Capítulo 3

CAPÍTULO 3: La Cosecha de la Carne

Autor: Curtis Logan

Hal Gordon volvió a la conciencia de manera brutal.

Lo primero que registró fue aquella presión. Una presión total, envolvente, que comprimía cada centímetro de su piel desde todas las direcciones. Abrió los ojos y vio ámbar. Un fluido denso, de color miel turbia, lo rodeaba por completo. Estaba suspendido verticalmente en un tanque de biovidrio, con sus brazos flotando a los lados, su cuerpo desnudo se mecía lentamente en la sustancia espesa.

El líquido no era agua. Era un limo vital, una mezcla de nutrientes, hormonas de crecimiento y estimulantes neuronales que las Criadoras utilizaban para «reparar» el material genético valioso. Hal sintió cómo el limo le llenaba los pulmones, pero no se ahogaba. Sus tejidos absorbían oxígeno directamente del fluido, como un feto en el útero. También sintió cómo le llenaba el recto, los oídos, los conductos nasales. Era una saturación de cada orificio, cada cavidad, cada espacio interior.

Las Criadoras le habían inyectado estimulantes neuronales super potentes. Su mente estaba más despierta que nunca, cada una de sus neuronas se disparaban con una claridad dolorosa. Podía sentir cada célula de su cuerpo, cada terminación nerviosa, cada latido. Y podía sentir, con horror absoluto, cómo su cuerpo respondía al cóctel químico del limo.

Su pene, flácido y magullado por la prueba pasada, comenzó a llenarse de sangre. No era una erección natural, placentera. Era una erección forzada, un bombeo mecánico impulsado por afrodisíacos sintéticos que recorrían su torrente sanguíneo. El tejido eréctil se congestionó hasta el dolor, el glande se hincho hasta volverse púrpura, la uretra ardiente por la presión. Los vasos sanguíneos se marcaban como cuerdas azules bajo la superficie de la piel. Sus testículos, todavía retraídos por el trauma, comenzaron a descender lentamente, llenándose del semen producido a la fuerza por las hormonas.

Su mente gritaba de rechazo. Pero Su cuerpo respondía con una vitalidad obscena, mecánica, independiente de su voluntad.

A través del cristal del tanque, vio movimientos. Figuras que se acercaban.

eran Las Criadoras.

Las Criadoras eran pálidas. Su piel tenía la textura del cuero mojado, de un blanco lechoso que parecía absorber la luz en lugar de reflejarla, pero con una cualidad translúcida que permitía entrever lo que había debajo. únicamente tenían un vello sedoso y poco abundante en sus órganos sexuales. No tenían poros. Sus cuerpos eran lisos, como esculturas de cera fundida, pero con una musculatura larga y fibrilar que se marcaba bajo la superficie como cuerdas de piano tensadas.

Sus extremidades eran demasiado largas. Sus dedos tenían múltiples falanges, con articulaciones extra que permitían giros imposibles. Las uñas no eran uñas, eran escalpelos orgánicos, queratina endurecida en filos de bisturí que brillaban bajo la luz ámbar.

Sus rostros eran hermosos, pero de una belleza estática, congelada, como si fueran máscaras. Sus pómulos eran altos,los labios finos, sus ojos de pupila vertical nunca parpadeaban. No tenían pezones en sus senos grandes y llenos, en su lugar, tenían pequeñas hendiduras horizontales supuraban un suero amarillento que goteaba por sus torsos. Sus abdómenes estaban distendidos, permanentemente hinchados, como si cargaran con órganos que no pertenecían a un cuerpo humano.

Una de ellas, la que parecía liderar la inspección, tenía la piel tan translúcida que Hal podía ver sus órganos internos, el corazón le bombeaba lentamente, vio los pulmones expandiéndose y contrayéndose, y algo más, algo que parecía un saco gestacional vacío, plegado contra su columna vertebral como un globo desinflado.

Se comunicaban mediante chasquidos húmedos e irritantes que emitían con la lengua y el paladar. Pero Hal podía entenderlas. Los nanobots de Antígona, inyectados por medio de aquel limo primordial, traducían cada sonido directamente a su cerebro.

—Sujeto 07 —chasqueó la translúcida, presionando sus dedos contra el cristal del tanque. Sus ojos verticales recorrieron el cuerpo de Hal con la misma indiferencia con que un carnicero examina una res—. El que resistió hasta el último granito. Interesante. La Matriarca quiere tenerte.

Otra Criadora, de muslos hercúleos y vientre plano como una lápida, se acercó al panel de control del tanque. Sus dedos, demasiado largos, danzaron sobre los controles orgánicos. El limo comenzó a drenarse lentamente.

Hal sintió cómo el nivel bajaba, cómo el aire reemplazaba al fluido. Cuando su cabeza emergió, tosió, expulsando limo de sus pulmones. El sonido era húmedo, asfixiante.

—No intentes hablar —dijo la translúcida, sin emoción—. Tu voz no nos interesa. Solo tu carne, por ahora.

Lo sacaron del tanque con ganchos. No lo sujetaron con correas ni esposas. Utilizaron ganchos de hueso que atravesaron sus tendones de Aquiles y lo izaron en el aire, dejándolo colgado boca abajo, con su peso muerto tirando de los tendones perforados. El dolor fue blanco, absoluto, un relámpago que le recorrió las piernas y se instaló en la base de su cráneo. Pero Hal no podía gritar. Su garganta, llena de residuos de limo, solo emitía un silbido ronco, un sonido de animal herido.

Las Criadoras lo observaban mientras se balanceaba lentamente, con la sangre goteando desde los puntos de entrada de los ganchos, recorriendo su cuerpo desnudo y formando pequeñas charcas en el suelo de piedra orgánica.

—Buena suspensión —dijo la de muslos hercúleos, evaluando con ojo clínico—. Los tendones aguantarán horas.

La Criadora de muslos hercúleos se colocó detrás de él. Hal sintió un pinchazo frío en la base de su columna vertebral. Una aguja, larga como un dedo, penetró el espacio entre sus vértebras. El líquido que inyectó era verdoso, brillante, y el efecto fue inmediato.

Un calor abrasador recorrió su pelvis. Sus genitales, ya congestionados por el limo, se activaron con una violencia que le arrancó un espasmo involuntario. Su pene se endureció hasta el límite de lo soportable, el tejido eréctil presiono contra la piel, los vasos sanguíneos se marcaron como cuerdas azules bajo la superficie. No era deseo. Era simple combustión química. Sus nervios enviaban señales de placer directamente a su cerebro, señales que su mente rechazaba pero su cuerpo no podía ignorar.

La erección era ahora una masa de tejido congestionado, púrpura, inflamado, el glande tan sensible que cada roce del aire era una agonía de placer. Los testículos, completamente descendidos por la fuerza de las hormonas, le dolían con cada latido, llenándose de semen producido a la fuerza.

Su mente gritaba de rechazo pero Su cuerpo respondía con una vitalidad obscena.

La Criadora translúcida se acercó a su rostro. Sus ojos verticales lo miraron sin parpadear. Luego, con un movimiento rápido, introdujo dos dedos en los ojos de Hal y aplicó presión. No para sacarlos, sino para fijar los párpados. Una sustancia pegajosa, como resina caliente, brotó de sus yemas y selló sus ojos en posición abierta. No podría cerrarlos. No podría apartar la mirada.

—Debes ver —dijo ella—. Ver es parte de la curación.

Hal sintió la resina endurecerse, fijando sus párpados como si fueran de piedra. El mundo ante él era nítido, cruelmente nítido, y no había escape.

Otra Criadora, la de abdomen hinchado, se colocó frente a él con un recipiente de cristal lleno de instrumentos que parecían más orgánicos que metálicos, sondas de hueso pulido, pinzas de quitina, cuchillas de dientes de insecto. Comenzó por sus heridas, los cortes de las esposas en las muñecas, las marcas de los ganchos en los tobillos, la quemadura de plasma en el hombro.

Pero no usó anestesia. Usó un hilo de tripa de insecto, vivo, que se retorcía mientras ella cosía. Hal sintió cómo el hilo penetraba su carne, cómo se retorcía dentro de las heridas, buscando su propio camino, fusionándose con los tejidos, creando una unión que latía con su propio pulso. Cada puntada era un latigazo de dolor, pero el dolor se mezclaba con el placer químico de los afrodisíacos, formando una paradoja insoportable.

Cuando ella terminó, las heridas ya no eran heridas. Eran cicatrices vivas, selladas con hilo que respiraba.

Mientras la primera Criadora cosía, otra trabajaba en sus genitales.

Hal sintió cómo sus manos, largas y frías, tomaban su pene erecto con una indiferencia absoluta. Con una pinza de hueso, separó el prepucio, exponiendo completamente el glande.

luego acercó un nuevo instrumento, una copa de cristal graduada conectada por un tubo flexible a una bomba de vacío manual. La colocó sobre una mesa cercana mientras sus ojos verticales evaluaban el cuerpo de Hal con la misma frialdad con que un mecánico evalúa un motor averiado.

—Los conductos seminales están saturados —dijo, no a Hal, sino a las otras Criadoras, como si él no estuviera allí—. El fluido acumulado durante el cautiverio ha cristalizado parcialmente. Si no lo evacuamos antes del estudio, las muestras saldrán contaminadas y las mediciones serán inútiles.

La translúcida asintió.

—Procede con la purga. Luego haremos las pruebas de rendimiento base.

Hal no entendió lo que aquello significaba hasta que sintió las manos de la Criadora de muslos hercúleos agarrándolo por las caderas y girándolo en el aire. Los ganchos de sus tobillos crujieron, y el dolor en sus tendones renovados fue un relámpago blanco. Quedó suspendido boca abajo, con su pelvis al nivel de los rostros de las Criadoras, con su pene erecto y congestionado colgando a centímetros de los ojos de aquellos seres y su cabeza casi tocando el suelo de aquel hangar.

La Criadora de abdomen hinchado se posicionó frente a él, con sus ojos verticales fijos en su pene erecto y dolorido.

Tomó su pene con una mano, sopesándolo, examinándolo. Sus dedos largos y fríos recorrieron la longitud del miembro, desde la base hasta el glande, presionando aquí y allá, evaluando la turgencia del tejido.

—Buena congestión —dijo— Los afrodisíacos han funcionado. El glande está sensible, la uretra dilatada. Procedamos.

Sin más preámbulo, la Criadora tomó su miembro con una mano y se lo llevó a la boca.

—Fase uno: muestra basal —anunció la de muslos hercúleos, tableta en mano—. Estimulación oral, respuesta natural.

El calor fue un shock. Su lengua, áspera como papel de lija, recorrió la longitud del miembro con movimientos lentos y deliberados, mientras sus dedos masajeaban sus testículos con una presión experta. Hal sintió cómo el placer químico se disparaba, cómo su cuerpo respondía a pesar del terror.

La Criadora mantenía los ojos abiertos, mirando hacia arriba, estudiando sus reacciones. Cada vez que Hal gemía, ella ajustaba la presión. Cada vez que su cuerpo se tensaba, ella cambiaba el ritmo. Estaba cartografiando sus respuestas con la boca.

Aquella boca succionaba con fuerza, no para dar placer, sino para crear vacío, para forzar el flujo de semen desde lo más profundo de sus conductos. Su lengua no acariciaba, raspaba, estimulando cada terminación nerviosa para acelerar la respuesta fisiológica. Era una máquina de ordeñar con forma de boca humana.

—Fascinante —murmuró la de muslos hercúleos—. La sensibilidad del glande es superior a la media. Responde más a la estimulación del frenillo que a la succión directa.

Hal sintió cómo el orgasmo se acumulaba, forzado, mecánico , esa presión familiar en la base de la columna. Su pene y sus caderas comenzaron a moverse por sí solos, apuñalando el aire en dirección a la boca de ella, buscando más profundidad, más calor.

La Criadora lo sintió. Retiró la boca.

—Va a eyacular —dijo.

—No —gimió Hal, con su cuerpo convulsionándose en el vacío. El orgasmo se detuvo en seco, congelado a medio camino. Hal gimió, con una mezcla de frustración y agonía, mientras su cuerpo temblaba, atrapado en el umbral de la liberación sin poder cruzarlo.

—Todavía no —dijo ella, limpiándose los labios—. Primero, la medición.

Su pene palpitó inútilmente, disparando contra nada, derramando una pequeña cantidad de líquido preseminal que una tercera Criadora recogió con un instrumento.

—Preparada para captura —anunció la de abdomen hinchado.

Volvió a tomar su miembro en la boca, y esta vez no se detuvo. Su lengua trabajó con intensidad mecánica, implacable, mientras los sensores adheridos a su piel registraban cada espasmo. Hal sintió cómo el orgasmo se desataba, y cuando eyaculó, gruñendo y gritando, la Criadora no se apartó. Su boca recibió el primer chorro, pero inmediatamente después colocó el receptáculo de cristal bajo su glande, capturando el resto.

Su pene apuñaló el aire una y otra vez, disparando semen en arcos que salpicaban el receptáculo, su cuerpo, el suelo. Fueron cuatro, cinco, seis espasmos, cada uno más débil que el anterior, cada uno arrancándole un gemido que no era de placer sino de rendición.

—Volumen: seis coma dos mililitros —anunció la de muslos hercúleos—. Consistencia esperada. Concentración: dentro de parámetros estándar.

La Criadora se levantó, escupiendo el resto de semen en un recipiente aparte.

—Fase uno completa. Buena respuesta oral. temperatura y sabor a un nivel por encima de los parámetros. Pasamos a fase dos.

La Criadora de abdomen hinchado se colocó detrás de él, sus dedos largos y fríos explorando su perineo con precisión quirúrgica.

Introdujo un dedo en su ano, buscando la próstata desde dentro. Hal gritó cuando encontró el punto

—La próstata es la clave —dijo—. Estimulación directa, vaciado completo. Más eficiente que la extracción oral para conductos profundos.

Sus dedos encontraron el punto, presionaron, y Hal sintió una oleada de sensación tan intensa que su cuerpo se arqueó contra las ataduras. era la activación forzada de terminales nerviosas que su cerebro no podía procesar como nada excepto éxtasis.

—Observen los espasmos prepulsivos —señaló la de muslos hercúleos.

Los dedos masajearon la glándula con movimientos circulares, firmes, implacables. Hal sintió cómo su pene, aún sensible de la primera ronda, comenzaba a endurecerse de nuevo, a moverse, a apuñalar el aire con embestidas instintivas que no controlaba. Cada empuje hacia adelante era un reflejo pélvico, un intento de su cuerpo de encontrar la fricción que completaría el ciclo.

—Preparando para captura —anunció la de abdomen hinchado.

Otra Criadora colocó el receptáculo de cristal justo frente al glande de Hal, alineándolo con cuidado.

—Ahora.

Los dedos presionaron más profundo, encontraron el punto exacto, y Hal sintió cómo el orgasmo se desataba en contra de su voluntad. Su pene disparó semen en un chorro largo y espeso que golpeó el interior del receptáculo con una fuerza que hizo tintinear el cristal. Su cuerpo se convulsionó, las caderas empujaron hacia adelante una y otra vez, y cada embestida era acompañada de un nuevo chorro, cada espasmo vaciaba más de lo que él sabía que sus testículos contenían.

—Volumen: cinco coma ocho mililitros —anunció la de muslos hercúleos—. Ligeramente inferior a la muestra oral, pero esperado tras la extracción múltiple. Fuerza de proyección: superior. Nota: la estimulación prostática produce una eyección más violenta.

La Criadora de abdomen hinchado retiró sus dedos lentamente de la apertura anal del hombre, observando cómo el último espasmo recorría el cuerpo de Hal. Su pene, aún erecto, seguía goteando, embistiendo el aire con pequeños movimientos residuales.

—Buena respuesta prostática —dijo con satisfacción profesional—. Producción inmediata, eyección completa. La Matriarca apreciará este nivel de rendimiento.

—Fase tres: vaciado residual —anunció la de muslos hercúleos—. Estimulación mecánica combinada. Objetivo: conductos completamente limpios.

Hal, jadeante, apenas registró lo que significaban aquellas palabras hasta que vio a otra Criadora acercarse con un instrumento diferente. Era un aparato de metal orgánico, una estructura de anillos y sondas que parecía diseñada para envolverlo por completo.

—El cuerpo siempre retiene —dijo la translúcida, acercándose por primera vez—. Pequeñas reservas en los pliegues, en los conductos secundarios. La Matriarca no acepta residuos.

El instrumento se colocó alrededor de su pene. Un anillo en la base, otro a mitad del cuerpo, y una sonda delgada que se introdujo suavemente en su uretra, mientras Hal gemía.

—No… —intentó Hal, pero su garganta solo produjo un gorgoteo.

no fue tan profunda como antes, solo lo suficiente para estimular desde dentro.

—Combinación de succión mecánica y estimulación uretral —explicó la de muslos hercúleos, como si dictara un manual—. Máxima extracción de fluidos residuales.

—La máquina registrará cada respuesta —dijo la Criadora traslucida—. Frecuencia cardíaca, presión sanguínea, contracciones musculares, tiempo de respuesta. Todo será medido.

La de abdomen hinchado se colocó frente a él y abrió las piernas. Su sexo, una hendidura húmeda que rezumaba un fluido espeso y blanquecino, estaba a centímetros de su rostro.

—Chupa —ordenó—. Necesitamos muestras de tu saliva bajo estimulación concurrente.

Hal dudó. Las manos de las Criadoras lo sujetaron con más fuerza.

—Chupa, o podemos hacer que se doloroso para ti.

Obedeció. Su lengua encontró carne húmeda, vello espeso,ralo y sedoso, el sabor agrio y salado de sus fluidos inundó su boca. Ella gimió, pero no era placer; era evaluación.

—Saliva: producción normal. Reflejo de succión: presente. Coordinación: aceptable.

Mientras su boca trabajaba, la máquina seguía trabajando su pene, el ritmo aumentando gradualmente. Hal sentía cómo el orgasmo se acumulaba, forzado, mecánico, sin deseo real. Era una respuesta puramente física, un reflejo espinal estimulado por la máquina y las drogas.

—Acercándose al umbral —dijo la Criadora que monitoreaba la máquina—. Contracciones preparatorias detectadas.

La de abdomen hinchado apretó su cabeza contra su sexo, hundiéndolo más profundamente.

—No pares. Queremos el orgasmo completo para la muestra.

Hal sintió cómo el mundo se estrechaba, cómo todo su ser se concentraba en esa presión creciente en la base de su pelvis. Los músculos de su perineo comenzaron a contraerse en espasmos rítmicos, incontrolables. La uretra ardía.

Y entonces eyaculó.

—Produciendo —dijo la de muslos hercúleos, señalando el receptáculo.

La máquina succionó con más fuerza justo en el momento del clímax, arrancándole el semen en un chorro violento que llenó el receptáculo de cristal. Hal gimió contra el sexo de la Criadora, su cuerpo arqueándose, mientras ella seguía presionando su cabeza contra ella, usando su orgasmo para el suyo propio, que llegó segundos después, un espasmo que humedeció aún más la boca de Hal.

—Muestra recolectada —anunció la Criadora de la máquina—. Volumen: 4.2 mililitros. Densidad: dentro de parámetros.

La de abdomen hinchado se separó de él, dejando que su cabeza cayera hacia atrás. Hal jadeaba, con el cuerpo aún sacudido por espasmos residuales.

—Observen los reflejos —dijo la Criadora—. El cuerpo no distingue entre eyección real y vaciado mecánico. Los espasmos continúan aunque no haya contenido.

Hal sintió cómo los anillos seguían masajeando, cómo la sonda seguía vibrando, cómo su pene seguía apuñalando el aire una y otra vez, disparando nada, convulsionándose en seco.

—Suficiente —ordenó la translúcida—. Conductos limpios.

El instrumento se retiró. Hal colgó de los ganchos, jadeante, el pene finalmente inerte, goteando el último líquido claro mientras pequeñas convulsiones residuales sacudían sus muslos.

—Tres fases completadas —resumió la de muslos hercúleos, revisando sus notas—. Muestra oral: estándar. Muestra prostática: superior en fuerza de eyección. Muestra mecánica: confirmación de vaciado total. Perfil establecido.

La Criadora de abdomen hinchado se levantó, observando a Hal con satisfacción profesional.

—Listo para la Matriarca —declaró—. Sus conductos están vacíos y limpios. Cuando ella lo monte, producirá desde cero, sin residuos que contaminen su muestra personal. Y sus reflejos son excelentes,responderá inmediatamente a cualquier estimulación.

Las otras Criadoras asintieron, tomando notas finales en sus tabletas.

Hal colgaba, vaciado por completo. Su mente ya no procesaba palabras, solo sensaciones, el ardor en la uretra, el vacío en el abdomen, la humedad del líquido que aún goteaba.

La Criadora de muslos hercúleos se acercó con un instrumento que parecía una pluma, pero cuyo extremo era una aguja hueca que brillaba con un líquido rojo incandescente. La luz pulsaba débilmente, como si la tinta estuviera viva.

—Esto va a doler —dijo, sin emoción—. Pero no puedes moverte. Si te mueves, el sello saldrá imperfecto y tendremos que quemarlo y empezar de nuevo.

Hal no respondió. No podía. Su lengua era un peso muerto en su boca.

La aguja descendió sobre su pecho, justo sobre el esternón. El dolor fue inmediato y absoluto. Era como si le grabaran con ácido directamente sobre la carne, capa tras capa, hasta llegar al hueso. La tinta, una mezcla de pigmentos orgánicos y toxinas, quemaba cada terminación nerviosa mientras se fijaba en la dermis, creando una unión permanente entre el diseño y su carne.

Hal gritó. Un sonido ronco, desgarrado, que resonó en la cámara. Pero la Criadora no se detuvo. Su mano era firme, implacable, trazando líneas con la precisión de un calígrafo.

El diseño era complejo, una vulva estilizada, rodeada de colmillos. El símbolo de la Matriarca. El sello de propiedad. Hal sintió cómo cada trazo se incrustaba en él, cómo la tinta se extendía bajo su piel como raíces, cómo su cuerpo aceptaba la marca con la misma sumisión con que había aceptado las sondas.

Cuando terminó, la Criadora sopló sobre la herida abierta. El aire frío fue otro latigazo de dolor, pero también un alivio,el peor momento había pasado.

—Ya está —dijo, examinando su trabajo con ojo crítico—. Limpio. Perfecto. Ahora eres de ella.

La vulva con colmillos brillaba con un tono rojo oscuro, con la piel alrededor inflamada y supurante. Era una herida, sí, pero también era una declaración. Llevaría esa marca el resto de su vida, fuera larga o corta.

Pero no había terminado.

Otra Criadora se acercó con una sonda diferente. Más gruesa, más larga, con un extremo que parecía un sello de metal caliente grabado con el mismo diseño. Hal sintió cómo el terror le helaba la sangre.

—El marcado interno —explicó la Criadora, sosteniendo la sonda frente a sus ojos para que viera—. La Matriarca quiere que su propiedad esté grabada también donde nadie pueda verlo. Así, siempre lo sabrás. Incluso cuando cierres los ojos, incluso cuando finjas que no es cierto, tu interior recordará a quién perteneces.

Hal forcejeó, un espasmo de pánico que apenas movió su cuerpo agotado, pero Dos Criadoras sujetaron su pelvis con firmeza

—No… —susurró—. Por favor…

—No supliques —dijo la Criadora— no con nosotras. guardalo para la matriarca— y la sonda descendió.

Penetró su uretra lentamente, un avance de metal caliente que quemaba a su paso. Hal sintió cómo el tejido se abría, cómo la sonda encontraba el camino que las anteriores habían preparado, cómo avanzaba centímetro a centímetro hacia su próstata. El dolor era tan absoluto que su mente intentó desconectarse, pero los estimulantes neuronales se lo impidieron. Estaba completamente consciente para cada segundo, cada quemadura, cada espasmo.

Cuando la sonda alcanzó la próstata, se detuvo. Hal sintió el calor del sello contra el interior de la glándula.

—Ahora —dijo la Criadora.

El sello se calentó hasta volverse incandescente. Hal sintió cómo el tejido se quemaba, cómo el diseño de la Matriarca ,la vulva con colmillos, se grababa en el interior de su cuerpo, en el lugar más íntimo, más profundo. Su grito fue silencioso, un espasmo de aire que no llegó a ser sonido. Su cuerpo se arqueó en el aire, sus manos arañaron el vacío, sus pies golpearon la nada.

Cuando la sonda se retiró, Hal yacía inmóvil, jadeante, con su cuerpo marcado por dentro y por fuera. El olor a carne quemada, a su propia carne quemada, llenaba sus fosas nasales.

Las Criadoras lo observaron en silencio. La translúcida se acercó y, por primera vez, tocó su rostro con suavidad.

—Ya está —dijo—. Ahora sí, eres completamente de ella.

Hal no respondió. No podía.

—La Matriarca quiere verte —continuó la translúcida—. Quiere conocer al hombre que resistió hasta el último granito. Quiere saber de qué está hecha tu carne.

Mientras lo desenganchaban de los ganchos, Su pene dio una última embestida residual, apuñalando el aire en un espasmo, como si incluso vacío quisiera seguir disparando.

—Llevenlo a la cámara de reposo —ordenó la translúcida—. mañana será presentado ante su nueva dueña.

La de muslos hercúleos se acercó con una inyección.

—Para la recuperación —dijo, y se la clavó en el cuello.

Hal sintió un calor nuevo, reconstituyente, recorriendo sus venas. Sus músculos dejaron de temblar. Su corazón se estabilizó. las heridas dejaron de doler.

Mientras lo arrastraban fuera de la cámara de Recuperación, Hal pudo ver los receptáculos de cristal llenos con sus muestras de semen y fluidos alineados en una estantería, junto con el datapad de la evaluación de sus reacciones, cada uno etiquetado con su código: «Sujeto 07, Lote 1, Fecha de Cosecha».

Prisionero de las Amazonas Galácticas

El último granito de arena