Slayers II

Después de aquella aquel tórrido e increíble encuentro, Reena se había sumergido en un sopor fruto del gran esfuerzo.

La lógica decía que tras aquel encuentro, Reena dormiría profundamente hasta más allá del amanecer, incluso del mediodía.

Sin embargo, cuando abrió los ojos, la oscuridad de la noche seguía reinando en su habitación, solo rota por las velas que había en la habitación.

«Dios mío, ¿qué he hecho?» pensó Reena intentado despejar su mente. A ella acudían atropelladamente todos y cada uno de los recuerdos de aquella noche de pasión y amor con Calis.

«¡Calis! ¿Dónde está?»

Reena se irguió. La sacerdotisa estaba en el otro lado de la cama a su lado, con su amplia capa sobre su cuerpo.

– Reena, mi muchachita -saludó-. ¿Te encuentras bien, descansada?

– Si, Calis -respondió Reena sin saber que hacer. Una parte de su mente le instigaba a rechazar y olvidar lo que había ocurrido, pero otra parte de la misma, no podía evitar deleitarse en el recuerdo de lo sucedido-. ¿Cuánto tiempo ha pasado? -preguntó al ver que aún era de noche.

– No más de dos horas desde que terminamos.

– ¿Solo dos horas? -dijo Reena asombrada-. ¡Caramba, siempre oí decir que estas cosas cansaban muchisimo! ¿Después de todo lo que ha pasado este día y con el estómago lleno solo he dormido dos horas? ¡Debo de haberme tomado diez litros de café sin darme cuenta al cenar!

– Oh, no. Te he despertado con una invocación de restablecimiento. A fin de cuentas, como Sacerdotisa de la Dulce Señora, es uno de mis atributos.

– Entonces… ¿Quieres decir que eres realmente una sacerdotisa? -preguntó Reena asombrada. ¡Si Calis era realmente una sacerdotisa con la bendición de poder de su diosa, no se parecía en nada a cualquier clérigo que ella hubiese conocido!-. La… La Dulce Señora. Perdona mi ignorancia… ¿Pero que clase de Diosa es?

Calis sonrió.

– La Dulce Señora es la Diosa del Amor, de la Pasión que une a los hombres y mujeres con aquellos a los que aman, quieren o desean sanamente. La que enseña con su Pasión y Amor a sus súbditos a conocerse y a conocer a los que les rodean para hacer del mundo un lugar mejor.

– Ah -fue la escueta respuesta de Reena-. Entonces, lo de esta noche…

– Desde que llegaste a nuestro país, tu fama se extendió rápidamente por tus hazañas. Deseaba conocerte, pues es evidente que un personaje como tu no está destinada al olvido. Lo que sucedió entre nosotras… -hizo una pausa para escoger las palabras adecuadas-. Surgió de improvisto. Al ver tu rechazo a la sexualidad, decidí que debía instruirte en ella. Como sacerdotisa de la Dulce Señora, es mi deber.

– Ya -dijo Reena con una sonrisa sarcástica-. Supongo… que las sacerdotisas de la Dulce Señora son muy solicitadas por estos lares.

– Solo en las fantasías de los jovenzuelos lujuriosos -replicó sonriendo Calis-. Una autentica sacerdotisa de la Dulce Señora sabe interpretar en el corazón de los hombres y mujeres. Nadie nos pide ayuda, somos nosotros quienes decidimos quién necesita realmente nuestra ayuda.

– ¿Nosotros? ¿Quieres decir que también hay sacerdotes?

– Sí. Nuestra Dulce Señora no hace restricciones en ese sentido -respondió Calis-. ¿Te sucede algo, Reena?

– Yo… Esto… -intentó encontrar las palabras-. ¿Quiere decir, lo que ha pasado esta noche, que yo…?

– ¿Si eres lesbiana? No necesariamente. La respuesta debes de hallarla en el interior de tu corazón. Lo que ha sucedido está noche simplemente significa, que como yo creía, eres una persona extraordinaria.

– ¿Extraordinaria?

– Ciertamente. Cuando te vi en el comedor; la manera en que comíais tú y Gaudi, como te enfrentaste a aquel noble, a Gaudi… me di cuenta de que posees una voluntad indomable, que no se doblegará ante nada, un apetito de experimentar nuevas experiencias y placeres fuera de lo normal. Sin duda, cualidades notables en una hechicera de renombre como tu. Y también en una amante -dijo con una significativa sonrisa, haciendo rememorar a ambas lo sucedido hace apenas dos horas.

Reena miró fijamente a Calis. A despecho de que perteneciera a una de las hermandades religiosas más peculiares que la joven hechicera hubiera encontrado a lo largo de sus viajes (¡y no sería porque no conociera hermandades religiosas realmente extrañas!), no le cabía duda de que era una persona realmente sabia y conocedora del carácter de quienes le rodeaban. Alguien que se entregaba a su misión como sacerdotisa de la Dulce Dama con la sincera esperanza de ayudar a quienes lo necesitaban.

– Creo además -prosiguió Calis- que la respuesta a tu pregunta la conoces aunque no desees admitirla ante los demás y tratas de ignorarla. Tú amas a tu compañero, a Gaudi.

Reena apartó la mirada de Calis. Aquella última frase, comprendió que era cierta. Aunque ambos se pelearan y discutieran cada dos por tres por la comida, aunque ella le considerara un botarate incapaz de recordar un rostro y él la considerada una cruel bruja ambiciosa, en el fondo de su corazón sabía que ella lo amaba por lo que era: valiente, leal, generoso, decidido…

– La pregunta, Reena, es: ¿aceptarás realmente que amas a Gaudi? ¿Lo aceptarás ante Gaudi?

– Yo… Yo… ¡Creo que me estoy dejando comer el coco! Tras… tras lo que ha pasado estoy confundida, es lógico que tal idea se me pasa por la cabeza. ¡Ja! Yo… ¡enamorada! -respondió Reena sin atreverse a mirar a Calis, evadiendo su inquisitiva mirada.

Calis no dijo nada más, y ambas permanecieron en silencio un largo rato, hasta que Calis se inclinó sobre un recipiente de cerámica con símbolos religiosos que contenía un poco de agua.

– Bien -dijo rompiendo el silencio-, por el momento podemos comprobar en que está ocupado tu hermoso doncel.

Reena se inclinó sobre el recipiente. En el fondo de la misma, veía la imagen de una habitación a oscuras en la cual apenas entraba la luz de la luna sobre el lecho, en la cual Gaudi dormía a pierna suelta, con las ropas de la cama completamente desechas, los pies en la cabecera de la cama, y roncando tan fuerte que hasta el agua del recipiente que servía para establecer la conexión mágica vibraba.

Con un rictus en su rostro, mezcla de risa, vergüenza y asombro, Reena dijo:

– En lo que nuestro hermoso doncel está ocupado es en la encomiable tarea de no dejar dormir a las ratas y chinches de su habitación y hacer estiércol en la cama.

Calis, con cara de circunstancias, solo fue capaz de asentir asombrada.

– Pa… parece que tu amigo es de los que tienen el sueño revuelto.

– Eres hermosa… la más hermosa… eres única.

– ¿Qué? -exclamaron al unísono Reena y Calis. Pronto comprendieron que era Gaudi quien hablaba en sueños a través del recipiente.

– ¿Se puede saber a quién demonios está hablando ese estúpido majadero? -preguntó Reena enfadada.

– No sé, Reena -respondió Calis-. Pero su sueño ciertamente debe ser muy interesante, obsérvalo más detenidamente, Reena.

Reena no sabía a que se refería Calis, pero ahogo un grito cuando finalmente lo vio.

– ¡Dios mío! ¡Debe ser inmenso!

A través del recipiente, Reena vio claramente el gran bulto en los calzones de Calis, que pugnaba por superar la barrera de la tela para abrirse camino hacía el exterior.

– ¿Qué… qué está soñando? ¿Con quién…?

– Podemos observarlo también -dijo Calis-. Deja que me concentre para invocar la visión de sus sueños.

En silencio, Reena observó como Calis realizaba su oración de invocación mágica. El agua del recipiente se volvió turbia y oscura, se agitó por una invisible mano desconocida (¿la mano de la Dulce Señora?) y resplandeció bañando la piel de Reena y Calis en una brillante tonalidad blanco azulada, para finalmente mostrar una nueva imagen, ya en el mundo onírico de los sueños de Gaudi.

El paisaje mostrada por el agua del recipiente, provoco en Reena una estremecimiento que no fue capaz de explicarse. Gaudi se hallaba sobre una gran roca resquebrajada por numerosas grietas, en medio de un espacio de impenetrable oscuridad. ¿Impenetrable? No, porque de vez en cuando se atisbaban brevisimos destellos de luz o movimiento, que la hechicera era incapaz de identificar. Pero fue cuando Reena fijó su vista en la mujer que se hallaba con Gaudi en aquel desolado lugar, cuando emitió un respingo.

Ambos, Gaudi y la mujer, estaban abrazados. Pero mientras que los rasgos de Gaudi aparecían claros y perfectamente definidos, los de la mujer permanecían impenetrables. A juzgar por su figura, era una mujer muy joven, esbelta y bien proporcionada, pero aunque ninguna barrera impedía la visión de su rostro y rasgos, y los ojos de Reena no se apartaban de ella, esta era incapaz de determinar el mínimo detalle de sus rasgos. Era como si al mirar a aquella mujer, la mente de Reena fuera incapaz de discriminar lo que sus ojos le mostraban de aquella mujer.

– Calis, ¿qué sucede? -preguntó asustada-. No… no… ¡No soy capaz de distinguir sus rasgos! Es… ¡como si cada vez que viese su rostro, lo olvidase!

– Creo… creo que -respondió la sacerdotisa-, esto se debe a la propia naturaleza de la visión onírica. Nosotras solo vemos lo que el propio Gaudi sueña. En este sueño, su subconsciente ha creado una mujer que puede ser cualquiera, cualquiera mujer con la cual Gaudi se haya cruzado, o alguien creada solo para esta ocasión: puede al mismo tiempo ser una mujer determinada, como varias al mismo tiempo, por eso es tan ambigua: sencillamente, la mente de Gaudi no le concede importancia a su identidad y desvaría al darle una forma.

Reena escuchó en silencio, mientras en el sueño, Gaudi y la desconocida mujer se abrazaban, acariciándose y besándose con pasión y cariño, susurrándose entre ellos dulces palabras de amor, de afecto. La desconocida mujer no tardó en empezar a desvestir a Gaudi, acariciando y besando el musculoso torso del joven, mientras este acariciaba lo que parecía la poblada melena de la desconocida.

Finalmente, la amante del joven guerrero, le bajo los pantalones y los calzones, y Reena no pudo evitar que un gemido de placer escapara de su boca al ver el miembro de Gaudi emerger firme y tiesto. Tal como la joven había imaginado al principio de la visión, el miembro de Gaudi era magnífico. Mayor de 20 cm, llegaba quizá a los 23 o 24 cms de longitud de un considerable grosor. El conjunto de ver el músculo cuerpo de Gaudi en el esplendor de su desnudez y dotado de semejante instrumente hizo que la hechicera fuera incapaz de reaccionar en un buen momento, hasta que los gemidos de Gaudi le advirtieron de que ambos amantes seguían en su encuentro. La misteriosa mujer había recogido el gran miembro de Gaudi y ahora lo acariciaba, lo besaba, le chupaba el tronco, la glande, los testículos…

– ¡Esto se acabo! -exclamo Reena rompiendo el silencio en el que ambas, ella y Calis, observaban la escena-. ¿Qué se ha creído? ¡Esa maldita zorra va a saber quien soy yo!

– Reena, ¿pero que dices? ¿A quien te refieres? -preguntó sorprendida Calis al ver como Reena buscaba su camisón de dormir para vestirse.

– ¿A quién crees que me refiero? ¡A ella! -respondió al tiempo que señalaba el recipiente de agua-. ¡Voy a la habitación de Gaudi a acabar con todo esto! ¡Se va a enterar de quién de soy yo!

– ¡Reena! No puedes hacerlo. Esa mujer no existe, solo es un producto de la imaginación de Gaudi. ¡No existe! ¿Qué vas a hacer? ¡No puedes entrar en su habitación para despertarlo en medio de la noche y castigarlo como si fuera un niño malo que ha mojado las sábanas!

Reena no respondió, pero se volvió hacía Calis en silencio. Por un segundo, la sacerdotisa parpadeó sorprendida al atisbar una lagrima en los ojos de Reena, pero cuando volvió a mirar, no distinguió nada.

En silencio, ambas volvieron la vista hacia el recipiente. En aquel momento, la desconocida se llevaba el gran miembro de Gaudi a su boca y empezaba a chuparlo y mamarlo, tragando todo cuanto podía de la polla de Gaudi con bastante éxito. Parecía además que lo hacía realmente bien, pues el cuerpo de Gaudi se estremecía con bastante intensidad. A despecho del dolor y rabia que experimentaba al sentirse traicionada por Gaudi en aquel sueño, Reena no podía evitar que aquella situación la excitara. Veía a Gaudi amar a aquella mujer, recibir sus caricias, follarla por la boca, como dirían más de un impertinente salteador de caminos, y deseaba ser ella quien estuviese con Gaudi en aquel momento, pese a que era un idiota imbecil incapaz de recordar el rostro y nombre de nadie, que no sabía quien le amaba con todo su ser y que sufría por su culpa.

Gaudi incorporó a la joven y lentamente empezó a besar sus pechos, acariciar con la lengua sus pezones, acariciar su hermoso y bien formado culito, provocando en su amante inconfundibles gemidos de placer. Conforme Gaudi fue bajando sus caricias a través del ombligo de su amante y acercando sus manos a su raja por la parte posterior, los gemidos de la mujer fueron ganando poco a poco en intensidad y fuerza. Cuando finalmente llegó a su ya mojado coño y lo abrió, empezó a besarlo y acariciarlo con una pasión que acabó por desbordar a la desconocida mujer, mientras en su habitación, Reena, sentada sobre la cama, inconscientemente acariciaba su propia vagina sin apartar la vista de lo que sucedía en el sueño de Gaudi.

La desconocida joven parecía estar al borde de un orgasmo. Sus gemidos ganaban en intensidad, y su respiración a juzgar por sus hermosos pechos, que bajaban y subían con fuerza era cada vez más jadeante. De repente, Gaudi cesó de lamer el coño de la mujer. Incorporándose, la besó apasionadamente, mezclando en su saliva los jugos que había recogido de su concha, al tiempo que la tumbaba en el suelo, y abriendo con una mano su concha y sujetando con la otra su gran miembro, la penetró hasta el fondo de golpe.

La reacción fue inmediata. La misteriosa joven gritó, dolorida pero también víctima del inmenso placer desencadenado cuando se produjo su primer orgasmo. Sus convulsiones de placer fueron tales que por un momento pareció que se desmontaría de la polla de Gaudi, si bien inmediatamente, y sin dejar de gemir de placer, se impulso con su concha hacía adelante para seguir sintiendo aquel enorme, hermoso y palpitante pedazo de carne que invadía su ser. En la habitación de Reena, esta empezó a acariciar su coño, ya bien mojado con más intensidad, sumando al esfuerzo su otra mano, e introduciendo dentro la punta de tres dedos, imaginando que no era a aquella mujer a quién Gaudi penetraba, sino que era a ella. Por su parte, Calis, contagiada por la pasión y entrega de Reena al placer, también se masturbaba. Echada de bruces sobre la cama, con una mano se acariciaba su concha mientras con la otra mano acariciaba y masajeaba sus pechos.

– Gaudi… -susurro entrecortadamente Reena-, ¿pero que me haces? ¿Cómo es que me haces reaccionar así? ¿Por qué?

Calis oyó la pregunta y sonrió. «Porque le amas» se dijo, «Porque habéis nacido el uno para el otro, pero ni siquiera ahora lo aceptarás ante nadie, ni siquiera ante ti misma, Reena Inverse».

Ajeno a la pregunta de Reena, en su sueño, Gaudi apenas dejó tiempo a su amante para recuperarse. Pronto inició un lento mete y saca en principio en el cual el cuerpo de la desconocida, que tras el orgasmo se mostró por un breve instante más relajada, pero las suaves embestidas de Gaudi pronto la hicieron gemir con cada vez más fuerza, conforme Gaudi aumentaba el ritmo e intensidad de sus embestidas. Mientras, Reena asistía hipnotizada al mete y saca de Gaudi, a como su viril y magnífico miembro entraba y salía en aquella abierta y acogedora concha, provocando estremecimientos de placer. Ahora ella había introducido en su coño cuatro dedos para masturbarse con más fuerza, conforme aumentaba el ritmo de las embestidas de Gaudi. Calis, por su parte, asistía al sueño de Gaudi con más calma, pero no por ello renunciando al placer. Si sus movimientos no eran tan frenéticos e intensos como los de Reena, si eran más sabios, mejor dirigidos y aleccionados a proporcionar un placer más sutil y moderado, pero no por ello menor al de Reena.

El ritmo de Gaudi no paró de aumentar poco a poco en los siguientes minutos, de tal modo que pronto Reena renunció a seguirlo y se dedicó a su propio placer sin dejar de espiar el sueño de Gaudi. La desconocida gemía sin cesar, cuando súbitamente Gaudi la volteó para dejarla tumbada de lado sin sacar su polla de la concha de la desconocida, para inmediatamente después volver a introducir su miembro con fuerza hacía el fondo. Esto provocó de nuevo los espasmos de placer que precedieron a un segundo orgasmo de la desconocida, cuyos gemidos de placer inundaban los oídos de Reena.

Gaudi siguió en esa postura breves minutos hasta que lentamente, se salió de la desconocida. Con ternura, dejo que esta se tumbara boca abajo sobre la roca, para empezar a acariciar y besar toda su espalda, subiendo y bajando desde el cuello hasta su hermoso culo, pasando también por sus pechos. Lentamente, la desconocida se fue incorporando reaccionando a las caricias de Gaudi hasta estar a cuatro patas.

En la habitación de Reena, Calis no se sorprendió en absoluto cuando Gaudi introdujo su miembro nuevamente en la vagina de la desconocida desde atrás. En esta postura, Gaudi empezó a introducirlo lentamente, acariciando con su miembro cada centímetro del interior de la vagina de su amante, para por fin empezar a moverse rítmicamente. Esta vez, la desconocida empezó a moverse junto a Gaudi, para facilitar aún más su penetración, y rápidamente alcanzaron un veloz ritmo en el cual la intensidad de sus gemidos llegó incluso a alarmar a Calis de la posibilidad de despertar a los huéspedes de las habitaciones contiguas. Por su parte, Reena, tras dos nuevos orgasmos en su haber durante el sueño de Gaudi, parecía estar cercana a otro más. En aquel momento, la pareja de amante cayó sobre la roca al fallar sus extremidades debido a la intensidad de su placer. Ahora, ambos seguían en la misma postura pero recostados sobre un lado, mientras Gaudi levantaba una pierna de la desconocida para facilitar en esta nueva posición la penetración.

– ¡Calis! ¡Mira! ¡Veo sus rasgos!

Sin saber en un principio a que se refería, Calis investigo en el recipiente. En efecto, ahora los rasgos de la mujer dejaban de estar envueltos en aquel halo de indeterminación que había mostrado hasta el momento. Sus rasgos se mostraban a intervalos: primero la suave piel de la mejilla, sus finos labios, un mechón de su cabello, la punta de la nariz, otra vez sus labios, sus grandes ojos… Ahora, ambas mujeres, Reena y Calis espiaban fijamente el rostro de la desconocida, en espera de que el misterioso velo de indeterminación que lo cubría se resquebrajará totalmente.

– ¡Vamos, maldita sea! ¡Descúbrete de una vez! -exclamó Reena.

En el sueño, la pareja de amantes estaba al borde de un orgasmo que tenía visos de ser brutal. Su respiración era entrecortada, jadeante, pero la intensidad de sus movimientos y estremecimientos se había incrementado aún más. De repente, la desconocida empezó a aullar de placer víctima de un intensísimo orgasmo. Para Reena y Caris, sus rasgos eran cada vez más definidos y cada vez se descubrían más: su peinado, sus blancos dientes, sus caninos, ligeramente afilados, las pestañas de sus ojos, su barbilla… Aún así ninguna de las dos podía aún resolver el rompecabezas, pero mientras la misteriosa mujer aullaba aún de placer, Gaudi salió de ella y aproximó su vibrante miembro a punto de estallar a su rostro. Sin decir una palabra, ella lo sujeto con una mano y se llevo a la boca mientras lo acariciaba con fuerza para tragárselo y mamarlo en el momento en que Gaudi rugió de placer y se fue en su boca. Aunque la mujer intentó tragar toda la leche de Gaudi, la fuerza de la descarga, así como la cantidad de la m En su habitación, Reena y Calis observaban asombradas el desenlace del sueño. – Soy yo. Gaudi ha soñada conmigo -repetía Reena asombrada, hasta que una sonrisa cruzo su rostro-. ¡¡Vivaaaaa!! ¡¡Siiiii!! ¡¡Soy yo!! ¡¡¡Gaudi me ama!!!

– ¡Reena! -exclamó Calis llevando su mano a la boca de Reena para hacerla callar-. ¡Vas a despertar a todo el mundo!

– ¡Jajaja! ¿Qué importa? ¡Gaudi me ama! ¡Me ama!

Calis la dejo hacer. En realidad, se alegraba por Reena, pues ahora si encontraría el valor necesario para declarar sus sentimientos a Gaudi.

– ¿Eh? ¿Qué pasa? -interrumpió sus pensamientos Reena-. ¿Por qué vemos de nuevo la habitación de Gaudi?

Calis se inclinó sobre el recipiente. En efecto, ahora este mostraba nuevamente la habitación de Gaudi, el cual despierto, se incorporaba.

– Tu amado debe haber despertado y ya no podemos seguir espiando sus sueños, por lo que la imagen que nos enseña el cuenco es la inicial -explicó Calis. En su habitación, Gaudi se despertaba.

– ¡Oooouaaaa! Vaya -se dijo al ver que aún era de noche-, ¿cómo es que me despierto tan pronto hoy? Aún es de noche.

Frotándose los ojos, Gaudi se incorporó sobre su lecho. Tras un instante, se llevó la mano a sus calzones y miró dentro.

– Vaya… Ahora me acuerdo. ¡Con semejante sueño, tendría que estar muerto para no despertarme! Porque la verdad sea dicha, fue fantástico. Aunque, ¿quién…?

En su habitación, Reena y Calis veían curiosas como Gaudi se sumía en una profunda reflexión.

– ¡Ah, claro! -exclamó al final el guerrero-. ¡Debí de soñar que lo hacía con aquella sacerdotisa que estaba sola en el comedor esta noche! ¡Es ciertamente la mujer más bella que he visto en mi vida!

Calis miró atónita al despreocupado Gaudi, pero cuando fijó su mirada a Reena, su hermoso rostro se volvió completamente blanco, como si todas las almas en pena de los Avernos se hubiesen presentado para atormentar sus sueños.

– ¡¡¡RRRAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAGGGGHHHAAAAAAAAAGGGHHHH!!!

El rugido de Reena despertó a todos los aterrorizados huéspedes de la posada, que creían que una horda salvaje de dragones atacaban la posada, e incluso a los habitantes de las casas colindantes a la posada. Mientras, en su habitación, Reena, rechinando los dientes, observaba a Calis con una mirada homicida inyectada en sangre.

– Esto… ¿Esto es una broma tuya, Calis? -preguntó finalmente Reena tras un largo silencio en el que Calis apenas fue capaz de respirar.

Calis, asustada, intentó mantener con no demasiado éxito lo compostura.

– ¡Ree… Reena! ¿Cómo puedes… pensar eso de mi? ¡Te juró por el nombre de Mi Dulce Señora que estoy tan sorprendida como tu, que no tengo nada que ver con lo sucedido en sus sueños!

– ¿Entonces cómo es que no se acuerda de mi? ¿Qué cree que has sido tu?

– Yo… No tengo ni idea, Reena, créeme. Estoy tan sorprendida como tu. No sé como el…

Sin hacer caso de las palabras de Calis, Reena salto del lecho, arreglándose el camisón de dormir. «No importa lo que Calis pueda creer o explicarme» se dijo mientras salía de la habitación rumbo al comedor, «¡La realidad es que Gaudi jamás recordará un rostro ni aunque sea el de aquella a quién ama!» En el corredor de las habitaciones, los despertados huéspedes intentaban averiguar la causa de aquel grito que los había despertado a todos.

– ¡Esto es indignante, vergonzoso! -cacareaba el petulante noble al que aquella misma noche Reena había agredido en el comedor-. ¡Exigiré al dueño de la posada que me devuelva mi dinero! ¡Este antro de mala muerte ha perdido la poca dignidad y decoro de la que era merecedora! ¡Una guarida de trolls y goblins tiene más categoría que este alojamiento de ratas y parásitos!

En medio de su discurso, el noble tropezó con otra persona en el corredor.

– ¡Insolente! ¿Cómo osa interrum…? -la recriminación del noble terminó bruscamente cuando al encarar a quien había chocado con él, descubrió el furibundo rostro de Reena, que vagaba aún perdida en sus pensamientos. En el corredor se hizo el silencio, y los ojos de Reena brillaron al tiempo que con una taimada sonrisa identificaba al noble.

– ¡¡¡BOLA DE FUEGO!!!

(continuará)

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