Visitando unos amigos en el barrio donde viví, decidí pasar por la casa de un gran pana que se llama Luis. Luis es un rockero de los viejos, de aquellos que utilizan collares con púas, mancuernas, se viste de negro, ese estilo de rockero de la época de los 60 y 70. Luis siempre fue de esa manera y cada vez que nos encontrábamos en su casa, él siempre sacaba los discos de rock, lo mejor que tenía, fuese rock en español, fuese rock en inglés, música dura, música suave, pero siempre al estilo rock.

Decidimos entonces, bueno, ya que vamos a pasar un rato, tomarnos una cerveza. Buscamos una caja y la fuimos a comprar. Teníamos una cajita de cervezas bien fría y la esposa nos preparó unas arepitas con queso para que tuviésemos allí picando. Pasamos un buen rato realmente agradable entre conversaciones, cervezas, música, etcétera, etcétera. Éramos varios los que estábamos allí con él y entre todos la pasábamos súper agradablemente bien.

En eso, la esposa de Luis tiene que salir y decide llevarse a las niñas porque iba a visitar a la mamá o algo así. Total, que ella se iba a mediodía y no regresaba sino en la tarde-noche o al día siguiente. Bueno, nos quedamos nosotros sin ningún tipo de problema: teníamos comida, teníamos cerveza, teníamos música y ya teníamos más de una caja de cervezas encima.

Justo cuando la esposa termina de irse, pasados aproximadamente unos 15 minutos, Luis me dice, me toma por el brazo (estábamos bastante tomados realmente los dos) y me lleva para la habitación. Me dice: «Vente conmigo». Y yo: «¿Pero a dónde quieres tú que vayamos?». Me dijo: «Vente, acompáñame al cuarto». Trastabillando llegamos a la habitación. Cuando llegamos allí, se baja el pantalón y me dice: «Mira, yo sé que tú quieres y yo quiero que tú me des una buena mamada». Él tenía el huevo enorme, duro, se veía muy rico…

Yo, pues, al verle el huevo en las condiciones en las que tenía, aunque no sabía realmente lo que estaba pasando, le dije: «Chulo, Luis, mira, yo quiero, pero no quiero que nadie se entere, chamo, de esto». Y me dijo: «Tranquilo, que eso es entre tú y yo. Lo que aquí pase, aquí se queda». Y no me quedó otra más que ponerme de rodillas y comencé a mamar el huevo de una manera tal que él disfrutaba. Cada vez que yo me lo metía a la boca y le daba una muy buena chupada, su huevo me latía en la boca, lo sentía completo. Me lo metía hasta la garganta y cuando salía, salía mojado, muy mojado. Me tragaba toda esa lechita, esa primera lechita que él bota. Eso me la estaba tragando y su sabor me tenía loco.

A medida que le iba dando mamada y le jugaba con sus bolas, él se iba desnudando y se iba quitando toda la ropa. En eso me pide que me levante y me dice: «Quítate toda la ropa». A lo que accedí sin decir absolutamente nada. Me quedé desnudo, en pelota, y me puso en cuatro en la cama. Comenzó a jugar con mi culo, comenzó a pasar la punta de su huevo por mi culo, trataba de meterlo y lo sacaba, y jugaba con él como si siempre lo hubiese hecho. Hasta que en uno de esos juegos lo puso en toda la abertura del culo y lo metió de un solo golpe.

Inmediatamente me incliné hacia adelante, di un suspiro, pero no de dolor, sino de placer. Cuando ese hombre me metió ese huevo me sentí increíble, y más todavía cuando comenzó a cogerme. Fue lo máximo realmente: ese hombre sudado, con ganas, deseándome, deseando mi culo. Lo sacaba nada más que para mirarlo, abría mis nalgas para ver lo grande que se ponía mi culo. Cuando tenía su huevo adentro, lo sacaba y volvía a meterlo. Estuvo jugando un buen rato hasta que por fin, en serio, comenzó a cogerme duro, a meterlo completo, a bramar como un toro, a moverse durísimo. Hasta que por fin ya no aguantó más y, de un suspiro enorme y largo, agarrándome las caderas para empujarme el huevo lo más profundo posible, terminó completo adentro. Se sintió increíble, se sintió libre, se sintió que lo habíamos pasado lo mejor del mundo. Fue una experiencia que no solamente fue enriquecedora para él y para mí, sino que con el tiempo volvimos a repetir y fue igual de bueno.

Yo salí al baño después de que él acabara a lavarme. Él después entró, me pasó el huevo en la boca para que se lo chupara y luego se lo lavó, y me dijo: «Ya sabes, de esto no se habla. De esto solo entre nosotros». Salimos afuera, seguimos tomando cerveza, seguimos hablando como amigos, como si nada hubiese pasado. Nos comimos nuestras arepitas y terminamos la tarde disfrutando de buena música. Aunque yo terminé disfrutando de buen sexo anal, el mejor que había tenido hasta ese día.