Capítulo 1
El despertar de Laura en la oficina
Laura y Marcos llevaban casados diez años, pero en los últimos meses, la chispa se había apagado por completo. Marcos ya sin trabajo, se sentaba frente al televisor con una cerveza en la mano y apenas le dirigía la palabra. Las noches en la cama eran frías; él se daba la vuelta y roncaba, ignorando los intentos sutiles de Laura por acercarse. Ella, con sus treinta y cinco años, se sentía invisible en su propio hogar. Su cuerpo curvilíneo, con pechos firmes y caderas anchas que solían volver loco a Marcos, ahora parecía no importarle. Laura se miraba en el espejo y se preguntaba si era culpa suya, si había perdido el atractivo. Pero en el fondo, sabía que era él quien se había distanciado, sumido en su rutina y en no tener ocupacion.
En la oficina donde Laura trabajaba como secretaria, las cosas eran diferentes. Ella quería que sus compañeros la vieran y la desearan porque lo quería y necesitaba. Sus compañeros, especialmente Javier y Diego, no perdían oportunidad de halagarla. Javier, un tipo atlético de ojos oscuros, siempre le sonreía al pasar por su escritorio. «Laura, estás radiante hoy. Ese vestido te queda como un guante, resalta tus curvas de maravilla», le decía con una voz ronca que la hacía sonrojar. Diego, más directo, se acercaba durante la pausa del café y murmuraba: «Eres la mujer más guapa de esta oficina. Si quisieras, podríamos salir a tomar algo después del trabajo… ya sabes, solo para charlar, cambiar puntos de vista, ya sabes…». Sus palabras colgaban en el aire como una promesa tentadora, y Laura sentía un cosquilleo en el estómago. Al principio, los rechazaba con una risa nerviosa, fiel a su matrimonio. Pero con el paso de los días, la curiosidad crecía. ¿Qué pasaría si aceptaba? ¿Cómo se sentiría ser deseada de nuevo, tocada con pasión? La idea la excitaba en secreto y su ella en si lo quería, y por las noches, sola en la cama, sus dedos exploraban su cuerpo imaginando manos ajenas.
Un viernes por la tarde, después de una semana particularmente frustrante con Marcos, Laura decidió ceder a la tentación. Javier la había invitado a un bar cercano, —solo una copa para desconectar—, dijo. Ella aceptó, diciéndose a sí misma que era inofensivo. Pero una copa llevó a otra, y pronto estaban en el apartamento de Javier, riendo y coqueteando. Hubo un beso mutuo, sus labios devorando los de ella mientras sus manos recorrían su espalda. Laura se entregó al momento, lo quería, quitándose la blusa y dejando que Javier besara sus pechos, mordisqueando los pezones endurecidos. —Eres tan sexy, Laura. Tu marido es un idiota por no apreciarte—, murmuró él, y esas palabras la encendieron aún más.
Se desnudaron rápidamente, y Javier la tumbó en la cama boca abajo, admirando su culo redondo y firme. Laura jadeó excitada. —Sí, Javier, métela por ahí despacio… lo necesito—, girando la cabeza con deseo. Él empujó, y ella sintió un placer intenso, el estiramiento convirtiéndose en éxtasis.
La penetró por detrás con fuerza, embistiendo su coño húmedo mientras ella gemía de placer. «Dios, estás tan apretada», gruñó él, acelerando el ritmo. Laura arqueaba la espalda, sintiendo cómo su polla la llenaba por completo, golpeando en lo profundo.
—Qué rico… sigue—, gemía ella, hasta correrse con espasmos.
Pero entonces, Javier paro… mirando…satisfecho por su labor, sacó su miembro.
Ella quería más, lo necesitaba y pidió… que acabara en su culo… Laura se tensó de inmediato, el corazón latiéndole con fuerza…pero despacio… lo necesito—, girando la cabeza para mirarlo. Nunca lo había hecho por el culo; su marido lo había sugerido una vez…pero solo se quedo en eso… en palabras por explorar.
Javier frotaba la punta de su polla contra el agujero apretado, extendiendo un poco de saliva con los dedos para lubricar. —Relájate, solo un poco. Mira cómo te excita… vas a sentir un placer increíble—, murmuró, empujando con más firmeza. Laura jadeó, sintiendo la presión intensa, el ardor inicial que la hacía retorcerse. —¡Lo necesito! El placer siento no lo puedo describir…no pares— .», le dijo, él se detuvo del todo, moviéndose con cuidado bajando la presión sobre el agujero del culo pero siguió frotándose con su ano y su coño, arriba y debajo.
La curiosidad y la excitación luchaban en su interior. El dolor se mezclaba con un cosquilleo extraño, y parte de ella quería explorar más, pero no estaba lista. «Vale, vale, lo dejamos para otro día», concedió Javier finalmente, retirándose y volviendo a penetrar su coño con fuerza renovada. La folló con salvajismo, sus pelotas golpeando contra ella, hasta que no pudo más. Sacó su polla y se masturbó rápidamente, eyaculando chorros calientes y espesos sobre su culo y espalda. «Mira qué corrida, toda para ti», gruñó, esparciendo el semen con la mano sobre su piel. Laura se giró, exhausta y satisfecha, lamiendo un poco de su polla para probar el sabor salado de su esencia.
Mientras se vestía, Laura pensó en Marcos, en cómo esta infidelidad la hacía sentir viva de nuevo. Sabía que volvería por más y lo necesitaba y quería en su interior, y quizás la próxima vez, estaría preparada para todo.
Laura llegó a casa pasadas las once de la noche. El salón estaba a oscuras, solo la luz azulada del televisor iluminaba la cara de Marcos, que seguía sentado en el sofá con la misma cerveza de siempre en la mano. No levantó la vista cuando ella cerró la puerta.
—Llegas tarde —murmuró él, sin emoción, como si comentara el tiempo.
Laura se quitó los tacones en la entrada, sintiendo todavía el semen seco de Javier pegado a la piel de su espalda y entre las nalgas. Se había limpiado lo mejor que pudo en el baño del apartamento de él, pero el olor a sexo y a sudor todavía le impregnaba la ropa interior.
—Tuve una reunión de última hora con el equipo de marketing —mintió con voz tranquila, quitándose la chaqueta—. Se complicó todo y terminamos muy tarde.
Marcos soltó un gruñido vago, sin preguntar más. Ni siquiera la miró a los ojos. Laura sintió una mezcla de alivio y desprecio. Subió las escaleras, se metió en la ducha y dejó que el agua caliente se llevara las pruebas físicas, aunque no las sensaciones que aún le palpitaban entre las piernas.
Al día siguiente, lunes, llegó a la oficina con el estómago revuelto. Javier ya estaba allí, sentado en su escritorio, con esa sonrisa confiada que ahora le parecía peligrosa. Laura se acercó a él cuando nadie miraba, fingiendo que le llevaba unos documentos.
—Javier, escúchame bien —susurró, inclinándose un poco—. Lo del viernes… no puede saberlo nadie. Nadie. Fue un error, un desliz. Yo soy una mujer decente, casada, y no va a volver a repetirse. ¿Entendido?
Él la miró a los ojos, serio durante un segundo, y luego asintió lentamente.
—Tranquila, Laura. Mis labios están sellados. No diré ni una palabra a nadie. Tienes mi palabra….
Pero mientras lo decía, sus ojos bajaron un instante a los pechos de ella, que se marcaban bajo la blusa ajustada, y una sonrisita leve le curvó la comisura de la boca. Laura supo, en ese momento, que mentía. No iba a callar para siempre. Quizás no hoy, ni mañana, pero algún día lo contaría, o lo usaría para presionarla. Aun así, ella no tenía más remedio que confiar… o fingir que confiaba.
Durante la semana, las cosas cambiaron de forma sutil pero innegable. Los compañeros que antes solo la piropeaban de pasada ahora se volvían más atrevidos, aunque siempre con discreción. Nadie mencionaba a Javier ni lo que paso el viernes. Nadie parecía saberlo… o al menos, nadie lo decía en voz alta.
Por la mañana, ella buscaba porque que lo quería otro desliz con algún compañero, esperando cual sería el que tomara la iniciativa y mientras preparaba café en la sala de descanso, apareció, Carlos —un comercial de cuarenta y tantos, casado y con dos hijos— se acercó por detrás más de lo necesario para alcanzar una taza.
—Laura, cada día estás más guapa. Ese perfume que llevas… me tiene loco —dijo en voz baja, rozándole apenas el brazo con el suyo.
Ella se giró, sonriendo por cortesía, pero con un nudo en el estómago.
—Gracias, Carlos. Solo es el de siempre. El se acerco desde atrás y olio mi cuello muy despacio, muy intenso, fijándose descaradamente en mi escote, y soltó un simple “espectacular Laura” y se quedó mirándola mientras se alejaba, con los ojos fijos en su culo.
Al mediodía, en el ascensor, apareció otra presa para ella, coincidió con Pablo, un chico nuevo de informática que apenas conocía de vista. Estaban solos. Él pulsó el botón de su planta y luego, sin mirarla directamente, murmuró:
—Si alguna vez te apetece desconectar un rato después del trabajo… mi apartamento está a cinco minutos. Solo para relajarnos.
Laura sintió un calor repentino subirle por el cuello. Sorprendida por el atrevimiento nunca antes pronunciado por él. Negó con la cabeza, suave.
—Gracias. Estoy bien. Tal vez pronto.
Pablo se encogió de hombros, como si no le importara la negativa.
—La oferta sigue en pie. Por si cambias de idea.
Cuando las puertas se abrieron, salió sin mirar atrás. Como sabía perfectamente que él se iba a quedar mirando su culo y eso precisamente es lo que ella buscaba.
Por la tarde fue Marcos —no su marido, sino otro compañero que se llamaba igual y trabajaba en contabilidad— quien le dejó una nota en el escritorio: “Café esta semana? Solo charlar. Me encantaría conocerte mejor”. La letra era pulcra, casi tímida. Laura la arrugó y la tiró a la papelera, pero no sin antes releerla dos veces.
Ninguno de ellos mencionaba lo del viernes. Ninguno decía haber oído nada. Pero las miradas, los roces “accidentales”, los comentarios a media voz… todo era diferente. Era como si el aire de la oficina se hubiera cargado de electricidad, como si supieran que la barrera que Laura había mantenido durante años se había resquebrajado, aunque fuera solo una por ahora una pequeña grieta. Y en el fondo, muy en el fondo, esa grieta la excitaba y esperaba a su próxima presa.
Por las noches, cuando Marcos se dormía roncando a su lado, Laura se tocaba despacio, recordando la polla de Javier empujando contra su culo, el ardor, la presión, el “todavía no”. Se imaginaba preparada para la próxima vez, a otros compañeros Carlos, Pablo, incluso alguno que ni siquiera había considerado, turnándose para follarla, para llenarla de semen caliente mientras Marcos seguía ignorándola en casa.
Y cada vez que llegaba a su orgasmo en silencio, mordiéndose el labio para no gemir, sabía que ese “nunca más va a repetirse” que le había dicho a Javier era una mentira tan grande como la que él le había dicho a ella.
Laura no podía quitarse de la cabeza las insinuaciones constantes. Cada mirada, cada comentario a media voz, le hacía preguntarse si Javier había abierto la boca. Al final del día, cuando ya casi todos se habían ido, se acercó al escritorio de Carlos. Él estaba recogiendo sus cosas, con esa sonrisa amable que escondía algo más.
—Carlos… una cosa —dijo ella en voz baja, mirando alrededor para asegurarse de que nadie escuchaba—. ¿Te ha dicho algo Javier? Sobre mí, quiero decir. Algo… raro.
Carlos levantó la vista, fingiendo sorpresa. Negó con la cabeza despacio, con expresión inocente.
—No, nada de nada. ¿Por qué lo preguntas? ¿Ha pasado algo?
Laura se mordió el labio inferior, dudando un segundo. La forma en que él la miraba, sin apartar los ojos de los suyos, le hacía sentir que mentía. Pero no tenía pruebas.
—Nada, olvídate. Solo… era curiosidad.
Carlos se acercó un paso, bajando la voz.
—Oye, se te ve cansada. Ha sido un día largo, ¿verdad? Si quieres desconectar de verdad… después del trabajo podemos tomar algo tranquilos. Solo charlar, relajarnos, y si quieres me cuentas más.
Laura sintió ese cosquilleo familiar en el vientre. Marcos estaría en casa viendo la tele, como siempre. Ella, en cambio, necesitaba sentirse deseada, aunque fuera un rato.
—Vale —susurró al fin—. Pero solo una copa. Nada más.
Carlos sonrió, satisfecho.
—Perfecto. Te espero en el parking en diez minutos.
Bajaron juntos en el ascensor, en silencio, pero con una tensión palpable. En el parking, Carlos abrió la puerta del copiloto de su todoterreno oscuro, con cristales tintados y asientos amplios. Laura se subió, el corazón latiéndole fuerte. Él arrancó, pero en lugar de dirigirse al bar, giró hacia una zona más apartada del parking subterráneo, donde apenas había luz.
— ¿No vamos al bar? —murmuró ella con una risa ronca, sin protestar mucho.
Carlos la miró un segundo y señaló con la cabeza hacia atrás.
—Vamos al asiento de atrás. Es más amplio, estaremos más cómodos y vamos a…conversar allí mejor…
Ella dudó solo un instante antes de pasar entre los asientos delanteros. Carlos la siguió, cerrando la puerta tras de sí. El espacio era generoso: asientos corridos, suficiente altura para moverse sin problemas. La beso con urgencia, las manos de él subiéndole la falda, bajándole las bragas de un tirón. Laura sorprendida, porque no era la conversación que esperaba pero eso hizo que se sintiera muy excitada, se quitó la blusa mientras él se desabrochaba los pantalones.
—Súbete encima… Laura…cabalga y vea tus pechos rebotar —le dijo Carlos, tumbando su espalda en el asiento con la polla ya muy dura y tiesa apuntando al techo.
Laura obedeció, montándolo a horcajadas. Se dejó caer despacio, sintiendo cómo la abría y la llenaba por completo. Empezó a moverse arriba y abajo, apoyando las manos en sus hombros, gimiendo bajito mientras él le agarraba las caderas y la ayudaba a marcar el ritmo, chupando sus tetas a boca grande. El coche se mecía ligeramente con cada movimiento, el cuero crujiendo bajo ellos.
Carlos la follaba desde abajo empujando sus caderas para arriba con embestidas fuertes, gruñendo contra sus pechos.
—Joder, qué coño tan rico tienes… aprieta como si no quisieras soltarme nunca.
—Si quieres métemela un poco por el culo, estoy casi para correrme.
—Espera un poco… que disfrute… de tu coño apretado. A las putas el culo es para rellenarlo de leche— le soltó sin reparos.
Al cabo de unos minutos, sacó la polla brillante de jugos y la colocó contra su ano. Presionó despacio, frotando la punta contra el agujero apretado.
—Vamos, ahora si estoy listo para entrar por detrás… te va a gustar, ya verás.
Laura se tensó al instante, apoyando las manos en el pecho de él para acomodarse un poco.
—Si cabrón…como me gusta— jadeaba.
Él insistió, presionando el agujero con más firmeza, la cabeza apretada empujando el anillo.
—Relájate, nena. Respira hondo… me está costando meter el capullo…
Laura apretó su cuerpo hacia abajo y girando la cabeza para preguntar—te gusta…
— Carlos resopló, el orgasmo estaba por llegar…volvió a meterla en su coño con un movimiento brusco, follándola con más rabia, estaba por acabar. Laura se dejó llevar, gimiendo más alto, hasta que él no aguantó más.
Sacó la polla en el último segundo y volvió rápido al culo, para eyacular chorros espesos y calientes. El semen le salía y resbalaba desde su agujero y caía por sus muslos, caliente y pegajoso, mientras ella jadeaba todavía temblando. Saliéndose al poco ya satisfecho y todavía morcillón.
Se quedaron un momento en silencio, respirando agitados. Carlos le dio una palmada suave en el culo, esparciendo un poco más el semen.
—Límpiamela bien. Vamos, no puedo llegar a casa oliendo a culo… se que te va a gustar…
Laura se sonrojó hasta las orejas, sintiendo un pudor repentino que contrastaba con todo lo que acababa de pasar. Bajó la mirada, dudando, olía fuerte pero el calor residual que tenía en su cuerpo y lo emputecida que se encontraba fue hacia el miembro de él con ganas…con hambre.
— Laura hazlo como buena puta, chupando bien. Limpia todo lo que has dejado y los huevos… no te olvides.
Con las mejillas ardiendo, ella se inclinó. Abrió la boca y tomó la polla todavía semidura entre los labios, saboreando la mezcla de sus propios jugos y el semen que quedaba en la punta. Chupó despacio, recorriendo toda la longitud con la lengua, lamiendo cada gota que quedaba adherida. Carlos suspiró de placer, enredando los dedos en su pelo.
—Así, justo así… despacio y lamiendo… qué bien la chupas, joder. Como una puta de categoría.
Laura siguió hasta que la dejó limpia, tragando lo que quedaba en su boca con un nudo en la garganta. Cuando levantó la cabeza, Carlos le sonrió con satisfacción.
—Buena chica.
Ella no respondió. Se arregló la ropa como pudo, sintiendo el semen seco pegado a la piel y el sabor salado todavía en la lengua. Cuando salió del coche y caminó hacia su propio vehículo, el pudor y la excitación se mezclaban en su interior. Sabía que estaba cayendo muy profundo. Como las embestidas que ella quería, buscaba y sobre todo…necesitaba.