Capítulo
- Provocando a un amigo IV
- Provocando a un amigo I
- Provocando a un amigo II
- Provocando a un amigo III
La mañana siguiente llegó con una luz grisácea filtrándose por las cortinas. Los tres seguían enredados en la cama, cuerpos pegajosos, olor a sexo todavía flotando denso en el aire. Diego fue el primero en abrir los ojos. Miró el reloj: las 7:15. Tenían que estar en el colegio a las 8:00.
—Mierda… —gruñó con la voz ronca de tanto gemir.
Se levantó, la verga pesada balanceándose entre sus piernas, todavía hinchada y con restos secos de la noche anterior. Dio una palmada fuerte en el culo de Marco y luego en el de Alex.
—Arriba, putitas. Nos vamos en 15 minutos o llegamos tarde.
Alex soltó un quejido lastimero, el culo le dolía de una forma deliciosa y profunda. Cuando intentó levantarse, sintió cómo un chorro tibio de semen de Diego se le escapaba entre las nalgas y le bajaba por los muslos.
—Joder, Diego… me dejaste destrozado —murmuró, pero había una sonrisa cansada en su cara.
Marco no estaba mucho mejor. Tenía la mandíbula dolorida de tanto chupar y el agujero palpitante. Los tres se ducharon a toda prisa, pero no hubo tiempo para nada romántico: solo agua caliente, jabón rápido y toallas lanzadas al suelo.
Se vistieron con el uniforme del colegio: pantalones grises ajustados, camisa blanca y corbata. y se pusieron otra ropa interior era un poco mas grande que una tanga y de color rosado
en ese momento diego fue al cajón de nuestra ropa interior y vio todo tipo de lencería que era la que usamos a diario y no pudo evitar olerla por unos segundos
Salieron corriendo del apartamento. En la calle ya esperaba el taxi que Diego había pedido por la app.
Subieron los tres atrás. Alex en medio, Marco a su derecha y Diego a su izquierda. El taxista, un señor de unos cincuenta años con cara de pocos amigos, los miró por el retrovisor.
—Al Instituto San Marcos, ¿verdad?
—Exacto —respondió Diego con voz calmada, como si no hubiera pasado nada.
El taxi arrancó. Durante los primeros minutos reinó el silencio. Los tres chicos estaban agotados, pero el roce de sus muslos en el asiento trasero empezó a hacer efecto otra vez. Alex sintió la mano de Diego deslizarse discretamente por su pierna hasta posarse sobre su paquete. Marco, por el otro lado, hizo lo mismo.
—Compórtense… —susurró Alex entre dientes, pero su verga ya empezaba a endurecerse dentro del pantalón.
Diego sonrió de lado y se inclinó un poco hacia el taxista.
—Oiga, ¿le importa si ponemos música? El camino es largo.
El taxista asintió y encendió la radio. Sonaba una canción de reggaetón suave.
Diego aprovechó el ruido para susurrarles:
—Anoche no fue suficiente. Todavía tengo ganas.
Sin que el taxista pudiera ver nada gracias al asiento delantero alto, Diego metió la mano dentro del pantalón de Alex y sacó su verga semi-dura. Empezó a masturbarlo lentamente, con movimientos largos y firmes. Alex mordió su propia mano para no gemir.
Al mismo tiempo, con la otra mano, le bajó la cremallera a Marco y empezó a hacerle lo mismo. Los dos amigos estaban allí, sentados en el taxi, con las vergas fuera, siendo pajeados por Diego mientras el taxista conducía ajeno a todo.
—Hostia… Diego… aquí no… —gimió bajito Marco, pero empujó las caderas hacia la mano de Diego.
Diego se inclinó más y les habló al oído, alternando:
—Cuando lleguemos al cole, los dos van a ir al baño de inmediato. Se van a quitar los pantalones, se van a poner cuatro en uno de los cubículos y me van a esperar con los culos levantados. Voy a follarlos rapidito antes de entrar a clase. ¿Entendido?
Los dos asintieron, respirando agitados.
Diego aceleró el movimiento de sus manos. El taxi dio un pequeño bache y eso hizo que Alex soltara un gemidito ahogado. El taxista miró por el retrovisor un segundo, pero solo vio tres chicos uniformados sentados normalmente.
—Casi llegamos —dijo el taxista.
Diego no paró. Siguió pajeándose hasta que sintió que los dos estaban al borde.
—Correrse calladitos… ahora.
Alex y Marco se corrieron casi al mismo tiempo, mordiéndose los labios, chorros de semen caliente salpicando sus propias camisas blancas por dentro de los pantalones y las manos de Diego.
Diego sacó las manos, se limpió discretamente con un pañuelo y se las llevó a la boca, lamiendo un poco de la leche de sus amigos con una sonrisa perversa.
El taxi se detuvo frente al colegio.
—Listo, chicos. Que tengan buen día.
—Gracias —respondió Diego con naturalidad.
Bajaron del taxi. Caminaban un poco raro, con las tangas mojadas y los culos sensibles. En cuanto cruzaron la puerta del instituto, Diego los miró con esa misma mirada peligrosa de la noche anterior.
—Baño del tercer piso. Ahora. Los quiero esperando en cuatro, tangas bajadas, culos juntos.
Alex y Marco se miraron, excitados y nerviosos.
Esta vez tampoco iban a poder concentrarse en clase.