PARTE 1 – La primera hora como propiedad

Liam se recostó en su silla con una lentitud casi insolente, como si saboreara cada segundo de su victoria. Estrechó la mano de sus abogados con firmeza, una sonrisa satisfecha dibujada en los labios.

—Excelente trabajo, caballeros —dijo con voz grave y relajada—. Les agradezco de corazón. Han hecho un magnífico trabajo hoy.

Sus ojos se desviaron lentamente hacia las dos mujeres desnudas que permanecían sentadas frente a él. Recorrió con la mirada el cuerpo tembloroso de Valeria y el de Luna, deteniéndose un instante en sus pechos expuestos, en el brillo húmedo entre sus piernas, en la forma en que ambas intentaban mantenerse inmóviles. Una risa baja, casi cariñosa, escapó de su garganta.

—Ahora sí… mis nuevas adquisiciones están oficialmente en mis manos.

Se puso de pie con elegancia, abrochando el botón de su saco negro con un gesto pausado y refinado, como si acabara de cerrar un trato de negocios cualquiera.

—Caballeros, tengo otros asuntos que atender. Les encargo encarecidamente que sigan con todo el proceso. Quiero que mi Vertedero de Semen y mi Depósito Auxiliar estén completamente listas para cuando regrese. No escatimen en nada.

Liam caminó hacia la puerta sin mirar atrás. Sus pasos resonaron con autoridad en el salón de conferencias. Antes de salir, se detuvo un segundo en el umbral y lanzó una última mirada por encima del hombro.

—Disfruten su primera hora como propiedad oficial.

La puerta se cerró con un clic suave y definitivo.

El silencio que quedó fue asfixiante.

Valeria y Luna permanecieron sentadas, completamente desnudas, con las manos sobre los muslos y la mirada clavada en la mesa. Ninguna se atrevía a moverse. El terror era tan denso que casi se podía tocar. El cuero frío de las sillas estaba empapado bajo ellas; el olor de la orina de Valeria aún flotaba débilmente en el aire. Ninguna se atrevía a hablar. Solo respiraban, cortas y agitadas.

El abogado mayor, un hombre de cabello canoso y expresión imperturbable, rompió el silencio con voz firme y profesional.

—Procedamos con el papeleo —dijo, dirigiéndose a su compañero más joven—. Hazle una llamada al equipo. Que preparen todo. Nos vamos en una hora.

El reloj de pared marcaba las 2:15 pm.

Valeria sentía que el mundo se había detenido. En tan solo unas horas todo se había derrumbado. El plan que parecía tan sólido, la esperanza que Luna le había dado, las promesas de libertad… todo se había evaporado como humo. No entendía cómo había pasado. No entendía cómo Liam había ganado tan fácilmente.

El abogado mayor deslizó dos documentos sobre la mesa pulida. Su voz era calmada, casi paternal, pero cargada de una autoridad inquebrantable.

—Necesito que firmen esto. Es el acta de cambio de nombre definitivo e irrevocable. A partir de hoy, sus nombres anteriores dejan de existir legalmente. Serán registradas oficialmente con sus nuevos nombres ante el Registro Civil.

Valeria y Luna se miraron. Sus ojos estaban llenos de incredulidad y terror.

El abogado notó la duda y sonrió con frialdad.

—Les recuerdo que ya no son seres humanos libres. Pueden hacer esto por las buenas… o por las malas. Nosotros, al menos, tenemos la cortesía de darles la opción.

Valeria sintió que el pecho se le cerraba. Sus manos temblaban tanto que apenas podía sostener el bolígrafo. Luna, a su lado, respiraba con dificultad, pero no dijo nada.

Ambas firmaron.

Las letras salieron torcidas, temblorosas, manchadas por el sudor de sus dedos.

El abogado mayor recogió los documentos con satisfacción.

—Bien. Ahora son oficialmente La Vagina Principal, Orificio Viviente y Vertedero de Semen y La Vagina Secundaria, Orificio Secundario de los Vega y Depósito Auxiliar de Semen.

El silencio que siguió fue más pesado que nunca.

PARTE 2 – Los papeles que las ataron

El abogado más joven guardó el teléfono en el bolsillo interior de su saco con un movimiento preciso y profesional. Se ajustó ligeramente los lentes y se dirigió al mayor con un tono respetuoso, casi reverencial.

—Todo está listo, doctor. El equipo ya fue notificado. Nos esperan en una hora.

El abogado mayor asintió con aprobación, tomó el acta de cambio de nombre que Valeria y Luna acababan de firmar y se lo entregó a su compañero.

—Proceda conforme a lo acordado. Lléveselo al Registro Civil de inmediato.

El joven abogado guardó el documento en su maletín con cuidado, como si se tratara de un tesoro. Se despidió con una inclinación leve de cabeza y salió de la sala con pasos rápidos pero controlados, cerrando la puerta tras de sí con un clic suave.

El silencio volvió a caer sobre el salón como una losa.

El abogado mayor se acomodó en su silla, cruzó las manos sobre la mesa y miró a las dos mujeres desnudas que tenía enfrente. Su expresión era calmada, casi paternal, pero sus ojos reflejaban la frialdad absoluta de quien ha hecho esto muchas veces.

—Con eso solucionado —dijo con voz firm