María y Javier llevaban 20 años casados. Su vida juntos, con dos hijos de 10 y 8 años, era una rutina bien aceitada: horarios escolares, cenas familiares, fines de semana en el parque. Sin embargo, la monotonía había comenzado a colarse en su relación como una niebla silenciosa. Su vida sexual, aunque medianamente satisfactoria, carecía del fuego de los primeros años. Javier, en secreto, albergaba fantasías que nunca había compartido con María, temiendo su reacción. Pero algo en él ardía por romper esa inercia, por devolverle a su matrimonio la pasión que aún creía posible.
Una noche, mientras los niños dormían, Javier tomó valor. Estaban en el sofá, con una copa de vino a medio terminar.
—María, amor, quiero que hagas algo conmigo. Quiero cumplir mis fantasías contigo. Eres mi inspiración, mi amante, mi amiga, mi esposa… mi todo.
María, sorprendida, lo miró con una mezcla de timidez y curiosidad.
—¿Fantasías? Javi, después de 20 años, ¿qué no hemos hecho ya?
Él sonrió, nervioso.
—De todo lo que nos permitió nuestra educación sexual, que es poca. Hay más, mucho más.
María, intrigada pero desconcertada, insistió:
—A ver, dime, ¿de qué hablas? ¿Qué te gustaría hacer?
Javier dudó, pero comenzó a contarle. Habló de hacer el amor en lugares públicos, con el riesgo de ser descubiertos; de juegos de rol con personajes ficticios; de probar posiciones o dinámicas que nunca se habían atrevido a explorar. María lo escuchaba, su rostro oscilando entre sorpresa y escepticismo.
—¿De verdad quieres eso? ¿Crees que eso le dará sabor a nuestra relación?
Pero Javier guardaba un secreto más, una fantasía que lo consumía y que no se atrevía a confesar. Esa fantasía que un día, gracias a un sueño que había tenido y que disfrutó de manera que ni él sabía por qué, se le había colado a la cabeza sin que pudiese sacarla y, por lo contrario, quería cumplirla. Por meses, esa fantasía lo atormentó. Temía que María lo juzgara, que pensara que estaba loco o que su amor por ella no era suficiente. Hasta que una noche, con el corazón en la garganta, se lo dijo:
—María, ¿recuerdas aquel día que hablamos de hacer algo por meterle emoción a nuestra relación? Y pues te comenté de las cosas que podríamos hacer para que esta sea emocionante. Pues hay una que no te quise decir por miedo a lo que pensarías de mí, una fantasía mía, que, para mí, es fuerte y de verdad no lo tomes a mal, porque de verdad que te amo con toda mi alma, y esta es verte teniendo sexo con otro hombre.
El silencio que siguió fue ensordecedor. María lo miró con incredulidad, un destello de miedo en sus ojos.
—¿Qué? ¿En serio? ¿Quieres que yo…?
Javier, viendo su reacción, intentó retractarse.
—Es solo una fantasía, amor. No tenemos que hacerla realidad. Sé que es arriesgada, que podría complicar las cosas. Olvídalo.
Pero la semilla ya estaba plantada. Al principio, María se sintió abrumada, incluso ofendida. Sin embargo, con los días, ella pensaba que su marido le había sido muy honesto en lo que dijo y eso requiere cierto valor y mucha, pero mucha confianza en ella. María, en lo que le dio muchas vueltas en su cabeza al asunto, de repente una curiosidad inesperada comenzó a crecer en ella. Empezó a imaginarlo, a preguntarse cómo sería. Las conversaciones con Javier se volvieron más frecuentes, más abiertas. Ella ponía condiciones, al principio solo eran conversaciones del tema como si ya fuera un hecho, pero era algo ficticio en lo que María lo asimilaba: “No sería con un desconocido, pero tampoco con alguien muy cercano; tenía que ser algo controlado, sin lazos emocionales”. Javier, aunque emocionado, notó que María empezaba a hablar de la idea con un brillo en los ojos que lo inquietaba.
Pasaron los meses, y María seguía dudando. Javier se dio cuenta de que su esposa no daría el paso a menos que conociera un poco a la otra persona, ya que, como dicen, la mujer necesita sentirse muy cómoda y con al menos una pizca de confianza al tener intimidad con alguien más. Entonces, un día, María, con una mezcla de astucia y nerviosismo, propuso algo que encendió las alarmas de Javier:
—Creo que me sentiría cómoda con Luis, ¿te acuerdas? Mi amigo de la universidad.
Luis era un antiguo compañero con el que María había tenido una conexión especial en su juventud, aunque nunca pasó de una amistad. Javier sintió una punzada de celos. Notaba que María, al hablar de Luis, se sonrojaba, su voz cambiaba, y en la cama, esos días, estaba más apasionada que nunca. Sus pezones se endurecían al instante, su vagina se humedecía con una intensidad que Javier no había sentido en años, y podían tener dos o tres sesiones seguidas de sexo ardiente. Luis pensaba que ya María estaba entendiendo lo que él sentía al imaginar este tema, esta fantasía, solo esperaba que no pasara a más, ya que traer ciertos sentimientos del pasado podría salírseles de la mano y podría empezar a sentir cosas por su antiguo amigo, ya que lo que se planeaba era entregarse a una antigua amistad hombre/mujer que, al dar el siguiente paso de la amistad, como lo es tener relaciones, cambia mucho a las personas, ya no se verían como una amistad sino que en automático despertaría sentimientos.
Javier, aunque disfrutaba de esa nueva energía en María, también temía que su fantasía se estuviera saliendo de control. ¿Y si María desarrollaba sentimientos por Luis? A pesar de sus dudas, no quiso detenerla. Quería confiar en ella, en su amor. Javier le permitió salir con Luis a una primera cita para “explorar” la posibilidad, aunque le dejó claro que todo debía ser bajo sus términos, nada de recordar su relación y solo ponerse al día con él hablando de sus aventuras con sus demás amigos en lo que ella exploraba la posibilidad de que la fantasía se pudiera dar con Luis o no.
Esta se dio, fue un desayuno. María regresó a casa con una mezcla de nervios y emoción. Contó que Luis se había sorprendido al verla, que habían recordado viejos tiempos hablando de sus antiguos amigos, y en lo que la hacían, ella analizaba a Luis y su comportamiento con ella a ver si quedaba ese match que en el pasado habían hecho y sí, ella comentó a Javier que él parecería dispuesto a estar con ella, deduciendo lo cómodo que estaban juntos después de tantos años. Pero Javier notó algo: María hablaba con una intensidad que no era solo curiosidad. Había un deseo genuino en sus palabras. Él, tratando de mantener el control, le hizo preguntas:
—¿Estás segura de que no sentirás nada por él? Luis siempre estuvo enamorado de ti. ¿Y si tú empiezas a sentir algo?
María, con una seguridad que parecía ensayada, respondió:
—No, Javi. Solo sería sexo. Nada más, ¿al final no era eso lo que querías?
A lo que Javier responde:
—Sí, pero habíamos empezado con otras reglas y ahora terminamos con otras, dijimos que no con amigos y eso cambió, me incomoda pero no te voy a negar que al mismo tiempo me excita la idea sea como sea.
Javier no estaba convencido, pero el paso ya estaba dado, ella, al parecer, ya lo había decidido y Javier sentía que ya no se podía echar para atrás y su propia fantasía lo empujaba a seguir adelante. Así que, aunque él sabía que ya había riesgo real, decidió confiar en ella. Finalmente, decidió darle luz verde pero cambiando un poco la idea:
—María, vamos a hacer esto, sal con él de nuevo, no sé, donde quieran ir, pero no a lo que se quiere llegar, vayan a un lugar donde solían ir, no sé, a un parque, a tomar un helado y provócalo, coquétele de tal manera que él también dé un paso a eso y ve cómo te sientes, si aun así después de eso te sientes cómoda y que realmente lo harás sin mayor problema, adelante, llegamos juntos al final si tú lo quieres.
Y así lo hizo María, le mensajeaba como para sugerir que salieran pero este, al tener también su novia, no podía ser cuando quisieran, tenía que estar libre para que a él no lo cacharan. Los días pasaban y ellos solo se comunicaban por mensajes teniendo charlas vagas de sus trabajos hasta que Luis le confirmó que un sábado lo tendría libre y podrían salir a comer unos helados y seguir su charla. El sábado llegó, de nuevo Javier solo podía observar a su esposa como se vestía con mucho ímpetu para encontrarse con su amigo de nuevo, esto le excitaba pero no lo aceptaba, al mismo tiempo le ponía nervioso por lo que esto representaba y eso lo hacía mucho más emocionante para él. María se despide de su marido recordándole que lo ama y que cuidará de los niños y Javier le responde que pierda cuidado, que se cuide ella misma y que él estará pendiente de ella.
María regresa de su cita, bastante más de la hora que había dicho, con una cara muy alegre, como desestresada, con una sonrisa agradable y sobre todo abrazando a Javier con mucho ímpetu y diciéndole que lo amaba cada que podía. Javier, a esto, ya no sabía qué pensar, reía con ella y la abrazaba de vuelta con mucho cariño y en uno de esos abrazos aprovecha y le dice al oído para que no escuchen los niños:
—Oye, mujer nueva, ¿dónde dejaste a mi esposa?
Los dos se separan riendo, se acerca a él de nuevo y le dice al oído:
—Ahora que vayamos a la cama te cuento.
Javier, ansioso, llevó a los niños a dormir rápidamente para que su esposa pudiera contarle.
—Ahora sí, amor, cuéntame, ¿por qué tanta alegría en tu rostro?
—Javi, te contaré todo tal cual, ¿va?
—Va, es lo menos que espero de ti, jajaja, que me cuentes todo.
María empieza:
—Como bien sabes, salimos por un helado, nos vimos en una plaza en la que solíamos ir a menudo de muchachos, recordamos más cosas que ya habíamos olvidado que fueron muy divertidas, y como tú me dijiste, lo orillé para que confesara que él aún seguía sintiendo algo por mí, y cayó muy rápido en mi juego, no lo dijo muy obvio pero me comentó que aún me seguía viendo tan guapa como en ese entonces y me dio a entender que no había olvidado ni un solo momento de los que pasamos juntos. Él se me empezó a pegar más y hablaba cada vez más cerquita de mí, nos sentamos en una banca para terminar los helados y se sentó montando la banca casi tan cerca que casi ya me rodeaba con sus brazos, con cada gesto me tocaba más las manos, las pasaba por mis hombros, etc. Yo, al ver esto, mejor le comenté que vayamos a otro de los lugares que más visitábamos con los amigos, un lugar más disimulado al público y con poco más de privacidad, se llama Parque Escondido, un lugar lleno de senderos, árboles y pasto para descansar. Llegando allá caminamos un poco y nos sentamos bajo un árbol, él aprovechó y ahora sí se sentó muy pegado a mí, la verdad, yo me sentía cómoda pero no atraída como mujer a él, solo pensaba en ti y sentía que yo me controlaba, si quería seguía y si no, no. Entonces procedí a provocar algo en él, tirándole el cuerpo hacia él, riéndole y hablándole de más cerca y, más rápido de lo esperado y sin pensarlo, me tomó de un costado de la cara y me haló hacia él, primero me observa de cerca para ver si me hacía para atrás, pero al ver que no lo hice, me besó, yo solo seguía sus movimientos dejando a él que dirija, solo besándonos los labios como dos novios en el parque, pero como avanzaban los segundos, la pasión de su beso avanzaba también, cada vez me pegaba más a él, de repente sentí su lengua tratando de acariciar la mía, y lo permití, usé la mía y ya éramos ahora sí como dos adolescentes enamorados sintiéndose por primera vez. Pronto sentí como él me empujaba para atrás como para que cayera sobre mi espalda al pasto y él ya quedara sobre mí acostados y pueda usar sus manos con mejor astucia, yo entreabrí los ojos para ver que no nos viera nadie y por suerte y como estuviera todo medido, nadie nos vio y permití que siguiera para ver dónde llegaría. De un movimiento él tomó mi cintura como acariciándola y subiendo cada vez más y más, yo para seguir el juego lo tomé del pelo y comencé a acariciarlo también como dándole permiso de que siguiera…
María, contando su historia, a lo que Javier la interrumpe:
—No inventes, María, ¿es en serio? Jajaja, ¡qué excitación! Sigue, sigue.
Y María continúa:
—Jajaja, en serio, ¿no te molesta?
Javier:
—No, porque realmente te percibo en tu historia que estuviste en control de tus acciones, sigue, sigue.
María:
—Bueno, pues el caso es que pronto sentí su mano que ya había subido bastante, él se detuvo un segundo como midiéndome si lo detendría o no, pero lejos de eso, al contrario, le tomé la mano y yo misma se la moví un poco más arriba como permitiendo su movimiento, y sí, así fue, en un segundo yo ya sentía su mano en mi pecho, él acariciándome muy suavemente, sintiéndome como si me deja ir no habrá mañana, de nuevo entreabrí los ojos como para ver que nadie nos descubra y seguíamos solos, esta vez también le vi sus ojos cerrados y su cara, él ya perdido en excitación, y yo solo pensaba si ya parar o dejarlo seguir, no te miento, mi amor, yo lo disfrutaba como una adolescente, me excitó y decidí dejarme llevar por un momento, entonces con un movimiento brusco, lo empujé para que él quedara debajo de mí, en ese momento los dos nos separamos y nos miramos riendo tímidamente y como diciéndole “ahora voy yo”. Subí de nuevo a sus labios y nos besamos por segunda vez, nada más que esta vez, con mi mano libre le acaricié la entrepierna, él del susto dio un pequeño brinco, se separó de nuevo de mis labios, sonrió y continuó besándome, yo comencé moviendo mi mano sobre su pene, sintiéndolo y masajeándolo, allá, en pleno parque, creo que eso fue lo que más me excitaba, que en cualquier momento nos verían y nos tendríamos que separar de un brinco, pero por suerte, seguíamos solos. Ya para eso yo pensaba que ya deberíamos parar, en eso estaba cuando sentí su mano, esta vez ya dentro de mi blusa queriéndome sentir ya de piel a piel, ahí sí pensé que ya habíamos llegado lejos, te confieso que quería que lo hiciera, pero si pasaba eso, entonces podríamos arruinarlo ya que si alguien ya nos viera de esa forma sería imposible disimular, aun así le di unos segundos más a ver si se atrevía, y sí, no esperó mucho y supo meter su mano bajo el top que llevaba puesto, sentí su mano caliente, entre temblando él acomodó su mano primero en todo mi pecho para darme unos ligeros masajes, luego movía sus dedos en mi pezón acariciándolos, me encantó la sensación de que alguien que no fueras tú me estaba haciendo eso, nos dejamos de besar por tercera vez solo para que, con mi sonrisa, le confirmara que le permitía eso y más, mientras él nos veía esos segundos a los ojos, él seguía moviendo sus dedos alrededor de mi pezón mientras yo le acariciaba el pene sobre sus pantalones, creo que ya era obvio, en esos momentos y con esa mirada nos dijimos hasta dónde éramos capaces de llegar, pero ese no era el momento ni el lugar, y como del cielo, escuchamos los gritos de unos jóvenes que apenas pasarían donde estábamos, eso nos hizo ponernos cada uno en nuestros lugares para componernos un poco y hacer como si solo estábamos hablando.
Javier, con la boca casi abierta, le dice:
—María, en serio, ¿no estás inventando esto para ver si me molesto o no?
María le responde:
—Es en serio, amor, no mentiría, ese es nuestro acuerdo, pero como te dije, te amo demasiado y si yo sintiera que esto se me fuera de las manos, aparte de que te lo diría, daría un paso atrás y no seguiría, tenemos algo hermoso y de muchos años como para que una fantasía lo arruine, pero, la verdad, como tú me decías desde el inicio, puedo controlarlo, pero ya te conté, tú me dices ahora si quieres que sigamos con el juego o no.
A lo que Javier le contesta:
—Confío en ti, me encantó lo que me contaste, y si crees que me molestaría, lejos de eso, me encantó, me dejaste súper excitado y con ansias de más, como una historia a medias. Jajaja. Me diste mucha confianza con tu actitud desde que te vi llegar, eres más madura en este tema de lo que creí. Pero dime, a todo esto, ¿cómo se despidieron, qué se dijeron?
María contesta:
—Pues cuando los muchachos nos interrumpieron, nosotros, ya sentados y medio arreglados, nos mirábamos con una risa tímida, ya sabes cómo soy, y él también tenía una risita como que no sabía qué más hacer o decirme, así que él se paró, me ayudó a pararme y mientras regresábamos al carro me tomó la mano y me dijo que pasó un maravilloso día conmigo, que él sabía que tenía familia y él mismo con su novia, pero dijo que lo que había pasado era algo solo mío y de él y que lo recordaría siempre, a lo cual yo solo le respondía que sentía lo mismo. Al despedirnos, se acercó de nuevo a mí antes de que subiera al carro, me dio un beso de nuevo y solo me dijo que a ver qué otro día nos veríamos y le comenté que sí, que nos pondríamos de acuerdo. Entonces ya sola vine a casa.
Javier:
—Wow, no pensé que te atrevieras, pero me sorprendiste. Jajaja, pero me gustó, actuaste de forma muy madura y solo usaste esos momentos para tu diversión sin perder el suelo, lo que lograste también es que hoy te voy a hacer el amor que se escuchará en toda la ciudad, jajaja.
María:
—Jajaja, eres un exagerado, pero veo que no te molestó en lo absoluto lo que te conté, y qué bueno que lo tomaste de una forma tranquila y que lo vamos a usar para nosotros, ya veremos más adelante, si tú y yo estamos en el mismo canal, le doy otra cita a Luis, esta vez sí, en el lugar y el momento adecuado.
Javier:
—¿Qué? Jajaja, ¿te atreverías a más? ¿En serio? La verdad sería súper emocionante aunque ese paso es más fuerte, te entregarías a otro hombre y sabes que el acto te va a encantar, solo sería que no vueles y no te separes del suelo.
María:
—No, eso no pasará, pero ya veremos con el tiempo, mientras ya cállate y hazme el amor como me dijiste.
Efectivamente, el tiempo pasó, una, dos, tres semanas en las que Luis y María solo se mensajeaban en los tiempos en que podían entre su familia y su novia, recordaban lo bien que lo pasaron aquel sábado juntos. Luis, por su parte, ya no aguantó más y le pidió a María que hiciera tiempo para él de nuevo, esta vez para ir a un restaurante de noche, a lo que María le contestaba que ella no se podía escurrir de su marido como él de su novia y que tenía que pedirle a Javier de nuevo que se quedara con los hijos mientras ella salía con su amigo, lo cual no era fácil, ya que María sabía que Javier ya suponía que pasaría con una salida más, pero le dijo que esperara mientras le decía a su marido a ver qué le contestaba.
María le comenta muy tímida a Javier:
—Oye, Javi, Luis me pide que salgamos de nuevo, pero esta vez a un restaurante a cenar, ¿qué opinas?
Javier, con una sonrisa de obviedad, le responde:
—No se trata de qué opine, amor, se trata de lo que tú quieres hacer, ya sabes, confío en ti, si me dices que quieres salir, yo te apoyo, siempre, lo sabes.
María contesta:
—Pues la verdad, sí quiero salir, una vez más, cenaré con alguien más por primera vez en siglos que no eres tú, jajaja, y a ver qué pasa.
Javier:
—Jajaja, la cena es lo que menos te importa, pero amor, está bien, te doy mi confianza, esto yo lo quería, me excita, más que la verdad, y ya empezamos, no sería justo si te detengo ahora, cosa que haría si supiera que saldrás lastimada tú o nuestra relación, pero has demostrado que no.
Sin más, Javier le concede la confianza a su hermosa esposa a que saliera a divertirse.
—Está bien, amor. Sal con él una vez más. Pero que sea directo: van a un motel, hacen lo que van a hacer, y se acabó. Disfrútalo, pero que sea la primera y última vez. Y quiero que me cuentes todo después.
María asintió, aunque su nerviosismo era evidente.
El día llegó. María salió con Luis, y Javier se quedó en casa, consumido por una mezcla de ansiedad, celos y una extraña excitación. Cuando María regresó, estaba un poco más ansiosa que la primera vez, un poco más ida, pero relajada. Javier la conoce perfectamente y solo le dijo, acercándose a ella y abrazándola:
—Te amo, todo está bien, vámonos a dormir. Cuéntame cuando estés lista.
Pasaron unos días, Javier solo observando a María, le dio su tiempo para que estuviera lista, era visible que esta vez le había afectado de alguna manera a su esposa. Hasta que María, más relajada, decidió contarle todo.
—Le dije a Luis que no quería cenas ni romanticismos. Que fuéramos directo al hotel —comenzó María.
Habían ido a un motel que ella y Javier conocían bien, un lugar elegante con espejos en las paredes y una cama amplia. María confesó que temblaba de nervios y excitación al entrar al cuarto. Luis también estaba nervioso, sin saber cómo actuar. Hablaron un rato para romper el hielo, hasta que él tomó la iniciativa. La tomó de las manos, la acercó y la besó. Al principio fue un beso tímido, pero pronto se volvió apasionado, sus lenguas entrelazándose con urgencia.
Luis le quitó la blusa y los pantalones, dejándola en ropa interior. María, aún tímida, pero siempre queriendo controlar todo, comenzó a desvestirlo, hasta dejarlo completamente desnudo. Sus manos temblaban, pero la excitación la dominaba. Ella misma se quitó el sostén y las bragas lentamente, frente a él, consciente de que lo estaba enloqueciendo. Ella, para este momento, sabía que ya no habría vuelta atrás, así que se dejó llevar con todo. Luis no pudo contenerse más. La empujó suavemente a la cama, sujetándole los brazos para que quedara vulnerable. Besó sus labios, su cuello, sus pechos, bajando por su estómago hasta llegar a su entrepierna. Con una intensidad casi salvaje, le practicó sexo oral, lamiendo y succionando su clítoris hasta que María arqueó la espalda, gimiendo sin control. Le introdujo dos dedos en ella e hizo movimientos suaves sintiéndola como se humedecía más y más, él no paró hasta que la hizo venir por primera vez. Él le sacó los dedos para acabar a lamidas todos los jugos que salieron de María, a lo cual ella, por reflejo, le pegaba más su cabeza como invitándolo a que no se le escapara nada, ni una gota de ella.
Ella, perdida en el placer, sabía que le debía lo mismo a Luis, así lo tomó del cabello nuevamente y lo atrajo hacia sus labios para devolverle el favor. Ella, ya separada de él y preparándose, lo observó de pies a cabeza y deteniéndose en el pene, con la mirada le dijo: “Prepárate, ahí voy”. Le besó su cuello, su pecho, mientras bajaba lentamente hasta su pene, erecto y pulsante. Lo tomó con la mano y comenzó a lamerlo sin quitarle la mirada a los ojos de Luis, primero lentamente, luego con la destreza que había perfeccionado con Javier, le pasó la lengua a cada centímetro de su pene, como inspeccionándolo y comparándolo en todo momento con el de su marido, hasta que, succionándolo tal cual una experta apretando sus labios contra el y metiéndolo lo mas profundo que maría podía a su boca, Luis se vino por primera vez, lo había logrado. María no dudó en hacer lo mismo que él, succionó su esperma una y otra vez hasta dejarlo seco. Luis, extasiado, solo tembló y daba suspiros incrédulos. María, a pesar de que ya había acabado Luis, no dejó de succionarlo, pareciera que quería acabar con el pene de Luis, gracias a esto, Luis no perdió su erección, así que, aprovechando eso y aún muerto de pasión por María, explotó de deseo. La tomó de los brazos, la arrojó de nuevo a la cama y le abrió las piernas. María estaba empapada, su vagina brillando de excitación. Luis la miró, como si quisiera grabar ese momento en su memoria, pero María, desesperada, lo jaló hacia ella.
—Hazlo ya, entra en mí, por favor —suplicó.
Sin dudarlo, ella misma le tomó el pene a Luis y se lo introdujo. Su pene se deslizó sin resistencia, como si sus cuerpos estuvieran hechos para encajar. María gritó de placer, sus manos aferrándose a las sábanas. Luis empujaba con fuerza, mientras ella se movía al ritmo de sus embestidas, sus gemidos llenando la habitación. Ambos se miraban mientras hacían el amor, los dos pidiendo más y más fuerte. Luis, al ver que aún le faltaba y el cansancio de la posición no lo dejaría terminar, se sale de ella y la gira para que ella quedara de espaldas. María, ya sabiendo, se le pone en posición de perrito rápidamente para que no parara y Luis, contemplándola, se acerca de nuevo. La toma de su cintura y la hala con un movimiento brusco hacia él, penetrándola de nuevo. Los dos con cara de placer y pidiéndose más, Luis ahora sí la penetraba bruscamente mientras le veía la espalda, los glúteos, la tiraba de la cintura mientras con la otra mano la tomaba del pelo, los gritos de María ya eran muy fuertes, estaba a punto de venirse. Luis aprieta el paso, la penetra tan rápido como bruscamente, la hala de los hombros para que ella también quedara arrodillada mientras la continúa penetrando y de esta manera él ya tenía acceso a sus pechos, los toma con mucha fuerza y la pega más hacia él y con movimientos más rápidos, ya a punto de desfallecer, los dos, como coordinados, llegaron al mismo tiempo, ambos con gritos de placer a todo lo que dan. El clímax de María llegó como una ola, su cuerpo temblando mientras un río de placer la inundaba. Luis, temblando y disfrutando de María hasta el final.
Exhaustos, se acostaron juntos, riendo y hablando. María le confesó a Luis que, aunque había sido increíble, amaba profundamente a Javier y su vida juntos. Le dijo a Luis que todo lo que habían pasado juntos, Javier lo sabía y que él mismo le había permitido estar con él para que ella misma se sintiera viva de nuevo y que de alguna manera se renovara algo en ellos. Luis, con una sonrisa, admitió que él también tenía su propia vida y que, aunque siempre la había querido, respetaba lo que tenían. Se despidieron con un abrazo, y María regresó a casa.
Javier escuchó cada detalle, su corazón dividido entre celos, excitación y alivio. Entendió que permitirle a María vivir esa experiencia había sido un riesgo, pero también un regalo. Ella lo miraba con amor renovado, como si redescubriera lo valioso que era su matrimonio. Javier la abrazó y le dijo:
—Te amo, María. Espero que esto nos una más.
Ella asintió, sus ojos brillando con gratitud.
Desde ese día, su relación cambió. La chispa que creían perdida volvió, no solo en la cama, sino en cada pequeño gesto. Habían cruzado un umbral juntos, y aunque nunca repitieron la experiencia, supieron que su amor era más fuerte que cualquier fantasía.