Capítulo 4

El credo ya tenía nombre secreto: «La Orden de la Leche Sagrada». Daniel lo había bautizado así en una de las primeras reuniones. Con sus ahorros de años (había trabajado en construcción y ahorrado como loco, tenía una buena suma escondida), alquiló un local grande en las afueras de la ciudad: un salón amplio con piso de madera pulida, paredes blancas desnudas, techos altos y unas ventanas altas que dejaban entrar luz tenue pero que él cubrió con cortinas gruesas para privacidad absoluta. Era perfecto: un «templo» improvisado donde solo entraban las elegidas.

Ahora eran cuatro. Sofía y Clara, las primeras y más fieles, ya estaban completamente convertidas. Las dos nuevas se llamaban Ana y Valeria: ambas de veinte años, del coro parroquial, las más devotas y recatadas del grupo. Ana era morenita, curvas generosas escondidas bajo vestidos largos, tetas enormes que luchaban contra los sostenes modestos, y siempre con rosario en la mano. Valeria era pelirroja, piel pálida, cuerpo delgado pero con un culito redondo y firme que se marcaba cuando caminaba de rodillas en misa. Las dos tenían dudas profundas: «¿Es esto realmente la voluntad de Dios?», preguntaban con voz temblorosa. Daniel las recibía con paciencia de pastor.

—Pregunten todo lo que quieran, hijas mías —les decía con voz calmada—. Yo les enseño la palabra verdadera. Si dudan, es porque el maligno aún las tienta. Pero yo las guiaré al nuevo camino.

La hora de la «religión» empezaba siempre igual. Las cuatro llegaban al local a la misma hora, vestidas con sus ropas más modestas: faldas largas, blusas abotonadas, cruces colgando. Daniel las esperaba de pie en el centro, desnudo ya, su verga semierecta colgando pesada entre las piernas, venosa y gruesa, como un cetro sagrado.

—Preséntense ante su pastor —ordenaba.

Ellas obedecían al instante. Se quitaban la ropa despacio, pieza por pieza, hasta quedar completamente desnudas. Sus cuerpos jóvenes brillaban bajo la luz tenue: tetas de diferentes tamaños temblando al liberarse (las de Ana rebotando pesadas como melones maduros, pezones oscuros y grandes; las de Sofía redondas y firmes, rosadas; Clara pequeñas pero puntiagudas; Valeria pálidas con pecas y pezones rosaditos). Coños lampiños o con pelitos suaves, culos redondos, piernas temblorosas.

Se arrodillaban en semicírculo alrededor de él, cabezas bajas en devoción.

—Recíbanme según su grado de fe —decía.

La que más devoción mostraba ese día empezaba primero. Normalmente era Sofía, que ya era la más adicta. Se acercaba gateando, tetas balanceándose pesadas, y abría la boca para chuparle el miembro. Lo lamía desde la base hasta la punta, succionando la cabeza gruesa como si fuera la hostia consagrada. Daniel gemía bajito, enredando dedos en su pelo.

—Así, hija… muestra a las hermanas cómo se honra al pastor.

Las demás miraban, tocándose los pezones sin darse cuenta, coños ya mojados goteando por los muslos.

Después venía el sermón principal. Daniel elegía a una para «demostrar» la lección. Ese día tocó a Sofía otra vez, porque quería que las nuevas vieran cómo una «hermana mayor» se entregaba por completo.

La puso en el centro, sobre una mesa baja que había colocado allí como altar. La hizo tumbarse boca arriba, piernas abiertas en cruz, coño expuesto y brillante. Sus tetas grandes se desparramaban a los lados, pezones duros apuntando al techo.

—Miren, hermanas —empezó el sermón mientras se posicionaba entre sus piernas—. La leche sagrada no es solo placer. Es redención. Sana el alma, llena el vientre de gracia. Sofía ya lo sabe… miren cómo su cuerpo lo pide.

Metió la verga de un empujón profundo en su coño. Sofía gritó de placer, arqueando la espalda. Daniel empezó a bombear fuerte, cada embestida haciendo que su verga llegara hasta el fondo, golpeando el cervix con la punta hinchada. «¡Ahí está, tocando el útero sagrado!», gruñía. Las tetas de Sofía rebotaban violentamente con cada golpe, ondulando como olas, pezones trazando círculos en el aire. Sus nalgas se contraían contra la mesa, temblando cada vez que él se enterraba hasta las bolas.

Clara, Ana y Valeria miraban hipnotizadas, dedos entre sus propios muslos, masturbándose despacio mientras escuchaban.

—Sofía ya está embarazada —anunció Daniel sin parar de follarla—. Pero ella dice que es de su novio anterior, el que tuvo hace poco antes de unirse al credo. Pronto la casaremos como es debido, para que el niño nazca en gracia. Pero la verdad es que mi leche la llenó primero… y ella lo sabe.

Sofía gemía alto: «¡Sí, pastor! ¡Fue tu gracia la que me fecundó! ¡Me eleva, me eleva!».

Daniel la giró, poniéndola en cuatro. Ahora follaba su culo: la verga gruesa estirando el ano rosado, entrando centímetro a centímetro hasta que las bolas chocaban contra su coño chorreante. Las nalgas de Sofía temblaban como gelatina con cada embestida brutal, carne roja por los golpes, ondas recorriendo su culo redondo. «Siente cómo purifico tu interior más profundo», jadeaba él. Sofía se corrió gritando, ano contrayéndose alrededor de la verga, chorros de squirt mojando la mesa.

Luego la boca: la puso de rodillas de nuevo y le folló la garganta hasta que lágrimas corrían por sus mejillas, tetas rebotando con cada empujón.

Finalmente, se corrió en su cara y tetas: chorros espesos y calientes cubriendo sus pezones, goteando por el valle entre sus tetas grandes, manchando la cruz que aún colgaba allí.

—Esta es la lección de hoy —dijo jadeando, mientras las demás se acercaban a lamer lo que sobraba de su hermana—. La leche sagrada une. Llévenla a sus cuerpos y almas.

Después del sermón, las otras tres recibieron su «bendición» individual: Daniel las folló una por una en el mismo altar, alternando agujeros. A Ana le metió la verga entre sus tetas enormes, follándoselas hasta correrse en su escote; a Valeria le abrió el culo virgen mientras ella rezaba en voz alta; a Clara la penetró hasta el cervix, haciéndola gritar «¡La pasión de la fe!» en cada orgasmo.

Mientras tanto, Sofía seguía asistiendo a sus «clases privadas» en casa. Su novio oficial (un chico tímido del barrio) notaba el cambio: ella llegaba más feliz, más dispuesta en la cama. «Ahora soy mejor esposa en potencia», le decía. «He aprendido tanto… necesito más para ser pura». Y en secreto, cada vez que podía, iba al local a que Daniel le follara todos los agujeros de nuevo, preparando su vientre para «la gracia verdadera».

El credo crecía. Pronto llegarían más devotas con dudas… y Daniel las esperaba con su verga lista para enseñarles el nuevo camino.

La puta creyente

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