Era la fiesta de fin de año. Toda la familia reunida, como siempre. Pero a diferencia de otros años, esta vez mi tío Andrés llegó acompañado de su nueva esposa… y de su hijastro.

Tal vez la misma edad que yo. Veinticuatro.

Desde el instante en que entró por la puerta, mucho antes de que nos presentaran formalmente, ya habíamos cruzado un par de miradas. Pícaras. Cómplices. Como si ambos supiéramos algo que los demás ignoraban.

Dios mío, quién es ese, pensé mientras sentía un calor subiendo por mi nuca.

Él era todo un dios. Cara de ángel, cuerpo de tentación. Olía riquísimo, un perfume amaderado que se quedaba flotando después de que pasaba. Y cuando sonreía… el lugar se iluminaba. Y yo me humedecía. Solo un poco. Apenas lo suficiente para notarlo.

Mi tío Andrés nos presentó.

—Aldo, mucho gusto —dijo.

Y al mismo tiempo que apretaba mi mano, con su dedo medio rozó la palma. Un roce suave, intencional, casi obsceno. Demasiado íntimo para un saludo familiar.

Ese dedito sabe lo que hace, pensé.

Se me erizó la piel. Y sentí un pequeño calambre en el bajo vientre.

—Alondra —respondí, sintiendo la garganta seca—. Encantada.

Le sonreí. Estaba nerviosa. Mojada. Tan nerviosa que casi olvido soltar su mano. Cuando por fin lo hice, él deslizó sus dedos entre los míos un segundo de más. Un segundo que me dejó temblando.

La noche transcurría sin novedad. Risas, brindis, tías chismosas, primos pequeños corriendo. Pero yo no podía dejar de mirarlo. Cada vez que Aldo se movía, mis ojos lo seguían. Y él lo sabía. Me devolvía las miradas con una sonrisa lenta, de esas que prometen cosas que no se pueden decir en voz alta.

Hasta que llegó la hora de la cena.

Aldo se sentó enfrente de mí.

Y con su pie, por debajo de la mesa, rozó mi pantorrilla.

No supe si fue accidente. Pero cuando volvió a hacerlo, esta vez más lento, subiendo un poco más, hasta detrás de mi rodilla, supe que no lo era.

Contuve la respiración. Seguí comiendo como si nada, pero por dentro era un hervidero. Mi coño latía. Por favor, que nadie se dé cuenta, rogué.

A mi lado estaba Maribel, mi prima. Un año menor que yo. Y no le quitaba la vista de encima… a Aldo. Se notaba la tensión sexual a mi alrededor. Y no era conmigo. Algo me decía que ella lo andaba rondando, igual que yo.

Pero yo lo vi primero, pensé con rabia y deseo.

Mis sospechas las confirmé cuando, de repente, sentí un roce en mi pierna. Bajé la mirada disimulando, como si hubiera dejado caer la servilleta. Y lo vi.

Maribel tenía un pie sin zapato. Descalzo. Y lo tenía justo ahí. En la bragueta de Aldo. Moviéndose despacio. Arriba y abajo.

Él, mientras tanto, seguía conversando con mi tío como si nada. Pero una pequeña gotita húmeda comenzaba a manchar la tela clara de su pantalón. Esa gotita lo traicionaba. Era preseminal. Ya se está viniendo solo con el pie de mi prima, pensé, y eso me excitó más de lo que quisiera admitir.

No dije nada. Solo seguí mirando, fascinada y furiosa a la vez, con el coño empapado y los pezones duros rozando contra el sostén.

Pasaron las horas. Las manecillas del reloj no dejaban de correr.

5, 4, 3, 2, 1…

—¡Feliz año nuevo!

Abrazos, lágrimas de tías emocionadas, buenos deseos, besos falsos en mejillas empolvadas.

Y Aldo y Maribel… ¿dónde estaban?

No supe en qué momento se habían fugado.

Mis tías no me dejaban ir. Una me sujetaba del brazo, otra me contaba una historia que no me importaba. Necesitaba detener eso. Necesitaba verlos. O separarlos. O tal vez solo mirar.

—¡Ya voy, ya voy! —mentí, y escapé.

Fui directo a su habitación. Nada.

A la habitación de a lado. Tampoco.

La cocina. No.

El patio. No.

Salí corriendo a la camioneta de mi tío. Vacía.

La azotea. Se me ocurrió como un flashazo. Ahí es donde se escondía la gente cuando quería hacer algo prohibido.

Subí las escaleras de dos en dos, el corazón latiéndome en la garganta, el coño goteando. Y ahí estaban.

Entre la ropa de los tendederos, semidesnudos. Haciendo el amor a lo bestia, como si murieran de deseo. La escena era tan deliciosa como cruel. Mi prima sí que sabía moverse. Gemía como una perra. Subía y bajaba a un ritmo que… Dios mío. Tenía a Aldo recostado en el suelo, ella encima, y él le mordía un pezón mientras ella se frotaba como si no hubiera un mañana.

Lo tenía comiendo de su mano… o de su coño. No sabía ni dónde mirar. Pero no podía apartar los ojos.

Apreté las piernas. Mi coño palpitaba solo. Necesito tocarme, pensé. Ahora.

Y de repente, una mano sobre mi boca.

No grité. Entendí a la primera.

Era el hermano de Maribel. Mi primo. Éramos dos espectadores de esa escena prohibida.

Él también miraba fijo. Tenía la respiración agitada. Y noté que se frotaba por encima del pantalón.

Yo solo apretaba las piernas cada vez más fuerte. Moría por tocarme. Y no era la única.

Mi primo me miró. Tenía los ojos oscuros, brillantes, la respiración agitada, la boca entreabierta.

—¿Puedo? —susurró, con la voz ronca, mientras señalaba su propia entrepierna.

—Adelante —respondí, sin pensarlo, con la voz rota.

Se bajó el cierre. Se la sacó. Y mira que no le pedía nada a Aldo. La tenía igual de grande. Pero con pelos… se veía más deliciosa. Más real. Más macho. Más sucia.

Se me hizo agua la boca. Y el coño se me contrajo.

Mi primo se dio cuenta al instante. Vio cómo miraba. Cómo lamía mis labios. Me la ofreció sin decir nada, empujándomela hacia la cara.

No me hice del rogar. La tomé en mis manos. Estaba caliente. Dura. Palpitaba. La acaricié despacio, sintiendo cada centímetro, cada vena, cada latido. Me incliné hacia su oído.

—Se te está poniendo bien gorda, primo —le susurré, y lamí su lóbulo.

Eso pareció gustarle. Se puso todo rojo. Todo ansioso. Jadeaba. Me tomó del pelo —sin lastimar, pero con autoridad— y me la empujó completa a la boca.

Yo, toda sumisa, obedecí. Abrí bien la boca. La hundí hasta el fondo. Haciendo lo que él quería. Lo que yo quería. Me tenía a sus pies. O mejor dicho: a su verga.

Chupé con ganas. Con hambre. Con años de ganas acumuladas. Él gemía bajo, agarrándose de la pared. Así me gusta, pensé. Que sepan lo que puedo hacer con la boca.

Me tomó de la mano y me llevó al otro lado de la azotea, donde había un viejo lavadero de cemento. Frío. Oscuro. Perfecto.

No dijo nada. Solo me empujó contra el lavadero, me levantó la falda, me bajó la ropa interior de un tirón y me separó las piernas.

—Prima —preguntó, con la voz entrecortada, con la punta de su miembro rozando mi entrada—. ¿Me quieres estrenar?

Ufff. Por supuesto que sí.

—Métela toda —respondí—. Y no me la saques hasta que te corras.

Me empapé solo de oírlo. Deseaba sentirlo palpitando dentro de mi coño.

Me tomó de la cintura. Me cargó sin esfuerzo. Acomodó mis piernas alrededor de su cintura. Y entró.

Sin esfuerzo. Como si mi cuerpo lo hubiera estado esperando toda la noche. Como si mi coño hubiera sido moldeado para él.

Una y otra vez. Marcando un ritmo que me volvía loca. Al mismo tiempo, me comía las tetas. Mordía, lamía, succionaba. Me dejaba los pezones ardientes. Parecía que mi primo se hubiera transformado en todo un macho deseoso de coño. Y aquí estaba yo. Abierta. Empapada. Lista para estrenarlo.

—Más duro —le pedí—. No pares.

Él gemía. Yo gemía más fuerte. Me mordió el cuello. Me agarró las nalgas. Me clavaba las uñas.

Cada vez su abdomen más tenso. Sus piernas temblando. Pero él seguía. No se detenía.

Y yo no iba a dejar que se detuviera.

Hasta que una explosión… lo supe por las pulsaciones largas y profundas que llenaron cada rincón de mi coño. Me llenó entera. Caliente. Espeso. Me corrí al mismo tiempo, temblando, mordiéndole el hombro para no gritar.

Mi primo sudaba. Soltó un gemido que me erizó la piel… y se quedó dentro, respirando hondo, con la frente apoyada en la mía.

—Eres una zorra —susurró, pero sonriendo.

—Y tú un condenado —respondí—. Y me encanta.

De repente:

—¿Quién anda ahí?

La voz de Maribel. Desde el otro lado de la azotea. Se acercaba.

Nos dio tiempo de correr. Con la ropa medio puesta. Bajando las escaleras a oscuras, riéndonos sin hacer ruido, con el corazón a punto de estallar y mi coño todavía lleno de él.

Y él, mi primo, me apretó la mano antes de separarnos.

—¿Te gustó? —preguntó, con esa sonrisa de macho satisfecho.

—Pregunta estúpida —respondí—. Ya sabes que sí.

—¿Repetimos?

—Cuando quieras. Y donde quieras.

Sonrió. Me besó el cuello rápido, sin que nadie nos viera, y desapareció entre la gente.

Y supe que esa no sería la última vez.

Fin

Tg: @DulxeErotixa