Capítulo 1

CAPÍTULO 4

PARTE 1

El bolígrafo todavía temblaba entre mis dedos.

Miré el papel firmado como si fuera un veredicto de muerte. Mi nombre al lado del suyo, negro sobre blanco, sellando algo que nunca pensé que llegaría a hacer. Tres meses. Solo tres meses, me repetía en la cabeza como un mantra roto. Después de eso todo terminaría. Podría recuperar mi vida. Podría volver a ser yo.

Pero en el fondo sabía que estaba mintiéndome.

Liam guardó el contrato con calma, doblándolo con cuidado y metiéndolo en el bolsillo interior de su chaqueta. Luego levantó la vista y me miró. Esa mirada verde oscura, intensa, posesiva. No había dulzura. Solo hambre.

—Bienvenida a los próximos tres meses, Soto —dijo con voz baja, casi un ronroneo.

Mi corazón latió con tanta fuerza que lo sentí en la garganta, en las sienes, en el pecho. ¿Era miedo? ¿Era pánico? ¿O era algo peor? Un calor traicionero ya empezaba a extenderse entre mis piernas otra vez, humedeciéndome sin permiso. Me odiaba. Me odiaba con todo mi ser. ¿Cómo podía mi cuerpo reaccionar así? ¿Cómo podía excitarme la idea de que este hombre que me odiaba ahora tuviera derecho legal sobre mí?

No dije nada. Solo me quedé ahí, de pie en medio de mi miserable departamento, con los brazos cruzados sobre el pecho como si eso pudiera protegerme.

Liam dio un paso hacia mí. Su presencia llenaba todo el espacio pequeño. El contraste era brutal: él oliendo a perfume caro y poder, yo descalza sobre el piso frío, con shorts viejos y una camiseta gastada que apenas cubría nada.

—Mi primera petición —dijo de golpe, sin preámbulos, sin suavizar nada—. Quítate toda la ropa. Ahora. Lentamente. Quiero verte desnuda. Quiero que pongas las manos detrás de la cabeza y des una vuelta completa para que te mire bien. Quiero ver lo que acabo de comprar.

Las palabras me golpearon como una bofetada. Sentí que el estómago se me cerraba. Mi corazón latió aún más fuerte, tan rápido que parecía que iba a salirse. Miedo. Vergüenza. Y sí… un destello de algo que se parecía peligrosamente al éxtasis. Me daba asco. Me daba tanto asco que quise vomitar.

—No… —la palabra salió temblorosa, casi un susurro—. No puedes pedirme eso. Acabamos de firmar. Dijiste que…

Liam sonrió. Esa sonrisa lenta, cruel, que me llegaba hasta los huesos.

—Firmaste, Valeria. Leíste las cláusulas. Libertad completa sobre tu cuerpo. Tres meses. Una petición al día. Y esta es la primera. Así que quítate la ropa. O quieres que te recuerde lo que pasa si te niegas?

Mis piernas temblaron. Intenté inventar cualquier excusa, cualquier salida.

—Es… es muy pronto —balbuceé, la voz quebrada—. Acabamos de firmar. Dame tiempo. No estoy lista. No… no aquí, en este lugar. Es humillante. Por favor…

Liam dio otro paso. Ahora estaba tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo.

—Humillante es exactamente lo que quiero —dijo con calma, pero sus palabras eran duras, denigrantes—. Quítate la ropa, puta orgullosa. Quiero ver qué tan buena mercancía compré. Quiero ver esas tetas que intentas esconder, ese culo que se mueve cuando caminas por el campus, ese coño que ya sé que se está mojando aunque lo niegues. Manos detrás de la cabeza. Ahora.

Sentí que las lágrimas me picaban en los ojos. Mi corazón latía tan fuerte que parecía que iba a explotar. Miedo puro. Vergüenza que me quemaba la piel. Y debajo de todo eso… un calor líquido, traicionero, que se acumulaba entre mis piernas. Me estaba mojando otra vez. Más fuerte. La tela de las bragas ya se pegaba a mi piel y eso me hacía sentir sucia, barata, como la puta que él acababa de llamarme.

Intenté resistir una última vez, la voz rota.

—Liam… por favor… no me hagas esto. No soy un objeto. No puedes tratarme como…

—Firmaste —me cortó él, directo, sin piedad—. Ya eres mía por tres meses. Así que deja de hablar y obedece. Quítate la ropa. Lentamente. O el contrato se rompe y mañana te quedas en la calle sin un peso.

Mis manos temblaron tanto que apenas pude agarrar el borde de la camiseta.

El corazón me latía con fuerza. No sabía si era terror… o algo mucho peor.

Y mientras mis dedos empezaban a subir la tela, supe que acababa de cruzar una línea de la que ya no podría volver.

PARTE 2

Mis dedos temblaban tanto que apenas podía sujetar el borde de la camiseta.

El corazón me latía con una fuerza brutal, como si quisiera salirse del pecho. No sabía si era puro terror… o esa excitación enferma que me hacía sentir sucia. La humedad entre mis piernas ya era evidente otra vez; las bragas limpias que me había puesto hace apenas unos minutos volvían a pegarse a mi piel, calientes y pegajosas. Me odiaba. Me odiaba con todo mi ser.

Liam estaba de pie frente a mí, con los brazos cruzados, mirándome como quien observa una mercancía que acaba de comprar.

—Vamos —dijo con voz baja y firme—. Quítate la ropa. Lentamente. No me hagas repetirlo.

Tragué saliva. Mis ojos se desviaron un segundo hacia la ventana. La cortina estaba entreabierta. Cualquiera que pasara por el callejón podría verme. La idea me golpeó como una bofetada. ¿Qué pasaría si alguien me viera? ¿Si un vecino, si un extraño, si alguien del barrio me viera desnuda, con las manos detrás de la cabeza, obedeciendo como una puta barata? La vergüenza me quemó las mejillas. Sentí que me ardía la cara.

Me obligué a agarrar el borde de la camiseta. La subí despacio, centímetro a centímetro. El aire frío del departamento rozó mi estómago. Dudé cuando llegué al borde del sujetador. Mis manos temblaban. Por un segundo pensé en detenerlo todo, en decirle que no, que esto era demasiado. Pero el contrato ya estaba firmado. Y mañana… mañana me echaban a la calle si no pagaba.

Con un último aliento de dignidad que se me escapaba, terminé de subir la camiseta y la dejé caer al suelo.

Liam me miró los pechos, todavía cubiertos por el sujetador sencillo de algodón.

—Todo —ordenó—. Quítatelo todo.

Mis dedos fueron al broche del sujetador. Dudé. Las manos me temblaban tanto que tardé varios segundos en abrirlo. Cuando por fin lo hice, dejé que las tiras cayeran por mis hombros. Mis tetas quedaron al descubierto. Sentí el aire frío rozando mis pezones, que ya estaban duros por la mezcla de miedo y esa excitación traicionera que no podía controlar. Me cubrí instintivamente con un brazo.

—No —dijo Liam con tono cortante—. Manos detrás de la cabeza. Ahora.

Obedecí. Puse las manos detrás de la nuca. Mis tetas se levantaron un poco con el movimiento. Me sentía expuesta, vulnerable, como un pedazo de carne en exhibición. La vergüenza me quemaba por dentro. ¿Cómo había llegado a esto? ¿Cómo había firmado un papel que me convertía en esto?

Liam bajó la mirada más abajo.

—Los shorts. Quítatelos.

Mis dedos fueron al botón del short. Dudé otra vez. La tela ya estaba húmeda entre mis piernas. Sabía lo que iba a ver. Sabía que estaba empapada. La idea de que él lo descubriera me daba tanto asco que quise desaparecer.

Con las manos temblando bajé el short y las bragas al mismo tiempo. La tela se pegó un segundo a mi coño antes de caer al suelo. El aire frío rozó mi sexo desnudo. Estaba hinchado, brillante, mojado. Un hilo fino y transparente se estiró un segundo antes de romperse. Me sentí como la puta más barata del mundo. Mis mejillas ardían. Quería cubrirme, quería correr, pero mis manos seguían detrás de la cabeza, obedeciendo como si ya no me pertenecieran.

Liam me miró directamente el coño. Su sonrisa se volvió más oscura.

—Mírate… qué bonito pedazo de carne resultaste ser. Ese coño ya está chorreando y apenas empezamos. ¿Ves cómo brilla? Eso es mío ahora. Todo eso es propiedad de los Vega. Tres meses de libertad completa para usarlo como me dé la gana.

Cada palabra me golpeaba como un latigazo. Sentí que me mojaba aún más. Un nuevo chorrito caliente se escapó y me corrió por el interior del muslo. La vergüenza era tan grande que las lágrimas me picaban en los ojos. ¿Por qué mi cuerpo reaccionaba así? ¿Por qué me excitaba que me tratara como un objeto? Me daba asco. Me daba tanto asco que quería vomitar. Pero mis piernas temblaban y mi coño seguía palpitando, traicionándome.

Liam dio un paso más cerca, sin tocarme todavía.

—Gira. Despacio. Quiero verte bien. Quiero ver lo que compré.

Obedecí. Giré sobre mí misma con las manos todavía detrás de la cabeza. Sentía su mirada recorriéndome el culo, la espalda, las tetas, el coño empapado. Cada segundo era una humillación nueva. Mi mente no paraba de divagar: ¿qué pasaría si alguien me viera por la ventana? ¿Si un vecino mirara y me viera desnuda, obedeciendo como una mascota? ¿Si Luna supiera lo que estaba haciendo? ¿Si mis amigas se enteraran?

La vergüenza me ahogaba. Pero el calor entre mis piernas no paraba de crecer.

Liam soltó una risa baja y satisfecha.

—Qué buena mercancía. Mira cómo te mojas solo porque te trato como lo que eres. Un pedazo de carne propiedad de los Vega.

Me quedé ahí, desnuda, con las manos detrás de la cabeza, temblando, mojada y rota.

Y lo peor era que el contrato apenas acababa de empezar.

PARTE 3

Liam dio un paso atrás para tener una mejor vista y cruzó los brazos, mirándome de arriba abajo como quien examina una mercancía recién adquirida.

—Separa las piernas un poco más —ordenó con voz baja y firme—. Quiero verte bien. Todo.

Mis piernas temblaron. Obedecí lentamente, abriendo los muslos unos centímetros. El aire frío del departamento rozó directamente mi coño desnudo, hinchado y brillante. Sentí cómo un nuevo hilo de humedad se escapaba y corría por el interior de mi muslo izquierdo, dejando una línea caliente y pegajosa sobre mi piel.

Liam sonrió con satisfacción cruel.

—Mírate… qué coño más bonito y mojado tienes. Mira cómo brilla. Se te escapa la humedad como si tu cuerpo ya supiera que ahora eres mía. Abre más las piernas. Quiero ver cómo se te abren los labios.

Sentí que las lágrimas me picaban en los ojos. Las contuve con fuerza, pero una se escapó y rodó por mi mejilla. Mis manos seguían detrás de la cabeza, los codos abiertos, dejando mis tetas completamente expuestas. Eran llenas, redondas, con pezones oscuros y duros por la mezcla de frío, vergüenza y esa excitación traicionera que no podía controlar. La piel de mis pechos era suave, ligeramente morena, con una pequeña vena azul visible en el izquierdo. Mis caderas eran anchas, redondeadas, con una curva pronunciada que terminaba en un culo firme pero suave, con dos hoyuelos en la parte baja de la espalda. Mis piernas eran largas, tonificadas por caminar tanto, pero en ese momento temblaban visiblemente.

—Gira despacio —ordenó Liam—. Quiero verte el culo. Separa las nalgas con las manos.

Obedecí. Giré sobre mí misma con pasos cortos y temblorosos.

Cuando quedé de espaldas a él, llevé las manos hacia atrás y separé mis nalgas con dedos temblorosos.

El aire frío rozó mi ano apretado y mi coño abierto. Sentí el olor de mi propia excitación: un aroma dulce, almizclado y ligeramente salado que flotaba en el aire del pequeño departamento. Era fuerte, húmedo, inconfundible. Me daba tanto asco que quise desaparecer.

—Qué buen culo tienes —dijo Liam con voz ronca, cargada de desprecio y deseo—. Redondo, firme, hecho para ser follado. Y mira ese coñito… ya está chorreando. Se te escapa la crema por los labios hinchados. Hueles a puta barata, Valeria. Hueles a coño mojado y desesperado. ¿Te das cuenta de lo que eres ahora? Un pedazo de carne. Mío.

Otra lágrima rodó por mi mejilla. No podía detenerlas. Mi mente se derrumbaba poco a poco. Me sentía sucia, barata, usada. Cada palabra suya me golpeaba en lo más profundo. Y sin embargo… mi coño seguía palpitando, mojándose más, dejando escapar otro hilo caliente que me corría por el muslo.

El olor de mi excitación se hacía más fuerte en el aire cerrado del departamento. Me odiaba. Me odiaba tanto que quería gritar.

—Date la vuelta otra vez —ordenó—. Abre más las piernas y agáchate un poco. Quiero verte bien el coño desde abajo.

Obedecí con el cuerpo temblando. Me giré, separé más las piernas y me agaché ligeramente, empujando las caderas hacia atrás.

Mis tetas colgaban pesadas, los pezones duros y oscuros apuntando al suelo. Mi coño quedó completamente expuesto: labios mayores hinchados y brillantes, labios menores rosados y abiertos, el clítoris hinchado asomando, y un hilo transparente de humedad que se estiraba desde mi entrada hasta casi tocar el suelo.

El olor era más intenso ahora: dulce, almizclado, con un toque ácido de excitación pura. Me sentía como un animal en exhibición.

Liam soltó una risa baja y satisfecha.

—Qué puta más mojada eres. Mira cómo te gotea. Ese coño ya sabe que le pertenezco. Abre más los labios con los dedos. Quiero verlo todo por dentro.

Mis manos temblaron violentamente cuando las bajé y separé mis labios mayores con dos dedos. El interior rosado y brillante quedó expuesto.

Otro chorrito de humedad se escapó y cayó al suelo con un sonido suave y vergonzoso. Las lágrimas ya corrían libremente por mis mejillas.

Me sentía rota. Humillada. Y lo peor era que mi cuerpo seguía traicionándome, palpitando, mojándose más con cada palabra hiriente.

Liam se acercó un poco más, sin tocarme todavía, solo observando.

—Buena chica… buena mercancía. Mira cómo tiemblas. Mira cómo te mojas solo porque te trato como lo que eres: un pedazo de carne con tetas y coño. Esto es solo el principio.

Me quedé ahí, desnuda, con las manos separando mi coño empapado, lágrimas corriendo por mi cara, el olor de mi excitación llenando el aire.

Y en ese momento supe que acababa de cruzar una línea de la que ya no podría volver.

PARTE 4

Liam se acercó un paso más. Su presencia era tan abrumadora que sentí que el aire se volvía más pesado. Mis manos seguían separando mis labios mayores, exponiendo mi coño hinchado y chorreante. El olor de mi propia excitación llenaba el pequeño departamento: dulce, almizclado, ligeramente ácido, imposible de ignorar. Un hilo transparente seguía escapándose de mi entrada, cayendo lentamente al suelo.

Él levantó la mano derecha. Sus dedos se acercaron lentamente hacia mi coño abierto. Sentí el calor de su piel a solo unos centímetros. Mi cuerpo entero se tensó. Una parte de mí —una parte que odiaba con todo mi ser— deseaba que me tocara. Deseaba sentir esos dedos rozando mi clítoris hinchado, deslizándose dentro de mí, acabando con esa tortura de estar expuesta y palpitante sin alivio.

Pero justo antes de que sus yemas rozaran mi carne mojada, Liam detuvo la mano. La retiró lentamente y dio un paso atrás.

—Eso es todo por hoy —dijo con voz calmada, casi indiferente.

Me quedé congelada, con las manos todavía separando mis labios, el coño palpitando al vacío, un nuevo chorrito de humedad escapándose y cayendo al suelo con un sonido suave y vergonzoso. La decepción me golpeó como una bofetada. ¿Decepción? Me odié aún más. ¿Cómo podía sentir decepción? ¿Cómo podía mi cuerpo querer que ese hombre que me odiaba me tocara?

Liam sacó un fajo de billetes del bolsillo interior de su chaqueta. Era grueso, más dinero del que había visto junto en mucho tiempo. Lo dejó caer sobre la mesa con un ruido seco.

—Esto cubre el alquiler de este mes y el próximo. Considera la propina por haber sido una buena chica en tu primera petición.

Me quedé mirando los billetes. El contraste era brutal: yo desnuda, temblando, con las piernas abiertas y mi coño chorreando, y sobre la mesa un fajo de dinero que representaba mi dignidad vendida. Las lágrimas que había estado conteniendo rodaron libremente por mis mejillas. No podía detenerlas. Me sentí como la puta más barata del mundo. Había firmado un contrato. Había negociado mi propio cuerpo como si fuera carne en el mercado. Y ahora… ahora estaba ahí, desnuda, mojada, oliendo a excitación, recibiendo dinero por haberme exhibido.

Liam se dio la vuelta sin decir nada más. Ni una mirada atrás. Solo abrió la puerta y salió, cerrándola con un clic suave que resonó en el silencio del departamento.

Me quedé allí, de pie, desnuda, con las manos todavía detrás de la cabeza por inercia. No me moví. No pude. Un pequeño charco brillante de mis propios fluidos se había formado en el suelo entre mis pies, reflejando la luz tenue de la lámpara. El olor de mi coño seguía flotando en el aire, dulce y espeso, recordándome lo que acababa de hacer.

Las lágrimas caían sin control. Me sentía sucia. Rota. Usada. Pero también… aliviada. Ese dinero significaba que mañana no me echarían. Significaba que tenía un techo por un poco más de tiempo.

Y eso era lo que más me dolía.

Me había convertido en esto.

En un pedazo de carne que se mojaba cuando la trataban como objeto.

En una puta que negociaba su cuerpo por billetes.

Me quedé allí, desnuda, temblando, con el charco de mi excitación a mis pies, mirando el fajo de dinero sobre la mesa.

Y por primera vez desde que firmé, me pregunté cuánto de mí quedaría después de los tres meses.