Hola, mi nombre es Victor y siempre he sido un chico diferente. Desde pequeño fui tratado con mucho recelo por mi madre, porque atribuía que sería gay. Y bueno… Realmente no se equivocó, pues siempre me han gustado los chicos…. Ya tendré tiempo para contarles algunas de las travesuras sexuales que he hecho durante mi vida.
Ahora quiero contarles una de las historias más recientes que me ha sucedido. Hace pocos días estuve enfermo de la garganta. Tuve unas fiebres inesperadas acompañadas de mucho dolor de garganta. Asistí al hospital para ser revisado y me diagnosticaron una infección del aparato respiratorio,y me indicaron hacer un tratamiento con penicilina.
Comencé dicho tratamiento en mi área de salud, donde la enfermera me ponía la inyección en días alternos. En esos días, me di cuenta de que había comenzado un nuevo médico. Era un chico negro muy lindo. Debía medir alrededor de 1.80 Cms… Delgado, con unos labios carnosos que me invitaban a ser mordidas deliciosamente. Se dibujaba una ancha espalda por debajo de la bata blanca y olía muy bien. Pude mirarlo de arriba a abajo mientras el atendía a otro paciente. Y así cada día que me tocaba ir al consultorio.
Un día, ya casi al final del tratamiento, asistí como ya era costumbre a ponerme mi inyección. El consultorio estaba en penumbra, apenas iluminado por una lámpara de mesa que proyectaba un círculo cálido sobre la piel del doctor. Él, alzó los ojos del libro que estaba leyendo y me miro.
– Hola. Vienes por tu inyección?
– Si – le dije – Dónde está la enfermera?
– Está viendo en paciente en su casa.
Me quedé sin palabras. No sabía que hacer. El médico al parecer se dio cuenta de mi indecisión por lo que de inmediato dijo.
– Si no te molesta puedo inyectarte yo.
Enseguida me puse colorado. Me daba mucha vergüenza dejarme inyectar por él. Se me notaría que estaba nervioso. No pude decir nada. Solo extendí la mano y le entregué el bulbo de penicilina. El acerco su mano y lo tomó mientras rozaba mis dedos con los suyos. Tuve la sensación de recibir una descarga eléctrica, algo suave, pero que me hizo mirarlo directamente a los ojos, y para mí sorpresa me encontré con los suyos mirándome fijamente. Tenía unos ojos marrones hermosos, brillantes. El noto mi desconcierto y sonriendo cambio la mirada y se apartó de mi dirigiéndose a la estación de enfermería. Entonces pide observarlo mejor mientras preparaba la inyección con movimientos lentos, casi ceremoniales. Tenía una espalda muy ancha que terminaba en una línea cintura. Ese día no llevaba su bata blanca,, sino una camiseta que marcaba su musculatura. Sus bíceps se escapaban por debajo de la manga y mirarlos me llevaron a la fantasía de sentirme abrazado por ellos.
El sonido del líquido al entrar en la jeringa me trajo a la realidad.
Nervioso, porque no me gustan las inyecciones y además porque la tensión en mi crecía cada segundo que pasaba, me dirigí a la camilla, me bajé un poco el pantalón dejando expuesta una de mis nalgas. El médico sonrió apenas, una sonrisa que no era profesional, sino más íntima, cargada de sensualidad
—Relájate —dijo con voz grave, mientras sus dedos rozaban mi piel para encontrar el sitio exacto. El contacto fue breve, pero suficiente para que un escalofrío me recorriera..
La aguja entró con suavidad, y yo cerré los ojos. Sentí la firmeza de la mano del médico sosteniéndolo, el calor de su proximidad. Cuando la inyección terminó, el médico no se apartó de inmediato. Sus dedos permanecieron sobre mi piel, como si quisieran memorizarla. El silencio se volvió denso, cargado de electricidad. Abrí los ojos y me encontré con la mirada del médico fija en mí, una mirada que no hablaba de medicina, sino de deseo contenido. Retiró la aguja, pero no la distancia. Se inclinó apenas, lo suficiente para que yo percibiera el aroma de su piel, la fuerza tranquila de su presencia. La seducción había comenzado, no con palabras, sino con gestos mínimos, con la tensión de lo que aún no se decía. La habitación parecía haberse estrechado, reducida a esa distancia mínima que había entre ambos.
—¿Cómo te sientes? — me preguntó, aunque su voz no sonaba a qué le interesara mucho mi estado clínico, sino más bien íntima, como si la respuesta importara más allá de lo físico. Asentí, incapaz de articular palabras. Había algo en su mirada que me mantenía atrapado, una mezcla de autoridad y ternura que me desarmaba. Entonces el médico se inclinó un poco más, revisando el sitio de la punción con una atención que parecía excesiva. Sus dedos rozaron de nuevo mi piel, esta vez sin prisa, como si quisieran descubrir cada detalle. Contuve la respiración, consciente de que aquel gesto no era necesario, pero sí inevitable, pues yo en el fondo no deseaba que se apartara.
Entonces sucedió lo que yo ya estaba deseando. Sus labios se acercaron a los míos uniéndonos en un beso apasionado. Sus carnosos labios cubrían completamente los míos. Su aliento era dulce, una mezcla de fresa y menta que me inundaba la boca. Era delicioso sentir su sabor. Comenzó entonces a introducir su lengua en mi boca recorriendo cada rincón mientras sus manos recorrían mi cuerpo. Sus brazos no me dejaban casi moverme, estaba atrapado entre aquellos postes de músculo duro. Yo recorrí si pecho con mis manos mientras lo besaba y fui descendiendo hasta su cintura y comencé a quitarle el cinturón. Luego desabroché la bragueta de su pantalón poco a poco. El recorría mi espalda, mis caderas y sus manos llegaban hasta mis nalgas, las que apretaba suavemente.
-Me gustan, tienes unas nalgas deliciosas- me dijo al oído como un susurro cuando yo bajaba sus pantalones hasta sus muslos dejándolo semidesnudo, con su virilidad solo cubierta por un boxer pequeño de color blanco. Eso me excito mucho más, siempre me han gustado los boxer tipo slip de color blanco. Le quedaba ajustado, sin dejar casi nada a la imaginación. El doctor estaba al parecer muy bien dotado. El se detuvo y yo busqué su mirada. No hacia falta decir absolutamente nada. Sus ojos fueron capaces de hacerme la petición. Me arrodille para estar a la altura de su cintura y tras un pequeño instante de mirar su rabo latiendo debajo de la tela de su calzoncillo, me atreví a liberarlo.
Tenía un rabo hermoso. Debía medir alrededor de 19 centímetros. De buen grosor y con algunas venas bien marcadas y se curvaba ligeramente hacia la izquierda. Era una delicia. No podía dejar de mirarlo, pero me apetecía más probarlo. -Te gusta?- me preguntó. Yo no le respondí, solo atiné a agarrarlo y llevarlo hacia mi boca. -Humm, deliciosa- susurré como me permitió semejante trozo de carne. Tenia un sabor ligeramente amargo, como esa mezcla de sudor y orina, después de varias horas de trabajo, pero en mi paladar sabía de maravilla. Era una delicia saborear su hombría, y me excitaba mucho más escucharlo gemir de placer. Por un momento alce la mirada y pide verlo disfrutar con los ojos cerrados. Entonces saqué su rabo de mi boca y lo conduje hasta el buró donde atendía a los pacientes. Le indique que se sentará en la silla que usaba a diario y yo retirándome la ropa lo miraba fijamente. El se sentó cómodamente, con las piernas abiertas mostrándome en su totalidad ese cipote que tenía. Lo veía sonreirme malicioso, seductor. Cuando ya yo estuve desnudo me le acerqué y volví a arrodillarme delante suyo, pero está vez entre sus piernas. Y mirándolo directamente a los ojos y con una media sonrisa volví a comerme aquel rabote completo. Lo metí hasta mi garganta, tan profundo que me saltaron lágrimas de los ojos. El gemía mientras me agarraba del cabello para que no la sacara de mi boca. Así estuvimos otro rato, no se en realidad cuánto tiempo más pues había perdido la noción del tiempo. El por momentos jugaba con mi culo, y me untaba saliva para irlo suavizando. De pronto me estuvo y me pidió que me pusiera de pie. El se mantuvo en la misma posición y enseguida supe lo que debía hacer. Me estaba pidiendo que lo montara.
-Ya estás listo?- me preguntó. -Nací listo- y diciendo esto me senté encima de su torso y coloque la cabeza de su rabo en la entrada de mi culo. Su glande está completamente mojado de líquido preseminal, lo roce por mi ojete para lubricarme con sus fluidos y poco a poco comencé a empujar para que fuera entrando en mi. Note como mi culo se iba abriendo para dejarlo entrar. Cada centímetro era una explosión de deseo, una descarga eléctrica directo al cerebro, para volverme aún más loco. Mis ojos estaban cerrados, para disfrutar todas las sensaciones, pero lo escuchaba gemir debajo de mi mientras me penetraba. Cuando lo tuve completamente dentro, me estuve unos segundos. Note los latidos de mi esfínter recién profanado por un rabo semejante. Puse mis manos en su rostro y me acerqué a besarlo intensamente. Luego le dije al oído -esto es lo que querías?- El solo sonrió y entonces yo comencé a cabalgarlo mientras el el me agarraba de la cintura como para no dejarme escapar. Montar aquel rabo era una locura, una locura deliciosa que me ponía como loco. Me encantaba sentirlo dentro de mi, sentir sus manos acariciándome. Luego de estar un rato así, me hizo sacarla y me colocó contra el buró.
-ahora me toca a mí cogerte como me gusta- y diciéndome esto volvió a metermela hasta el fondo, sin compasión. Enseguida mi cuerpo respondió a tal embestida con un chorro de semen. Una eyaculación espontánea, producto del placer que mi médico me estaba haciendo sentir, pero está no me quito los deseos de seguir siendo poseído por esa belleza negra. El consultorio se volvió pequeño, nuestro deseo llenaba cada rincón. Nuestros gemidos se volvieron música dentro de esas paredes. Aquel médico me hacía suyo encima del buró donde atendía a sus pacientes a diario, pero en ese momento yo era el más especial de ellos. Sus manos me agarraban la cintura mientras me embestía una y otra vez, hasta que sentir su cuerpo temblar… Y supe que estaba próxima su eyaculación. Los últimos minutos fueron mágicos. El me abrazó desde atrás pegando su cuerpo sudoroso a mí espalda y cruzo su brazo alrededor de mi cuello mientras seguía su movimiento de ir dentro y fuera de mi. Mordió suavemente mi cuello varias veces y entonces me dijo al oído. -Te voy a llenar todo de leche. Quieres mi leche dentro de tu culo?- Yo en medio de toda esa locura a la que él me había llevado respondí. – Sii papi, si dame toda tu leche. Lléname todo con tu leche-
Y diciendo eso sentí como su cuerpo se descargaba completamente en mi interior. Mis piernas comenzaron a temblar de tanta excitación. Lo sentí gemir más fuerte, a pesar que intentaba no hacerlo por temor que alguien nos escuchará desde fuera. Su brazo aún me rodeaba el cuello cuando comencé a sentir que se me iba la vida, y no sabía por qué. Fue en ese instante que me di cuenta que él me masturbaba con la otra mano, la que quedaba libre, la que había estado en mi cintura y que nunca me percaté en qué momento había llegado hasta mi entrepierna para hacerme terminar. Y ya no pude más y me dejé ir… O más bien venir. Mis gemidos aumentaron, mis piernas comenzaron a estremecerse. Solo pude mantenerme en pie porque el me sostenía. Y mi semen comenzó a salir de mi como una erupción volcánica.
Creo que fue uno de los orgasmos más largos que he tenido. Fue una total delicia. Cuando me recompuse el doctor aún me tenía abrazado por la espalda. Me volvía hacia el sacando su rabo aún con algo de erección de dentro de mi y al hacerlo di la libertad a su semen para que corriera por mis piernas. El me miró sonriente. Estaba sudado, jadeaba, pero se veía tan hermoso que solo atiné a besarlo de nuevo. El respondió mi beso, volviendo a acariciarme todo el cuerpo. No me hubiera apartado de él nunca, pero el momento debía terminar.
Nos vestimos en silencio. Creo que ninguno de los dos sabía que decir. Cuando estuve listo me acerqué a él y le acaricie el rostro. – Gracias- le dije. Y salí rápidamente del consultorio. Fue entonces que me di cuenta que todo aquello había pasado estando la puerta sin cerradura. Cualquier persona podía haber entrado y descubrirnos. Solo atiné a sonreír y pensar que estábamos muy locos los dos. Cruzando la calle pude ver a lo lejos a la enfermera que regresaba al consultorio con paso apresurado. Ya en mi cuarto me di una ducha. mientras me enjabonaba sentí un ligero dolor en el sitio donde me habían puesto la inyección. Me sonreí y pensé que la ultima dosis me tocaba dentro de dos días. Dos días, una nueva oportunidad. Ojalá la enfermera tenga de nuevo que atender a pacientes a domicilio