Soy Arian. Aunque casi todos me llaman Ari. Hay algo en mí que nadie conoce. Tengo veinte años, estudio psicología y poseo ese tipo de rostro que la gente describe como “angelical”. Mido apenas metro y medio. Mi cuerpo siempre ha sido motivo de confusión: caderas anchas, cintura pequeña, piernas torneadas… una silueta que no encaja del todo con lo que se espera de un hombre. Me cuido la piel con obsesión, la mantengo suave, blanca, casi delicada. Y sí… llevo un tratamiento hormonal en secreto.
La fiesta de Halloween de la universidad fue mi condena.
Yo estaba a cargo del evento junto con tres amigas. Una de ellas no pudo asistir y, sin pensarlo demasiado, me ofrecieron su disfraz.
—No puedo… —murmuré al principio—. Es demasiado.
—Ari, por favor —insistió Susana riendo—. Te va a quedar mejor que a ella.
“Soy un chico”, me repetía. “Un chico. Solo un chico”.
Pero no tenía opción.
Fuimos al piso de una de ellas para cambiarnos. Cerré la puerta del cuarto y me quedé unos segundos en silencio. Mi reflejo me observaba, expectante.
Comencé a desnudarme.
Cuando tomé el tanga entre mis manos, dudé.
—Esto es una locura… —susurré.
Pero me lo puse.
La tela se deslizó contra mi piel y sentí una mezcla peligrosa de invasión y placer. Respiré hondo. Las medias, el sujetador, la falda corta, el top ajustado. Cada prenda parecía acomodarse demasiado bien a mi cuerpo.
Me miré al espejo.
No vi a Arian.
Vi a una chica.
Una chica bonita.
—Joder… —susurré, con el pulso acelerado—. Tengo mejor cuerpo que mi amiga.
Antes de salir, no pude evitar acercar el rostro a las braguitas rosas que me habían prestado. El perfume ajeno, dulce, femenino… me estremeció. Sentí calor subir por mi cuerpo. Tuve que esperar unos minutos, respirando despacio, hasta recuperar el control.
Cuando salí al salón, las tres comenzaron a vitorearme.
—¡Estás guapísima!
—¡Ari, mírate!
Me sonrojé al instante.
—Callaos… —intenté disimular, pero las risas me atravesaban.
En el espejo del recibidor me detuve de nuevo. Los tacones moldeaban mi postura, levantaban mis caderas, dibujaban una silueta sugerente.
“Esto no soy yo”, me dije.
Pero no podía dejar de mirarme.
Al entrar al local, la sensación fue inmediata.
Miradas.
Decenas.
Acostumbrado a pasar desapercibido, aquello fue un golpe directo al pecho. Sentí cómo me recorrían de arriba abajo. Algunos chicos sonreían con descaro. Otros cuchicheaban.
Mi corazón latía tan fuerte que pensé que se notaría bajo el top.
Nos pusimos a bailar en el centro. Las luces, el alcohol, el roce de los cuerpos. Mis amigas reían, me abrazaban, se pegaban a mí. Yo intentaba concentrarme, pero estaba demasiado consciente de mi propio cuerpo, del peligro de que alguien notara lo que no debía notarse.
—Ari, ve a pedir más bebidas —me dijo Susana.
—¿Yo? —pregunté, nervioso.
—Sí, guapa, tú.
La palabra me atravesó.
Caminé hacia la barra intentando mantener la compostura. Me sentía expuesta. Vulnerable. Observada.
Mientras esperaba, alguien se colocó a mi lado.
Era alto. Mucho más que yo. De piel oscura, hombros amplios. Su presencia era imponente. Olía a colonia intensa mezclada con sudor cálido, un aroma que me desarmó más de lo que quería admitir.
Se acercó apenas.
Demasiado cerca.
Sentí su aliento rozar mi oreja.
—Estás muy guapa —susurró.
Mi piel se erizó.
Su mano descendió hasta mi cadera, luego más abajo.
Me aparté bruscamente.
—Te equivocas —dije, intentando sonar firme.
Él sonrió.
—Yo no me equivoco nunca.
Su voz tenía una seguridad que me descolocó.
Llegó la camarera y aproveché para pedir rápido y escapar. Pero antes de irme, lo sentí mirándome. No era una mirada cualquiera. Era intensa. Desafiante.
Volví con mis amigas, que estaban rodeadas de chicos. Nadie notó nada.
Pero yo no podía dejar de pensar en él.
“¿Qué me pasa?”, me preguntaba. “¿Soy gay? ¿Desde cuándo me afecta así un hombre?”
Nunca había dudado de mi orientación. Nunca.
Pero esa noche todo parecía romperse.
Más tarde, ya con varias copas encima, me tocó volver a la barra. Intenté negarme.
—No quiero ir sola… —dije.
—Ay, dramática —rió Lucía.
Fui.
Y allí estaba otra vez.
Observándome.
Esta vez no sonreía. Su mirada era profunda, casi burlona.
Se acercó por detrás y sus manos rodearon mi cintura con firmeza.
Mi respiración se quebró.
—Ven conmigo —murmuró junto a mi oído—. Sé tratar a chicas como tú.
—Suéltame —dije, pero mi voz salió débil.
—No te haré nada que no quieras.
Su cuerpo contra el mío era una amenaza y una tentación al mismo tiempo. Sentí culpa. Miedo. Excitación. Negación.
“No quiero esto”, me repetía.
Pero tampoco me iba.
Su olor me envolvía. Mi corazón golpeaba con fuerza descontrolada.
Tomó mi mano.
—Confía en mí.
Debí apartarme.
Debí gritar.
Debí volver con mis amigas.
Pero no lo hice.
No sé si fue el alcohol.
O si fue que, en el fondo, una parte de mí llevaba años esperando algo así.
Y caminé con él.
EL CHICO NEGRO ME LLEVA A UN PARQUE Y HAGO ALGO QUE NUNCA HABÍA PENSADO.
Salimos del local y me llevó a un parque cercano, en los tres o cuatro minutos que tardamos en llegar, mi cabeza no paraba de dar vueltas, quería marcharme, pero no sabía cómo.
Llegamos al parque y se sentó en un banco al tiempo que tiraba con firmeza de mi mano para que me sentara a su lado. Paso su brazo por encima de mi hombro y me atrajo hacia él, el olor a hombre y colonia que desprendía hizo que mi micropene se empezase a poner durita sin que yo pudiera evitarlo.
Comenzó a hablarme en la oreja, diciendo que no me preocupara, que iba a ser muy bueno conmigo.
Me preguntó mi nombre y con la voz más femenina que pude poner le dije, Ariana, él lo repitió y comenzó a besar mi cuello, tenía unos labios gruesos y unos dientes blanquísimo, siguió mordisqueando mi cuello al tiempo que con una de sus manos me acariciaba un pecho por encima del top y el sujetador, sus manos eran muy grandes, nunca había sentido tanto placer en esa zona de mi cuerpo, comencé a gemir, eso hizo que él se riera y me dijese, «ves cómo te gusta».
Comenzó a besarme, jamás había besado a un hombre, pero eran unos besos muy placenteros, suavemente fue introduciendo su lengua en mi boca, era grande y gorda, me sentía completamente invadida y notaba como mi micropene estaba dura comenzaba a babear.
Me cogió con fuerza y me hizo sentarme con las piernas abiertas mirando hacia él. Fue uno de los momentos más angustiosos porque note algo muy duro y prominente que me apretaba la tanga contra el culo.
Volví a intentar zafarme pero con una mano me agarró el culo y con la otra me sujeto el pelo al tiempo que me pegaba hacia él y seguía besándome, esta vez ya de manera más agresiva. La verdad es que me estaba gustando y lo abracé con mis piernas y mis brazos, acaricié su espalda y empecé a notar como mi culo se movía solo sobre ese bulto, me estaba gustando.
Me aparto un poco de él tirando de mi pelo hacia atrás y con la otra mano comenzó a magrear mis pechos. Mientras comenzó a chuparme el cuello, debía de tenerlo ya super negro.
Suavemente me apartó de él y me dijo que me sentase a su lado. Lo hice, cogió mi mano con firmeza y se la llevó al bulto de su pantalón, nuevamente intenté evitarlo, aunque ya estaba completamente rendida. Volvió a acercarse con su boca a mi oreja y me dijo si era la primera verga que tocaba, yo asentí suavemente con la cabeza. Pase mi mano sobre aquel bulto, se sentía enorme y muy dura nada comparado a mis 3 cm con toda y erección.
Con la otra mano desabrochó el cinturón y abrió la cremallera, no llevaba calzoncillos, ahí la vi por primera vez, era larga y gruesa, con la cabeza morada, se le marcaban las venas, tenía unos huevos grandes y ni un solo pelo, nunca había visto una así. Dirigió mi mano a ella y comencé a acariciarla, estaba caliente, la agarré y seguí con un suave sube y baja, lo escuché gemir al tiempo que decía, «así me gusta Ariana saca la zorrita que llevas dentro». Eso hizo que me lanzase, ya nada me importaba.
Comencé a besar su cuello al tiempo que lo masturbaba, mi mano no se cerraba sobre ese pollón, al estar besando su cuello volvía a sentir su olor, esta vez era un olor más fuerte, sudor, podía oler sus axilas, me sentía completamente extasiada, él no deja de jadear.
Con su mano comenzó a bajar mi cabeza a su polla, yo me deje hacer, olía distinto, a polla, pero me gustaba, cuando estuve lo suficientemente cerca abrí mi boca e intente meterla en mi boca, solo metí la cabeza, que estaba húmeda y salada, sabía deliciosa, pero estaba en una posición bastante incómoda.
Decidí ponerme de rodillas entre sus piernas, comencé a lamer su palo negro de arriba abajo, y a chuparlo, aunque sin meterla en la boca, baje un poco más abajo y lamí esos grandes huevos negros al tiempo que los mordisqueaba y tiraba de ellos, él me acariciaba suavemente el pelo al tiempo que gemía cada vez más.
Volví a subir un poco y la metí en mi boca, comencé a chupar la cabeza y cada vez intentaba llegar más abajo, aunque sin mucha fortuna, era muy grande y no me cabía, empecé a ayudarme con mis manitas, al mismo tiempo que chupaba, con una de mis manos lo masturbaba y con la otra acariciaba sus huevos, que eran bastante pesados. El no paraba de jadear cada vez con más intensidad.
Al poco sentí como sus manos agarraban mi cabeza y empujaban para que llegase más adentro de mi garganta, cada vez jadeaba más fuerte yo ya no podía más, el primer chorro me sorprendió y quise escapar con la cabeza, pero sus fuertes manos me lo impidieron, no sé exactamente cuántos chorros salieron, lo que sí sé es que fue una corrida inmensa. Sabía muy fuerte y estaba muy espesa. Tragué bastante cantidad, otra parte salió por mi nariz, el chico negro acabo en mi cara y en mi pelo.
Cuando terminó, se levantó y desde arriba me dijo, «has sido una buena chica Ariana, toma este es mi número de teléfono, avísame si quieres más» y se marchó dejándome allí.
Después de todo lo ocurrido yo estaba en trance, me levanté y fui a mi casa como un zombie. Cuando llegué allí y me vi en el espejo me asusté, seguía vestida como un putón, pero las medias estaban rotas por las rodillas, y mi cara… Mi cara tenía el rímel corrido, restos pegajosos por las mejillas, pero lo peor era mi cuello que estaba todo morado de los chupetones.
Comencé a llorar, no sabía cómo había llegado a comerle la polla a un negro, aunque a medida que lo iba recordando, mi pollita volvía a ponerse dura bajo las braguitas de encaje. Al final, mirándome al espejo comencé a masturbarme hasta que liberé toda la tensión que llevaba dentro y me prometí a mí mismo que lo de hoy no volvería a pasar jamás.
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