Cap VIII: El Cumpleaños de Don Ramiro

Don Héctor llegó a las seis en punto. No tocó el timbre. El mensaje en el teléfono de Antonieta fue solo una palabra:

“Trasera.”

Ella abrió. Él entró, la miró de arriba abajo y señaló el baño con la barbilla.

—Dúchate. Depílate todo. Hoy el plug es el grande. El que aún te cuesta.

Antonieta obedeció con las piernas ya temblando.

Cerró la puerta del baño y abrió la ducha. El agua caliente cayó sobre sus hombros y le recorrió la espalda. Durante unos segundos solo se quedó quieta, con la frente apoyada contra los azulejos fríos, intentando recuperar el control. Pero el cuerpo no le hacía caso.

Se pasó las manos por el cuello, por los pechos, por el vientre… y cuando llegó entre las piernas notó la humedad que no tenía nada que ver con el agua. Se pasó los dedos despacio entre los labios y sintió cómo estaban hinchados, resbaladizos. Estaba mojada solo de pensar en lo que vendría. Se odió con fuerza por eso.

Cerró los ojos y, contra su voluntad, las imágenes empezaron a llegar.

Imaginó a Don Ramiro levantándole el vestido delante de todos, separándole las nalgas con esas manos grandes y venosas, comentando en voz alta lo mojada que ya estaba. Imaginó los ocho pares de ojos clavados en su culo mientras el plug negro quedaba expuesto. Imaginó dedos ajenos —dedos viejos, ásperos, conocidos— recorriéndole el coño sin prisa, abriéndola, mostrando a los demás cómo chorreaba.

Una parte de ella, la parte decente, la esposa, la madre, se revolvía horrorizada.

No… no puedes estar excitándote con esto. Son los amigos de tu padre. El padrino de tu hija. Hombres que te vieron crecer.

Pero otra parte, más oscura y cada vez más fuerte, seguía alimentando las fantasías. Se imaginó de rodillas en el centro de la sala, con una verga en la boca y dos manos ajenas abriéndole el culo. Se imaginó a Don Jorge —el mismo que la había cargado de bebé— mirándola con culpa mientras le metía los dedos. Se imaginó el momento exacto en que alguno de ellos dijera en voz alta: “La niña decente del barrio… miren en lo que se convirtió”.

El solo pensarlo le hizo apretar los muslos. Un gemido bajo se le escapó. Sus dedos, traicioneros, empezaron a moverse solos: subían y bajaban por el clítoris hinchado,

daban vueltas, presionaban. El agua caliente le golpeaba los pechos y le hacía los pezones todavía más sensibles.

Para… para ahora mismo.

Se obligó a retirar la mano. Se enjabonó con movimientos bruscos, casi agresivos, como si pudiera lavarse también la vergüenza. Pero en cuanto cerró los ojos otra vez, las imágenes regresaron más nítidas: ella cabalgando a uno de ellos mientras otro la penetraba por detrás, el sonido húmedo de su propio cuerpo siendo usado, las risas roncas, el semen caliente resbalándole por la barbilla.

Se mordió el labio inferior con fuerza. El pudor y el deseo peleaban dentro de ella con la misma intensidad. Quería ser la mujer que cerraba la llave del agua, se secaba y le decía a Don Héctor que no iba a ir. Quería recuperar el control.

En cambio, sus dedos volvieron entre sus piernas.

Esta vez no se detuvo. Se tocó con rabia y con necesidad, imaginando que eran las manos de ellos, que la estaban preparando, que la estaban examinando antes de usarla. Cuando el orgasmo la golpeó, tuvo que apoyarse contra la pared para no caer. Se corrió en silencio, con los dientes apretados, odiándose más que nunca.

El agua seguía corriendo. Antonieta se quedó jadeando bajo el chorro, con la frente contra el azulejo y los muslos temblando.

Todavía le quedaba depilarse. Y ponerse el plug.

Y sabía, con una claridad terrible, que cuando saliera de esa ducha ya no habría marcha atrás.

Cuando salió, Don Héctor la esperaba sentado en el borde de la cama. Sobre las sábanas había un vestido negro de tirantes finísimos, tan corto que parecía una camiseta larga, y un collar de cuero grueso con una argolla plateada.

—Ven.

La hizo ponerse de pie frente a él. Le separó las nalgas con las dos manos y empujó el plug grueso sin prisa. Antonieta arqueó la espalda y soltó un gemido largo, casi un quejido. El objeto la llenaba por completo; cada movimiento mínimo la hacía sentir que se le abría más.

—Mírate —ordenó él, girándola hacia el espejo de cuerpo entero.

El vestido le llegaba justo a la mitad del culo. Cuando se inclinaba un poco, se veía el arranque de las nalgas y el final negro del plug. Sin sostén, sus pezones duros marcaban la tela fina. El collar le daba un aire de propiedad absoluta.

Don Héctor se puso detrás de ella, todavía frente al espejo de cuerpo entero. El vestido negro apenas le cubría el culo. El plug grueso ya estaba dentro, y cada vez que Antonieta se movía un milímetro lo sentía con claridad. Él le pegó el cuerpo, dejando que su erección dura y caliente se clavara contra la hendidura de sus nalgas, solo separada por la fina tela.

Le rodeó la cintura con un brazo y con la otra mano le agarró la mandíbula, obligándola a mirarse en el espejo.

—Mírarte —le ordenó en voz baja, casi un susurro contra su oído—. Esta noche no te van a follar de inmediato. Primero van a olerte.

Pasó la nariz por su cuello, inhalando despacio, como si ya estuviera demostrándole lo que harían los demás.

—Van a acercarse, uno por uno, y van a olerte el cuello, las tetas, el coño… sin tocarte todavía. Van a respirarte. Van a saber exactamente lo mojada que estás solo con el olfato. Y tú te vas a quedar quieta, con las piernas abiertas, dejándote oler como una puta en celo.

Antonieta soltó un temblor. Don Héctor sonrió contra su piel.

—Después van a mirarte. Te van a hacer caminar, inclinarte, abrir las nalgas con tus propias manos. Van a ver cómo el plug se te mueve cada vez que aprietas. Van a ver cómo te chorrea por los muslos sin que nadie te haya metido un dedo. Y mientras tanto tú vas a aguantar.

Su mano bajó por el vientre de Antonieta, rozó el monte y se detuvo justo encima del clítoris, sin tocarlo de verdad. Solo la presión de la palma, suficiente para volverla loca.

—No te vas a correr. Aunque te tiemblen las piernas. Aunque se te pongan los pezones tan duros que duelan. Aunque sientas que te vas a morir de ganas. Vas a aguantar hasta que yo te lo permita. ¿Entendido?

Antonieta asintió con un hilo de voz.

—No. Dilo.

—Entendido… —susurró ella.

Don Héctor le dio un apretón suave pero posesivo en el coño, sintiendo lo empapada que ya estaba la tela del vestido por dentro.

—Si te corres antes de tiempo, te dejo ahí con ellos toda la noche y no intervengo. Si aguantas… entonces te dejo que te partan como te mereces. Ahora repite lo que te acabo de decir.

Antonieta tragué saliva. La voz le salió rota, cargada de vergüenza y de una excitación que ya no podía esconder:

—Esta noche… van a olerte antes de tocarte. Van a mirarme mientras me mojo. Y yo… voy a aguantar sin correrme hasta que tú me lo permitas.

Don Héctor le mordió suavemente el lóbulo de la oreja y le dio una última palmada seca en el culo.

—Buena niña. Ahora vamos. Y no se te ocurra tocarte en el auto.

Ella asintió, con la respiración ya agitada.

La casa de Don Ramiro olía a puro caro, whisky y esa colonia barata que Antonieta ya asociaba con su propia caída. Cuando la puerta se abrió, ocho pares de ojos se clavaron en ella al mismo tiempo. El silencio duró tres segundos enteros. Tres segundos en los que ella sintió que la desnudaban solo con la mirada.

Después empezaron los murmullos, bajos al principio, después más claros, más sucios:

—La misma de siempre… solo que ahora sin la faldita de colegiala. —Joder, Ramiro, mirala… yo me la imaginaba así desde que tenía dieciséis. —Yo más. Desde que la veía saltar a la comba en la calle, con ese culo ya redondo. Me iba a la cama pensando en ella. —Y yo… cada vez que iba a casa de sus padres a jugar dominó. Se sentaba en el sofá con las piernas juntitas y yo no podía dejar de mirarle el escote. Años deseándola en silencio. —El padrino de su hija también la ha soñado, ¿verdad, Jorge? No me vengas con caritas ahora. —Yo la vi crecer… —murmuró Don Jorge con la voz espesa—. Y cada año se ponía más buena. Cada cumpleaños, cada Navidad… me tocaba la verga en el baño de su casa pensando en esto exactamente.

Álvaro soltó una risa ronca y se acomodó el bulto del pantalón sin disimulo.

—Yo me la he corrido encima de su foto de la primera comunión más de una vez. Y ahora la tenemos aquí, hecha una puta lista para que se la follemos todos.

Don Ramiro, todavía de pie junto a la puerta, recorrió a Antonieta de arriba abajo con una sonrisa lenta.

—Veinte años esperando este momento… y por fin llegó. Mírenla cómo tiembla. Sabe perfectamente que todos la hemos deseado desde que era una niña decente del barrio.

Antonieta sintió que el estómago se le cerraba. Cada frase era un golpe. Estos hombres no eran extraños: habían cenado en su casa, le habían dado regalos de cumpleaños, habían hablado con su padre de política y fútbol mientras ella pasaba con el uniforme del colegio. Y ahora hablaban de ella como de una fantasía que por fin podían tocar.

Don Héctor cerró la puerta detrás de ellos y puso una mano posesiva en la nuca de Antonieta, empujándola suavemente hacia el centro de la sala.

—Pues ya no tienen que imaginarla más —dijo con calma—. Esta noche es de ustedes.

Don Héctor la empujó suavemente al centro de la sala.

—Feliz cumpleaños, Ramiro. Te traje exactamente lo que pediste.

El silencio que siguió fue espeso. Ocho pares de ojos se clavaron en Antonieta al mismo tiempo. Ella sintió el peso de esas miradas como si le quitaran la ropa sin tocarla. Don Ramiro se levantó despacio del sillón principal. Tenía setenta y dos años, el pelo blanco peinado hacia atrás, las manos grandes y venosas, y una sonrisa fría que no llegaba a los ojos. Caminó hacia ella con calma de depredador, dándole una vuelta completa, muy despacio, evaluándola.

Se detuvo detrás. Antonieta sintió su respiración caliente en la nuca. Sin decir una palabra, Don Ramiro le agarró el dobladillo del vestido negro con las dos manos y lo levantó hasta la cintura de un solo movimiento. El aire fresco de la sala le rozó de golpe el culo desnudo y el coño ya húmedo. El plug negro quedó completamente expuesto entre sus nalgas abiertas por la posición.

Varios hombres se inclinaron hacia adelante, algunos incluso se levantaron un poco de sus asientos para mirar mejor. Se oyeron murmullos bajos y lascivos.

—Hostia… —Míralo qué profundo lo tiene… —Y eso que todavía no la hemos tocado…

Don Ramiro no tenía prisa. Con el pulgar y el índice le separó un poco más las nalgas, estirando la piel. El agujero alrededor del plug temblaba visiblemente. Pasó un dedo

seco, áspero, por el borde rosado y dilatado, dando vueltas lentas alrededor de la base del juguete sin empujarlo todavía.

—Todavía tiembla… —murmuró con voz ronca, casi admirada—. Fíjense cómo se le contrae el agujerito solo de sentir que lo miramos.

Antonieta cerró los ojos con fuerza. El simple roce de ese dedo seco le provocó una contracción involuntaria que hizo que el plug se moviera dentro de ella. Una gota espesa de su propio jugo se deslizó desde su coño y empezó a bajar por el interior de su muslo izquierdo, brillante bajo la luz de la sala.

Don Ramiro lo vio. Sonrió más ancho.

—Y ya está chorreando por las piernas… —dijo en voz más alta, para que todos oyeran—. Sin que nadie le haya metido un solo dedo todavía. Qué puta más lista tenemos hoy.

Con la otra mano le dio una palmada seca en la nalga derecha, lo bastante fuerte para que el sonido resonara y para que el plug se moviera otra vez. Antonieta soltó un gemido ahogado. Don Ramiro le apretó la carne con los dedos, amasándola, separándola, volviendo a juntarla, como si estuviera jugando con ella. Después bajó el dedo otra vez y esta vez empujó suavemente el extremo del plug, haciéndolo entrar un milímetro más profundo.

—Siente cómo te lo muevo… —le susurró al oído—. Esta noche este culo va a trabajar mucho, niña. Y tú vas a agradecer cada centímetro.

Antonieta tenía las piernas temblando. Cada segundo que pasaba con el vestido levantado, expuesta, examinada, hacía que su coño latiera con más fuerza. Odiaba lo mojada que estaba… y al mismo tiempo no podía evitar apretar el plug cada vez que el dedo de Don Ramiro lo rozaba.

Los demás hombres se habían acercado un poco más. Formaban un semicírculo. Algunos ya se tocaban por encima del pantalón. Don Héctor, desde su sillón, solo sonreía y levantaba el teléfono para grabar el momento exacto en que otra gota de excitación de Antonieta caía al suelo de madera.

No la penetró. Solo le apretó las nalgas, las separó y las soltó varias veces, como si estuviera evaluando mercancía. Antonieta sentía cómo el aire fresco le tocaba el coño descubierto y cómo su propio jugo empezaba a bajar por el interior de los muslos.

Uno por uno se fueron acercando. Primero solo miraban. Después empezaron a tocarla por encima de la ropa: una mano en la cintura, otra rozando el costado de una teta, dedos que subían por la parte interna del muslo sin llegar al centro. Cada roce la hacía apretar el plug sin querer.

Don Héctor se sentó en el sillón más lejano, teléfono en mano, grabando.

—Todavía no la usen. Quiero verla desesperada primero.

La hicieron caminar de un lado a otro de la sala con el vestido levantado. Le ordenaron que se inclinara, que abriera las piernas, que se tocara el clítoris delante de todos sin meterse los dedos. Antonieta lo hizo, con la cara ardiendo y el coño palpitando. Cada vez que sus dedos rozaban el botón hinchado, un gemido se le escapaba.

—Mírenla… se está corriendo sin que nadie la toque de verdad —dijo Álvaro con voz ronca.

Pasaron casi veinte minutos solo en eso: miradas, toques ligeros, órdenes. Cuando por fin le quitaron el vestido, Antonieta estaba temblando de necesidad. Sus pezones estaban tan duros que dolían. El plug le producía pequeñas contracciones involuntarias.

Don Ramiro la hizo arrodillarse. Se abrió el pantalón y le puso la verga gruesa y ya goteando contra los labios.

—Chupa despacio. Quiero sentir cómo te mojas más mientras me la mamas.

Ella obedeció. Mientras lo hacía, sentía tres o cuatro manos a la vez: una le pellizcaba un pezón, otra le separaba las nalgas y empujaba el plug con el pulgar, otra le acariciaba el clítoris con una lentitud cruel. Cada vez que estaba a punto de correrse, la mano se retiraba.

—Todavía no —decía Don Héctor desde el sillón.

La tensión se volvió casi insoportable. Antonieta gemía alrededor de la verga, movía las caderas buscando fricción, pero nadie se la daba del todo. Cuando por fin la pusieron de rodillas sobre el sofá y Don Ramiro la penetró de una sola embestida profunda, ella gritó. El alivio fue tan violento que se corrió en cuanto él tocó fondo.

No la dejaron recuperarse.

Apenas el último temblor del orgasmo le atravesó el cuerpo, Álvaro le sacó el plug de un tirón. Antonieta soltó un grito ahogado al sentir el vacío repentino… y un segundo

después ese vacío se llenó de golpe. Álvaro se empujó hasta el fondo de su culo en una sola embestida brutal. Al mismo tiempo Don Ramiro, que todavía no había salido de su coño, volvió a hundirse hasta las bolas. La doble penetración la llenó hasta el límite absoluto. Se sintió partida en dos. Cada vez que uno entraba, el otro salía, y el roce interno era tan intenso que le arrancaba gemidos rotos y entrecortados.

El sonido era obsceno: un plap-plap-plap húmedo y rítmico, mezclado con el chapoteo del semen de Don Ramiro que ya empezaba a salir empujado por las embestidas de Álvaro. Los demás formaron un círculo apretado alrededor del sofá. Uno le agarró el pelo y le metió la verga hasta la garganta. Otros dos le retorcian los pezones con dedos ásperos, estirándolos y soltándolos. Don Héctor se acercó con el teléfono y grabó en primer plano cómo el semen espeso de Don Ramiro salía por los lados de su coño cada vez que Álvaro empujaba más hondo.

—Mírala… está completamente llena —murmuró alguien.

Pero no terminó ahí.

Don Héctor guardó el teléfono un momento y señaló a Don Jorge, que se había quedado un paso atrás, con la verga dura pero la cara torcida por la culpa.

—Tú. Acuéstate en el sofá. Ahora.

Don Jorge negó con la cabeza, la voz ronca:

—No… no puedo. Es la ahijada de mi… yo la vi nacer, la cargué en brazos…

—Acuéstate —repitió Don Héctor con calma peligrosa—. O le mando el video completo a su marido esta misma noche. Y le digo quién eres.

Don Jorge cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, había una mezcla oscura de vergüenza y deseo. Se recostó en el sofá, la verga gruesa y venosa apuntando hacia arriba, temblando ligeramente.

Álvaro y Don Ramiro se retiraron solo lo necesario. Entre los dos levantaron a Antonieta —que apenas podía sostenerse— y la colocaron a horcajadas sobre Don Jorge. Ella sintió la cabeza caliente de su verga rozarle el coño empapado y lleno de semen ajeno.

—Bájate tú misma —ordenó Don Héctor.

Antonieta, con las piernas temblando y la respiración destrozada, se guió con una mano. Poco a poco fue descendiendo. Don Jorge soltó un gemido grave, casi doloroso, cuando las paredes calientes y resbaladizas de ella lo envolvieron por

completo. Ella se sentó hasta el fondo, sintiendo cómo la llenaba de una forma distinta: más gruesa, más profunda, y cargada de toda la culpa que él no podía esconder.

—Muévete —le dijo Don Héctor al oído—. Cabálgalo. Que sienta lo que le estás haciendo a su ahijada.

Antonieta empezó a subir y bajar. Al principio lento, después con más ritmo. Sus tetas pesadas rebotaban con cada movimiento. Don Jorge tenía las manos en sus caderas, pero no la guiaba: parecía que no se atrevía a tocarla del todo. Aun así, sus caderas subían al encuentro de las de ella, traicionándolo.

—Perdóname… —susurró Don Jorge con la voz rota, mientras la embestía desde abajo—. Dios… perdóname…

Pero no paró. Al contrario: cuanto más decía que no debía, más fuerte la empujaba hacia arriba y hacia abajo. Antonieta se inclinó hacia adelante, apoyando las manos en su pecho, y aceleró el ritmo. El sonido húmedo de su coño devorando la verga de su padrino llenó la sala. Álvaro se colocó detrás otra vez y volvió a entrar en su culo con facilidad. La doble penetración regresó, esta vez con Don Jorge en el fondo y Álvaro golpeando sin piedad.

Don Jorge soltó un gemido largo y se corrió dentro de ella, agarrándole las caderas con fuerza por primera vez, como si de repente hubiera perdido la batalla contra sí mismo. Antonieta sintió el pulso caliente de su semen llenándola y se corrió encima de él, apretándolo con fuerza, mientras Álvaro seguía embistiéndola por detrás.

Los demás aplaudieron bajito, entre risas roncas.

—Hasta el padrino terminó follándosela…

—Míralo, decía que no podía y miren cómo la llenó…

Antonieta se quedó sentada sobre Don Jorge varios segundos, jadeando, con el semen de él y de Don Ramiro mezclándose y saliendo alrededor de la verga que todavía latía dentro de ella. Don Jorge tenía el brazo sobre los ojos, como si no quisiera ver lo que acababa de hacer… pero su otra mano seguía aferrada a la nalga de Antonieta, sin soltarla.Las frases llegaban como latigazos:

—La hija de tu padre… —El padrino de tu hija te está follando el culo… —Vas a llegar a casa con el semen de ocho viejos escurriéndote por las piernas…

Antonieta se corrió tres veces más. En la última perdió el control por completo: chorros de squirt le salieron mientras gritaba contra la verga que le llenaba la boca. Su cuerpo entero temblaba. Ya no distinguía entre placer y humillación.

La usaron sin prisa durante casi dos horas.

No hubo prisa ni piedad. Cada vez que uno terminaba, otro ocupaba su lugar. La mantuvieron en distintas posiciones: de rodillas en el sofá, sentada a horcajadas sobre uno mientras otro la penetraba por detrás, de espaldas en la mesa del comedor con las piernas abiertas al máximo, incluso de pie, sostenida entre dos hombres mientras un tercero la embestía. El plug salía y volvía a entrar varias veces. A veces lo usaban para estirarla más antes de meterse; otras veces lo dejaban puesto y follaban solo su coño, disfrutando de lo apretado que quedaba.

Antonieta perdió la cuenta de las veces que se corrió. Su cuerpo ya no respondía a su voluntad: cada embestida profunda le arrancaba un gemido, cada pellizco en los pezones le provocaba una contracción, cada vez que alguien le hablaba al oído recordándole quién era y quiénes la estaban usando, un nuevo orgasmo la atravesaba. El squirt le había mojado los muslos, el sofá y las manos de varios de ellos. El olor a sexo era tan denso que se sentía en la garganta.

Los comentarios nunca pararon:

—Mírala cómo se parte… —Todavía aprieta como si fuera la primera vez… —Esta puta nació para que la llenáramos de semen…

Cuando por fin se detuvieron, Antonieta quedó tendida en el sofá grande de la sala, completamente destruida. El vientre, las tetas y la cara estaban cubiertos de capas espesas de semen. Le chorreaba por la comisura de los labios, le resbalaba entre los pechos, le bajaba por el ombligo hasta el monte de Venus. Entre las piernas el desastre era peor: una mezcla caliente y pegajosa de sus propios jugos y el semen de ocho hombres le escurría sin parar, formando un charco debajo de ella. El plug había vuelto a su sitio; alguien se lo había empujado hasta el fondo otra vez mientras todavía temblaba con el último orgasmo. El collar de cuero seguía firmemente abrochado alrededor de su cuello.

Respiraba con la boca abierta, el pecho subiendo y bajando con esfuerzo. Cada inhalación le hacía sentir el olor a semen y sudor viejo impregnado en su propia piel. No tenía fuerzas ni para cerrar las piernas.

Don Héctor se acercó despacio. La miró un momento en silencio, satisfecho, y después empezó a vestirla. Primero le pasó el vestido negro por la cabeza. La tela fina

se pegó de inmediato a la piel húmeda y manchada, marcando cada curva, cada gota que aún resbalaba. Al tirar de la prenda hacia abajo, el semen de sus tetas se impregnó en la tela, oscureciéndola. Le ajustó los tirantes. El vestido, ya de por sí ridículamente corto, ahora le quedaba pegado al culo y a la parte alta de los muslos, transparentándose en algunas zonas por la humedad.

—Levántate —le ordenó en voz baja.

Antonieta lo intentó. Las piernas le fallaron dos veces. Álvaro y Don Ramiro la sujetaron por los brazos hasta que logró mantenerse en pie. En cuanto dio el primer paso, sintió cómo una nueva cantidad de semen espeso le bajaba por el interior de los muslos, resbalando hasta casi las rodillas. El plug se movió con el movimiento y le arrancó un gemido débil. Cada paso siguiente era una tortura lenta y deliciosa: el objeto grueso rozaba exactamente el punto que la hacía temblar, mientras el semen le seguía escurriendo, dejando un rastro brillante en su piel.

Don Héctor le puso una mano en la nuca y la guió hacia la puerta. Los ocho hombres la observaron salir en silencio, algunos todavía semi-erectos, otros sonriendo con cansancio satisfecho.

En el corto trayecto hasta el auto, Antonieta caminó como pudo. El vestido se le subía con cada movimiento. El aire nocturno le rozaba el culo expuesto y el semen fresco. Sentía las miradas de los vecinos que pudieran estar asomados, aunque la calle estaba oscura. El plug seguía trabajando dentro de ella sin piedad: cada vez que apoyaba el peso sobre una pierna, una descarga eléctrica le subía por la columna.

Cuando por fin se sentó en el asiento del copiloto, el simple contacto del cuero frío contra su culo desnudo y húmedo la hizo arquear la espalda y soltar un gemido más fuerte. Don Héctor cerró la puerta, dio la vuelta y arrancó.

Todavía no habían doblado la esquina cuando Antonieta, con la frente apoyada en el cristal y las piernas temblando, se corrió otra vez solo con el movimiento del auto y la presión constante del plug.