Como siempre se dice, el amor está donde menos lo esperas.

No lo hice por impresionar o por hacer de menos a nadie, de verdad. Sencillamente es la forma en que habitualmente me visto.

Cuando mi hermana Yolanda me dijo: “Hija, Patricia, ¿no podrías haber venido un poco más discretita?”

La verdad es que no me había dado cuenta de que llevaba una cantidad inmoral de dinero en ropa.

Eso sí, estaba elegantísima y muy sexy.

Sobre todo me encantaba la minifalda de ante marrón que estrenaba aquel día, con los zapatos de tacón a juego, me parecían de mucho estilo.

Y la verdad, es que me encanta enseñar las piernas, ya tengo cuarenta años, pero sigo teniendo unas piernas preciosas.

No hay nada como gastar dinero para tener estilo.

Y realmente desbordaba estilo, por supuesto, pero Yolanda me hizo ver que no era la ropa más adecuada para nuestra cita.

Un chico que había conocido, la verdad es que no sé cómo, porque mi hermana es experta en conocer chicos rarísimos, y luego siempre me pide sopitas a mí.

-Anda Pati, cariño, acompáñame, que seguro que nos lo pasamos de maravilla, venga, no seas sosa…

Total, que como además yo soy una blanda y no sé negarle nada a nadie y mucho menos a mi hermana, resulta que siempre acabo acompañándola en todas sus aventuras.

En esta ocasión, al parecer eran unos chicos de algún barrio obrero de las afueras de Barcelona.

Habíamos quedado en su barrio, así que tenía razón Yolanda con respecto a lo de mi indumentaria.

Pero ya no tenía remedio, además ya he dicho que no lo hice por impresionar, sencillamente tenía que darle una disculpa creíble a mi marido, y le había dicho que nos íbamos a una recepción que se celebraba aquel mismo día en la Caixa, así que me limité a vestirme a tono con la supuesta ocasión.

A medida que nos aproximábamos al lugar de nuestra cita yo estaba cada vez más convencida que aquello no tenía ningún sentido.

No era ni nuestro ambiente ni el tipo de gente con el que solemos tratarnos. Pero ya no era cuestión de echarse atrás. Pensé que todo quedaría en tomar una copa y adiós, como otras veces.

Habíamos quedado en un bar horrible. El típico bar de barrio con mesas de formica, y yo elegantísima en el sitio menos adecuado del mundo. Pero aquello ya no tenía remedio.

El chico en el que se había fijado Yolanda era realmente simpático. Guapo y muy agradable, y a mi hermana se le vía ilusionada. La conocía de sobra y aquello terminaría como tantas otras aventurillas que solía tener.

El “mío”, porque allí había dos chicos y si el guapo era el de Yolanda se suponía que aquél me tocaba a mí, era un muchacho enorme, bruto hasta decir basta y con unas manazas grandes como remos.

Además llevaba las uñas negras, supongo que por su trabajo, y por mucho que se esforzara no podía ocultar lo torpe y desmañado que era. Medía unos dos metros, así que hacíamos una pareja curiosa con mi metro sesenta y mis cincuenta kilos.

Nada más llegar, Yolanda se olvidó de mí y en menos de media hora había desaparecido con su chico.

No se lo tengo en cuenta porque la conozco de sobra y ya sé a lo que me expongo cuando la acompañó en sus aventuras.

Total, que allí estaba yo con aquella especie de gorila, que hacía esfuerzos inútiles por darme conversación.

Me llevó en su coche a no sé qué sitio que conocía, donde al parecer su objetivo era exhibirme delante de sus amistades, porque estaba claro que aquel muchachote no había salido nunca con alguien como yo.

En realidad consiguió que la situación me enterneciera, y pensé que si podía hacerle quedar bien, haría una buena acción y a mí no iba a costarme gran cosa.

Así que en la barra de aquel tugurio, me dejé hacer y le permití que furtivamente me rozara el brazo o que se me aproximara dando la sensación de intimidad.

Yo sé muy bien lo mucho que les gusta a los hombres exhibir sus trofeos y estaba claro que, en lo tocante a trofeos, yo era un auténtico premio gordo.

Cuando por fin salíamos del tugurio se encontró con una chica que me dio la sensación de que le gustaba. Era una chica mona pero que no podía ocultar lo ordinaria que era, y que no me quitaba ojo de encima.

Supongo que estaría preguntándose cómo un gorila como él había conseguido salir con alguien como yo.

Me hizo tanta gracia la situación que mientras hablaban empecé a abrazarme a mi gorilita, dando la sensación de acaramelamiento.

La sorpresa se hacía visible por momentos en la cara de la chica y yo estaba empezando a pasármelo realmente bien.

Cuando terminaron de hablar, me rodeó con sus manazas y me llevó abrazada hasta el coche. En aquel preciso momento, fui verdaderamente consciente de su tremenda presencia física.

Tenía unos brazos dos veces más anchos que mis muslos.

Sólo uno de sus dedos era tan ancho como mis muñecas. Por un momento me sentí como transida por aquel físico desmesurado que me rodeaba.

Sucedió todo en un mismo instante, me apoyó contra el coche y todavía ante la atenta mirada de aquella chica, me magreó a su gusto.

Una vez dentro del coche, ya sin el menor miramiento, me metió mano y tuve que ceder ante la evidencia de que estaba excitada, muy excitada, y además así lo demostraban mis braguitas empapadas.

Unas braguitas, por cierto, carísimas y que él no tuvo el menor reparo en quitármelas de un tirón. A partir de aquel momento, era una mujer entregada.

Siguió metiéndome mano mientras conducía, ya sin bragas, hasta que llegamos hasta donde me quiso llevar, porque a partir de entonces había dejado de ser dueña de mí.

Subimos por una escalera mal iluminada hasta una habitación que justo tenía una cama desvencijada. Allí me desnudó del todo y pude por fin contemplar el tamaño de su pene.

Era la cosa más descomunal que había visto en mi vida. Era materialmente imposible que aquello cupiera entre mis piernas. Me tumbó en la cama y con una delicadeza inesperada me acarició con sus manazas.

Poco a poco fue tanteándome con su enorme verga, que todavía en una mezcla de aprensión y deseo yo notaba que deseaba cada vez más, y me preguntaba cómo sería sentirla dentro de mí.

Me presionó levemente la cabeza hacia abajo y comprendí que deseaba que se la chupara.

Apenas me cabía el capullo en la boca, pero me esforcé en lamérsela entera.

En aquel momento, mientras yo estaba ocupada con su verga, me sorprendió con un discurso tierno y muy delicado, que me excitó aún más.

Me dijo lo mucho que le había gustado nada más verme, lo bien que olía, lo suave que era, lo elegante que era, lo bien que vestía, y no sé cuántas cosas más.

Por supuesto nunca había estado con una chica como yo. A mí me enterneció todo aquello. Sobre todo viniendo de alguien tan tosco.

Al fin y al cabo, a las mujeres nos pierde que nos traten con un poquito de ternura, y aquel gorilote, bruto y feo, desplegaba una ternura inesperada con sus palabras que realmente me conmovió.

Entonces nos besamos con muchísimo cariño, le miré a los ojos y le dije: “Fóllame corazón”.

Aquella fue la experiencia más intensa de mi vida.

Realmente estaba sintiendo algo por aquel hombre. Hacer el amor con alguien a quien quieres es lo mejor que te puede ocurrir.

Me penetraba con una delicadeza exquisita, como con miedo de lastimarme.

Yo, para entonces, había perdido toda la aprensión a su descomunal verga, y me limitaba a entregarme al cúmulo de sensaciones que se agolpaban en mi cerebro y entre mis piernas.

Creo que tardaría no menos de una hora en llegar a penetrarme del todo.

Durante todo ese tiempo yo iba acumulado el suficiente deseo como para estallar en un orgasmo descomunal, proporcional al tamaño de su verga. Jamás había gozado de aquella forma tan salvaje y a la vez tan tierna.

Mi vida sexual tiene un antes y un después desde aquella noche. Nada ha vuelto a ser lo mismo desde entonces.

Cualquier otra experiencia sexual, y he tenido unas cuantas desde entonces, es un juego de niños comparado con el placer que me proporciona mi gorilita.

Creo que ya nunca podría dejar de prescindir de su amor.

Mi consejo es que siempre hay que estar abiertas a cualquier experiencia, el amor puede estar en los rincones más inesperados. No conviene dejarse llevar por los prejuicios.