Capítulo 6
- La puta creyente I
- La puta creyente II
- La puta creyente III
- La puta creyente IV
- La puta creyente V
- La puta creyente VI
Pasaron los años y el credo de la Leche Sagrada se convirtió en un fenómeno silencioso pero imparable. El «templo» original ya era pequeño; Daniel había comprado terrenos alrededor y construido un complejo discreto: varios edificios con salas privadas, un salón principal para las ceremonias colectivas, dormitorios para devotas que se quedaban días enteros, y hasta un jardín trasero donde las preñadas paseaban con sus pancitas al sol mientras rezaban.
El número de devotas llegó a 50. Ya no cabían todas en una sola «hora de la religión». Daniel organizaba citas especiales: horarios escalonados desde la mañana hasta la medianoche. Cada devota tenía su día y hora asignada, como misas privadas. Llegaban con su diezmo (ahora más generoso: dinero, joyas, hasta terrenos pequeños donados por esposos orgullosos), se desnudaban con gracia, se arrodillaban y atendían al pastor según su devoción del momento: chupadas profundas, tetas para follar, culos ofrecidos, coños abiertos para recibir la bendición directa en el útero.
Sofía era la «madre fundadora». A sus 36 años ya iba por el octavo hijo de la luz. Su cuerpo había cambiado gloriosamente: tetas enormes, pesadas y siempre goteando leche (incluso entre embarazos), caderas anchas como cuna divina, culo redondo y tembloroso que seguía recibiendo verga con la misma hambre de los primeros días. Su primera hija, Luz (así la había nombrado en honor a la «luz sagrada»), ya tenía 18 años recién cumplidos.
Luz era una réplica perfecta de Sofía a los 18: pelo castaño larguísimo, ojos grandes e inocentes, tetas firmes y redondas que se marcaban bajo las blusas recatadas, culito prieto y virgen hasta ese día. Sofía la había mantenido intacta con disciplina de hierro: nada de novios, solo rezos, catequesis y promesas de «un camino especial cuando llegue el momento». Luz acababa de terminar la preparatoria y estaba por entrar a la nueva universidad del pueblo (sí, el gobierno había construido una pequeña universidad comunitaria gracias al boom demográfico: escuelas, bibliotecas, clínicas, todo financiado por los programas sociales para «las familias numerosas y prósperas» del lugar).
El día de la iniciación de Luz fue una fiesta para todo el rebaño. Las 50 devotas se reunieron en el salón principal. Velas, incienso, alfombras rojas. Daniel esperaba en el centro, desnudo, verga gruesa y venosa ya dura como piedra, brillando con aceite sagrado.
Sofía llevó a su hija de la mano. Luz temblaba, pero sonreía con esa mezcla de nervios y fe ciega que todas habían tenido al principio.
—Hija mía —dijo Sofía con voz suave pero firme—, hoy recibes la verdadera gracia. Mira cómo tu madre lo hace primero, para enseñarte.
Sofía se arrodilló ante Daniel, tetas pesadas colgando, pancita de ocho meses alta y redonda. Abrió la boca y se tragó la verga entera hasta las bolas, garganta contrayéndose, saliva goteando por su barbilla. Las devotas aplaudieron bajito, rezando: «Leche sagrada, llénala…».
Luego Sofía se puso en cuatro sobre el altar elevado. Daniel la penetró por el coño preñado, empujando profundo hasta golpear el cervix sensible. Sus tetas rebotaban violentamente, leche salpicando con cada embestida. Nalgas temblando como gelatina, pancita ondulando. Luz miraba con ojos muy abiertos, tocándose los pezones sin darse cuenta.
—Ahora tú, Luz —ordenó Daniel—. Arrodíllate y recibe de tus hermanas la unción.
Las 50 devotas se acercaron en fila. Una por una, se masturbaban frente a Luz, se corrían en sus manos y le untaban el semen recolectado (de sesiones previas guardado en frasquitos como «bendición concentrada») por todo el cuerpo: tetas, pancita plana, coño virgen, ano apretado, cara inocente. Luz gemía bajito, cuerpo temblando, mientras su madre le susurraba: «Esto es la pasión de la fe, hija… te eleva».
Finalmente, Daniel la tomó. La tumbó boca arriba al lado de su madre. Sofía le abrió las piernas a su propia hija, separando los labios rosados y finos del coño intacto.
—Pastor, llénala con tu gracia —pidió Sofía.
Daniel empujó despacio. Luz gritó cuando rompió el himen, pero pronto el grito se volvió gemido. La verga gruesa la abrió centímetro a centímetro hasta llegar al fondo, tocando el cervix virgen. Sus tetas juveniles rebotaban con cada embestida, pezones rosados duros como piedritas. Daniel alternó: coño, luego ano (estirándola con cuidado pero firme), luego boca. Luz se corrió una y otra vez, gritando «¡Me eleva! ¡Me eleva!» mientras las devotas la rodeaban, lamiéndole las tetas, chupándole el clítoris hinchado, metiendo dedos en sus agujeros junto a la verga del pastor.
Al final, Daniel se corrió dentro de su útero virgen: chorros calientes y espesos que ella sintió como «la primera luz verdadera». Luz quedó temblando, semen goteando de su coño y ano, cara cubierta de besos y lamidas de sus hermanas.
Desde ese día, Luz se unió al rebaño. Iba a la universidad del pueblo por las mañanas, pero por las tardes atendía su cita privada con el pastor, pagando diezmo con dinero de becas y regalos de su «papá oficial» (el esposo de Sofía, que seguía orgulloso de su «familia fértil»).
El pueblo había explotado. Extranjeros llegaban atraídos por el «milagro demográfico»: familias grandes, niños sanos, economía próspera gracias a los programas sociales. Se corrió la voz de que era un lugar «turístico familiar» con «comunidad muy unida y devota». Las devotas ahora eran variadas: morenas chiapanecas, rubias europeas que se habían mudado, asiáticas adoptadas por el rebaño, latinas de otros estados… todas preñadas o recién paridas, todas casadas con esposos tapadera que cuidaban a los hijos mientras ellas volvían al templo.
Clara era legendaria: 10 hijos ya, una «maquinita reproductiva». Su esposo presumía en el pueblo: «Mi mujer es bendecida, ¡mira cuántos me ha dado!». Él no sabía que todos eran de la leche sagrada. Clara seguía llegando, tetas siempre llenas de leche, coño siempre listo, culo temblando bajo las embestidas del pastor.
Otras devotas rígidas al principio (las que dudaban más) terminaban regresando una y otra vez. Se iban preñadas, se casaban con algún joven inexperto, parían, y volvían al pueblo a quedarse para siempre. El gobierno seguía invirtiendo: más escuelas, más clínicas, más subsidios por natalidad alta. El pueblo crecía como nunca.
Y Sofía, con su octavo en camino y Luz recién iniciada, sonreía satisfecha. El rebaño era eterno. La gracia se transmitía de madre a hija, de hermana a hermana. Daniel, desde su trono, seguía recibiendo: verga siempre dura, leche sagrada nunca agotándose, mientras el pueblo entero —sin saberlo del todo— vivía bajo su bendición.