina donde ustedes eran las secretarias sexys. ¿Qué me dicen?

—Genial —dijo Claudia.

—Me sumo —dijo Javiera.

—Pero me faltaría algo —le dije sobando mi barbilla, como haciéndome el «creativo»—: un contraste, faltaría un hombre, pero no un jefe guapo, muy típico, más bien todo lo contrario, ¿me explico?, qué sé yo, como alguien de los mandados, un cartero, pero debe ser bien feo… —Y les describo con lujo de detalles cómo era Ricardo—. Tendré que encontrar a alguien así, pero será difícil. —Mentí.

—Yo conozco a alguien tal como lo describes —dijo Claudia.

—¡Ricardito! —la siguió Javiera.

—En la oficina hay alguien así de feo. —Ambas se miraron, no expresaron «pobrecito» al recordarlo, pero lo pensaron—. Le preguntaremos si le interesa.

Acordamos con Claudia y Javiera el día, la hora y todo lo relacionado con la sesión de fotos. Esa misma tarde llamé a Ricardo explicándole en detalle todo lo que haríamos y le mandé el valor de su deseo; sin regatear, me depositó al día siguiente.

Y el día llegó; el estudio estaba completamente azul, estantes con libros azules, escritorio, computador, teclado y mouse azules, un sofá azul, todo minimalista y monocromáticamente azul.

Claudia, la rubia, vestía un ajustado vestido negro; Claudia, la morena, un vestido blanco, ambas sin ropa interior; y Ricardo, pantalón café, una camisa celeste con un corbatín café y sus clásicos anteojos de marco grueso.

Como es de costumbre, al principio eran cosas simples, jocosas; la idea era distender el ambiente. Eso, sumado a las cervezas, la atmósfera era de camaradería y confianza. Cada tanto, les recordaba que nadie sabría de esta sesión, que era secreta, que se relajaran como cuando le pedí a Ricardo abrazar a ambas. Esa técnica de programación neurolingüística, al repetir muchas veces la palabra «secreto» antes de pedir la finalidad de la sesión, me hacía sentir Richard Bandler. Mira qué coincidencia, mi cliente se llamaba Ricardo.

En un instante pedí subir el tono; todo era divertido, pero faltaba el carácter de «sexy», les dije, así que pedí que Ricardo se pusiera apoyado al escritorio y ambas chicas a su lado. Desde ese momento, para evitar la familiaridad, los nombraba como: secretaria rubia, secretaria morena y joven. Le expliqué brevemente que iba a sacar fotos en secuencia para que todo fuera más fluido.

—Pobre de ti si le cuentas a alguien —amenazó Claudia a Ricardo, pero no con agresividad, más en broma que en serio.

Les pedí que lo abrazaran, que le besaran la mejilla, que lo hicieran sándwich con sus traseros, que pusieran sus tetas en su cara, todo en tono humorístico sensual, con ropa, pero con mucho contacto físico, pero había que ganarse el sueldo.

—Secretaria rubia —le dije a Claudia—, póngase en cuclillas frente al joven y abrace su muslo. —Secretaria morena —le dije a Javiera—, apéguese al joven y ponga sus tetas en su cuello.

La sonrisa nerviosa de Ricardo, al verse con ambas diosas apegadas a su cuerpo, delataba que comenzaba a tener una erección; era inevitable.

—Secretaria rubia, suba su mano hasta el cierre del pantalón del joven. —Ella lo hizo y frunció brevemente el ceño y su sonrisa fue algo nerviosa; tocó algo que llamó su atención. Ella no fue ni corta ni perezosa y empuñó la mano, testeando el pene de Ricardo sobre la ropa; él abrió los ojos.

—Secretaria morena —bájese la parte superior de su vestido—. Ella lo hizo y sus hermosas tetas descansaban en el cuello de Ricardo.

—Secretaria rubia, bájele el cierre al joven. —Al hacerlo, un enorme pene; reitero, enorme pene sale de su pantalón; lo que le faltaba de altura y belleza le sobraba en su aparato reproductor. Sentí envidia, y no sana. Claudia miró ese enorme pene con los ojos abiertos y miró a Javiera, que miraba hacia abajo con la misma cara de incredulidad que Claudia.

—Secretaria rubia, tome el pene del joven. —Ella, sin dudar, tomó ese enorme pene semi erecto y comenzó a pajearlo suavemente hasta dejarlo erecto y duro, mientras Javiera, la morena, bajaba, se ponía en cuclillas y se sumaba a la acción.

Ricardo miraba hacia abajo y veía que las diosas de su oficina lo estaban pajeando. Sin pedirlo, ellas comenzaban a lamer el pene de Ricardo, pasando sus lenguas por todo ese enorme aparato, dejándolo brillando de saliva. Claudia no esperó y se lo echó con esfuerzo a la boca, dando profundas y rítmicas mamadas mientras Javiera jugaba con los testículos de Ricardo y se masajeaba su vagina.

Luego Javiera le sacó el pene a Claudia y comenzó a mamarlo con energía. Claudia se puso de pie y, de un movimiento, dejó caer su vestido y puso sus enormes tetas en la cara de Ricardo, que comenzó a lamer sus pezones mientras metía sus dedos en la vagina de la rubia diosa. Claudia también se puso de pie, dejando caer su vertido, poniendo sus tetas en la cara de Ricardo mientras lo pajeaba; él se divertía en medio de las tetas de ambas diosas.

—Joven —le dije—, siéntese en el sofá. —Él se desvistió completamente y se sentó en el sofá.

—Secretaria rubia, siéntese sobre el joven.

Ella tomó el enorme pene de Ricardo y se lo acomodó justo en la entrada de su vagina y comenzó a bajar lentamente, como testeando si ese enorme aparato cabría en su agujero y, cuando entró casi completo, ella comenzó a gemir con cada movimiento. Esos gemidos excitaron a Javiera, que se puso de pie sobre el sofá y puso su vagina en la cara de Ricardo, que comenzó a lamerla con énfasis, pero sin violencia. Ese muchacho era raro, tenía la cara de imbécil, pero sabía exactamente lo que hacía. Mientras él la lamía, empujaba a Javiera desde sus glúteos y metía el dedo dentro del ano de ella. Javiera dijo: —Es mi turno— y se puso de espaldas a Ricardo y se sentó en el pene; su ano se dilató mientras bajaba de a poco, haciendo entrar ese enorme pene en su ano, más y más profundo en cada movimiento. Ella nunca había sentido un objeto, menos un pene, tan enorme en su culo; le dolía, le ardía, pero el placer que le provocaba era mucho más.

Claudia, sentada en el piso, metía toda su mano dentro de su vagina mientras lamía los testículos de Ricardo, que estaba con una cara que no podría describir, totalmente en éxtasis.

Luego él se recostó en el sofá, y mientras penetraba el ano de Claudia, que estaba sentada sobre él, lamía la vagina de Javiera, que se sentó de nuevo en su cara. Ambas estaban frente a frente sentadas sobre Ricardo, y se tomaban las manos mientras gemían, sin escándalo.

Pasó algo curioso en toda la sesión: nunca se besaron, ni ellas a él, ni entre ellas; no hubo besos, solo penetración, succión y lamiscadas; tampoco hubo acciones lésbicas; ellas nunca se tocaron sus partes íntimas. Era como si cada una usara a Ricardo como un objeto sexual, un dildo humano con el cual se masturbaban, olvidando a ratos que la hora estaba presente; a Ricardo eso le daba igual, ya había logrado su objetivo.

En un instante ambas se pusieron en cuatro patas en el suelo, apoyando sus manos en el sofá. Ricardo las penetraba a intervalos: el ano de Claudia, la vagina de Javiera, luego la vagina de Claudia y el ano de Javiera. De pronto, él se paró y dijo: —Vengan —con una seguridad desconocida, completamente ajena a su cara y estampa.

Ellas se pusieron de rodillas debajo de Ricardo, mirando el enorme pene mientras él se pajeaba con energía, y ellas, como presintiendo, se acercaron en el momento justo en que él eyaculaba sobre sus caras.

Abundante semen semitransparente y brillante escurría por los rostros de esas diosas, y con sus lenguas metían dentro de su boca. En un instante ellas se miraron y sonrieron pícaras, y al ver sus caras brillantes de semen cayeron en cuenta, por primera vez, de la locura que habían hecho.

—¡Corte! —dije—. Perfecto, son unos profesionales. —Los felicitaba mientras me alejaba hacia mi escritorio, dejando a un jadeante y sudado Ricardo estirado en el sofá. De reojo miré y Claudia se recostó a su lado, exhausta, mientras Javiera lamía algún rastro de semen del enorme pene.

Mucho más tarde me despedí de todos y Ricardo me guiñó un ojo; al mirar por la ventana vi cómo él se alejaba abrazado a ambas diosas mientras ellas conversaban alegres. Días después recibía un mail de Ricardo contando pormenores del romance secreto de oficina que tenía con esas dos diosas. Sonreí.

Un día, mientras limpiaba mis equipos, un hombre maduro entró al estudio.

—Hola —me dijo—, la señora Camila me dijo que aquí hacen encargos especiales, ¿verdad?

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