Capítulo 2
Entrada del diario II. “IV de Samhain del MCXXII”
Querido diario. Ufff… se que escribo antes de tiempo, ya que he dicho que no iba a escribir hasta dentro de unos días… pero sinceramente, necesito soltar todo lo que pienso ahora, dado que estos días han sido caóticos. En verdad, no se por donde empezar, si por lo importante que quiero soltar o por otro orden de cosas… pero bueno, supongo que es mejor que empiece por orden cronológico, que al final es lo que hace que no se me olvide nada de lo que quiero describir.
Bueno, lo primero es porque estoy escribiendo esto tan pronto, dado que me prometí escribir dentro de una semana, y, en verdad, la sensación que me transmitía mi cuerpo era bastante contradictorias. Es cierto que en parte disfruté mucho de escribir en el diario mis pensamientos, más con lo que sucedió aquella misma noche. Diosa, todavía recuerdo la sensación de mis dedos al explorar por mis labios, el placer al acariciar mis puntos más sensibles… la sensación electrizante… ufff… bueno, que me pongo mala de solo pensar lo placentero que es… y justo ahora y entre todo lo que ha sucedido… no puedo evitar parar de escribir por un momento para… mimarme un poquito… pero es que… la tentación es grande, jaja… la tentación muy placentera.
Bueno, mejor me detengo por un momento. La pluma de urogallo que uso para escribir prefiero que no me deje un regusto a pescado en mis dedos cada vez que la tome para usar en la tienda, o sino, ¿qué dirán en el pueblo? Bueno, los inútiles siempre dirán lo mismo una y otra vez, así que no le voy a dar importancia… pero creo que ganarme una fama como Enriqueta no es algo bueno. Ya es bastante con tener los ojos de los monaguillos rondándome cada vez que piso la Iglesia… y de eso tengo que hablar también.
Bueno, me enrollo mucho, así que empezaré el sábado por la mañana. Como escribí antes, la noche fue demasiado placentera, tanto que no quería ni levantarme por la mañana. Bueno, me gusta dejar reflejado que en verdad ya conozco a varón. Era un joven de las tierras del oeste, un poco barbárico. De cabello largo y rubio, con una barba perfilada y unos ojos azules penetrantes… yo a su lado era poquita cosa. Era solo una niña en comparación con como era ahora, y aún vivía en el convento, cuando vino con una partida de saqueadores a pasar unos días. No era raro, dado que en aquellos años, muchos mercenarios venían a hacer la guerra al sur. Me gustaba mucho aquel acento en sus palabras, donde las efes y las eses se marcaban de buena manera, dejando sisear su lengua… y que lengua… como la manejaba… En fin, esa historia la contaré otro día… jeje…
Bueno, el caso es que normalmente los sábados era cuando aprovechaba para encargarme del huerto, limpiar, preparar ingredientes. Incluso a veces me atrevía a bajar por el día a trabajar directamente en el caldero, dado que el camino hasta aquí es visible desde mi ventana, por lo que dos horas antes de que alguien consiguiera llegar, yo podía verles venir. Sin embargo, cuando me levante, el día fue un poco más de mal en peor. Lo primero que me despertó no fueron los rayos del sol, dado que estaba tan agotada que lo ignoré. No, fue precisamente el golpe contra la madera de mi puerta y una voz que rezaba que le abriera en nombre de la Iglesia.
Obviamente, yo estaba en camisón cuando me tocaron la puerta, por lo que al abrir, intenté que no se me viera nada, asomando a penas solo la cabeza. Justo en la puerta estaba el padre Claudio. Aquel hombre ya un poco encorvado, de nariz aguileña y cabello recortado en tonsura hacían verle de la forma menos atractiva posible. Junto a él estaban otros cuatro hombres, milicianos del pueblo, aunque los conocía más por sus oficios reales que por otra cosa. Había un sexto hombre detrás, aunque no lo conocía, y por las vestimentas adivinaba que debía ser un noble. Bueno, intentaré recrear un poco la conversación con el padre… pero más o menos fue un “¿Otra vez lo de siempre?” por mi parte y una respuesta de “Otra vez lo de siempre” por la suya. Al menos me dio tiempo para vestirme, aunque tuve que ponerme las ropas de ayer, ya que era lo único que tenía a mano.
Bueno, explico un poco que sucedía. Todos los domingos, sin excepción, alguna de las amargadas del pueblo me acusaba de brujería. Que si le habían destrozado el campo de nabos, que si mi colada era más limpia, que si habían desaparecidos las gallinas. Que no, Consuelo, que dejes de plantar nabos, que hay una plaga de topos, que dejes de alimentarlos de una vez y planta otra cosa. Ay, Diosa… ¿qué tengo que hacer para librarme de ellas? El caso es que el padre Claudio ya está hasta las narices de venir a mi casa, porque sabe perfectamente que no me puede hacer nada, o todo el mundo en el pueblo se morirá en la próxima epidemia que surja y su “Dios” no les brinde ayuda por la panda de pecadores que son. O eso creo. Pero, que el caso es que tampoco puede quedarse con los brazos cruzados porque sino no le dejan tranquilo. Así que viene, se trae unos guardias, me dan vuelta a todos mis enseres, me destrozan un poco el local y luego se van diciendo que Dios me lo pague. Al menos no rompen nada… pero cada vez que pasa, pues no me hace gracia porque luego tengo que tirarme el día recogiendo todo lo que han desecho.
Entonces, el día ya empezó bien, de muy buena manera… salvo por un pequeñito detalle. Chiquitito de nada. Me había dejado el diario encima de la mesa. Lo cual es malo, y no es malo. Lo bueno es que no uso la lengua común de estos brutos para escribir, uso el gaélico, la lengua de antepasados transmitida por generaciones… así que por ese lado, estoy salvada porque nadie de aquí sabe gaélico. El lado malo es que… está escrito en gaélico, una lengua pagana, que aunque el padre Claudio no la reconozca, sabe que no es su idioma… así que, un día tan bonito como el sábado, sirvió para que me escoltaran a la Iglesia para que diera unas declaraciones.
No me llevaron engrilletada ni nada raro, pero no me pude cambiar, así que me tuve que comer dos horas de caminata con los tacones… y al llegar, me llevaron a una habitación en la Iglesia donde me dejaron encerrada. Era, obviamente, una habitación real para mendigos o para algún huésped, pero en este caso, sirvió para hacer de “celda” provisional. Así que me tuvieron todo el sábado en una habitación espartana, encerrada, sin poder hacer nada. Tampoco era algo tan raro, dado que no era la primera vez que me lo hacían. Al principio eran muchísimo más duros, teniendo que terminar encerrada en el sótano de la casona del jefe de la aldea. Esto era más protocolario que otra cosa.
El domingo, despues de tener un día sin comida ni agua, antes del servicio religioso, me llevaron a “confesar” mis pecados. Yo… pienso que de verdad son idiotas. Si me acusan de paganismo, ¿que mierdas voy a confesar para que me perdone su “Dios”? No sé, son simplemente idiotas. Al menos, ya por fin a solas con el padre Claudio, pude argumentar mi defensa. Obviamente, la acusación era de que usaba una lengua pagana, y eso lo reconocí, que sabía del gaélico, pero con fines de mantener los secretos de mi profesión, algo que hacían el resto de gremios ¿Era mentira? Por su puesto, pero tampoco es que el padre Claudio fuera el hombre más culto del reino, y las habladurías eran poderosas. Siempre se tuvo la creencia de que en los gremios se guardan celosamente secretos a la Iglesia. Entonces, mi defensa era que estaba escribiendo una tesis de todos mis descubrimientos hasta ahora, cosa que era una mentira como una catedral de grande. Y parece que coló.
Como he dicho, el padre Claudio no era el hombre más sabio del mundo, y la recelosa idea de poder saber esos secretos, era muy interesante. Así que, obviamente como castigo, me impuso que debía hacer el tratado en lengua común y darle una copia… una copia que no sería raro que hiciera llegar a Roma. No sé, cosas de clérigos, pero jugar con su ambición personal era la mejor idea que tenía para salirme con la mía. Pero, también puso otra condición, la cual si me jodio. Quería aprender gaélico. Y eso, no era bueno. No era bueno, porque ese salvoconducto lo perdía. Si el padre ponía sus dedos en algún texto de mi posesión, podría leerlo. Y no me interesaba. Sin embargo, tampoco es que me preocupe. A su edad, no creo que tenga tiempo de aprender lo suficiente ni a difundirlo… o eso espero.
En fin, eso no salió como esperaba, pero… tampoco esperaba nada, así que supongo que no cuenta. Lo que sí pasó es que después me comí todo el servicio religioso con aquellos ropajes. Y eso lo odiaba. No solo por el resquemor que sentía al estar entre aquellas paredes. Mi sangre hervía inconscientemente ¿Por que era un lugar santo o de alguna manera sagrado? No, sino porque era un lugar hostil. Un lugar donde las mujeres aprovechaban para lanzar toda clase de acusación… y Consuelo, deja ya el tema de los putos nabos. Pero, además, la vestimenta que yo es provocativa… demasiado provocativa. Durante todo el maldito servicio fui el objeto de las miradas lascivas de los hombres. De aquellos salvajes apocados, domados por sus mujeres y que veían en mi no solo tres agujeros que usar como Enriqueta, sino algo que ella no les daba. Libertad. Brutalidad. El lado salvaje que aquella sociedad constreñida no les permitía tener. El dejar soltar su lujuria contra el eslabón más débil de una sociedad purista.
Mi miedo no era infundado, pero, aquello solo fueron dos tercios de lo que hacía que me sintiera fuera de lugar. El último tercio se lo llevó el noble. Tuve tiempo para mirarlo mejor. Era alto, apuesto, de mirada penetrante que hacía que tu corazón se acelerara. Era un caballero, no cabían dudas. No iba con su armadura, pero en su aspecto se podía ver la vestimenta de alguien de linaje, probablemente un noble menor de la zona. Sin embargo, no le conocía ¿Qué hacía aquí? Pues esa misma pregunta fue respondida.
El joven se llamaba Sir Robert de Flor, y era un caballero del este, de las tierras que lindan con el mar. Eso se había hablado entre los corrillos, mientras pasaba caminando. Sin embargo, fue él mismo el que se acabó presentando. Me dijo que era un caballero al servicio de la corona, y le había sido intrigante el saber de una mujer que se encontraba en las afueras del pueblo, cosa que quería entender mejor. Al momento me di cuenta que este hombre era peligroso, aunque no sabía cuánto. Se ofreció a acompañarme hasta mi hogar, algo que, a mi pesar, no podía negarme.
Fue un camino, ameno. No diré que no era el típico hombre por el que una dama no se sonrojaría, pero a la vez, tampoco me hacía sentir cómoda. No se jactaba de sus vivencias, pero denoto ser un hombre sapiente de artes más allá de la espada y la religión. Eso era peor, y ahora, en un lugar más tranquilo, me ha dado tiempo para pensar y darme cuenta que aquel era solo un caballero, sino también un político. Sus rasgos positivos eran solo peldaños más para una mente llena de intrigas, y eso me preocupa a día de hoy, ¿cual es su interés real? ¿Que pretensiones tiene hacía mi persona? No mentiré en decir que al llegar a mi casa esperaba que me poseyera. Es un noble que tiene a su disposición a una joven pueblerina. No hubiera sido raro, y durante todo el viaje esperaba que aquello fuera lo que pasara. En parte, mi corazón, el cual estúpido y aún con rastros de la estupidez de la adolescencia, lo aspiraba. No había sentido antes ese tan profundo deseo, de ser empujada a mi alcoba y que rompiera mi vestido con su fuerza, para que al poco… lentamente, y a la luz de las velas de cera de abeja, vertiera su semilla en mi interior, marcándome como su propiedad… corrompiendo mi vientre con sus vástagos para abandonarme… era un impulso extraño, a la vez que el sueño febril de que se quedara conmigo para siempre no me abandonaba…
Sin embargo, la vida no fue por esos derroteros. Al final, simplemente me escoltó a casa, y al llegar, vimos como se encontraba mi pequeña cabañita. No era grande, eran dos habitaciones, pero habían tirado todas las estanterías de la primera sala, donde estaba la puerta, habían también abierto todos los frascos y revisado incluso debajo las alfombras. En mi dormitorio había sido peor. Los dos baúles estaban vacíos, las dos estanterías estaban tiradas, el escritorio estaba volcado y la cama deshecha. Por suerte, no la habían movido de lugar… justo la causal fortuna se portó conmigo. Sir Robert esperó que me derrumbara a llorar, lo noté en su mirada por el rabillo del ojo. Sin embargo, solo suspiré y empecé a limpiar y recoger. Para mi no era nuevo, solo era mi vida. Lo que me sorprendió es que al tomar una estantería para levantarla, Robert tomó el otro extremo, ayudándome. Lo miré con extrañeza, pero no le dije nada… solo continué limpiando, mientras él hacía lo mismo. Poco a poco, la limpieza fue avanzando… hasta llegar a la noche cerrada.
Le ofrecí quedarse a cenar, incluso se me pasó por la mente matar a una de las aves del pequeño corral… pero él me lo negó, simplemente diciendo que esa era su labor como caballero ¡Ah! Diosa, que misterioso se me hace. Ese peligro que transmite con sus acciones, esa actitud sacra y pura… es como las leyendas de los grandes héroes. Un caballero digno de los mitos artúricos, de las baladas de Lugh o los mitos de hombres que se arriesgan para salvar a sus xanas. No podía ni siquiera contener mi cuerpo ante su presencia, mientras mi pecho latía con fuerza al verlo ¿Qué sentimiento tan profundo es este? ¿Fue igual que con aquel mercenario? No, aquello era mucho más salvaje, más primitivo, más… animal. Esto era otra cosa. Era como los frutos del tejo, tan hermosos pero que al catar sellan tu destino. Así sentía la actitud de aquel hombre… de Robert.
No pude dormir aquella noche, dado que estaba sorprendida de mi estado de “histeria”. Mis dedos se deslizaron por debajo de mi camisón mientras se deslizaban con suavidad por los hinchados labios, a la par que la otra mano jugaba con mis pezones. Gozaba del placer, a la par que mis dedos penetraban en mí, con el pulgar jugando con mi clítoris, haciéndome gemir de placer, cada segundo más alocada por todas las sensaciones que electrizaban mi interior con una ola calida de placer, subiendo por mi columna. Mis ojos se volteaban, pero no los necesitaba para ver. Solo veía ese rostro hermoso, con su sonrisa pícara y ojos penetrantes, mientras soñaba con la idea de que jugara conmigo. Me hiciera suya, me hiciera su dama, su doncella, su ramera, su esclava… la mascota que duerme a sus pies y que le da todo el placer que quiera. Mis pensamientos se adueñaban de mí, amando cada segundo de la sensación de placer que dominaba mi espíritu… haciendo tan audible mis gemidos que cualquier incauto a kilómetros confundiría con el aullido de perros… algo que no difería de mi gemido de perra por el placer… Así seguí hasta caer rendida entre las mantas de piel… abrazando el letargo que me permitía cerrar los ojos.
Cabe destacar… que no entiendo porque actué como actué… y más sabiendo que al día siguiente era lunes. Sí, glorioso lunes… uno de los días más concurridos de la semana, dado que las pecadoras aprovechaban el finde para purgarse y blasfemar como las buenas hipócritas que eran. No las juzgaré… bueno, un poquito sí… pero como me llenan los bolsillos de plata, pues estaremos a mano. Al día siguiente me levanté extasiada, con mi cuerpo siendo recorrido por una sensación extraña. Con una sensación de vacío. Necesitaba algo en mí… algo que me hiciera sentirme llena. Pero, para mi desgracia, noté que la comida no era precisamente algo que me llenara ese vacio. En verdad, el lunes fue un día triste. Esa sensación me acompañó cuando aproveché para revisar el jardín, hacer los quehaceres diarios… incluso cuando mi lengua viperina tenía que tomar control y engatusar a mis queridas clientas… sobre todo a Enriqueta. Al parecer, había intentado cortejar a Sir Robert, pero… no había triunfado. No me ha hecho nada ella, pero en parte disfruté de que se quedara con las ganas… y en parte la odiaba por haber intentado algo contra ella, deseando quitarle la piel a tiras… pero me limité a echarle un ingrediente de más a su poción. Nada grave, pero le saldría un forunculo feísimo que la tendría sin encamarse unos cuantos días. Puede que afecte a mi economía, pero… oh… cómo disfruté cuando se iba con cara de alegría; aunque se me cambió al ver que se acercaba también Sir Robert.
Su llegada fue algo que me pilló por sorpresa. Por fin me había podido cambiar de vestido, a uno de tonos morados que le dejó perplejo. El vestido descendía en una falda cerrada hasta las rodillas, ceñida a mi cintura por un cinturón de cuero de cuatro dedos de anchura. El escote era asimétrico, solo sujeto por una gruesa tira que subía por el lado derecho de mi cuerpo, dejando al descubierto mi hombro izquierdo. Unos guantes del mismo material subían hasta superar el codo, mientras jugueteaba con unas monedas que me acababa de dar Enriqueta. Le saludé desde el portal de mi cabaña, intentando aparentar normalidad, antes de darme la vuelta sobre mis botas de caña alta de tacón afilado y entrar dentro de la estancia. Al entrar él, le ví con aquella galas hermosas, armado solo con aquella espada de poco más de un metro que podía haber pertenecido a un héroe de leyenda. Era tan apuesto, tan hermoso… que me quedé demasiado embobada escuchando sus palabras para atenderle bien. Me decía que quería un ungûento que servía para facilitar el afeitado. Tonta de mí, le dije que le quedaba muy bien la barba, en vez de asegurar la venta. El caballero me compró la idea, pero entonces me dijo que necesitaba un ungûento para que su barba no picase. Tenía solución para ello. Vaya que si la tenía. Casi flotando tome un tarro y prácticamente se lo regalé…
Él me dijo antes de irse que me veía muy hermosa de morado… pero, ¿aquello no era ropa de noble? Por suerte, solo le dije que lo sacaba de un tinte que fabricaba, y que no era tan bueno como el de los nobles… Por suerte, no fui tan cateta de decirle que se hacía mezclando belladonna y azafrán… o sino me habría buscado un gran problema. Pero, no quiso indagar mucho más antes de dejar dos monedas de plata en la mesa y retirarse con su sonrisa encantadora. Uhm… esos ojos penetrantes y hermosos… que me miraban con recelo, me tenían loca de amor por él. Espera, ¿amor? No, eso es de pazguatas que desean a varones. Esto, esto solo era un juego. Sí, eso… yo era quien jugaba con él. Bueno, me desvío del asunto… bueno, voy a dejarlo aquí… me cago en…
Continuación de lo anterior, y… ufff… lo siento, me ha puesto de mala ostia lo de “amor” y no se si ha sido para mejor… bueno, explico primero que me ha pasado con lo de la mala ostia.. Joder, el amor es para idiotas. Los hombres solo son fuentes que ordeñar, aunque reconozco que jugar con ellos puede ser muy divertido. Y, pues he necesitado desquitarme. Para entender mejor esto, estaba escribiendo lo anterior justo cuando ha caído la noche. No sé, necesitaba contar todo lo que me había pasado, y empiezo a entender el porqué la gente usa los diarios a diario… madre, el chiste es malo hasta para mí.
Bueno, retomando mi teoría, creo que Maddi nos puso a las mujeres a su semejanza, siendo seres puros dadores de vida, y los hombres como nuestros siervos para el placer y uso. Tiene sentido, dado que al final, quien carga los trabajos más duros y participa en negocios de las armas suelen ser hombres, nosotras somos demasiado… importantes para labores tan barbáricas. Por desgracia, precisamente esa dejadez ha hecho que los varones crean que por la fuerza se toma todo, y confunden nuestra actitud con estupidez para las labores más complejas. Ah… si los hombres supieran la verdad. Si Maddi les hiciera abrir los ojos… tendría ahora mismo a Sir Robert a los pies de mi cama para satisfacer todos mis caprichos…
Bueno, como decía, esto no es más que un capricho carnal, no amor, y por ello, es que me he ido a desquitar con el ganado. O eso en un principio, pero al final, he recordado algo un poco… bastante jodido para mis inversiones. Cuando he bajado, al helado sótano de mi cabaña, he tenido el problema de encontrarme el dispositivo de la entrepierna quitado. Sí, mi maravilloso aparato que pensé limpiar el sábado, pues se me había olvidado de limpiar. Así que el idiota ese se tiró todo el fin de semana sin ello puesto. Así que se adivina mi cabreo al principio. Obviamente, el viernes no se podría pajear, porque le había dejado seco. Pero, el sábado ya estaba listo… y el domingo… el domingo segurísisimo que escuchó todo lo que sucedió en la parte de arriba de la casa. Todo. TODO. Madre mía… mi preciada leche de hombre desperdiciada. No, no, no… eso si que no. O eso pensé.
Cuando me acerqué a la celda, me lo encontré sentado. Podía notar que su polla estaba flácida, aunque me sorprendió el tremendo tamaño de la misma aún en aquella situación. No era una visión atractiva… bueno… a ver… sí… sí sentía algo de excitación en parte por aquello… bueno, no… a ver… joder… es dificil de explicar. Sí, es verdad que mis ojos se clavaron en su polla, pero… el resto no era tan atractivo. Bueno… no… a ver, no era Robert… el caso es que, ya que no tenía al Sire para jugar, pues usaría otra cosa. Me acerqué y tiré de la cadena, esta vez sin darle tiempo a colocarse. Pude oír un gemido de dolor al ver cómo se tensaban las mismas cadenas. Parte de mí sintió un momento de lástima por ello. Parte de mí intentó justificarse, recordando que era un hombre.
Entré en la estancia, observando el lugar… y… y nada. Me quedé extrañada. A ver, estaba sucio, eso era claro… pero no había lugar donde limpiarse ni nada. Si había vertido su leche de hombre, tendría que haber rastros, haber algo… ¿donde demonios se había corrido? Estaba convencida de que aquel imbécil había estado mínimo ayer pajeándose como un mono con mis gemidos. No me creía que no lo hubiera hecho. No… no podía ser… Entonces le miré con odio, y le hice una simple pregunta. Una muy muy muy simple pregunta. Si se había hecho alguna paja. Era simple, algo que cualquier idiota podía haber entendido. Pero no respondió. No dijo nada. Solamente me mantuvo la mirada, con una respiración forzada a la vez que gemía por el dolor que le causaban los grilletes.
Suspiré pesadamente, y entonces lo oí. Oí su voz por primera vez. Una voz que no era un gemido ni una queja. La primera vocalización del mismo. Con una voz grave, pero a la vez dulce como unas cerezas. Y precisamente, no fue eso lo que más me perturbó. Lo que más me perturbó fue que fue un “¿Qué dices?” dicho en una lengua que no había oído en mucho tiempo pronunciar, y que conocía bien. Lo había dicho en gaélico. Mis ojos se abrieron como platos, pero intenté mantener la compostura. No sabía las palabras exactas en gaélico, pero le pregunté más o menos lo mismo. El se rió de mí, y simplemente me dijo “¿Por qué no lo compruebas?”. No mentiré, que en cualquier otra circunstancia, le habría dado un bofetón que le hubiera roto la nariz mínimo. Pero su voz me había encandilado, y pretendía coger el guante en aquel desafío. Mi mano tomó su polla, y empecé a acariciarle con suavidad. La tela de mis guantes contrastaba con su polla, la cual se notaba que no llevaba un tiempo sin estar dentro de ningún dispositivo. No tenía el mismo hedor, ni estaba tan sucia. Ahora se sentía… extrañamente bien en la mano. Era pesada, más a medida que crecía, mientras poco a poco el hombre daba pequeños gemidos sin quitarme esa sonrisa tonta del rostro. Era solo ganado, pero aquella sonrisa provocaba que mis ojos se clavaran en su rostro, entrecerrandolos mientras pensaba cómo extender su castigo. Mi mano dejó de poder cerrarse alrededor de su polla, dado que el tamaño empezó a ser demasiado, a la vez que tomaba líquido preseminal de la punta y lo cubría alrededor de la cabeza, frotando y deslizando. Su placer aumentaba, pero aquella sonrisa no disminuía… pero, a la vez que miraba abajo, algo no se entendía. En este punto, ya tendría que haber empezado a correrse… no tenía sentido. Mi otra mano fue a su polla, y empecé a pajearlo también con ella. Una mano se centraba en el tallo, la otra en sus bolas, dándoles calor y placer a la par…
Estuvimos así un buen rato… no se decir, pero… al final… quienes cedieron fueron mis brazos. Me dolían, cansados por el movimiento continuado. Pero su polla no parecía ceder. No parecía acabar. Pero no podía perder. No contra ganado. Me enfurruñé soltando su polla para mover los brazos un poco, y cambié las manos de lugar… pero no pude aguantar aquello mucho tiempo, volviendo a soltarlo y me alejé de la celda con un bufido que sacó una leve risa del hombre. Enfadada, tomé la única opción lógica. Decidí tomar una posición mejor para pajearlo. Entré de nuevo en la celda y, haciendo de tripas corazón, me arrodillé delante de él. No estaba justo delante de su polla, a un lado, quedando mi mano derecha en perfecta posición para sujetar su tallo y mi otra mano podía acariciar sus huevos. Miré hacía arriba, con ojos desafiantes, denotando mi descarado odio… pero solo ví una sonrisa petulante en el rostro de aquel idiota. Eso me mató, entrecerrando los ojos antes de mirar su polla. Cabreada como estaba, tomó su polla, con mi rostro a unos centímetros de su polla. El olor era profundo, un olor a macho que hacía que mi cuerpo temblara. Pero me tenía que olvidar. Tenía que castigar a este ganado por desafiarme. Empecé a pajearlo con más intensidad, notando como su polla palpitaba con mi toque… pero no llegaba. Su semen no se vertía. No era posible. Aumenté la intensidad todo lo que pude, notando como me entraba picazón en mi brazo de trabajar, como mi guante estaba manchado entero de preleche y mi mente se estaba quedando embotada por la situación. Mi cuerpo me pedía más… me pedía placer… y en el momento en que mi cuerpo iba a reventar… el estalló, vertiendo su leche con un disparo fuerte que salió disparado fuera de la celda. Pero solo el primero. Mi mano soltó del susto su polla, y eso hizo que el falo se moviera donde la gravedad le llevara, haciendo que los dos siguientes chorros cayeran directamente sobre mi hombro y clavícula derecha, y pronto descendiendo por mi pecho a mojar mi vestido. Me quedé sin palabras… pero mi mente había perdido el control. La mano izquierda soltó sus huevos y empezó a acariciar su polla… pero el intenso olor a leche me hizo llevar mi otra mano a levantar mi vestido. Ahí perdida de placer, empecé a frotar mis labios hasta penetrar con los dedos mi coño, jugando con mi clítoris… Si bien, el duró mucho… yo no duré nada. Rota de placer… solo quería seguir así jugando con mi clítoris mientras jugaba con su polla. Y cuando el climax llego… mi cuerpo pedía más. Más placer… más…
Mi posición no cambió. Seguí jugando con su polla a la par que yo jugaba con mi coño a un ritmo descoordinado. Mi cuerpo acabó entumecido… mucho antes de que el llegara una segunda vez, sin saber bien cuantas veces mi cuerpo había liberado en gemidos de placer toda la sensación de mi cuerpo. Pero ahí, en ese momento… fue cuando me dí cuenta de lo que había pasado. La vergüenza y el hastío por la situación me inundaron, suplicándome que saliera de allí. No hubo ceremonias. No hubo nada… solo, mi cuerpo pidiéndome escapar. Me levanté, arreglándome el vestido, y cerrando la celda antes de tirar de la cadena para liberarlo. Subí casi a la carrera, y… bueno, después de limpiarme un poco y quitarme el vestido… pues estoy escribiendo estas líneas. No diré que es cómodo estar en tanga y botas en invierno, pero es mejor que nada… joder… ahora tengo que limpiar un vestido de los bueno… y no se que pensará el productor de semen de abajo… pero, es que hay tantas cosas que han salido mal el día de hoy… joder… Aún así, bueno, me surgen varias dudas con todo lo que ha pasado. Primero, tengo que ver como soluciono lo del padre Claudio, luego quiero saber quien demonios es Sir Robert… y luego tengo que volver a poner en vereda al ganado de abajo… pero, habla gaélico, ¿quien será? No sé, pero espero descubrirlo… si tengo tiempo para limpiar un poco todo esto.
Buenos días, tardes o noches. Perdón por subir el relato antes de lo que he planeado, pero por motivos personales, no lo puedo subir el viernes, que me ha surgido algo. Así que lo adelanto antes. Aún así espero subir el siguiente este fin de semana, dado que ya aviso que la siguiente no voy a poder subir nada hasta el próximo finde o así. Por cierto, si estoy diciendo que la historia es en otoño, ¡Nadie me ha dicho que el relato he puesto que sucede en Abril! Me di cuenta tarde, un error de novato. Lo siento. Espero que les esté gustando la serie. Para cualquier cosa, atiendo a mi correo en «[email protected]» Un cordial saludo.