Capítulo 7

Luz, la primera hija de la luz, se volvió la joya del rebaño desde el día de su iniciación. A sus 18 años, su cuerpo era una tentación perfecta: tetas firmes y altas que rebotaban con cada paso, pezones rosados siempre erectos bajo la blusa del uniforme universitario, culito prieto y redondo que se movía hipnótico cuando caminaba de rodillas hacia el altar, coño rosado y apretado que ya sabía el sabor de la verga del pastor. Pero lo más sagrado era su devoción: creció respirando el aroma de la leche sagrada en casa, oyendo los gemidos de su mamá Sofía mientras era follada en la habitación de al lado, viendo cómo su “papá oficial” acunaba a sus hermanos sin saber que todos eran frutos de la gracia.

Daniel le asignó sesiones diarias exclusivas. Tres veces al día, mínimo: mañana antes de clases, tarde después de la universidad, y noche profunda cuando el templo estaba casi vacío. Luz llegaba puntual, con su diezmo en un sobre pequeño (dinero de becas y regalitos de su “padre”), se desnudaba con gracia ritual y se arrodillaba ante el pastor.

—Hija de la luz —decía Daniel con voz grave—, tu cuerpo fue creado para esto. Recibe tu bendición diaria.

Primera sesión del día: oral y facial. Luz se tragaba la verga entera hasta las bolas, garganta contrayéndose como un puño caliente, saliva goteando por su barbilla y cayendo sobre sus tetas juveniles. Daniel le follaba la boca con ritmo fuerte, agarrándola por la coleta larga, hasta que se corría en chorros espesos que ella tragaba como comunión matutina. Lo que sobraba se lo untaba en los pezones y en la pancita plana, dejando que se secara como “unción protectora” antes de ir a clases.

Sesión de tarde: coño y cervix. La tumbaba sobre el altar acolchado, piernas abiertas en V, y la penetraba profundo. Su verga gruesa llegaba hasta el fondo, golpeando el cervix con cada embestida brutal. Luz gemía alto: “¡Pastor, lléname de luz! ¡Me eleva, me eleva!”. Sus tetas rebotaban violentamente, pezones trazando círculos en el aire; su culito se contraía cada vez que él salía y volvía a entrar. Daniel la follaba hasta que ella se corría en chorros, squirt mojando el altar, y entonces se vaciaba dentro, chorros calientes inundando su útero virgen. “Esto es para que la gracia eche raíces”, gruñía.

Sesión de noche: el trío madre-hija. Sofía ya estaba en su noveno embarazo (pancita alta y redonda de ocho meses, tetas enormes goteando leche constante, caderas anchas como trono de fertilidad). Las dos se ponían en cuatro una al lado de la otra, culos en pompa. Daniel alternaba: primero follaba el coño preñado de Sofía, sintiendo cómo el bebé se movía con cada empujón; luego el ano virgen de Luz, estirándola hasta que gritaba de placer-dolor; luego volvía al coño de la hija, metiendo la verga hasta el cervix mientras Sofía lamía las bolas del pastor y le chupaba el clítoris a Luz.

Las dos se corrían juntas: Sofía con su pancita temblando, leche salpicando de sus tetas; Luz con su cuerpo joven convulsionando, ano y coño contrayéndose alrededor de la verga. Daniel se corría dentro de quien estuviera en ese momento: un día en el útero de Luz, otro en el de Sofía. Ambas quedaban goteando, semen espeso bajando por sus muslos mientras se besaban con lengua, compartiendo el sabor sagrado.

No pasó mucho tiempo antes de que Luz quedara embarazada. Su primera criatura de la luz crecía en su vientre plano que empezaba a redondearse. Sofía, mientras tanto, parió su noveno hijo (otro varoncito sano y fuerte) en una ceremonia privada en el templo: Daniel la folló hasta el último día antes del parto, diciendo que “la leche sagrada acelera el alumbramiento divino”. Apenas unas semanas después del parto, Sofía ya estaba embarazada de nuevo: el décimo. Su cuerpo era una máquina de gracia: tetas siempre llenas, coño siempre húmedo, culo temblando bajo las embestidas diarias.

Madre e hija seguían recibiendo bendiciones juntas casi todos los días. Luz con su pancita incipiente al lado de la de Sofía, ambas en cuatro, Daniel follándolas alternadamente: verga entrando y saliendo de coños y anos, tetas rebotando (las de Luz firmes y juveniles, las de Sofía pesadas y lechosas), gemidos mezclándose en un coro obsceno. Las demás devotas miraban desde los bancos, masturbándose, algunas preñadas también uniéndose al final para lamer lo que sobraba.

El rebaño seguía creciendo, pero el foco estaba en esta dupla sagrada: madre e hija, ambas preñadas, ambas adictas a la leche diaria del pastor.

La puta creyente

La puta creyente VI La puta creyente VIII – Final