Mírame y no me toques I: Los ojos de Claudio

Mírame y no me toques I: Los ojos de Claudio

«Mírame, mírame, mírame y no me toques
pero mírame»

Joan Manuel Serrat

En la Ciudad de México hay tanta gente que puede ser que una persona que ves un día no vuelvas a verla jamás.

Es cierto que eso puede pasar en cualquier ciudad, aunque en ciudades pequeñas es más fácil que sepas dónde encontrar a alguien, siempre habrá quien te informe respecto de la persona que busques.

Es cierto que uno no desea tener contacto con todos los seres humanos que vemos, pero no vengo a hablar de eso, vengo a hablar de lo que uno siente cuando ves a alguien y no sólo te entristece saber que no le volverás a ver, sino que sientes que tu objeto en la vida es mirarle.

Por lo común, salgo a las calles de la Zona Rosa de la ciudad, pues lo que me encanta de ahí es que es un área prácticamente peatonal, uno puede ir por la calle a pie, sin preocuparse por vehículos que vayan a atropellarte, y esa seguridad te permite que veas hacia otros lugares, hacia los escaparates de las tiendas, y lo más importante, hacia los otros, hacia la gente que como tu va caminando por la acera.

Algunos bajan la mirada al suelo, caminan apurados, están en otra parte; otros caminan con la mirada alta, jugando esgrima visual con el resto de humanos.

La gente se ve por segundos, y en esos segundos intercambian lazos, y esos lazos casi siempre son débiles.

Yo por mi parte, siempre había acostumbrado ir con los ojos bien abiertos, aspirando con vehemencia lo que los otros ojos me ofrecieran, y completamente expuesto a la mirada ajena.

Quien me mirase vería que iba por la calle desnudo.

La calle Génova, de la Zona Rosa termina en la estación Insurgentes del Metro, o tren subterráneo.

Entra uno por unas rejas giratorias y baja las escaleras, y lo que encuentra uno es mas o menos lo que se encuentra en cualquier estación del tren, que es, un andén espacioso de cada lado y al centro los carriles que tienen fama de alto voltaje, esta formación permite que mientras esperas la llegada del tren, tengas frente a ti a un grupo de gente que irónicamente va en sentido contrario de donde tu vas.

No si eso nos vuelve enemigos, pero da la sensación de ser nuestros opuestos, nuestros rivales.

Por lo general uno ve a los del otro extremo y estos te devuelven la mirada.

Las miradas son como más temerarias y lo atribuyo a que entre una persona y otra hay un abismo vial.

La mayoría mira hacia el oscuro túnel del tren, como si ello fuera a hacer que el tren llegara antes, los demás miran las vías que están en la fosa de metro y medio por dónde se trasladarán los trenes naranjas, otros, más escasos, mirarán a la gente que está en el anden de enfrente, posando su vista en las escenas que llamen más la atención, en la parejita que se está magreando sin escrúpulos, en el marido que regaña a su mujer en público, el niño que jala a su madre de la falda, el tipo que se hace el importante intentando llamar por teléfono celular desde el subte, el señor que se cree diputado y perderá el estilo una vez que tenga que dar de empellones para entrar a su tren, la dama del culo resplandeciente, el muchacho que de tan guapo parece de mentiras.

Yo pertenecía a este último grupo de gente, en una rama todavía más específica, miraba las miradas de la gente que estaba en el andén de enfrente.

Buscaba no sé qué, hasta que lo encontré.

Cuando me topé con sus ojos por primera vez el corazón me dio un vuelco.

No podría describir como iba ella vestida, ni si tenía buen cuerpo o no, porque fui incapaz de ver otra cosa que no fueran sus ojos.

Su mirada era la mirada de esas personas a que llaman «zarcos», es decir, que tienen un ojo de un color y el otro de color azul celeste, sin importar que donde quiera la palabra zarco se refiera al azul del cielo, y casi siempre se use respecto de personas con ambos ojos azul celeste. Se diría que tal expresión es un peyorativo en México, pero no en mi caso, que encontré que la palabra zarco tenía un significado hermoso.

Su mirada me detuvo el pulso, me bañó con una especie de magia que inundó de calor mi cuerpo.

Sus cejas eran enérgicas, y las usaba magistralmente para mirar con esa fijeza tan poderosa y dulce a la vez, como la de un guerrero que perdona una vida, como la de un águila que ha decidido adoptar en su nido un ratón.

Era como esas tiras cómicas en que la mirada de un hipnotista se llena con espirales que de una u otra forma seducen la voluntad de quien la mira, quien sin pestañear decide obedecer a su amo, a su maestro.

Entre nuestras miradas se cruzaron un par de trenes de color naranja oscuro, más oscuro todavía que ninguna vez que los haya visto.

Yo no lo abordé, pero ella sí, lo supe una vez que me quedé parado, inmóvil, en mi andén, dejando pasar mi tren, cruzando los dedos para que luego de la visión naranja apareciera ella, pero teniendo en cambio un andén contrario lleno de gente, pero que ante mis ojos parecía desierto, inanimado.

Mi preocupación se volvió desoladora. ¿Qué sería de mí si no la vuelvo a ver?, me preguntaba.

Como era de esperarse, deshice todos mis compromisos que interfirieran con mi intención absoluta de verla otra vez.

Fui al andén media hora antes de que ella apareció, me marchaba media hora después de la hora en que la había visto.

Pensaba que era una idiotez lo que hacía porque podría darse el caso que ella hubiese estado ahí como una vez excepcional en su vida.

La idea de que ella no abordara regularmente ese tren me volvía loco.

Luego de una semana de acudir diariamente, me dio por sospechar que la logística de mi búsqueda tenía un error.

Había estado presentándome en el andén que ella había elegido la vez anterior, estaba pues en su andén.

Tal vez por estar en su andén no podía divisar bien cuando apareciera, y si ella me buscaba, que era una ilusión que guardaba secretamente, no me encontraría.

La cuestión no era entonces una situación meramente de buscar, sino que también había que dejarse encontrar; qué estúpido había sido, si era tan claro, si quieres encontrar tu objeto vital, deja que la vida misma pueda dar con tu paradero.

Al día siguiente aparecí, tan arregladito como siempre, pero en el andén contrario.

Y ella apareció.

Ahora sí le vi el cuerpo, era muy bonito, tenía delineada su cintura, unos pechos muy altivos y su cadera alta, preciosa.

Vestía de una manera bastante inusual, con un abrigo como con plumas, pantalón de cuero, tacones altos, de aguja, una indumentaria demasiado sofisticada para el sitio en el que estaba.

Si bien la estación del Metro Insurgentes destaca por los murales que adornan sus muros, que hacen que el sitio se asemeje a alguna calle, o supuesta calle, de Londres, esta calle que ahí se retrata es una calle más bien contaminada, sucia, turbia y sin embargo latente.

Ella, vestida ahí de esa manera, encuadraba con la esencia de rock and roll de la decoración, incluso detrás de ella había una parte del mural en la que está la figura de Mick Jagger gesticulando, tal como si hiciera muecas de excitación por estarla viendo.

Sin embargo ella estaba un paso más elegante que el lugar, eso en cuanto a su manera de vestir, pues su mirada en sí la elevaba no sólo por encima de esta estación del tren subterráneo, sino que la elevaba más allá de las nubes, allá donde los ángeles juegan en sus ratos libres.

Quedé atrapado por sus ojos.

Ella tenía todo el mundo para mirar y sin embargo eligió de éste a mis ojos como su blanco de interés.

Nos quedamos paralizados, acaso caminamos un poco, yo en mi andén y ella en el suyo, como cortejándonos, como si fuéramos partícipes de un ritual de apareamiento, de un vals animal.

Pasaron los trenes y con ellos nos fuimos uno del otro.

Pasaron dos días y nada, al tercero volvió a aparecer.

Es un decir que dejé de verla esos dos días porque en realidad la seguía viendo a todas horas.

Su mirada pasó a ser una con sus ciernas, con sus brazos, con su mueca, una con su postura; ya tomé nota de su cara, nariz muy puntiaguda para mi gusto, probablemente producto de una cirugía, su boca muy pequeña y labios muy delgados, también para mi gusto, y pese a ello, sus ojos, para mi gusto eran absolutos, los ojos.

Esa vez llegó el tren de mi andén con mayor prontitud que el suyo.

Yo no tuve titubeos.

En vez de subirme al tren me eché a correr hacia el otro andén en tiempo récord.

El pecho me estallaba de la excitación de acercarme a ella, y se hacía más difícil por ir corriendo por las escaleras que me conducían al otro extremo, sorteando gente como obstáculos.

Escuché a mitad de mi recorrido que su tren se aparcaba, corrí más fuerte que lo fuerte y logré llegar a su andén para alcanzar a ver que ella buscaba el vacío que yo había dejado en el otro andén; un dejo de tristeza y decepción en sus ojos supieron a gloria en mi alma. ¡Me buscaba!, No se había enterado que yo había corrido de andén a andén, no se dio cuenta que había entrado muy apenas a su mismo vagón, por buscar mi vacío en el otro andén ignoraba que yo me encontraba a unos siete Metros de ella.

Era irreconocible para mí que la misma chica que miraba con tanto señorío a de extremo a extremo se dedicara a mirar el suelo una vez que viajaba en el vagón.

Algo de su alma debió decirle que alguien le miraba desde los mismos siete Metros en que yo estaba.

Cuando alzó su mirada yo ya había tenido tiempo de serenar un poco mi respiración luego del esfuerzo atlético de brincar de andén a andén, mi respiración era agitada, pero un esfuerzo de las mandíbulas me hacía lucir normal, y el sudor ya me lo había secado de prisa con un pañuelo que siempre cargo.

Su mirada revivió al tocarme, volvió a ser el ojo seductor de un huracán.

Gente subió y gente bajó del vagón mientras nosotros ignorábamos todo.

Ella comenzó a perfilarse hacia la puerta del carro para bajarse, pero sin dejar de verme con ese ojo celeste que le volvía a ella en un ser celestial precisamente, mientras que su ojo avellana me envolvía en una ternura infinita.

Se bajó del coche y parpadeó, como cortando su comunicación conmigo. Me bajé para seguirla. Ella caminaba con la mirada al suelo.

Su andar era muy bonito, sus caderas se movían con mucha gracia y sus hombros lucían siempre erguidos, pese a que su cara diera al piso.

No había caído en cuenta que no sabía dónde me encontraba hasta que la vi entrar en una casa y cerrar la puerta tras de sí, que fue el momento en que comencé a preguntarme ¿Dónde estoy?, aunque mi respuesta era clara: Estaba cerca de ella. Iba a volver sobre mis pasos cuando vi que se encendía una luz de una habitación a la vez que una cortina se entreabría y lo mismo pasaba con una ventana.

Siempre me habían parecido patéticos los mirones, sentía pena por los pobres vouyeristas que a falta de poder tocar buscan robar aunque sea una imagen no consentida.

¿Qué pensar de los tipos que se brincan una pequeña bardita de medio metro y eluden con cuidado las plantitas de una jardinera para caminar silenciosamente para no ser escuchado a través de un pasillo que da justo a una ventana recién abierta donde la cortina color guindo no estorba la vista al interior en el que puede ser que encuentre una chica hermosa a la cual ver? Habría que preguntárselo a quienquiera que me hubiese visto, pues ese mirón era yo mismo.

Ella estaba en el interior.

Se quitó el abrigo exótico que llevaba puesto y quedó al descubierto un cuerpo de ensueño, perfecto.

Sus ropas servían de poco para cubrir su desnudez intrínseca.

Yo al menos podía identificar a detalle cada poro de su piel, y sólo de verla andar podía imaginar como era ella en la intimidad, podía hacer un clon de su voz que nunca había oído, sentía conocerla desde siempre, me sentía absolutamente suyo.

Me pareció un detalle muy extraño que hubiese prendido tantas luces en su casa, pues mal las encendió empezó a apagarlas sistemáticamente, la última que apagó fue la de su habitación, fuera de la cual estaba yo espiando, y pensé que ella tendría guerra con la luz, pues no obstante que se colocó en los ojos un cubre ojos de esos que se usan en los aviones para dormir, lo hizo no sin antes encender un par de velas de muy buen tamaño.

Me parecía inusual que se hubiera puesto el cubre ojos antes de desvestirse, pues sin ojos debía encontrar los botones con el tacto.

¿Para qué prender las velas si se iba a cubrir de la luz? Poco importa, lo cierto es que su cubre ojos permitió que casi metiera la cabeza por la ventana sin ser visto, sujeto enérgicamente de las herrerías que protegían el ventanal, siendo testigo afortunado de que se fue quitando muy despacio la ropa, como en un striptease hecho por una alma inmaculada, su blusa cayó al suelo y parecía que las ropas flotaban para convertirse en seres que adoraban a aquél que les había tirado al suelo.

La reverencia que la blusa parecía hacer de rodillas se debía, con seguridad, a los hombros exquisitos de esta chica, a sus omóplatos maravillosos, a sus axilas diáfanas.

Cuando cayó su sostén, pude ver los pechos más hermosos que hubiera podido ver, con un pezón grande, brillante como si hubiese sido humectado con crema, terso, sin accidentes.

El brillo de sus pezones a la luz de la flama de las velas me daban la impresión de que en cada pecho guardaba ella una estrella recién nacida, que ella las guardaba para cuando estas debieran ofrecer su calor a algún sistema solar del futuro, eran huracanes de fuego, cada cono de su pecho era como un pinito navideño horizontal cuya estrella santa eran los pezones.

Sus costillas eran muy pronunciadas y se antojaba morderlas. Su abdomen carecía de grasa adicional y enmarcaba un ombligo sencillamente encantador.

Fue quitando su pantalón, luego sus calzones, su pelvis era perfecta, fragante, hermosa. Sus piernas no desmerecían a su cuerpo, tampoco sus pies.

Se dejó los zapatos de tacón.

Se recostó en una camita muy estilizada que había a escasos cuatro Metros de donde yo estaba. Tenía una erección en las pupilas.

Ella comenzó a acariciarse el pecho, trabajándose con mucha calidez cada cono de su pecho, como si estuviese moldeando su cuerpo hermoso en el barro primigenio, esperando únicamente el soplo y el beso de dios.

Sentía en mis manos como si tocaran lo que ella tocaba, sentía el calor, la textura.

Yo miraba con delicia su acto de amor, se recorría con mucho afecto por sí misma, a la vez aprendía, memorizaba la forma de tocarla, moría por tocarla.

Mi pantalón tenía una carpa circense en la bragueta, mis ojos despedían fuego, era lo más hermoso que había visto en mi vida.

Ella comenzó a bajar su mano rumbo a su vagina, la cual comenzó a tocar con suavidad, en círculos. Uno de hombre siempre piensa que la mujer desfallece por tener algo metido entre las piernas, algo rápido, algo profundo, algo fuerte, y aunque yo siempre había tenido una idea distanciada de esa idea general y había pensado que las mujeres disfrutan con la caricia sutil, lenta, con parsimonia y falta de apuro, exquisita en términos generales, el tacto de esta mujer me abría los ojos acerca de lo que era la exquisitez.

Con sumo cuidado se tocaba, con tanto que en veces dudaba que estuviera haciendo contacto, tal como si se rozara únicamente con el aura de sus dedos y no con el dedo en sí. Giraba rico, uniforme, dedicadamente.

Paulatinamente su sexo se fue hinchando.

A mi olfato llegaba ya el olor que despedía su cuerpo, moría por besarle el sexo.

Con su sexo muy húmedo comenzó a meterse un dedo, igual con suavidad, optimizando el ángulo con el que se lo metía, luego metió dos dedos más, formando un pequeño cono con sus dedos, mismo que se metía con un ritmo más fuerte, pero siempre en forma exquisita.

No quise tocar mi miembro porque éste estallaría, pero no fue necesario tocarlo para caer en el orgasmo.

Pues mi orgasmo fue visual. Tan bella me parecía, tan encantadora su figura, tan tierno su trato, tan digna de amor, tan perfecta, que de mis ojos comenzaron a correr lágrimas blancas, y así, entre mares blancos, conmovido hasta el fondo de mi alma, presencié que ella comenzaba a tener el orgasmo propio, sacudiendo su cuerpo en forma vehemente, temblando en forma eléctrica, emitiendo un suspiro que sólo es igualable con el último aliento del bienmorir.

Estaba recargado en la herrería, en éxtasis.

Ella apagó las velas con un soplido, como si las viera.

La oscuridad de dentro de la habitación era total.

Me pareció ver sombras de ella quitándose el protector de ojos, cayendo dormida.

La vi un rato todavía, un rato era decir una hora y media, tiempo en que estaba parado en su ventana como un gato sin dueño que hace méritos, vigilándole el sueño, pendiente de cada respiración.

Me marché.

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