Don Leandro II

Don Leandro II

Los hechos que he narrado sucedieron hace más de veinte años, pero están siempre impresos en mi mente y esto hace que se active mi libido, también mí hija que aún vive conmigo se sentía excitada al recordarlo, así ella aprendió a disfrutar junto a mí de muchas maneras, volviendo a la época en que todo comenzó, les diré que había comprendido que Leandro era tan pervertido como yo, dada mi situación esto podría traerme ventajas:

—Leandro, ¿has cambiado alguna vez un pañal? …
—¡No! … y si la nenita tiene caca … ¡me da asco! …
—¡Ay!, que tonto que eres … te pierdes de ver esa conchita pequeñita … de lavarla … de acariciarla …
—¿Me dejarías hacerlo? …
—¿Qué cosa! …
—Eso … cambiarle los pañales …
—Pero si dijiste que te daba asco …
—No … estaba bromeando …
—Bueno … ven aquí para enseñarte … primero la levantas y ves si el pañal esta como inflado … le tomas el olor … si no tiene olor, ha solamente orinado … te preparas una toallita húmeda y otra seca … si es solo orina, la limpias con la toalla húmeda y luego la secas con la otra …
—¿Y si ha hecho caquita? …
—Es mas o menos lo mismo, pero en vez de solo limpiarla … tienes que lavarla en su bañito de bebé, preocupándote de lavarle bien el culito … una vez que esté bien lavada, le echas la cremita para que no se irrite su piel … luego le colocas un pañal nuevo y fresco … así ella estará tranquila y no llorará …
—¡Uy! quiero hacerlo …
—Bueno … hazlo …

Leandro tomó la bebita y la olfateo por todos lados, de tanto en tanto mirándome para ver si aprobaba o desaprobaba su actuar, se dio cuenta de que la nena estaba solo húmeda, la llevo a la mesita donde la cambiamos normalmente y procedió a sacarle el pañal mojado, se quedo a contemplarla por largo rato.

—¡Leandro! … ¡No seas bobo! … la nena prenderá frio si la tienes así desnudita tanto rato …
—¡Oh! perdona … pero no hay nada más hermoso que una bebita sin nada encima …
—Esta bien … pero se puede resfriar … haz lo que tienes que hacer … y abrígala …

Leandro hizo todo perfectamente, sus manos temblaban cuando procedió a echar la cremita a sus piernecitas, esos muslitos regordetes, el fino tallo de su conchita, me acerqué a él y con mi mano toqué su verga, estaba dura como palo.

—Leandro … ¿Quieres que te ayude con esto? …

Me arrodillé y le saqué su asta dura y nervuda, lo comencé a pajear y luego cuando comenzó a jadear, lo tomé en mí boca y él comenzó a follar mis labios apretados alrededor de su verga.

—¿Puedo tocarle su cosita? …
—¡No! … ¡No lo hagas! … tienes las manos muy grandes y eres muy bruto … quizás más adelante te dejaré hacerlo, pero ahorita no …

Le mamé la verga hasta que descargo un poco de esperma en mi boca, a su edad no eyaculaba una gran cantidad de semen, pero tenía un sabor agradable.

Ordené a mi nenita, me saqué una teta y le di de mamar, Leandro se acomodó a mirarnos embelesado, él tenía mucho morbo al verme alimentar a mi pequeña Emma, yo aprovechaba esos momentos para crear una atmosfera propicia para pedirle cosas en mi beneficio y en el beneficio de mi hija.

Pasaron un par de año y me convertí en la conviviente de Leandro, me enteré de que no tenía más familia, su señora nunca se embarazó, nunca quisieron hacerse exámenes para descubrir quien de los dos era el que fallaba, yo lo incitaba con los encantos de mi pequeña y luego dejaba que él me cogiera, era bastante tierno en ese sentido, me acostumbré a él, pero lo que me interesaba más que nada era la situación económica de Leandro. Él era propietario de la casa en que vivíamos, además, tenía otras dos propiedades heredadas de sus padres, un conspicua suma de dinero en Banca y no tenía herederos.

—Caro … ¿Cuándo dejarás que le toque su cosita a Emmita? …
—Leandro … ¿Qué intenciones tienes tú con nosotras? … ¿Aprovecharte de la pequeña y luego botarnos a la calle? …
—¡No! … ¡Por el amor de Dios, hija! … ¡Jamás haría una cosa así! … ¡Siempre te he ayudado, no me pagas nada por vivir aquí y yo cargo con todos los gastos de la nena! …
—Lo sé Leandro … siempre seré agradecida de ti … y tú puedes darte cuenta de que tú y yo funcionamos como pareja … o ¿eso no vale nada para ti? …
—Caro, te tengo mucho cariño a ti y a Emmita … les he dado todo lo que puedo … ¿Qué más quieres? …
—Quiero un hijo tuyo, Leandro …
—¡Pero yo no puedo darte eso … no puedo tener hijos! …
—Me dijiste que tú y tú señora nunca se hicieron exámenes … yo di a luz a la pequeña Emma, así que puedo embarazarme … ¿Quieres que probemos a embarazarnos? …

A Leandro se le encendió el rostro, estaba sin palabras, mi propuesta lo había tomado totalmente desprevenido, me dio la espalda y se fue sin decirme nada.

Quedé muy preocupada, porque Leandro salió esa noche y no volvió. Estuvo dos días desaparecido, pensé en que había hecho mal en hacerle tamaña propuesta, pensaba en que volvería y nos echaría de su casa, era la mañana del tercer día cuando Leandro volvió, vestía la misma ropa un poco más ajada por el uso, olía a sudor, yo sé que él no bebe, pero había admitido esa posibilidad, me dio un beso en la mejilla, luego nos sentamos a la mesa y yo le serví el desayuno.

—¿Dónde te habías metido, Leandro? … ¡Me tenías preocupada! …
—Me fui a la tumba de mi señora …
—¡Pero dos días! …
—Es que mi mujer fue enterrada en Iquique …

Me contó toda la historia de su imprevisto viaje a Iquique, que había pensado mucho en mí, que lo había consultado con su mujer, que no sabía que hacer, pero la respuesta se la dio su mujer, yo me quedé muy intrigada.

—¿Y cómo que tú mujer te dio la respuesta? …
—Es una cosa muy curiosa … quizás no me vas a creer …
—¡Pero cuéntame, hombre que me tienes en ascuas! …
—Le llevé un ramo de flores a mi mujer … me sentía desorientado y confuso … el ramo de flores era bastante grande … quise compartirlas con las tumbas que estaban aledañas a la de mi mujer … cuando leí el nombre del epitafio de la primera, era de una tal Carolina Fuentes, me sorprendí, luego quedé atónito, la tumba del otro lado era de una tal Emma Garrido … ¿lo entiendes? …

—Leandro … ¿Te estas volviendo loco? … ¿De que estás hablando? … ¿Quiénes son esas otras personas? …
—¡Tienen el nombre tuyo y el de tu hija … acompañan a mi mujer … Carolina y Emma …
—¡Oh!, tú dices … ¡Oh!, que coincidencia … ¿verdad? …
—¡No creo haya sido una simple coincidencia! … pero ahora puedo responder a tú pregunta … probemos a si puedes tener un hijo mío … probemos …
—¡Uy! Leandro, me hiciste preocuparme tanto … pensé miles de cosas …
—¡Pero dime si aceptas! … ¡Yo ya he aceptado! … ¡No me digas que has cambiado de parecer! …
—Leandro, por supuesto que acepto … mira dejaré de tomar la píldora hoy mismo y veremos que pasa … ¿quieres que te pida una hora para el doctor y te examine? …
—¡Por ningún motivo! … ¡Jamás iré a dejarme ver por un matasanos! …

Volvimos a nuestro habitual modo de vivir, mi hija más crecidita, se divertía jugando en el amplio patio de la casa, Leandro le había construido un columpio y una casita en un árbol, la nena lo llamaba Tata, como si fuera su abuelo, todos los días yo bañaba a Emma antes de acostarla a dormir, Leandro siempre estaba ahí pegado a mí. Me ayudaba a espolvorearle el talco y era su tarea embetunarla con cremitas para bebe.

—¿Puedo tocarle su cosita? …
—¡Pero si ya se la has tocado decenas de veces! … ¿Crees que no me daba cuenta? …
—¿Mami, que quiere tocar el Tata? …
—¡Nada mi niña! … a tú Tata le falta un tornillo …
—¡Nunca la he tocado de verdad! … ¡Siempre he respetado lo que tú me dices! …
—¡Está bien, Leo! … ¡Tócala, pero con el máximo de cuidado, ella es bebita todavía! …
—¿Crees que no lo sé? … ¡Por supuesto que lo haré con cuidado! … ¡Jamás le causaría daño! … Lo sabes, ¿no? …
—Lo sé Leo … Además, que ella tendrá un hermanito o hermanita …
—¿Cómo? … ¿Qué estás diciendo? …
—¡Mami! … ¡Mami!, Sí … yo quiero un hermanito …
—Leo … Estoy con retraso y no creo equivocarme si digo que estoy embarazada … me duelen mis pechugas … están muy sensibles …
—¿Y cuando tienes control? …
—Tengo que pedir hora … mañana iré al Consultorio …
—¡Dios mío! … ¿por qué me lo dijiste? … no voy a poder cerrar ojo esta noche …
—Anda, ve a acostarte … espérame en la cama … yo te ayudaré a dormir …

Obedientemente Leandro se fue a la cama sin siquiera mirar la conchita de mi hija, estaba impresionado con lo que le acababa de comunicar, se había erguido y parecía rejuvenecido, se fue a su cama y luego de acostar a Emma me fui al dormitorio nuestro, pues ya hacía más de un año que compartíamos su cama matrimonial.

Debo decir que Leandro a sus sesenta y tres años se mantenía super bien físicamente, todos los días salía a caminar, iba a la piscina municipal casi todos los fines de semana y me decía que había aprendido a usar los aparatos de gimnasia de la plaza cercana, yo con diecinueve años, me consideraba en forma, las tardes salía a la plaza con Emma y mientras ella jugaba con otros niños, yo aprovechaba para ejercitarme en los aparatos a disposición, mis piernas largas estaban sólidas, como así también mis glúteos, mi vientre plano y mis senos aún cuando había dado de mamar por largo tiempo a Emma, se mantenían esponjosos, pero firmes.

Leandro después de excitarse con mi niña, una vez que estábamos en nuestra cama, sabía sapientemente como tocarme y llevarme a un nivel de excitación en que me penetraba haciéndome gozar como mujer, su verga era ligeramente más grande que las vergas de adolescentes que yo había conocido hasta ese momento, pero lo más que me gustaba de su pija era su grosor, siempre entraba en mi con una cierta dificultad, muy apretadito y a él eso le encantaba y me lo hacía sentir cogiéndome casi a diario.

Después de diez días tuve los resultados de la matrona y el test dio positivo, me fui a la casa muy contenta, ya que esto daba pie a una nueva etapa en la relación entre Leandro y yo, tenía un plan de acción y todo se iba dando de acuerdo con lo que tenía pensado hacer, él estaba mucho más cariñoso este último tiempo con Emma y conmigo, los encantos de mi Emma siempre lo encendían y enardecían, lo que me daba a mi el favor de disfrutar de ser cogida por él con mucho vigor y fogosidad.

—Leandro, siéntate …
—¿Qué pasó? … ¿Fuiste al consultorio? … ¿Qué dicen los exámenes? …
—Leandro … ¡Debes estar tranquilo! … ¡No te pongas ansioso! …
—¡Pero mujer! … ¡Anda y dime! … ¿Qué te hicieron? …
—¡No me hicieron nada de extraño! … ¡Solo lo que se hace a toda futura madre! … ¡Leandro, estoy encinta! … Estoy en la tercera semana y debo controlarme al menos una vez al mes …
—¡Oh!, Caro … ¿Qué va a ser? … ¿Hombrecito o mujercita? …
—¡Ay!, hombre …. ¡No te apresures! … ¡Es muy pronto para saberlo! …

Leandro estaba en un estado de euforia, salió de casa y volvió a la hora con un ramo de flores para mí, me sorprendió y me hizo recordar cuando quede embarazada de Emma que todo había sido tan traumático para mí, ahora él se estaba comportando como un marido contento, cariñoso y esto me llenaba de dicha, me rendía feliz, también me hacía pensar a Leandro como un marido de verdad, ya que en mi vientre se estaba gestando un futuro heredero suyo.

—¡Leandro! … ayúdame con la niña, por favor … que le estoy preparando su comidita …
—Voy, Caro … voy …
—Emma, no te muevas … tengo que bañarte …
—Sí, Tata …
—Por qué no me dices, papi … cuando nazca tú hermanito él me llamará “Papa” … tú también puedes hacerlo desde ya … ¿No te gusta? …
—Sí, Tata … me gusta, pero le preguntaré a mi mami …
—Haber levanta las piernecitas para sacarte el pañal …. Sí poh, Emmy … me puedes llamar Papá, seguro que a tu madre también le gustará …
—Pero yo no la he escuchado, Tata … yo no lo sé …
—Siéntate para sacarte el vestido, te tengo que bañar … Emmita, estoy seguro de que tú madre también quiere que me llames Papá, además, que yo te compro todo lo que tu necesitas …
—Sí, por que eres mi Tata …
—¡Ay!, niña … eres más complicada que tú madre … ¡Vamos al baño! … estas toda sucia … ¿Dónde anduviste jugando que tienes tierra por todos lados? …
—Estuve haciendo unas tortitas de tierra, Tata …
—¡Ya!, levanta tú pierna para enjabonarte ahí en medio … tienes tu culo todo sucio …
—Pero ahí no me entró tierra, papi …
—¡Me dijiste, “Papi”! … ¡Me dijiste, “Papi”! …
—Me equivoque, Tata …
—¡Caro! … ¡Caro! … ¡La Emma me llamo “Papi”! …
—Tata, si ya te dije que me equivoqué …
—¿Qué hizo mi niña? …
—¡Caro, me acaba de llamar “Papi” …
—¡Mami!, me equivoqué, mami …
—Está bien, hijita … tú Tata va a ser “Papa” … así que lo puedes llamar “Papi” … no hay nada de malo …
—¿Sí, Mami? … le puedo decir “Papá” al Tata …
—Sí, mi niña … lo puedes hacer …
—¡Ya!, niña … sigamos lavando ese culo sucio que tienes …
—Pero no tengo tierra ahí, papi …
—Leo … ten cuidado con tus dedos …
—¡Ay!, Caro … siempre he tenido cuidado y tú lo sabes …
—Esta bien … pero te lo recuerdo … nunca está demás …

Yo sabía que Leandro le acariciaba la conchita a Emma y ella se quedaba muy tranquila, me preguntaba si así tan pequeña lograba sentir alguna excitación al sentir su diminuto clítoris sobajeado con dedos y esponja, Leo me había confesado de que su dedo había estado a la entradita del chocho de Emma, pero era muy estrecho y él no quería causarle ningún daño, pero cuando la ponía envuelta en la toalla encima de la lavadora, podía ver que su chocho no tenía espacio para nada, ni siquiera su dedo meñique hubiera entrado, estaba muy estrechita, pero la nena se bañaba y su conchita lucía empapada y no lograba retener sus risitas cuando él la había lamido, su sabor era increíblemente dulce.

Toda esta perversión me hacía excitar mucho, además, mis hormonas estaban un tanto revolucionadas con mi embarazo, por lo que me encontraba excitada prácticamente todo el día, esperaba las noches para acurrucarme con mi culito sobre la verga de Leandro que rápidamente me quitaba las bragas para comerse mi conchita y cogerme con su vergota gruesa, solida y cálida.

Una noche estábamos en su cama, su verga estaba dura como palo, yo tenía tomada su base, acariciaba sus cojones llenitos de leche y estaba pasando mi lengua de arriba abajo y metiéndomelo en la boca para darle con mi lengüita a su cabezota hinchada.

—Mami … ¿Qué estás haciendo? …
—¡Emmy! … cariño … le estoy haciendo cariñito a tú papi …
—¡Ven Emmita … ven a ver! …
—¡Leo! … ¿Qué quieres hacer? …
—¡Emmy! … aprende con tú mami … ella lo sabe hacer muy rico …
—¡Mami! … ¿Te gusta? …
—¡Sí!, hijita … me gusta … acércate más … ves estos con pelitos son las bolas de papá … son delicadas … yo me puedo echar solo de a una a la boca … ¿Ves? …
—Mami, ¿Puedo dar un besito a papi ahí arribita? …
—¡Sí!, mi niña … pásale la lengüita …
—¡Umpf! … ¿Así, mami? …
—¡Emmy!, tómame con tu manito …
—¡Pero es muy grande, papi! … ¡Mí mano no alcanza a tomarla toda! …
—No importa mi niña … chúpale ahí arribita … yo lo moveré con mis manos que son más grandes …
—¡Acércate, Emmita! … te voy a revisar tu pañal …
—¿Que vas a hacerle Leo? …
—¡Quiero comerle su chochito! …
—¡Pero no vayas a meterle tus dedos, son demasiado gruesos y la dañaras! …
—¿Me va a doler, mami? …
—¡No mí niña … papi no te hará daño! …

Leandro la tomó, la puso sobre su pecho y bajó su pañal, sacándoselo del todo, después llevo su ingle hasta su boca y comenzó a lamer la conchita de Emma, no podía creerlo, mi hija se acomodó abrió su boca en manera lasciva y cerró sus ojos, ¿Es posible que esté sintiendo placer con las lamidas de Leo?, está próxima a su cumpleaños, pero es chica todavía.

Seguí mamándolo y la conducta colaboradora y lasciva de mi hija me había enardecido, comencé a jugar como si mi chocho fuera una guitarra y mis dedos rozaban velozmente mi clítoris tembloroso, sin contención alguna me monté a horcajadas y deslicé por entero en mi concha toda esa verga dura, primera vez que junto a mi nenita montábamos a Leandro, yo sobre su pija y ella sobre su boca, me incliné un poco y Emma con toda naturalidad comenzó a chupar mis pezones.

—¡Mami!, no te sale leche …
—¡Umpf! … todavía … ¡Umpf! … no, hija … ¡Umpf! … cuando … tenga a tú hermanito … ¡Umpf! …
—¿Tendrás leche solo para él, mami? …
—¡No! … ¡Umpf! … Si tú quieres, también te daré a ti … ¡Umpf! … ¡Umpf! …

El roce con la gruesa pija de Leandro me tenía al borde del orgasmo, comencé a sentir ese hormigueo característico y pensé que, si mi hija quería leche, yo le iba a dar leche …

—¡Ven, Emmita! … ¡Aquí hay leche de papá! …

Leandro captó todo al vuelo y dejo ir a Emma que se apresuró inclinándose sobre la verga de él que yo acababa de desmontar, comencé a pajear rápidamente la enhiesta verga y sentí cuando Leo tensó sus piernas, justo cuando mí Emma cerraba sus labios sobre su lustroso glande.

—¡Cof! … ¡Cof! … ¡Urgh! … mami, me ahogo … ¡Umpf! … ¡Cof! … ¡Cof! …

Sin hacer una presión excesiva, mantuve la cabeza de Emma sobre la pija de Leandro, él quería follar su boca con más fuerza, pero yo lo contuve, levanté el rostro de mi hija bañado en semen y procedí a limpiarla con mi lengua y dándole besitos diciéndole cuanto había sido buena en hacer feliz a su papi, ella tenía los ojitos un poco llorosos y no entendía del todo lo que hacíamos, pero no la vi atemorizada, lo que me dejo tranquila.

Leandro estaba totalmente en órbita, mantenía sus ojos sobre nosotras que nos besuqueábamos compartiendo su lefa, le sonreí y monté su rostro, rápidamente él hizo funcionar a maravilla su lengua haciéndome acabar y completar mi orgasmo. Emmita pasaba su lengua por sus labios y limpiaba su carita empapada con el dorso de su mano, me miraba con una carita alegre y tranquila mientras mis espasmos me hacían estremecer toda.

—¿Te duele, mami? …
—¡No!, hija … nada me duele … es muy rico y tú lo probaras algún día …
—¿Con mi papi, mami? …
—¡No lo sé, mi niña! … ¡No lo sé! …
—¡Sí!, Emmita … ¡Lo haremos tú y yo ¡…
—¡Sí!, mami … ¿Con mi papi? …
—¡Ya veremos, Emmita! … ¡Ya veremos! …


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