Publico los relatos de mis amigos respetando su voz original: cruda, masculina y sin censura.

Carolina tenía 30 años y llevaba casi diez con Andrés, mi amigo de la universidad. Siempre la vi como la esposa perfecta: dulce, de risa fácil, cuerpo suave y curvas que se notaban incluso con jeans holgados. Pero últimamente Andrés andaba insoportable: llegaba callado, contestaba mal y se encerraba en el celular. Ella me lo contaba por mensajes, y yo la escuchaba como siempre.

Esa tarde de viernes me escribió: “¿Puedo pasar por tu casa? Necesito hablar con alguien que no me juzgue. Andrés está ocupado en la oficina y llegará tarde.”

—Raúl… creo que sé cómo arreglarlo. Andrés está así porque está aburrido de mí en la cama. Me lo ha dicho de mil formas. Quiere… por atrás. Dice que necesita algo nuevo. Pero yo nunca lo he hecho. Tengo miedo de que mi ano sea demasiado pequeño, de que duela tanto que él se frustre más y termine alejándose del todo.

La miré. El pulso se me aceleró.

—Carolina… para que funcione con él, primero tienes que aprender a relajar tu cuerpo. Si no, va a ser un desastre y te vas a culpar a ti misma.

Ella bajó la mirada, abrazándose.

—¿Y cómo hago eso? Tú lo has metido en un ano, explícame. Siempre he creído que sabes mucho de sexo porque te enredaste con varias de mis amigas y compañeras en la Universidad, y además se nota que tienes un paquete grande. ¿Cómo has hecho para meterlo?

Respiré hondo.

—Primero necesito verlo. Quiero que me lo muestres. Solo para ver si realmente es tan pequeño como crees. Para darte consejos de verdad. No te voy a tocar si no quieres. Solo mirar.

Se quedó helada. Cruzó las piernas y se cubrió la cara un segundo.

—Raúl… eres el mejor amigo de Andrés. Esto está mal. Muy mal. ¿Y si se entera?

—No se va a enterar. Te lo juro. Pero si de verdad quieres salvar tu matrimonio, necesitas confiar en alguien que no te juzgue. Y yo te trataré bien. Despacio. Sin lastimarte.

Silencio largo. Se mordió el labio.

—Es por él… ¿verdad? —susurró—. Lo hago por él. Para que vuelva a sonreírme.

Asentí.

Ella se bajó de un solo trago el vaso que le había servido. Se levantó despacio. Llevaba un vestido crema de una sola pieza que le llegaba a los muslos y marcaba sus curvas de puta madre. Se dio la vuelta, se subió el vestido hasta la cintura, bajó la tanga azul hasta los tobillos y se inclinó sobre el sofá. Apoyó las manos en el respaldo, separó las piernas y levantó ese culo redondo y pálido como si estuviera deseando que lo mirara.

Allí estaba: culo perfecto, entre las nalgas un ano diminuto, rosado, completamente cerrado, fruncido como si nunca hubiera sido tocado.

—Dios mío… —murmuré.

Me acerqué. Rozé el borde con la yema del dedo.

—Está cerrado, sí. Pero mira cómo late cuando te toco. No es imposible, Carolina. Solo necesita tiempo, excitación y confianza.

Ella giró la cabeza con lágrimas en los ojos.

—No me mientas, Raúl. ¿De verdad crees que puede entrar algo? ¿Aunque sea poquito? Porque yo siento que está sellado…

—No te miento. Pero para que funcione con Andrés, necesitas relajarte mucho. Voy a empezar con la boca. Solo lengua. Para que te relajes de verdad y te excites. ¿Te parece bien?

Ella se tensó un segundo, pero asintió.

—…sí… pero despacio… nunca me lo han hecho ahí…

Separé sus nalgas con ambas manos y acerqué la boca. Pasé la lengua plana por todo el ano, de abajo hacia arriba, varias veces, dejando un rastro húmedo y brillante. El sabor era suave, ligeramente salado, cálido y adictivo. Sentía cómo se apretaba cada vez que pasaba mi lengua.

Ella soltó un gemido largo y sorprendido.

—Ay… Raúl… eso… eso es…

Volví a lamer en círculos lentos alrededor del borde fruncido, presionando apenas con la punta. Luego metí la lengua plana y empujé suave contra el centro, abriéndolo poco a poco. Succioné ligeramente, creando un vacío que la hizo arquear la espalda.

—Dios… me estás lamiendo el culo… lo que decían mis amigas era verdad —jadeó, empujando hacia atrás sin darse cuenta.

Metí la lengua más adentro, entrando y saliendo en movimientos rítmicos mientras mis manos le abrían más las nalgas. Lamí en espiral, succioné el ano entero y bajé una mano para frotarle el clítoris despacio. Ella gemía sin control, empujando el culo contra mi cara, las piernas temblando.

—Estoy tan mojada… siento que mi culo se está abriendo solo… sigue lamiéndome… así… así… voy a correrme solo con tu lengua…

Cuando su ano estaba caliente, húmedo, latiendo y completamente relajado, me puse de rodillas detrás de ella en el mismo sofá. Unté lubricante por toda mi verga gruesa y venosa hasta que brilló.

—Carolina… voy a entrar ahora. Con mucho cuidado. Dime si duele demasiado.

—Hazlo… quiero saber cómo es…

Apoyé el glande justo en el centro. Presioné suave. El anillo resistió un instante… y cedió. Entré la cabeza con un sonido húmedo y obsceno.

—Ahhhhh… ¡quema! —gimió, apretando el respaldo del sofá.

—Respira… relájate… ya pasó lo peor.

Empujé despacio, centímetro a centímetro, hasta que mis bolas chocaron contra sus nalgas. Me quedé quieto dentro de ella.

Ella giró la cabeza, ojos muy abiertos y llorosos.

—Raúl… ¿cómo metiste toda esa verga gorda en mi culo virgen? Es enorme… la siento hasta el estómago, joder…

—Porque te relajé. Estás haciéndolo increíble.

Empecé a moverme: salidas cortas, entradas lentas. Cada embestida producía un sonido húmedo y sucio. Ella gemía más fuerte.

—Más… un poquito más fuerte… me gusta… me gusta mucho…

La mantuve inclinada sobre el sofá, follándola más profundo. Le frotaba el clítoris mientras la penetraba, sintiendo cómo su ano se contraía alrededor de mi polla en oleadas.

—Raúl… voy a correrme… no pares… quiero sentirte adentro… ¡lléname!

Aceleré. El clímax la golpeó como una tormenta. Su cuerpo se tensó entero, soltó un grito gutural y su ano se cerró en espasmos violentos alrededor de mi verga, ordeñándome como si quisiera sacarme hasta la última gota.

— ¡Joder, sí! ¡Me estás llenando el culo de leche caliente, cabrón! ¡Sigue corriéndote dentro, quiero sentir cómo me revientas el ano!

Eso me llevó al límite. Empujé hasta el fondo una última vez y me corrí como un animal: chorros gruesos y potentes de semen explotaron dentro de ella, llenándola hasta rebosar. Sentí cómo mi corrida espesa salía alrededor de mi base y chorreaba caliente por sus nalgas mientras seguía empujando, vaciándome por completo.

Cuando salí despacio, un hilo blanco y cremoso salió de su ano ahora abierto, rojo e hinchado, goteando lento por la piel.

Se giró despacio. Me miró con ojos brillantes, exhaustos y satisfechos.

—Fue delicioso…de verdad me culiaste y ahora sé exactamente cómo abrirme para Andrés.

Hizo una pausa y me besó suave en los labios.

—Gracias, Raúl. Por hacerme sentir que sí podía… y que mi culo puede tomar una verga como la tuya.

Se arregló el vestido, me guiñó un ojo y susurró antes de irse:

—La próxima vez quiero que me lo metas más fuerte mientras Andrés está en la oficina… pero eso será otro día.

Fin.